De regreso al hogar

Debo mi conexión con la iglesia al amor incondicional de mis piadosos padres cristianos y a los miembros de una congregación que vieron en mí posibilidades donde sólo Dios las podía ver.

Cuando cumplí 17 años decidí finalmente bautizarme. Al hacerlo, esperaba que mi rebeldía, mis dudas e inquietudes terminarían, que las circunstancias cambiarían y que yo también experimentaría una transformación espiritual. Pero pocas semanas después de mi bautismo me encontré más comprometido que nunca con un grupo de amigos que yo creía habían quedado atrás. La pandilla de motociclistas me resultó más atractiva que nunca. Como me quedaban sólo pocos años para terminar la escuela secundaria, decidí dedicarle cada vez menos tiempo a mis estudios y cada vez más a mis amigos motociclistas. Me iba de casa a menudo y les decía a mis padres que nunca más volvería. En lugar de enojarse conmigo, me decían que la puerta siempre estaría abierta para mí.

Yo era un egoísta consumado y estaba enojado con todo el mundo sin razón alguna. Había una sola persona que me interesaba y era mi amiga Shirley. Pero también rompí con ella y decidí vivir una vida completamente nueva en otro estado. Me fui con sólo unos pocos dólares australianos en el bolsillo, una muda de ropas y una bolsa de dormir, y me dirigí hacia el oeste con la actitud del que dice: “¡Cualquier lugar es mejor que éste!” Tenía un par de amigos que sentían lo mismo que yo, así que se unieron conmigo en esta aventura.

Cansados de dormir en el suelo y con un hambre feroz, llegamos a la ciudad de Adelaida, Australia, a unos 1.800 kilómetros de mi casa. Uno de mis amigos trató de ponerse en contacto con unos conocidos, pero se enteró de que no estaban en casa. Decidimos visitarlos de todos modos y descubrimos que era muy fácil violar la entrada. Íbamos a quedarnos allí hasta que los dueños regresaran o hasta que un vecino llamara a la policía. Pero como el dueño de la casa era un pastor, los vecinos estaban acostumbrados a ver muchachos desconocidos entrando y saliendo de la vivienda.

Nos comimos los alimentos que había en la refrigeradora, pero no nos animamos a dormir en las camas de la familia. Después de unas noches de dormir en el suelo, decidí probar algo mejor. Encontré un viejo colchón que estaba en el patio de la casa y lo arrastré hacia adentro. Aunque el colchón tenía mal olor, por lo menos parecía más blando que el suelo. Cuando volvimos a la casa a la madrugada, desenrollé la bolsa de dormir sobre el colchón y me sumí en un sueño profundo. Cuando desperté descubrí mi error: estaba cubierto de pulgas. ¡Evidentemente otro animal había usado el colchón antes que yo! Estaba lleno de picaduras y me rascaba el cuerpo con desesperación. Había tantas pulgas que parecía que el piso se movía.

Al pasar los días, la casa de mis padres comenzó a parecerme cada vez más atractiva. Entonces decidí que era hora de regresar. Aprovechando la bondad de diferentes choferes que iban en la misma dirección, después de 48 horas de viaje, por fin llegué. Como estaba luchando con una fuerte gripe y no había comido ni dormido bien durante un par de semanas, estaba agotado. Sin embargo, lo primero que hice fue llamar a mi amiga y preguntarle si estaba dispuesta a salir conmigo esa noche.

—Creí que nunca ibas a volver— me dijo.

—Bueno, aquí estoy. ¿Quieres salir o no?

—Está bien...

Le pedí a papá que me prestara la camioneta y un poco de dinero y salí a buscar a mi amiga. Nos fuimos a una playa solitaria y pasamos horas hablando. Finalmente, en las primeras horas de la madrugada, decidimos regresar. Poco después de dejar la playa, descubrí que se nos estaba terminando el combustible. Detuve la camioneta en una gasolinera, llené el tanque y empecé a buscar desesperadamente mi billetera. Pensé que estaba detrás del asiento o que se me había caído en algún lugar de la carretera. Después de una ansiosa búsqueda, me dirigí al encargado y le informé lo que había pasado.

—Esa excusa la oigo todas las noches —me dijo—. No te muevas de ahí. Voy a llamar a la policía.

Pensé darle un puñetazo y salir disparando con la esperanza de que no pudiera anotar el número de la patente de la camioneta. Pero el buen sentido prevaleció y le sugerí:

—¿Por qué no llama a mi padre?

Lo hizo y se convenció de que papá pagaría la cuenta de la gasolina. Cuando estaba por irme, me dijo:

—Tu padre parece ser un hombre decente. ¿A quién saliste tú?

Antes de que colgara el teléfono, se lo arrebaté y le dije a mi padre con una cortesía desconocida:

—Papá, vuélvete a dormir. No me esperes; pronto volveré a casa. Sólo quiero regresar a la playa a ver si encuentro mi billetera.

