¿Debemos catalogar o amar?

En la obra clásica para niños Alicia a través del espejo, Alicia, antes de encontrarse con Tweedledum y Tweedledee, entra en el bosque-sin-nombres y halla un cervatillo. "Ni Alicia ni el cervatillo podían recordar sus nombres. Así que caminaron juntos por el bosque, Alicia abrazando tiernamente el suave cuello del cervatillo; pero, justo al salir del bosque, el cervatillo dio un salto por el aire y se sacudió del brazo de Alicia. '¡Soy un cervatillo!' gritó. 'Y tú... ¡Ay de mí! ¡Si eres una criatura humana!'"1

Cuando leí esto, me sentí frustrada. ¿Por qué no regresaron al bosque? O mejor todavía, ¿por qué no se dieron cuenta de lo bien que se llevaban cuando habían olvidado sus rótulos respectivos y continuaron disfrutando de una amistad verdadera al recorrer el resto del País de las Maravillas? Aparentemente, es mucho pedir, aun para un cuento.

Entonces leí otro relato que me hizo pensar. El capítulo 9 del Evangelio de Juan describe la escena en que Jesús y sus discípulos se encuentran con un ciego. Los discípulos se detienen. ¿Para ayudar al ciego? ¿Para escucharlo y mostrarle amor? Nada de eso. Se detuvieron para clasificarlo, para ponerle un rótulo. "¿Quién pecó, éste o sus padres, para que haya nacido ciego?" (Juan 9:2).2 Parecía no importarles que era un ser humano necesitado, que había sido rechazado e ignorado toda la vida. Parecía no importarles que podía escuchar todo lo que decían de él.3 Los discípulos lo miraron y no vieron en él a una persona, sino un problema teológico, e invitaron a Jesús a resolverlo.

Pero Jesús no lo hizo. Decidió amar en vez de catalogar. Mientras los discípulos veían a un ciego con problemas, Jesús vio un hombre con posibilidades. Cuando los discípulos decidieron discutir cuestiones teológicas, Jesús eligió mostrar que la religión verdadera significa tener compasión y ayudar de corazón (Santiago 1:27). Los discípulos querían una solución; Jesús esperaba un milagro.

Jesús se rehusó a clasificar. ¿Por qué? Porque quiso ver un futuro esperanzado antes que los problemas del pasado. La cuestión no era quién había sido o qué había hecho, sino lo que Dios haría con él. Esto ocurrió, dijo Jesús, "para que las obras de Dios se manifiesten en él" (Juan 9:3). Jesús dejó en claro que debemos aprender a ver como Dios ve si es que deseamos ser parte del milagro que él anhela realizar.

Es difícil ver el milagro

A veces es difícil ver el milagro porque nos hemos acostumbrado a catalogar, a ponerles un rótulo, una etiqueta, a los demás. Las etiquetas son prácticas. Las utilizamos en toda clase de recipientes y carpetas (y personas) para saber qué hay adentro. Las etiquetas son precisas. Uno sabe qué esperar y nos liberan de la tarea de pensar. Uno lee la etiqueta, y sabe. Esto nos proporciona la sensación de familiaridad y control, ya que, con una etiqueta, lo desconocido desaparece.4

Cierta vez leí el caso de un muchacho que pensó que sabía lo que tenía entre manos mientras arrojaba piedras al océano. Continuó lanzando piedras hasta casi hacer desaparecer la pila que había hallado en una cueva. De repente, dos piedras chocaron entre sí y se partieron, permitiéndole ver que dentro no había más piedra como era de esperar, sino diamantes en bruto. Imaginen cómo se sintió el muchacho al pensar en los cientos de gemas que acababa de arrojar al océano.

Desafortunadamente, con las personas puede ocurrir lo mismo. Cuando las clasificamos, nos perdemos el milagro que está por ocurrir. Cuando sólo observamos el exterior, nos perdemos el tesoro que llevan adentro. Pensemos una vez más en Juan 9:1. Jesús "vio un hombre ciego de nacimiento". La palabra griega para "ver" implica que Jesús miró con detenimiento, más allá de la superficie. Jesús miró el corazón y el alma de este hombre para ver lo que los demás no habían notado. Los discípulos sólo vieron el exterior y quisieron seguir adelante. Pero Jesús les dijo: "¡Esperen! ¡Está por ocurrir un milagro!" Dios realizará algo grande a través de nosotros si se lo permitimos. "Me es necesario hacer las obras del que me envió, entre tanto que el día dura" (Juan 9:4). Mientras tengamos vida, tenemos una tarea que hacer: amar. No catalogar o juzgar. No ignorar o pasar de largo, sino amar. "En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os amáis unos a otros" (Juan 13:35).

