¡Realmente, ha resucitado!

El primer gran líder del cristianismo declaró: "Si Cristo no ha resucitado, nuestra predicación no sirve para nada, como tampoco la fe de ustedes" (1 Corintios 15:14, NVI). La resurrección es un hecho histórico. Sin ella, las creencias cristianas son nulas.

Dos autores judíos (Joseph Klausner y Pinchas Lapide) y cuatro abogados judíos (Ross Clifford, Simon Greenleaf, Charles Colson y Frank Morison), habiendo examinado las evidencias desde una posición neutral u hostil, llegaron a la conclusión de que la resurrección realmente fue un "evento histórico". Cada uno de los cuatro "testigos" (los autores de los Evangelios) pasaron con éxito las pruebas más rigurosas a las que fueron sometidos. La forma y el estilo de los escritores evangélicos son diferentes. Las discrepancias menores en sus testimonios son suficientes para demostrar que no hubo una confabulación y que representaban la evidencia de testigos oculares.

Todas las explicaciones alternativas de la tumba vacía están basadas en las premisas de un "sistema cerrado" proveniente del siglo XVIII. Según este enfoque la resurrección de Jesús no pudo haber ocurrido porque es un hecho que no se puede repetir. Los autores modernos han adoptado el concepto de que el universo se parece más a una gran idea que a una gran máquina. Por eso tienden a creer que la tesis en contra de los milagros es aceptable sólo si cada informe de milagros ha sido investigado y hallado falso.

Los historiadores serios no fuerzan la evidencia para adecuarla a una conclusión preconcebida, sino que la aceptan tal como es. En este artículo examinaremos la calidad de las fuentes históricas, la evidencia en favor de la muerte real de Jesús y la evidencia en apoyo de su resurrección.

Las fuentes históricas

F. C. Baur (1792-1860), junto con muchos de sus contemporáneos, supuso que los cuatro evangelios, básicamente, habían sido redactados en el siglo II, y que su registro de milagros representaba un embellecimiento de los hechos. John A. T. Robinson, que había pertenecido a la escuela crítica de Baur, después de años de investigación, llegó a la conclusión de que todos los Evangelios, incluyendo el cuarto, fueron escritos antes del año 70 d. C. Reprendió a los críticos anteriores por su erudición "perezosa" y por una "ceguera casi voluntaria".

R. T. France, después de examinar las nuevas fechas propuestas por Robinson para el Nuevo Testamento, declaró: "Creo que es probable que lo esencial, y tal vez todo lo que contienen los cuatro Evangelios, fue escrito sustancialmente en su forma actual, dentro de los treinta años de ocurridos los eventos, y que mucho del material ya había sido reunido y escrito una o dos décadas antes".

Los informes de la resurrección y de las apariciones de Jesús se encuentran en Mateo 28; Marcos 16; Lucas 24; Juan 20 y 1 Corintios 15. Estas son las fuentes que contienen los testimonios de los testigos.

John Wenham reconcilia las aparentes discrepancias de detalles entre los informes. Las variaciones en los detalles satisfacen a los abogados que examinaron los testimonios de la resurrección. Una autoridad concluyó: "En tales casos, las discrepancias superficiales no significan que no sucedió nada; más bien, significan que los testigos no estuvieron confabulados".

Los primeros que anunciaron el mensaje de la resurrección lo hicieron en Jerusalén y a pocos centenares de metros de la tumba vacía. Cualquiera de los oyentes podría haber hecho una corta caminata para asegurarse de que la tumba estaba realmente vacía. Por cierto, 3.000 personas se convirtieron en un día al oír las buenas nuevas de la resurrección (Hechos 2:24, 41); 5.000 en otro día (Hechos 3:15; 4:2, 4), y además, "muchos de los sacerdotes" (Hechos 6:7).

Evidencias de la muerte de Jesús

Antes de que pronunciara la sentencia de crucifixión, el gobernador romano ya había ordenado que Jesús fuera azotado. Los 39 latigazos del flagrum en los hombros, la espalda y las piernas del prisionero penetraban en el tejido subcutáneo, transformaban la espalda en una masa irreconocible de tejidos sangrantes y lacerados y producían hemorragias arteriales en los vasos que se encuentran debajo de los músculos. Muchos no sobrevivían a los 39 azotes.

En el pasado reciente, las investigaciones de arqueólogos israelíes ampliaron nuestro conocimiento acerca de la crucifixión como resultado de una excavación en el monte Scopus. Un clavo de 17 cm perforaba los huesos de ambos talones. Un clavo grande de hierro forjado atravesaba cada muñeca por delante. El dolor muscular debe haber sido penosísimo. El crucificado podía aspirar el aire, pero no lo podía exhalar. El anhídrido carbónico se concentraba en los pulmones y en el torrente sanguíneo. La muerte ocurría por asfixia.