Mientras ponía en marcha el motor, elevé una oración bastante irreverente: “Dios, necesito mi billetera, ¿estamos?” No dije ni “Amado Padre” ni “Amén”. Sólo un pedido perentorio. Regresamos a la playa y comenzamos a rehacer nuestro camino. Pronto llegamos al lugar donde habíamos estado la mayor parte del tiempo. Empecé a tantear con las manos la arena y pronto encontré mi billetera. ¡Un golpe de suerte!

Mientras regresábamos, me empezó a dominar el sueño. Mirando el velocímetro como hipnotizado, me desvié del camino varias veces. Le rogué a mi amiga que me hablara para no dormirme; pero ella estaba tan exhausta que se había acostado en el asiento delantero, con la cabeza en mi falda, y estaba sumida en un profundo sueño. Puse la radio a todo volumen, bajé la ventanilla para que entrara aire y me puse a cantar a todo pulmón mientras seguía conduciendo. De pronto sentí un fortísimo ¡BUM!

Cuando recuperé el conocimiento, noté que había chispas que danzaban sobre el frente de la camioneta. Al bajar la vista, vi a mi amiga cubierta de sangre. El motor había retrocedido tanto que estaba junto al asiento delantero y parecía haberse incrustado en su cuerpo. No pude abrir la puerta de mi lado, de modo que me levanté por encima de ella y di varios puntapiés contra el vidrio hasta que éste estalló. Deslizándome por la ventanilla, caí en la carretera. Entonces trabajosamente me puse de pie, arrastré a mi amiga por las piernas, la puse en el pavimento, y la llevé tan lejos como me fue posible de la escena del choque.

La gente empezó a salir de sus casas y sólo se veían las luces de sus linternas. Yo había chocado contra un poste con cables conductores de electricidad y había dejado sin luz a toda la zona. Reconocí a una de las damas que se acercó. Era una de las enfermeras del hospital adventista de la localidad. Mientras estaba tendido en el suelo, con la cabeza, los brazos y las rodillas sangrando, me di cuenta de que mi amiga no se había movido desde que la había sacado de la camioneta. Desesperado, comencé a preguntar: “¿Shirley está bien? ¿Está bien mi amiga?” Me aseguraron que ella se recuperaría.

Entonces me alejaron del lugar del accidente, me acercaron a un árbol y me dijeron que presionara con un dedo el costado de mi cabeza y con otro mi rodilla para tratar de detener la hemorragia. Me había cortado las arterias en ambos lugares. Alguien trajo una sábana y cubrió con ella el cuerpo aparentemente sin vida de mi amiga, que estaba en el suelo.

Por segunda vez empecé esa noche a elevar una oración, esta vez llena de absoluta desesperación. Comencé con el clásico “Querido Dios. . .” y en ese momento me abrumó el sentimiento de que había causado la muerte del único ser que me importaba más que a mí mismo. Empecé a rogarle a Dios con urgencia, pero no pasó nada. Llegó la ambulancia, y los paramédicos colocaron a Shirley en ella y me sentaron a su lado. En medio de la oscuridad, mi oración era más intensa todavía: “Querido Dios, si haces este milagro, te entregaré mi vida”. ¡Qué gran cosa le estaba ofreciendo a Dios! Al recordar aquel incidente, apenas puedo creer que el Señor estuviera interesado. Sin embargo, cuando terminé de orar, oí un grito de esos que hielan la sangre y que sólo las chicas pueden lanzar. Se me pusieron los pelos de punta, pero, ¡cuánto me alegró oírlo! Aunque Shirley no recuperó el conocimiento en ese instante, me di cuenta de que estaba viva. Y me apresuré a elevar otra oración: “¡Gracias, Señor!”

Cuando llegamos al hospital, el personal de la sala de emergencia comenzó a desvestirme y a afeitarme el cabello del costado de la cabeza. Casi había perdido una oreja en el accidente y tenía la pierna bastante dañada. Justo antes de que comenzara la operación, llegó mi padre. No tenía idea de quién le pudo haber dicho dónde me encontraba. Preguntó si Shirley y yo íbamos a recuperarnos. El médico le dijo que Shirley parecía no tener heridas mortales, aunque todavía no había recobrado el conocimiento. Y entonces preguntó si podía orar. Me sentí muy avergonzado, pero a medida que él oraba tuve la sensación de que algo comenzaba a cambiar dentro de mí.

Después me enteré de lo que había hecho mi padre esa noche. Por lo común, cuando yo salía a pasear, él no se iba a dormir hasta que yo regresaba. Él había pasado muchas horas de su vida sin dormir. Pero esa noche se había ido a la cama a descansar. A las 2 de la madrugada se despertó sobresaltado, se arrodilló y por segunda vez esa noche oró por su hijo que andaba quién sabe dónde. Al tratar de encender la luz, vio que no había electricidad. Se encaminó hacia la cocina y descubrió que el reloj eléctrico se había detenido a la misma hora en que él se había despertado. Despertó a mi madre y juntos salieron a buscar a su hijo. Cuando pasaron junto al poste que estaba a unos quince kilómetros de casa y vieron la camioneta incrustada en él, se dirigieron al hospital y llegaron poco después de nosotros.

