¿Cómo reaccionas cuando te ofenden?

“Si tu hermano te hace algo malo, habla con él a solas y hazle reconocer su falta. Si te hace caso, ya has ganado a tu hermano” (Mateo 18:15, VP).

América González hace un esfuerzo para levantarse a la mañana. Tiene dolorido todo el cuerpo y la cara llena de moretones. La noche pasada, Correa, su esposo, se puso furioso y le propinó una nueva paliza. Mirándose al espejo, coloca gran cantidad de maquillaje sobre los hematomas y zonas inflamadas, cambiando la raya del pelo para tapar el ojo amoratado, a fin de mostrar una imagen más presentable al cumplir sus tareas de mucama en el hotel donde trabaja.

José está furioso; Ricardo, su compañero de trabajo, ha presentado un proyecto al consejo directivo de la empresa donde trabajan los dos, recibiendo importantes reconocimientos y un incremento del sueldo. La ira de José es causada porque él es el verdadero autor de la propuesta presentada por Ricardo, que le refiriera en un momento de amigable conversación. José vive pensando cómo vengarse de su colega y cobrarse el escamoteo sufrido.

Gladis recibió una llamada anónima que le informó que Raúl, su esposo, la engañaba con su secretaria. Cuando Raúl regresó del trabajo, lo confrontó con las evidencias del engaño y él admitió la infidelidad. Fue una experiencia traumática para el matrimonio. Después de varias semanas de terapia conjunta y mucho diálogo, lograron superar la crisis. Aunque la experiencia fue muy dolorosa, ambos reconocen que contribuyó a fortalecer el matrimonio.

Estos tres ejemplos representan patrones de comportamiento típicos ante las situaciones de agravio. América González se somete a la violencia, encubriéndola con una cosmética de silencio y disimulo, que de alguna manera la alimenta y perpetúa. José actúa agresivamente ante la injuria, siguiendo la ley del Talión, “ojo por ojo, diente por diente”. Por su parte, Gladis enfrenta con valentía la dura realidad del adulterio, padeciendo una crisis dolorosa hasta lograr recuperar su matrimonio. Tres respuestas típicas: la actitud pasiva, la reacción agresiva y la conducta de negociación y reconciliación.

Desde el año 1992 venimos investigando juntamente con un equipo de colegas de la Universidad Adventista del Plata (UAP), Argentina, cómo reacciona la gente cuando es ofendida, los trastornos que producen las desavenencias y las vías para superar las disputas (Moreno y Delfino, 1993; Pereyra, 1996, 2003; Moreno y Pereyra, 1999, 2000, 2001). En varias de nuestras investigaciones hallamos la presencia de ocho actitudes peculiares. Las actitudes son modalidades de comportamiento que reflejan disposi-ciones del ánimo, del pensamiento y de la voluntad, que se manifiestan en distintas conductas.

Ocho actitudes

Podemos definir estas actitudes en los siguientes términos:

1. Sometimiento: La aceptación pasiva del ultraje, subordinándose al vituperio o a la actitud reprobatoria del ofensor, realizando justificaciones humillantes o auto-descalificadoras, por ejemplo, “Me lo merezco” o “Es mi culpa”.

2. Negación: La exclusión consciente del recuerdo, la idea y los sentimientos relacionados con el agravio sufrido, haciendo un esfuerzo por “olvidar el asunto”.

3. Reacción hostil: La predisposición a reaccionar con violencia, acometiendo al agresor en el mismo acto de la ofensa. Es una actitud primaria que quizás no deje resquemores en el sujeto, aunque probablemente agrave el conflicto con quien sufrió esa descarga emotiva.

4. Venganza: Aplicación de la ley del “ojo por ojo y diente por diente”. La búsqueda intencional y planificada del desquite, tratando de proporcionar al ofensor un castigo similar o superior al padecido. A diferencia de la actitud anterior, la respuesta es retardada, pudiendo pasar bastante tiempo hasta la consumación de la represalia.

5. Resentimiento: Conservar los sentimientos de enojo y odio, recordando frecuentemente el mal sufrido, sosteniendo conductas de enemistad y encono hacia el culpable, sin llegar a realizar actos directos de revancha como en la venganza.

6. Explicación: Enfrentar al perpetrador para reclamarle una explicación, justificaciones o motivos que expliquen su proceder. Se trata de superar el diferendo por medio del diálogo esclarecedor.

7. Perdón: Esta respuesta también se centra en la comunicación. Sin embargo, el agraviado va más allá de la aclaración satisfactoria de las causas de la controversia, porque cierra las puertas a las acciones de hostilidad, venganza o rencor.

8. Reconciliación: La actitud de superar la discordia por la vía del diálogo y con disposición perdonadora —igual que las dos reacciones anteriores—, pero intentando recuperar el vínculo de afecto hacia el ofensor y restablecer las buenas relaciones.

