¿Puertas abiertas o cerradas?

Vivimos en un mundo de puertas cerradas. Las puertas de la oportunidad cerradas por el desempleo, la pobreza y el analfabetismo. Las puertas de la hostilidad y los sentimientos de rencor que nos separan de los demás. Las puertas de fracasos y derrotas. Lo que es más importante, las puertas que han excluido a Dios con barricadas de temor, duda e incredulidad.

Me gustaría que ninguna de ellas existiera, en especial las últimas tres.

De esto estoy seguro: A nuestro amante Salvador no le gustan las puertas cerradas que limitan las oportunidades de los seres humanos. Los Evangelios registran cómo Jesús abrió las puertas a la vida plena de muchas personas. Considera el magnífico incidente registrado en Juan 20:19-22. Leemos allí que “cuando llegó la noche de aquel mismo día, el primero de la semana, estando las puertas cerradas en el lugar donde los discípulos estaban reunidos por miedo de los judíos, vino Jesús, y puesto en medio, les dijo: Paz a vosotros.... Entonces Jesús les dijo otra vez: Paz a vosotros. Como me envió el Padre, así también yo os envío. Y habiendo dicho esto, sopló, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo”.

¿Por qué los discípulos cerraron la puerta?

Temor. El temor puede cerrar puertas. El temor nos paraliza y nos aísla. Pero los discípulos no debían tener miedo. Esa mañana habían visto la tumba vacía. Habían sido testigos de muchos milagros que el Señor había hecho. Vieron a Jesús cuando alimentó a 5.000 personas con cinco panes y dos peces. Algunos lo habían visto caminar sobre las olas y ordenar al mar alborotado que enmudeciera.

Duda. Esto sólo está implícito en el relato. El hecho que Jesús dedicó tiempo a mostrar sus manos traspasadas indica que no todos sus discípulos estaban convencidos de su resurrección. “¿Y si realmente no se ha levantado de entre los muertos? ¿Será que hemos sido engañados?” Los discípulos deben haber estado haciéndose estas preguntas cuando Jesús se les apareció esa noche.

Culpabilidad y vergüenza. También es posible que los discípulos hayan cerrado la puerta debido a sus sentimientos de culpa y vergüenza. Deben haber sentido el dolor del fracaso y el remordimiento porque le habían fallado a Jesús. Recuerda que en ese jueves fatídico, aun Pedro, probablemente el más intrépido de ellos, había traicionado al Señor.

Los discípulos estaban paralizados por el miedo, tenían dudas sobre la resurrección y recordaban sus fracasos cuando, repentinamente, Jesús entró y se paró entre ellos. Por así decirlo, entró por la puerta trasera y trajo consigo las llaves que abrieron la puerta delantera de sus vidas. Esas llaves encendieron el fuego del cristianismo durante el primer siglo. Las mismas llaves están disponibles para nosotros hoy.

Las llaves de una vida cristiana realizada

La llave de la paz. La puerta de nuestra vida puede estar cerrada por el pecado, el fracaso y la culpa. No podemos hallar un trabajo decente debido a los errores del pasado. Llevamos la cabeza agachada por causa de la conciencia que nos acosa. No podemos alcanzar nuestro potencial por causa del rencor, la frustración o el remordimiento. A todos nosotros, Jesús nos dice: “Paz a vosotros”.

La paz no es la ausencia de problemas. No es una vida sin disturbios. La paz verdadera viene cuando el Príncipe de Paz mora en el corazón. Cuando Jesús reina en el centro de nuestra vida, tendremos paz. Sólo cuando Jesús estuvo en la embarcación y exclamó: “Haya paz”, los discípulos fueron librados de la terrible tormenta en el Mar de Galilea. Sólo cuando el endemoniado gadareno se encontró con Jesús, su esposa e hijos pudieron abrir la puerta de su hogar y vivir en paz. Sólo cuando Jesús se hizo presente, la boda de Caná no terminó en vergüenza.

Al igual que ocurrió con los discípulos, Jesús nos trae la llave de la paz. Por eso nos ruega: “Abre la puerta y permíteme entrar”. Por favor, no digas: “Lo siento, ya cerramos”. Entra en el gozo de su salvación y tendrás paz.

La llave de un nuevo propósito. Las puertas de nuestra vida pueden estar cerradas debido a relaciones humanas destruidas. Así como el pecado nos hace esconder de Dios, el temor y la pena nos hacen esconder de los demás. En la primera Pascua, los discípulos estaban listos para aislarse del mundo. Para lanzarlos hacia la misión, Jesús les trajo la llave de un nuevo objetivo en la vida. Les dijo: “Como me envió el Padre, así también yo os envío”.

