En el momento preciso, Dios me encontró

Vivíamos los últimos años de la Segunda Guerra Mundial. El Almirante W. L. Capps surcaba las aguas inquietas del Océano Pacífico rumbo al Japón. Aunque yo era sólo uno de los 500 soldados a bordo, se me podía identificar fácilmente por el llamativo corte de pelo indio que había adoptado hacía poco. Me daba la apariencia de alguien que estaba buscando una pelea. Hablaba fuerte, pisaba fuerte y no proyectaba en absoluto la imagen de un objetor de conciencia.

Cierta noche un soldado muy religioso de nuestra compañía me abordó agresivamente en la banda de estribor del barco. Gingrich era un hombrecito de baja estatura, que poseía una gran determinación. Era uno de aquellos a quienes los soldados denominaban “santulón”. Su voz de tono agudo y áspero me obligó a retroceder, especialmente cuando me preguntó: “¿Eres salvo?” Después de una breve discusión, me sentí tan molesto que deseaba irme de allí cuanto antes. Cuando los altoparlantes transmitieron la orden que todos debíamos acudir a nuestros puestos, me sentí sumamente aliviado. No podía aceptar la falsa teología de Gingrich que afirmaba, “una vez salvo, salvado para siempre”. Sin embargo, súbitamente sentí la profunda necesidad de un Salvador. Reconocí que no bastaba con ser miembro de una iglesia. De modo que allí mismo me arrodillé en aquel puente de acero y le entregué mi vida a Jesús. Me pareció que una corriente eléctrica pasaba por todo mi cuerpo, y cuando me levanté era un hombre nuevo. A partir de ese momento la dirección de mi vida cambió por completo.

La conversión a Cristo es, obviamente, sólo el comienzo. El crecimiento y la maduración ocurren a lo largo de toda la vida. Sin embargo, el Señor me hizo avanzar rápidamente por la senda cristiana. Sin siquiera pensarlo, mi comportamiento cambió de forma repentina. La transformación más notable se observó en mi vocabulario. El Espíritu Santo, de manera admirable, modificó la dureza del lenguaje que yo acostumbraba a usar.

¿Y qué pasó con mi corte de pelo indio? El sargento primero ya me había ordenado que lo eliminara; pero agresivamente le contesté que era elegante y estaba limpio, y que ningún reglamento me obligaba a cumplir esa orden. Se dio vuelta enojado y se marchó. No me demoré en contarle a mis colegas de qué manera le había hecho frente al sargento. Pero una noche, poco después de mi conversión, me uní a un grupo de oración en el puente de la embarcación. Mientras tenía la cabeza inclinada, mi mano derecha, sin darme cuenta, tocó mi hirsuto corte de pelo. Un pensamiento penetró como un relámpago en mi mente: “¡Esto se debe ver horrible desde arriba!” Allí mismo decidí afeitarme la cabeza. Lo que no habían logrado las órdenes militares lo consiguió fácilmente mi convicción cristiana.

Una actividad que me agradaba mucho era unirme a un conjunto de canto que se reunía todas las tardes junto a los botes salvavidas a la hora de la puesta del sol. Sin himnarios de ninguna clase, esos soldados cantaban con el entusiasmo que brotaba de su corazón.

Antes de mi conversión, me había dado vergüenza unirme al conjunto de cantores, pero ahora deseaba participar. Una tarde alguien sugirió que cantáramos el himno “Reavívanos de nuevo”. Yo no lo había oído antes, pero no me costó mucho aprender el coro:

“Aleluya, tuya es la gloria,

“Aleluya, ¡Amén!

“Aleluya, tuya es la gloria,

“Aleluya, ¡Amén!”

Cuando estábamos por cantar el coro por última vez, otra voz más fuerte que la de todos los demás se unió a las nuestras con un entusiasmo arrollador. Me di vuelta para ver de dónde provenía esa voz, y vi a un soldado alto, huesudo, de pelo corto y rubio, que tenía una Biblia en la mano y que sonreía al cantar.

Esa tarde, cuando la mayoría de los soldados se había retirado a sus puestos, varios se quedaron para estudiar la Biblia. Alguien trajo una frazada para que nos sentáramos; pero yo me quedé en pie, junto a los botes salvavidas, ansioso de escuchar todo. Aunque de niño había asistido a la escuela dominical de mi iglesia, nunca había estudiado mucho la Biblia. Fuera de la historia del niño Moisés y de la zarza ardiente, y las fiestas anuales de Navidad y Pascua, sabía muy poco de la Palabra de Dios.

Lo que comenzó como un estudio, pronto se convirtió en un verdadero debate con Gingrich en el medio. Mientras marcaba con su dedo índice las páginas de la Biblia, cada vez se agitaba más y su voz se volvía más penetrante. Evidentemente estaba en un combate dialéctico con el soldado rubio, que le respondía con calma y seguía sonriendo.

Al principio no entendí de qué trataba toda esa discusión, pero pronto resultó claro que Gingrich creía en un infierno en que los impíos sufren eternamente y el soldado rubio no. Mientras escuchaba con atención, me enteré de que el soldado más alto se llamaba Floyd. Su elevada estatura hacía que Gingrich se viera más pequeño todavía; pero al proseguir la discusión las reacciones violentas de Gingrich y sus conceptos bíblicos retorcidos parecían compensar su baja estatura.