Jesús sanó al ciego, devolviéndole la vista, la autoestima, su sitio en la sociedad. Y cuando el hombre fue expulsado del templo, rechazado por los religiosos que gozaban de poder y popularidad, Jesús lo buscó y le ayudó a ver más allá del prejuicio y la ceguera religiosa, para conocer al Dios de amor. Y "el hombre dijo: 'Creo, Señor', y lo adoró" (Juan 9:38). Fue un día de milagros.

La promesa segura

La promesa de Jesús es segura: "El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores hará" (Juan 14:12). Todos los que amamos a Jesús podemos hacer lo que él hizo. Podemos comenzar hoy mismo a sanar y restaurar a los demás. Donde hay rupturas, busquemos la reparación. Donde hay soledad, la reconexión. Esto ocurrirá cuando abramos nuestros ojos y nuestro corazón para ver como Jesús, cuando dediquemos tiempo aun a las relaciones más simples, cuando nos acerquemos a los que otros olvidan e ignoran: cuando amemos en lugar de poner rótulos.

Cierta vez, un pastor hizo una pregunta a un grupo de pastores para que evaluaran si sus iglesias reflejaban el amor de Dios. La pregunta era simple: ¿Ama tu iglesia a los fracasados? En tu iglesia, ¿se sienten respetados, atendidos y valorados los que la sociedad llama "fracasados"? Cuando se ven a través de tus ojos, ¿reconocen el milagro divino, el milagro latente?

Esto me hizo pensar, no sólo acerca de mi iglesia, sino también en cuanto a mi propia actitud. ¿Amo yo a los fracasados? ¿Realmente respeto, escucho y valoro a los que la sociedad llama "fracasados"? La pregunta me intrigaba y me incomodaba. Me intrigaba porque me llevaba a evaluar mi propio corazón y mis pensamientos, allí donde nadie ve. Me molestaba porque me obligaba a repasar la lista de la gente que conozco y a quienes había clasificado inconscientemente como "fracasados" o "exitosos". Ese acto de clasificar a mis semejantes erigía muros de separación que yo quería derribar en mi conciencia. Y pensé: ¿Qué ocurriría si alguien hiciera esa pregunta en nuestra iglesia y, con toda sinceridad, respondiéramos? "¿Qué es un fracasado? ¡No conocemos a nadie aquí a quien corresponda esa descripción!" ¿No sería hermoso si tuviéramos, como en el País de las Maravillas de Alicia, una iglesia-sin-nombres, una iglesia sin muros, sin etiquetas, sin rótulos? En fin, un lugar hermoso donde nos viéramos como Dios nos ve, donde buscáramos y celebráramos los milagros latentes; una iglesia, como la de Efesios 4, que está unida y "recibe su crecimiento para ir edificándose en amor" (Efesios 4:16). Parece imposible, y sin embargo...

¡Jesús nos mostró que es posible! Es más que el deseo de un personaje de un cuento de hadas. Es una realidad que con la ayuda de Dios podemos alcanzar, una persona a la vez. Se hace realidad cuando elegimos amar en vez de clasificar. Cuando reconocemos que todos somos una obra en proceso, un milagro latente, un diamante en bruto. Y cuando lo admitimos, podemos agregar un "todavía" a nuestras evaluaciones.5

Guillermo no es un líder...todavía. María no escucha consejos... todavía. Marcos no tiene paciencia... todavía. No podemos pronunciar un juicio final acerca de alguien o descartarlo hasta que no esté "terminado". Ningún atleta gana o pierde antes del final de la carrera. Cuando vemos como Jesús ve, evitamos clasificar o descartar, porque Dios todavía está obrando. Creemos que es posible ver el milagro que va a ocurrir, la belleza interior, el tesoro oculto en cada uno, si miramos y escuchamos más allá de la superficie. Donde observamos deficiencias, miremos lo que está por suceder, el milagro inesperado. Dios llama a sus discípulos a colaborar en esta tarea. Nos invita a unirnos, mientras aún es día, para hacer la obra de Dios. ¿Cuál es esa obra? ¡Amar para que la gloria de Dios se manifieste en nuestros prójimos! "En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos por los otros".

Mira con amor antes de clasificar... y espera el milagro.

Denise Badger es una asociada en el equipo pastoral de la Iglesia Adventista de Forest Lake, en Apopka, Florida, Estados Unidos.

Notas y referencias

  1. Citado en Rachel Naomi Remen, Kitchen Table Wisdom (New York: Riverhead Books, 1996).
  2. Las citas bíblicas provienen de la Versión Reina-Valera, revisión 1960.
  3. Max Lucado, (Dallas: Word Publishing, 1995).
  4. Remen, opus cit.
  5. Ibid.