¿Cuál es el propósito de la oración?

Jim Thomas creía que la oración no daba resultados.

Jim estaba completando sus estudios secundarios. Por dos años había orado cada día, pidiéndole a Dios algo específico. Oraba con fe, pero no obtuvo lo que pedía. Por eso llegó a la conclusión de que la oración era algo inútil. Dejó de orar y no pude hacer nada para convercerlo de que siguiera orando.

¿Qué le hubieras dicho tú a Jim?

Las preguntas más difíciles acerca de Dios a menudo tienen que ver con la oración:

Si Dios ya sabe, ¿por qué decirle lo que anhelo o necesito?

Si Dios es bueno, ¿por qué necesitamos persuadirlo de que haga algo?

Si, en el marco del gran conflicto, Dios permite que el mal siga su curso dentro de ciertos límites, ¿para qué rogarle que “cambie” su plan?

¿Por qué no se producen más milagros como resultado de nuestras oraciones? ¿Será que no oramos lo suficiente? ¿O que nos falta fe? ¿O que no hay suficientes personas que elevan el mismo pedido?

Por años he buscado respuesta a estos interrogantes, pero se volvieron más incisivos durante el verano posterior al fin de mis estudios superiores. Era un pastor joven en Portland, Oregon, y colaboraba en un ciclo de evangelización. Las reuniones no empezaron bien. Había muy poca asistencia. Cada noche, retirábamos algunas sillas para que el lugar no pareciera tan vacío. Cada mañana orábamos fervientemente a Dios, rogándole que enviara más gente para conocer el mensaje de salvación. Comencé a pensar. Seguramente, Dios quería que otros vinieran aun antes de que se lo pidiéramos. Por otra parte, no iba a obligar a que la gente viniera en contra de su voluntad. Entonces, ¿cuál era el propósito de nuestras oraciones?

Durante los últimos 30 años he procurado entender mejor el propósito de la oración para poder responder a las miles de preguntas que los miembros de mi iglesia se hacen cuando ven a sus queridos en las salas de emergencia, o junto a los féretros en los velorios o después de alguna catástrofe. He aquí algunas de las conclusiones a las que he llegado.

1. La oración sirve en primer lugar para fortalecer nuestra relación con Dios. Orar no significa arrojar monedas en una fuente del deseo o pedirle a Dios que un “genio” celestial haga magia en nuestro favor. Dios se basa en las relaciones (“Os he llamado amigos”, Juan 15:15). Orar significa alabar, adorar, comunicarse, escuchar y “estar” con Dios. Para orar, interrumpo cualquier interferencia en el automóvil o me inclino bajo la ducha y me entrego por completo a Dios.

2. Dios es constante. Más allá de lo que pensemos sobre cuáles pueden ser los efectos de nuestras oraciones, eso no debe afectar lo que sabemos acerca de Dios. Dios es perfecta e infinitamente bueno. La oración no puede persuadirlo a ser mejor que lo que ya es. Sabe qué es lo mejor y nos desea lo mejor. Y, dentro de los límites del Gran Conflicto, está haciendo todo lo que puede para el bien de cada ser humano. Vino para darnos vida y vida en abundancia. No es un ladrón, que hurta o mata (Juan 10:10). Dios es el rey que extendió el cetro a Ester. Es el padre que espera al hijo pródigo. Es el que dijo a la mujer sorprendida en adulterio: “Ni yo te condeno; vete, y no peques más” (Juan 8:11). Su amor, gracia y perdón son constantes (Romanos 8:38, 39; Malaquías 3:6; Hebreos 13:8).

Creo que Dios no se esfuerza más debido a nuestras oraciones. La Biblia dice que Dios y el Hijo obran constantemente (Juan 5:17-20). Nunca descansan. Nadie puede acusar a Dios de mezquinar sus recursos infinitos. ¡Dios ya está dando todo de sí en la batalla!

3. La oración nos transforma a nosotros, no a Dios. Si Dios es constante, somos nosotros los que variamos. Si la oración no puede mejorar a Dios o hacer que se esfuerce más, y sin embargo logra resultados, eso significa que la oración nos cambia a nosotros, los humanos. Nos vuelve más dispuestos, más conscientes, más participativos. Ya lo ha dicho una escritora famosa: “La oración no tiene por objeto obrar algún cambio en Dios, sino ponernos en armonía con Dios”.1 “No es que se necesite esto para que Dios sepa lo que somos, sino a fin de capacitarnos para recibirlo. La oración no baja a Dios hasta nosotros, antes bien nos eleva a él”.2

4. La oración nos conecta con la sabiduría y el poder divinos. Jesús dijo que el sol sale sobre justos e injustos (Mateo 5:43). ¡Pero de nada sirve el sol si no salimos a disfrutarlo! La gracia divina es constante; la oración prepara nuestra mente y nuestro corazón para recibirla. Cuando oramos por otros, nos capacitamos para ser canales de gracia y poder hacia los demás. Oímos los susurros divinos, sus sugerencias para que llamemos a alguien por teléfono, para que pasemos tiempo con alguien que nos necesita, o para que enviemos dinero a un proyecto misionero.

Les contaré una historia. Doug Coe se dedica a enseñar a orar con poder. Un día le dijo a Robert, un converso reciente al cristianismo, que orara por algo específico durante seis meses y, si nada pasaba, le daría 500 dólares. Robert decidió orar por un país, y Kenia vino repentinamente a su mente. Después de varios meses, le tocó estar sentado en una cena junto a una dama que administraba un orfanato en Kenia. Inmediatamente, Bob supo que había perdido los 500 dólares. Poco después voló a ese país para ayudar a los huérfanos y llevar productos médicos y medicinas. Tuvo entrevistas con el presidente del país y con otros funcionarios, y su labor tuvo un impacto positivo en Kenia. ¡Así es como funciona la oración!