Sin reaccionar de la misma manera, Floyd con calma demostró por medio de las Escrituras que los malvados impenitentes finalmente serán destruidos. Esto provocó de inmediato la violenta reacción de Gingrich, que se inclinó, y comenzó a saltar con las rodillas flexionadas. Cuando Floyd terminó su breve exégesis, Gingrich gritaba: “¡Adventistas! ¡Adventistas! ¡Ustedes creen en doctrinas de demonios!” Entonces tomó su Biblia que estaba sobre la frazada y salió corriendo mientras seguía gritando: “¡Adventistas! ¡Adventistas!”

Aunque yo no tenía la menor idea de lo que significaba “adventista”, decidí que tenía que hablar con Floyd. Su madurez y calma cuando se encontraba bajo presión, y su teología obviamente fundada en la Biblia me atrajeron como un imán. Después de presentarme, su mano gigantesca estrechó la mía. Sonrió amigablemente y me dijo que su nombre completo era Floyd Cromwell.

Yo estaba ansioso por aprender más de la Biblia, y le pregunté si estaba dispuesto a estudiarla conmigo durante la travesía. Nos encontramos al día siguiente en el comedor y nos sentamos debajo de un gran ventilador. Fuera de los cocineros, el lugar estaba libre, lo que era mucho mejor que el puente lleno de soldados. Antes de comenzar a estudiar, Floyd abrió su gran Biblia sobre una de las mesas y elevó una oración.

Antes de comenzar a estudiar, le recordé a Floyd que prefería el Nuevo Testamento. Esto se debía al hecho de que mi madre me había regalado un Nuevo Testamento de bolsillo antes de salir de Seattle, Washington, y además porque muchas veces había oído que la iglesia a la cual yo pertenecía era “una iglesia neotestamentaria”.

“Está bien, Jan. ¿qué te gustaría estudiar?”, preguntó.

Como yo había oído que el Apocalipsis es “un libro cerrado” que no se podía entender, me pareció que ese era un buen lugar para comenzar. Mientras Floyd recorría las páginas de su Biblia, me recordó que era bastante raro que el Apocalipsis no se pudiese entender cuando su mismo nombre significa “revelación”.

En ese comedor, debajo de ese enorme ventilador, las verdades de la Palabra de Dios se abrieron ante mí. El primer día pasó demasiado rápido. Ansiaba aprender más y tenía tantas preguntas que apenas podía esperar el siguiente estudio. Por fin, Floyd pudo demostrarme cómo armonizan el Antiguo Testamento y el Nuevo. Especialmente mostró la relación que existe entre los libros de Daniel y Apocalipsis. Día tras día, hora tras hora estudiamos juntos, mientras el barco zigzagueaba por el Pacífico.

Cuando recalamos en Okinawa durante la última parte de la batalla por la posesión de esa isla, yo estaba decidido a bautizarme y a unirme a la iglesia remanente de Dios. Tomó un poco de tiempo hacer los arreglos para el bautismo, pero el 15 de julio de 1945 me bautizó un capellán bautista en la bahía de Ishikawa. El no quiso bautizarme hasta que yo firmé una declaración indicando que transferiría en seguida mi membresía de su iglesia a la Iglesia Adventista. ¡Nunca tuvo su congregación un miembro por menos tiempo!

Abrigaba la esperanza de que mis amigos y parientes en los Estados Unidos se sintieran felices de oír las verdades que me habían conmovido. Por eso les escribí acerca de lo que estaba aprendiendo, esperando recibir alegres respuestas. ¡Pero me equivoqué! Antes de mi bautismo, las palabras más cáusticas y chocantes provinieron de mi madre: “¡Preferiría que fueras ladrón y no adventista!” Sin embargo, a pesar de las reacciones negativas de mi familia y del dolor penetrante del rechazo, me sentía eufórico por la conducción del Espíritu Santo que me instaba a permanecer fiel al llamado de Dios.

Durante mi permanencia en Okinawa, el personal militar adventista se reunía cada sábado para el culto, y generalmente el predicador era Floyd. A pesar del calor abrumador, yo escuchaba absorto. Nunca en mis 19 años había oído sermones tan poderosos. Lamentablemente, eso no iba a durar.

Poco después de la guerra me enviaron a Japón como parte de las tropas de ocupación, mientras que a Floyd lo enviaron a Corea. En Japón me encontré con los primeros adventistas civiles, y fui testigo de su sólida fidelidad a pesar de que estaban pasando por momentos muy difíciles. Eso me animó mucho.

Al echar una mirada retrospectiva, me di cuenta de que todo lo que me había ocurrido formaba parte de un plan. Dios, en su sabiduría, me había puesto en el barco preciso, en el momento exacto. Allí encontré a mi Salvador y más tarde a un ex campeón de boxeo de 23 años que estuvo dispuesto a compartir conmigo las grandes verdades de la Palabra de Dios. A pesar de que los estudios que había cursado Floyd Cromwell no superaban el colegio secundario, era un verdadero estudioso de la Biblia.

Aunque más tarde el dinero y las tentaciones indujeron a Floyd a abandonar la iglesia, volvió al Señor antes de morir prematuramente de cáncer. Mientras estaba junto a su lecho de muerte me dijo: “Te quiero como a un hermano”. Y yo le contesté: “¡Te veré al amanecer, compañero!” Lo que le debo no tiene precio y es eterno.

Jan S. Doward, jubilado ya, ha sido maestro, director de jóvenes, pastor, productor de películas documentales, escritor y fotógrafo. Este artículo ha sido adaptado de su libro When All Alone I Stand. Su dirección: 714 Poole Road; Ferndale, California 95536; EE.UU.