A las pocas semanas, mi amiga Shirley estaba casi totalmente recuperada, con sólo algunas cicatrices insignificantes. Yo salí del hospital poco tiempo después. La experiencia de este accidente cambió la dirección de mi vida, pero todavía no estaba de vuelta en la iglesia. Todavía no me había entregado a Jesús, el Salvador, y no lo reconocía como mi Señor. Todavía me quedaba mucho camino por recorrer.

Un sábado después de regresar a casa, mi familia había ido a la iglesia dejándome una nota invitándome a que me uniera a ellos. Y al comenzar a trabajar en un auto viejo que estaba queriendo reparar, recordé de repente que yo no había cumplido la promesa que le había hecho a Dios. Entonces decidí regresar a la iglesia esa mañana. Pero como aún sentía una gran rebeldía en mi corazón, ideé un plan para asegurarme de que la iglesia me rechazaría. Sin lavarme, con ropa de trabajo y con el cabello y las manos llenos de grasa, subí a la moto y me dirigí hacia la iglesia. Caracoleando, di un par de vueltas ruidosas en la playa de estacionamiento. Quería que todos supieran que el rebelde había vuelto. Entré en la iglesia con aire altanero y me senté en uno de los últimos asientos. Entonces miré desafiante hacia el frente, esperando ver señales de horror y desprecio de parte de la congregación. En lugar de eso noté que las lágrimas corrían por las mejillas de mi padre, que estaba sentado en la plataforma, al lado del pastor.

Esperaba que el jefe de diáconos, que tenía dos hijos perfectos, me increpara en voz alta: “Podrías portarte mejor, ¿no te parece? Tu padre es el anciano de la iglesia. ¿Qué estás haciendo aquí, vestido de esa manera?”

Yo tenía el corazón lleno de odio y veneno. Todo eso lo iba a arrojar contra su rostro, para entonces salir de la iglesia diciendo: “Dios, ya viste que traté de cumplir; pero ellos no me quieren”. Sin embargo, el jefe de diáconos no me dijo nada.

El sermón se fue alargando y cuando terminó los miembros comenzaron a salir por el pasillo. Al verme, se detuvieron para abrazarme, diciéndome cuánto se alegraban de verme en la iglesia. Esto no era lo que yo esperaba; tampoco era lo que deseaba.

Cuando avancé hacia la puerta, nos dimos un apretón de manos con mi padre. Noté que él estaba muy emocionado. No dijo nada, pero su apretón decía muchísimo. Con mi mano engrasada estreché la mano del pastor, y pude notar el comienzo de la reacción que yo estaba esperando. Pero él tampoco dijo nada.

Mientras descendía por los peldaños del frente de la iglesia, vi que el jefe de diáconos venía hacia mí. “Hasta ahora se aguantó”, pensé. Estaba seguro de que me iba a golpear, de modo que decidí atacar primero y huir con la esperanza de que el motor de la moto comenzara a funcionar antes que el resto de los diáconos me alcanzaran. Pero en lugar de un puño cerrado, el diácono me extendió una mano abierta. Y mientras me sacudía el brazo, me dijo cuán contento estaba de verme de vuelta en la iglesia. Cuando el diácono me soltó la mano, un hombrecito que apenas me llegaba a la barbilla me abrazó y llorando me dijo: “Bienvenido a casa”. Me contó que había estado orando por mí, y que había esperado ansiosamente el día de mi regreso.

Así me sentí yo ese sábado: un muchacho de 18 años, perplejo, confundido, pero extrañamente feliz. Ese fue mi primer día de vuelta en la iglesia, y nunca más falté. Dios necesitó un poco más de tiempo para cambiar mi apariencia exterior, pero su Espíritu ya había comenzado a obrar una transformación dentro de mí.

El amor incondicional de mis padres y el apoyo de una iglesia, que en realidad era mi familia, supieron mostrarme perdón y aceptación. Ellos fueron los factores poderosos que penetraron mi coraza de rebeldía y alineación, y me ayudaron a comprender cuán valioso era yo a la vista de Dios.

Barry Gane, ha dedicado más de treinta años al ministerio pastoral en favor de los jóvenes, a la enseñanza, y al liderazgo juvenil. Actualmente es el director de la maestría en ministerio juvenil de la Universidad Andrews. Su dirección postal: Andrews University; Berrien Springs, Michigan 20904, EE. UU. Su dirección electrónica: bgane@andrews. edu. Este relato se extrajo del libro We Can Keep Them in the Church, compilado por Myrna Tetz y Gary L. Hopkins (Nampa, Idaho: Pacific Press Publ. Assn., 2004).