Experimenté la gracia de Dios a 10.000 metros de altura

Jesús hizo la mejor pregunta que conozco. Durante la última semana antes de la crucifixión, fue interrogado por los sacerdotes, escribas, fariseos y saduceos que buscaban entramparlo y destruir su autoridad.

Cansado de ese juego, Jesús les preguntó: “¿Qué pensáis del Cristo? ¿De quién es hijo? Y nadie le podía responder palabra; ni osó alguno desde aquel día preguntarle más” (Mateo 22:41, 46).

“¿Qué pensáis del Cristo?” es la pregunta definitiva. Las respuestas superficiales no satisfacen. Lo que piensan nuestros padres, maestros, cónyuge o amigos tampoco cuenta. Nadie puede responder a esta profunda pregunta por ti o por mí ya que, o bien Jesús es tu Salvador y Señor, o es alguien sin importancia.

Jesús dijo que las buenas obras —aun el predicar el evangelio, profetizar y echar fuera demonios— no nos salvan. La respuesta a la pregunta definitiva y la clave del Reino se halla, dijo, en una relación personal con él (Mateo 7:21-23; Juan 17:3). Sé que es así.

Me crié en un hogar cristiano, asistí a colegios adventistas, me casé con una buena esposa adventista. Mis esfuerzos fueron premiados con becas, reconocimientos y un buen empleo. En 1989 era un joven abogado casi en la cumbre de mi carrera: socio gerente de mi firma, líder cívico y padre de un precoz niño de dos años. Además, habíamos comprado una casa histórica que estábamos restaurando con mi esposa. Había logrado lo que muchos ambicionan.

Sin embargo, en mi interior estaba desasosegado. Por un lado, el trabajo consumía casi todo mi tiempo. Por otro, mi vida espiritual estaba en bancarrota. Era el representante legal de una universidad cristiana modelo, mi alma mater. Pero la institución experimentaba conflictos internos acerca de su futuro y, como asesor legal, me encontraba en el medio de un fuego cruzado. La religión era un negocio para mí, y un mal negocio.

Percibía señales de peligro. Ataques de cólera. Lágrimas de tristeza mientras me dirigía de una cita profesional a otra.

El mundo interior

Una vez, tuve que asistir a una reunión en la sede central de mi iglesia. Al salir de casa, tomé un libro para leer durante el vuelo. Primero elegí una novela, pero algo me dijo “No”. Entonces tomé un libro que mi hermano me había recomendado: Ordering Your Private World, de Gordon MacDonald (Oliver-Nelson, 1985). Lo había comprado pensando que enseñaba cómo administrar nuestro tiempo. Para mi sorpresa, era un libro de temática cristiana.

La premisa del autor es que cada uno de nosotros tiene un mundo interior del corazón y el alma donde se forma nuestra autoestima y se toman las decisiones básicas respecto de nuestros motivos, valores y compromisos. Es allí donde comulgamos con Dios. El libro tiene cinco secciones: motivación, tiempo, crecimiento intelectual, vida espiritual y paz sabática. Si estas dimensiones de nuestra vida interior se centran en Cristo y se mantienen activas mediante disciplinas espirituales e intelectuales, nuestro mundo exterior de relaciones personales también se mantendrá saludable. De lo contrario, éste puede desintegrarse y provocar disfunciones y estrés.

MacDonald contrasta la ambición impulsiva del rey Saúl con la calma dedicación de Juan el Bautista. Esa impulsividad puede encerrarnos en la jaula dorada del éxito, dejándonos en la ruina espiritual, lo que nos lleva a un desastroso colapso moral y espiritual. No pasaron muchas páginas antes de que pensara: “El autor está hablando de mí”.

Cuando llegué al hotel en Maryland, miré las finales de béisbol, y entonces leí un poco más del libro. Al seguir leyendo a la mañana siguiente, pensé: “Debería orar”. Pero tropecé con un problema. Aunque era cristiano de nacimiento, graduado de colegios adventistas, hijo de padres que oraban, no podía orar. ¿Qué decirle a Dios cuando no se trata de pedirle ayuda para aprobar un examen, ganar un caso, o cerrar un negocio? Me sentía frustrado. No podía orar. Finalmente, balbuceé algo así como: “Dios, me gustaría hablar contigo, pero no sé cómo”.