Tres respuestas generales

Cuando procesamos estadísticamente los centenares de estudios realizados con un test elaborado para medir esas actitudes (el Cuestionario de Actitudes ante Situaciones de Agravio, el CASA [Moreno y Pereyra, 2000]) con personas de diferentes edades, sexo, estado civil, creencias y procedencias, descubrimos que esas formas específicas de reaccionar, en definitiva, se correspondían a tres modos básicos.

Cuando somos víctima de una afrenta, respondemos con tres patrones generales de comportamiento, como ocurrió con América, José y Gladis. El primero de ellos incluye las actitudes de sometimiento y negación, que se interpretan como la orientación a interiorizar los impulsos hostiles, reprimiéndolos o negándolos. Es el caso de quien se “traga” o guarda sus emociones, mostrando exteriormente una apariencia tranquila, aunque, la “procesión va por dentro”.

La segunda orientación corresponde a las conductas de hostilidad, venganza y resentimiento. Es la respuesta de los que manifiestan la agresividad procurando dañar a quienes los han herido. Se trata de los “volcánicos” y disgustados que mantienen el enfado hasta que pueden descargarlo. Finalmente, la tercera forma de responder es la disposición a canalizar las emociones por medio del diálogo y la negociación. Abarca las tres actitudes últimas: explicación, perdón y reconciliación. Consiste en buscar superar los conflictos preservando las buenas relaciones interpersonales y manejar el malestar por la vía de la comunicación, como hizo Gladis.

Los hallazgos de la investigación

Múltiples informes científicos reportan que tanto la represión o negación de la agresividad —primer patrón de respuestas— como la exteriorización violenta de las emociones hostiles —segundo patrón de respuestas— pueden asociarse con graves trastornos de la salud mental y física. De allí se infiere que las conductas de diálogo, perdón y reconciliación se corresponderían con buena salud. Precisamente en una investigación realizada con una muestra de adultos jóvenes normales (n=126), se encontró que aquellos que declaraban tener más síntomas psicosomáticos exhibían mayores puntajes en las escalas de Venganza y Rencor. Por el contrario, las respuestas de Perdón/Reconciliación correlacionaron negativamente con síntomas de “neuroticismo” (Pereyra y Kerbs, 1998).

En otro trabajo realizado por A. Barchi (1999), donde comparó pacientes con intento suicida con una muestra control, descubrió en los suicidógenos un puntaje altamente significativo en las tres escalas agresivas. El mismo resultado se encontró en otro estudio realizado con pacientes renales crónicos que estaban en hemodiálisis (Pereyra, Bernhardt y Fontana, 1999).

La literatura especializada ha encontrado múltiples evidencias que aseguran que las personas que jamás expresan sus emociones, sino que las guardan fuertemente en su alma, son susceptibles a las enfermedades de cáncer. De alguna manera, sofocar los fuegos ardientes del espíritu produce quemaduras interiores que dejan vulnerabilidades, disminuyendo las defensas para enfrentar con éxito la acometida de los agentes inductores de esa enfermedad maligna. También se ha descubierto que el descargar la ira en forma explosiva, volcando fuertemente las emociones, puede producir trastornos como infartos u otros síntomas cardiovasculares. La literatura ha denominado “Personalidad de tipo A” a esas personas reactivas, enfáticas, que entran fácilmente en erupción como un volcán cuando son provocadas. Entre ellas son frecuentes los infartos, los accidentes cerebro-vasculares o algún otro tipo de perturbación car-diaca. Estos datos no predicen lo que ocurrirá a una persona concreta, sólo marcan una tendencia entre el manejo de la agresividad y cierta facilitación para esas enfermedades.

Investigando esa correlación, administramos el CASA a 50 pacientes que padecían diferentes tipos de cáncer y a 50 pacientes con diversos trastornos cardiovasculares, de ambos sexos, en tratamiento ambulatorio. Los resultados fueron compatibles con la bibliografía; las diferencias fueron significativas en los tres factores, especialmente en las “Respuestas Pasivas”, donde las actitudes de sometimiento fueron altamente significativas en los pacientes con cáncer. También, los tales resultaron más negadores, en cambio los cardíacos fueron más hostiles y rencorosos, en forma muy superior en el ámbito de su relación con Dios, como si reprocharan a la divinidad el estar sufriendo la enfermedad (Moreno y Pereyra, 2000).

Por último, otro estudio muy interesante (íbid.), realizado con una muestra de 863 personas de 5 países americanos y de distintas convicciones religiosas, encontró que aquellos que confesaron tener una creencia religiosa práctica activa, en contraste con quienes no tenían ninguna creencia, exhibieron diferencias altamente significativas en todas los tipos de actitudes ante el agravio. Donde más se evidenciaron las diferencias fue en relación a las respuestas agresivas: los no religiosos obtuvieron más altos puntajes de venganza, rencor y hostilidad. Por su parte, los creyentes mostraron mayor disposición para el sometimiento y la negación, como también a los comportamientos que tendían al diálogo y a la búsqueda del perdón y la reconciliación.