Cuando tenemos la llave de un nuevo propósito, abrimos la puerta para servir y ayudar a los demás. Podemos influir sobre otros mediante motivos generosos y actividades nobles. No somos serviciales porque queremos ser salvos. Somos serviciales porque somos salvos. Estamos listos a ayudar a otros porque la paz y el propósito que Dios nos concede han creado en nosotros un deseo ineludible de hacerlo.

La llave de un nuevo poder. Nuestras puertas pueden estar cerradas por el fracaso y la duda. Así como el pecado nos hace esconder de Dios y de los demás, el fracaso nos lleva a escondernos de nosotros mismos. Muchos buscan el alcohol, las drogas y aun los deportes para contrarrestar ese sentimiento de fracaso. A todos nosotros, Jesús nos trae la llave de un nuevo poder.

El poder es uno de los factores más buscados en el mundo. Hay quienes llegan a ser héroes por haber empleado bien el poder. Otros han sido destruidos por él. Existen varias clases de poder: coercitivo, utilitario y legítimo.

El poder coercitivo depende de la emisión de órdenes y la amenaza del castigo para forzar la obediencia. Los militares y la policía utilizan este poder para lograr sumisión. Depender completamente de esta clase de poder es peligroso, ya que suele generar alienación, hostilidad y enojo.

El poder económico o utilitario emplea los recursos para inducir a otros a conformarse a nuestras expectativas. Esta clase de poder produce cooperación y obediencia mientras las recompensas remunerativas sean satisfactorias. Pero la utilización del poder utilitario fomenta un espíritu de codicia, además de otros problemas.

El poder legítimo deriva de la posición de la persona que lo ejerce. Un docente preparado y dedicado tiene poder legítimo sobre sus estudiantes. La primera vez que tomé un examen en la primera clase de posgrado de la institución donde enseño, me sorprendí. No se me había ocurrido que podía obligar a un grupo de estudiantes internacionales (algunos de ellos, líderes eclesiásticos mucho mayores que yo) a sacar apresuradamente una hoja para escribir. El poder legítimo puede ser útil, pero no siempre alcanza. Esta clase de poder a veces hace que la gente se resista.

Jesús brinda el poder espiritual. La última llave que Jesús dio a sus discípulos esa noche de Pascua fue la llave del Espíritu Santo. “Y habiendo dicho esto, sopló, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo” (Juan 20:22). El Espíritu Santo es una llave poderosa que hace que nuestra vida tenga éxito en el servicio a Dios y a la humanidad.

Piensa en los que estaban escondidos esa noche. Pedro había negado al Señor tres veces. Santiago y Juan habían reñido por ocupar el primer lugar junto a Jesús. Tomás dudaba. Había mujeres anónimas. La mayoría no había tenido una educación formal. Pero cuando recibieron el poder del Espíritu Santo, transformaron el mundo.

Jesús está dispuesto a otorgar ese mismo poder del Espíritu a todos. ¿Has evitado jugarte por Cristo debido a tus fracasos del pasado? ¿Has preferido no realizar planes y proyectos más grandes para Cristo, por tus dudas y el temor al fracaso? Jesús nos dice: “Abre tu puerta y permíteme entrar plenamente en tu vida”. Por favor, no digas: “Lo siento, ya cerramos”. Experimenta las maravillas de su poder.

Conclusión

La puerta del éxito y la realización personal no tiene por qué estar cerrada para el cristiano. Jesús tiene todas las llaves. Él nos dice: “Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá” (Lucas 11:9). Y agrega: “Yo soy la puerta; el que por mí entrare, será salvo; y entrará, y saldrá, y hallará pastos” (Juan 10:9).

Hay, sin embargo, una puerta que podría permanecer cerrada. Es la puerta de nuestro corazón. Hoy, el mismo Jesús suplica: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo” (Apocalipsis 3:20). Abrámosle la puerta de nuestra vida. En cualquier momento, Jesús, el esposo, vendrá. Entonces cerrará para siempre la puerta de la oportunidad. Y a los que no tengan las llaves, les dirá con tristeza: “No os conozco. Lo siento, ya cerramos” (ver Mateo 25:1-13).

Reuel U. Almocera dicta cursos de teología aplicada en el Adventist International Institute of Advanced Studies (AIIAS). Este artículo está basado en “Abramos la puerta delantera”, un sermón de Leighton Ford. La dirección postal de Almocera: P.O. Box 038; 4118 Silang, Cavite; Filipinas. Si deseas más información acerca de AIIAS, visita el sitio web: http://www.aiias.edu.