El poder maravilloso de la Palabra de Dios

“Dice el Señor:… ‘Así será la palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié’” (Isaías 55:10, 11).

Ingresé en la Iglesia Adventista en febrero de 1982. Tres meses más tarde completé la carrera de medicina y comencé a trabajar. Cuando fui bautizada en la iglesia de La Aurora, en la ciudad de Santa Fe, Argentina, los miembros me obsequiaron una pequeña Biblia, acaso el mejor regalo que alguna vez haya recibido. Al ir al trabajo, siempre la llevaba conmigo. Leía con avidez sobre la vida de Jesús. Me atraían especialmente las promesas de la Palabra de Dios, ya que mi ingreso a la iglesia había sido difícil, pues mi familia se había opuesto a mi decisión. Por eso me aferraba a las promesas de Dios, procurando memorizarlas, y nunca me separaba de mi Biblia.

Una noche, mientras estaba de guardia en un hospital de la ciudad de Santa Fe, la vigilancia me avisó que había llegado un nuevo paciente a la sala de emergencias. Me apresuré a llegar y allí lo encontré. Roberto agitaba en la mano un frasco vacío de un conocido psicofármaco, diciéndome que había ingerido todo su contenido. El cuadro era claro: un intento de suicidio. Para agravar la situación, lo acompañaba su esposa, completamente ebria. Ambos eran pacientes psiquiátricos; ambos eran adictos. De inmediato lo envié en ambulancia a una unidad de toxicología de otro hospital, ya que el nuestro carecía de la infraestructura para tratar su caso. Allí recibió el tratamiento adecuado y luego lo enviaron de regreso para ser controlado en nuestro hospital.

Interné a Roberto y llamé a su médico psiquiatra, que confeccionó una lista de medicamentos que debíamos administrarle con suero por vía endovenosa y me dio otras indicaciones. Me inquieté al ver la cantidad de psicofármacos indicados y compartí mi preocupación con el colega. Sin embargo, me dijo que no me preocupara, ya que este paciente estaba habituado a recibir grandes dosis de medicamentos.

Dejamos a Roberto recibiendo el suero y nos retiramos de la habitación. Una hora más tarde, un enfermero me llamó para decirme que Roberto estaba reaccionando de manera inesperada. Corrí a su cuarto y noté que en vez de dormir estaba muy excitado. Los medicamentos le habían producido un efecto contrario al esperado. Allí estaba Roberto, temblando como una hoja. Tenía los ojos bien abiertos, llenos de temor y angustia.

Cuando me vio, gritó: “¡Sáqueme ese suero! ¡No sirve para nada! ¡Siempre me ponen lo mismo y no me ayuda!”

Me acerqué a su lecho. Entonces bajó la voz y me rogó: “Por favor, doctora, sáqueme este suero. Sólo empeora las cosas. Lo que necesito es hablar con alguien. Necesito que me escuchen y que alguien me hable”.

—Está bien, Roberto —le dije—. Ahora mismo llamo a tu psiquiatra.

—¡No! —exclamó—. Sólo me va a volver a medicar. Él no me escucha ni me habla. ¡Por favor, quédese aquí y hablemos!

—Bueno, Roberto. No soy psiquiatra, pero ¿de qué quieres hablar?

—De cualquier cosa.

—Mira, te hablaré de lo mejor que puedo compartir contigo. Te voy a hablar de Jesús.

—¿De Jesús? Bueno, pero hay un problema.

—¿Cuál es el problema?

—¡Soy judío!

Realmente era un problema. Cuando me levanté para llamar a su médico, imploró:

—¡No se vaya!

—Roberto, no soy especialista; necesito llamar a tu psiquiatra. Además, no quieres que te hable del Amigo que me ha ayudado tanto.

—Está bien. Hábleme de ese Jesús.

Aún recuerdo el tono despectivo de su voz. Con una oración silenciosa, abrí mi Biblia y comencé a leerle de Jesús. No recuerdo nada de lo que dije. Sólo leía de los Evangelios, ya que en esa época temprana de mi vida cristiana era lo único que sabía compartir con otros. Luego de unos minutos, pude ver lo increíble. Roberto se había tranquilizado, ya no temblaba y finalmente se quedó dormido.