Los romanos eran cruelmente eficientes con las crucifixiones. No quedaban sobrevivientes.

Evidencia en favor de la resurrección

Dos judíos ricos prepararon el cadáver de Jesús para su sepultura. Con gusto habrían renunciado a sus riquezas e influencia por un signo de que aún estaba vivo. Las mujeres fueron testigos: No había señales de vida. Y Jesús fue sepultado.

Una piedra, que una autoridad moderna ha calculado que pesaría entre una y media y dos toneladas, fue puesta sobre la entrada de la tumba. El sábado --el día siguiente a la crucifixión-- las autoridades judías pidieron al gobernador romano que asegurara la tumba con guardias. Se puso un sello sobre la piedra de manera que nadie pudiera sacarlo sin el conocimiento de las autoridades, y se colocó una guardia frente a ella (Lucas 23:50-56; Juan 19:38-42; Mateo 27:57-66).

La historia que contaron los guardias judíos o romanos sobornados --que el cuerpo había sido robado por los discípulos mientras ellos dormían-- no hubiera sido comunicada sino por personas aterrorizadas, ignorantes, o que tuvieran fuertes intereses creados. ¿Cómo podrían los guardias saber quién había robado el cuerpo, si estaban dormidos? "Los soldados, los sacerdotes y Pilato evidentemente creyeron que había ocurrido algo sobrenatural --escribe John Wenham--. De ahí el interés de las autoridades de proteger a los soldados".

Entre las muchas dificultades de aceptar esta historia está la evidencia del sello romano roto: Si se apresaba a los responsables, habrían sido ejecutados automáticamente. La idea de que un grupo atemorizado de discípulos se hubiera arriesgado a pasar entre los guardias del templo o entre un pelotón de soldados romanos para romper el sello es ridícula. Una autoridad declaró: "Ningún enfoque del origen de la fe en la resurrección de Jesús será satisfactorio a menos que se entienda el golpe atroz que fue la crucifixión para sus seguidores. Su ejecución fue seguida por una terrible crisis de fe". "'Nosotros esperábamos que él era el que había de redimir a Israel'". Esperábamos, tiempo pasado, fue como lo expresó uno de los discípulos (Lucas 24:21). La mañana de la resurrección encontró a los discípulos en un estado de conmoción y desilusión espiritual. No estaban preparados para la resurrección de Jesús.

Fue necesario un encuentro objetivo y directo con el Jesús resucitado para cristalizar la fe de los discípulos en él, y llevarlos a proclamar su resurrección. Las visiones y experiencias subjetivas no lo hubieran logrado. Tenían que haber visto algo, algo real.

Los testigos de la resurrección identificaron al Jesús resucitado con el Jesús terrenal. "Después de padecer la muerte, Jesús se les presentó dándoles muchas pruebas convincentes de que estaba vivo. Durante cuarenta días se les apareció" (Hechos 1:3, NVI). Cuando se dice que vieron a Jesús o que se les apareció, resulta claro que los discípulos lo vieron con sus propios ojos. "Mirad mis manos y mis pies", les dijo. "¡Hemos visto al Señor!" anunciaron los testigos (Mateo 28:17; Lucas 24:34, 39-46; Juan 20:14, 18, 20; 1 Corintios 15:5-8). Se indica que Jesús les habló (Mateo 28:9, 18-20), que caminó (Lucas 24:13-16), que distribuyó alimentos (Lucas 24:30), que comió (Lucas 24:43, Hechos 1:4), que hizo señales (Juan 20:30), que alzó las manos y los bendijo (Lucas 24:50), que mostró sus manos y su costado (Juan 20:20), y que fue tocado (Mateo 28:9).

La tumba vacía era la evidencia indispensable para el lanzamiento del cristianismo en Jerusalén. Si la tumba nueva de José no hubiera estado vacía, las autoridades del templo, que estaban bajo fuerte presión, sencillamente hubieran hecho abortar el movimiento con sólo una corta caminata al sepulcro, haciendo desfilar el cuerpo de Cristo por las calles de la ciudad. "No hicieron esto porque sabían que la tumba estaba vacía. La explicación oficial que dieron para ello --que los discípulos habían robado el cuerpo-- era una admisión de que el sepulcro realmente estaba vacío". Tanto las fuentes y tradiciones romanas como las judías --que van desde Flavio Josefo a una compilación de escritos judíos del siglo V llamada Toledoth Jeshu-- reconocen la realidad de la tumba vacía. Si una fuente documental admite un hecho que decididamente no está en su favor, eso se convierte en una fuerte evidencia de que el hecho es genuino.