Pasé el día ocupado, pero la comisión de la que formaba parte no logró resolver el conflicto institucional que me preocupaba. A la mañana siguiente se repitió la escena. Mi viaje de regreso requería cambiar de avión en Chicago. A las 13:00, justo después de despegar del aeropuerto en Chicago, leí la oración de Samuel Logan Brengle, un anciano evangelista del Ejército de Salvación, citada por MacDonald:

“Señor, no permitas que me torne mental y espiritualmente necio y ciego. Ayúdame a mantener la fortaleza física, mental y espiritual del atleta, del que cada día se niega a sí mismo, toma su cruz, y te sigue. Dame éxito en mi labor, pero quita de mí el orgullo. Sálvame de la autocomplacencia que a menudo acompaña al éxito y la prosperidad. Líbrame de la pereza y de la gratificación personal cuando las debilidades físicas y la enfermedad me acosen” (p. 151).

Mi asiento estaba junto a la ventanilla. El avión aún ganaba altura. En ese momento, sentí la voz audible de Dios que me decía: “Estás en grave peligro. Tu orgullo y tu agenda repleta me han eliminado de tu vida y están destruyendo la relación con tu familia. ¿No crees que pueda ocuparme de los problemas de la universidad y de todo lo que te preocupa? Confía en mí”.

Eso fue todo lo que oí, pero me afectó físicamente. Noté que mi corazón latía agitadamente. Por varios meses me sentí en carne viva, como si hubiera sido quemado por dentro. Dejé el libro de lado, y miré por la ventanilla. Lo que había experimentado era real y conmovedor. Todo lo que podía hacer era rendirme ante la presencia del Dios que me había impactado con su gracia.

Al llegar a Ontario, California, decidí que tenía que contarle a mi esposa, Patricia, lo que me había ocurrido. Al llegar a casa, salió a recibirme.

—Tenemos que pasar por la guardería a buscar a Andrew —me dijo.

—Está bien. Pero antes tengo que decirte algo.

—¿Algún problema? –preguntó ansiosa.

—Bueno, sí y no.

Nos sentamos en la sala. Le conté lo que me había pasado. Y agregué:

—He malgastado los talentos que Dios me ha dado para el liderazgo y la organización. Estoy siempre ocupado y, por si fuera poco, comienzo nuevos proyectos. No le pregunto a Dios si es lo que él espera de mí.

Patricia me escuchaba en silencio.

—Llego tarde a casa, ceno y juego un poco con Andrew. Luego me encierro y trabajo hasta la madrugada, todas las noches. Ningún otro en mi grupo hace eso. Sólo lo hago para mostrar que soy capaz de hacer todo. Soy el último en acostarme y el primero en levantarme.

Y continué hablándole:

—Estás enferma y tienes problemas con la vista. Cuando estás molesta por ello, sólo te digo: “No me tires el fardo a mí”.

La miré y le dije:

—He sido egoísta, y lo siento, lo siento tanto que me siento mal. Las cosas van a ser diferentes. Me gustaría que me ayudaras.

Patricia me miró por un momento y dijo:

—Nuestra vida ha estado descontrolada por -bastante tiempo. De ser un gran matrimonio, pasamos a ser un matrimonio mediocre. Yo también quiero un cambio.

Inclinamos los rostros y oramos. Entonces fuimos a buscar a Andrew.

El cambio fue inmediato y duradero. El Señor transformó nuestra vida. Sentí un gran apetito por la Palabra de Dios. En mi oficina había tres creyentes activos, pero desde entonces 15 personas han aceptado a Cristo o renovado su relación con él. Hay poder en la oración, en dar ánimo a los demás y en el testimonio de una vida transformada. En un día, renuncié a ocho comisiones. Mi vida se centró en Cristo y en el tiempo dedicado al estudio y la oración cada mañana.

Dios transformó mi vida en el mundo real, donde amo a mi esposa, juego con mi hijo, hago negocios, me ocupo de juicios y firmo contratos. Luego de experimentar el impacto de su gracia, me siento más seguro que nunca de Dios y menos seguro de todo lo demás. A cada paso en mi camino, el Señor se ha ido convirtiendo en una figura más grande y más cercana de lo que alguna vez imaginé. Todo lo demás sigue esfumándose. Por un tiempo le pedí que no cambiara algunas cosas, pero su gracia transformadora es implacable. Nunca podría volver al pasado.

Tal vez anheles una experiencia semejante a la mía, pero no sabes qué hacer. ¿Por qué no le dices al Señor lo que le dije en el hotel: “Dios, me gustaría hablar contigo, pero no sé cómo”? Si lo pides de corazón, recibirás la respuesta a la pregunta definitiva.

Kent Hansen es un abogado que ejerce su profesión en el sur de California. A la vez, se desempeña como consejero legal de la Universidad de Loma Linda y su Centro Médico. Este artículo forma parte de su libro, Grace at 30,000 Feet, and Other Unexpected Places (Hagerstown, Maryland: Review and Herald Publ.

Assn., 2002). Su dirección postal: Loma Linda University;
Loma Linda, California 92350; EE.UU.