A la mañana siguiente fui a visitarlo. Estaba sentado en un banco frente a su cuarto. Se lo veía demacrado; la angustia de sus ojos reflejaba su largo padecimiento. Pero me estaba esperando para que le hablara más de “ese Jesús”. Una vez más, abrí mi Biblia y le leí durante un largo tiempo acerca de Jesús. Tampoco recuerdo el contenido de mi lectura. Roberto escuchaba atentamente. Sus enormes ojos a veces me miraban y a ratos se concentraban en la Biblia. De tanto en tanto asentía, o formulaba alguna pregunta o hacía un comentario. Como médica, razonaba: “Esto no tiene sentido. Estoy con un paciente psiquiátrico lleno de psicofármacos, ni siquiera es cristiano, y yo le hablo de Jesús. Esto no tiene sentido”.

Roberto finalmente fue dado de alta. Me despedí de él y pensé que se veía un poco mejor. No registré su dirección para visitarlo y continuar leyéndole la Biblia. ¿Por qué no lo hice? Por mis preconceptos y porque desconocía el maravilloso poder de la Palabra de Dios.

Algún tiempo después me trasladé a la ciudad de Rosario para realizar una especialización. Tres años más tarde, una tarde de otoño cruzaba una plaza en la ciudad de Santa Fe cuando un caballero pasó a mi lado. Luego de dar unos pasos, se volvió hacia mí y me dijo:

—Usted es doctora… y tiene un nombre doble… ¿María Emilia? ¡Sí! Usted es la doctora María Emilia. A qué no se imagina quién soy. ¡Soy Roberto, aquel hombre desesperado que usted ayudó hace tres años en esa noche terrible!

Me quedé muda. ¡Roberto! No podía ser el paciente que había atendido tres años antes; pero sí, era él. Su figura demacrada se había rellenado, sus ojos ya no reflejaban desesperación, sino serenidad. Era notable su transformación. Roberto advirtió mi asombro y continuó:

—Sí, doctora. Yo mismo casi no puedo creer el cambio que he experimentado. Han pasado grandes cosas en mi vida. Cuando usted me habló de Jesús, le creí, y me dije a mí mismo que Jesús me iba a ayudar. Dejé el hospital y, un día, me hallaron unas damas cristianas. Les conté mi experiencia, acepté a Jesús, y finalmente fui bautizado. Mi vida anterior era un verdadero infierno. Vivía drogado. Mis hijos crecieron sin padre. Ahora son adolescentes y por primera vez estoy con ellos y les escucho. Mi esposa también cambió. Hemos recuperado nuestra familia. Soy una persona diferente, gracias a Jesús. Mire, María Emilia, nunca me olvidaré de lo que usted me decía de Jesús; nunca lo olvidaré. Cuando usted hablaba, yo creí en Jesús, me aferré a él, y supe que me salvaría.

La sorpresa no me permitía reaccionar. Aquí estaba el hombre que tres años antes había tratado de suicidarse. Ahora estaba totalmente sano, sin la angustia que antes había tenido, con una mirada llena de paz y esperanza.

No puedo recordar una sola palabra de lo que le leí junto a su lecho del hospital. Sólo sé que le leí de los Evangelios, porque era lo único que sabía compartir con otros en ese tiempo. Incluso pensé que estaba perdiendo el tiempo, que lo que hacía no tenía sentido. Pero tres años después, en una hermosa tarde otoñal, aprendí una lección importantísima: La Palabra de Dios tiene poder para cambiar vidas y cumplirá su propósito. El Señor lo prometió por medio de su profeta: “Así será la palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié”.

María Schaller de Ponce ha completado estudios en medicina y teología, y dicta cátedra en la Facultad de Ciencias de la Salud de la Universidad Adventista del Plata, en Argentina. Su dirección electrónica: facsrin@uapar.edu.