Los sumo sacerdotes y el Sanedrín mostraron gran habilidad política al tratar con Pilato. Hubieran necesitado muy poca sagacidad para habérselas con los seguidores de Cristo si hubieran conocido el paradero del cuerpo. En cambio, las autoridades judías se limitaron a perseguir a los discípulos de tanto en tanto, amenazándolos con la muerte si no dejaban de predicar al Cristo resucitado (Hechos 5:17-42). No podían hacer mucho más. La tumba estaba vacía; existía la fuerte impresión de que había ocurrido algo sobrenatural; y un número creciente de personas (incluyendo a sacerdotes) abrazaban la verdad de la resurrección.

Frank Morison tituló su convincente examen de la evidencia ¿Quién movió la piedra? Esa pregunta debe haber desconcertado a quienes querían creer que los discípulos habían robado el cuerpo. Una piedra que pesaba una tonelada y media o dos habría tenido que ser removida. Mateo menciona que hicieron "rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro". El verbo griego para "rodar" es kúlio. En su informe de la posición de la piedra después de la resurrección, Marcos colocó una preposición con el verbo. En griego, como en castellano, para cambiar la dirección o la intensidad de un verbo, se añade una preposición. Marcos añadió la preposición aná, que significa "arriba" o "hacia arriba". La palabra que usó Marcos, anakúlio, puede significar "hacer rodar algo hacia arriba en una cuesta". Lucas añade al verbo una preposición diferente, apó, que significa "a una distancia de". De modo que la piedra no sólo fue movida, sino que fue movida a cierta distancia cuesta arriba.

Juan (en el capítulo 20) usa un verbo griego diferente: áiro, que significa "levantar algo y llevárselo". Aun si los soldados hubieran estado durmiendo, tendrían que haber sido sordos para no haber oído el desplazamiento de una piedra de ese tamaño.

Las apariciones de Jesús no fueron estereotipadas. Apareció de maneras diferentes en una variedad de localidades. María Magdalena se acercó a él como si fuera el jardinero. Para los que caminaban hacia Emaús, fue como un compañero de jornada. A los apóstoles en el aposento alto se les apareció (dos veces) cuando la puerta estaba cerrada. En otra ocasión, les preparó un desayuno a orillas del mar de Galilea. Luego, también en Galilea, apareció a 500 personas a la vez. Las reacciones fueron de temor, de emoción abrumadora y hasta de incredulidad obstinada. Cuando Cristo se le apareció a Pablo cerca de Damasco, se estaba presentando a su mayor enemigo. Las mujeres lo vieron primero. Si los informes de la resurrección hubieran sido fabricados, las mujeres nunca habrían sido incluidas en la historia, y mucho menos, con la indicación que fueron las primeras testigos.

Evidencia circunstancial

Los argumentos de la oposición son inadecuados

Los argumentos presentados generalmente en contra de la resurrección de Jesús no soportan una investigación cuidadosa.

Richard Swinburne, que examinó recientemente el problema de la resurrección desde una posición científica y racionalista, llegó a la conclusión de que "la detallada evidencia histórica" es "tan poderosa" que, "a pesar del hecho de que tal resurrección hubiera sido una violación de las leyes naturales, el balance de la probabilidad está en favor de la resurrección". Un abogado o un historiador desapasionados tendrían que considerar el caso como demostrado.

David Marshall (Ph. D., University of Hull) es historiador, autor de varios libros y numberosos artículos. El presente está basado en su ensayo "El Jesús resucitado", incluido en The Essential Jesus, editado por Bryan Bull y William Johnsson, y publicado por Pacific Press en 2002.

Obras consultadas

    P. Beasley-Murray, The Message of the Resurrection (Nottingham: InterVarsity Press, 2000).

    Ross Clifford, Leading Lawyers Look at the Resurrection (Sutherland, NSW: Albatross, 1991).

    S. Davis, D. Kendall, and G. O'Collins, eds., The Resurrection: An Interdisciplinary Symposium on the Resurrection of Jesus (Oxford: Oxford University Press, 1997).

    R. T. France, The Evidence for Jesus (London: Hodder y Stoughton, 1986).

    M. Green, The Empty Cross of Jesus (London: Hodder y Stoughton, 1984).

    A. T. Hanson, The Prophetic Gospel (Edinburgh: T. y T. Clark, 1991).

    J. McDowell, The Resurrection Factor (First edition, Alpha, 1993; 2000 edition).

    John Wenham, The Easter Enigma: Are the Resurrection Accounts in Conflict? (Exeter: Paternoster Press, 1996).

    N. T. Wright y M. Borg, The Meaning of Jesus (London: SPCK, 1999).