La sabiduría bíblica

La Biblia nos sorprende siempre con sus conceptos certeros e iluminadores. Los resultados de nuestras investigaciones confirman lo que la Palabra de Dios enseña sobre la fractura en las relaciones interpersonales y su resolución. En el Sermón del Monte, Jesús censura severamente el insulto y la agresión, considerándolos merecedores de juicio y condenación (Mateo 5:22).

Puesto que el enojo y la agresión son autodestructivos, Jesús nos insta a resolver el problema rápidamente. Para subrayar la urgencia de reparar la relación dañada, la Biblia declara que la búsqueda de solución debe recibir prioridad por sobre el cumplimiento de los deberes religiosos (versículos 23, 24). Y si no se logra la reconciliación, se ha de buscar por lo menos un acuerdo con el adversario para prevenir que la situación llegue a ser sometida a la decisión de un juez (versículos 26, 27).

Si el causante del agravio no toma la iniciativa para resolver el problema o no se entera de haberlo causado, ¿qué podemos hacer? La Palabra de Dios también toma en cuenta esta situación. En Mateo 18, Jesús se refiere a la víctima de una ofensa: “Si tu hermano te hace algo malo, habla con él a solas y hazle reconocer su falta” (Mateo 18:15, VP). La responsabilidad de buscar solución al caso pasa ahora al agraviado. Al leer juntos los pasajes de Mateo 5 y 18, entendemos que la iniciativa debe primero partir del agresor; pero si después de un tiempo razonable no actúa, le corresponde a la víctima dar el primer paso. Los dos versículos siguientes (Mateo 18:16, 17) recomiendan un procedimiento que incluye a uno o más mediadores.

Los estudios que hemos realizado indican que las personas con convicciones religiosas tienden a resolver los desacuerdos personales mediante la conversación privada, cumpliendo el consejo de Jesucristo. Sin embargo, también hay un alto porcentaje de personas que prefieren olvidar lo sucedido, dejar de lado las diferencias y seguir adelante como si nada hubiera ocurrido, pensando que es la mejor solución.

Pero el silencio después de la ofensa puede a veces profundizar la herida y engrosar los muros de separación. En cambio, el diálogo ayuda a desactivar la turbulencia emocional, facilitar la armonía y salvar las relaciones de la disolución. Para alcanzar ese objetivo, el encuentro debe realizarse en condiciones adecuadas, cuando los arrebatos de la furia se han aplacado y la conciliación puede rescatar la amistad por sobre los enconos y las ofuscaciones. Mantener una red extendida y satisfactoria de buenas relaciones con el prójimo es sinóni-mo de salud mental y un procedimiento para sostener el bienestar y preservar la alegría de vivir.

Por todas estas razones conviene recordar la sabia exhortación del apóstol Pablo: “Hasta donde dependa de ustedes, hagan cuanto puedan por vivir en paz con todos” (Romanos12:18, VP).

Mario Pereyra (doctorado por la Universidad de Córdoba) es director del Departamento de Psicología en la Universidad de Montemorelos, México. Su sitio en la red: www.mariorpereyra.com.

REFERENCIAS

    A. Barchi (1999), “Organización familiar, agresividad y esperanza en intentos de suicidio”. Tesis de licenciatura de Psicología, Universidad Adventista del Plata, Libertador San Martín, Argentina.

    E. Moreno y C. Delfino (1993), “Estudio sobre el significado referencial de la noción de perdón”, Enfoques 5:1-2, pp. 54-65.

    E. Moreno y M. Pereyra (1999), “Aplicaciones clínicas del CASA: Estudio comparativo con pacientes cardiológicos, oncológicos, renales crónicos y psiquiátricos con intento suicida”. Trabajo presentado en el XXVII Congreso Interamericano de Psicología, organizado por la Sociedad Interamericana de Psicología, realizado en Caracas, Venezuela.

    E. Moreno y M. Pereyra (2000), Cuestionario de Actitudes frente a Situaciones de Agravio. Fundamentación teórica. Validación y administración. Universidad Adventista del Plata, Argentina.

    E. Moreno y M. Pereyra (2001), “Attitude toward offenders scale: assessment, validation and research”, en Manuela Martínez (editora), Prevention and Control of Aggression and the Impact on its Victims, (Nueva York: Kluwer Academic/ Plenum Publishers), pp. 377-384.

    M. Pereyra (1996), Estrategias y técnicas de reconciliación (Buenos Aires: Psicoteca Editorial).

    M. Pereyra y M. Agüero de Kerbs (1998), “Personalidad, esperanza-desesperanza, control de la agresividad y salud mental en adventistas y no adventistas”, Theologika, 13:2, pp. 330-355.

    M. Pereyra, E. Bernhardt y A. Fontana (1999), “Esperanza-desesperanza y manejo de la agresividad en pacientes renales crónicos en hemodiálisis”. Psicología y salud, 113, pp. 63-71.

    M. Pereyra (2003), Reconciliación. Cómo reparar los vínculos dañados (Montemorelos, México Publicaciones Universidad de Montemorelos).