5. La oración acerca nuestra voluntad a la voluntad divina. La voluntad de Dios es perfecta; la nuestra está en desarrollo. Por lo tanto, Dios es constante y nosotros somos cambiantes. La oración permite que Dios obre en nuestro corazón para que nuestros pensamientos y decisiones concuerden con su voluntad. “Deléitate asimismo en Jehová, y él te concederá las peticiones de tu corazón” (Salmo 37:4). Dios calibra nuestros deseos, de manera que cuando oramos por lo que queremos, sabemos que estamos orando por lo que él anhela concedernos (Filipenses 2:12, 13).

6. No debemos utilizar la oración para redefinir el gran conflicto entre el bien y el mal. Apocalipsis 7:1-4 deja claro que Dios le ha trazado un límite al mal, pero que en los últimos días comenzará a ampliar ese espacio para que el universo entero vea las terribles consecuencias de la rebelión contra sus principios. No deberíamos utilizar la oración para pretender que Dios cambie esos límites, como si nosotros supiéramos más que él. “Justo es Jehová nuestro Dios en todas las obras que ha hecho” (Daniel 9:14).

7. Dios obra por medio de las personas para responder a la oración intercesora. Este es el aspecto más desafiante de la oración. Si la oración no cambia a Dios, ¿de qué sirve orar? ¿Es tan sólo una estratagema psicológica, autosugestión o pensamiento positivo? ¡No, no y no! La oración involucra a Dios en un proceso y cambia la dinámica del universo. Por supuesto, no persuade a Dios a que sea mejor de lo que ya es.

El Gran Conflicto que se libra en nuestro mundo enfrenta a dos “ejércitos”: Dios y las fuerzas celestiales, y Satanás y sus aliados en esta tierra. Si aceptamos que Dios es bueno y constante, y que obra al máximo para bien dentro de los límites del conflicto cósmico, entonces la oración no cambia ese factor de la ecuación. No puede hacerlo.

Sin embargo, puede cambiar el factor humano, terrenal, de la ecuación. Cuando oramos a Dios, ponemos a su disposición nuestra voluntad y energía, nuestro tiempo y dinero. Ahora Dios tiene nuevos recursos para actuar que no estaban disponibles con anterioridad. Cuando 1.500 millones de cristianos cooperan con entusiasmo para que se haga la voluntad de Dios “como en el cielo, así también en la tierra”, ¡el mundo cambia! Las fuerzas del mal son rechazadas. Nos convertimos en socios de Dios para “mover montañas”. Se dan ofrendas generosas, se realizan viajes misioneros, se forman equipos para revitalizar iglesias, se responde a las necesidades de los pobres, se promueve la justicia social. Y el mundo cambia.

¿Cambia la oración a Dios? ¡Sí! La oración no cambia el carácter o el corazón de Dios, pero le brinda enormes oportunidades de obrar maravillas. El mundo se convierte en un lugar mejor, y la gente ve los efectos de las acciones divinas. La “Piedra” de Daniel 2:44-45 comienza a crecer y el Reino de Dios cobra fuerzas y se expande en todo el mundo. ¡Eso es lo que puede hacer la oración!

Hay tres analogías que me han ayudado a entender mejor la oración: (1) Las ondas del agua en un lago. Arroja una piedra al agua. La onda más grande se produce en el lugar de contacto, y otras ondas se extienden hasta llegar a la orilla. De la misma manera, cuando oramos, abrimos nuestro corazón a Dios, quien realiza el mayor impacto en el lugar de contacto en mi vida. Pero debido a la solidaridad con mi familia, si yo cambio, es muy probable que tenga un impacto sobre ellos. Debido a que soy pastor de una iglesia numerosa, si mejoro mi predicación puedo influir sobre los miembros, que a su vez pueden impactar a otros en diversas partes del mundo y acaso hacer una diferencia allí. Pero si soy el único que ora por el presidente de un país, ¡el impacto podría ser muy pequeño! (2) La misma teoría funciona con las bolas de billar. Uno le pega a la bola blanca, que golpea a otra bola y, en solidaridad, las demás se esparcen por toda la mesa. ¡Eso es lo que pasa cuando Dios cambia la vida de una persona por medio de la oración! (3) La internet: La red está conformada por miles de servidores. Cuantos más servidores hay, con más velocidad se transmiten los mensajes en todo el mundo, casi al instante. Cuando los servidores grandes sufren desperfectos, los mensajes se transmiten con más lentitud o dejan de transmitirse. Cada cristiano es como un nodo, un servidor. Cuantos más cristianos oran, más grande es la red que Dios tiene a su disposición para conectar donantes y receptores, logrando así milagros en favor de personas que oran por ayuda.

Tony Campolo cuenta una historia memorable. Había sido invitado a predicar en una universidad pentecostal. Antes de pasar a la plataforma, lo rodeó un grupo de líderes que pusieron la mano sobre su cabeza y oraron. Un estudiante de teología oró durante un largo tiempo por una familia que había conocido esa mañana. El esposo estaba por abandonar a su familia. Describió la casa rodante donde había hablado con ellos, la dirección, todo en detalle. Campolo estaba impaciente. Después del sermón, Campolo regresaba a su casa en auto y en el camino recogió a una persona que solicitaba transporte. Cuando le preguntó su nombre, “Charlie Stolsis” fue la respuesta. ¡Era el nombre que había sido mencionado esa mañana en la oración! Campolo se desvió de la ruta principal y Stolsis le preguntó adónde iba. “Lo voy a llevar de vuelta a su casa”.

“¿Cómo sabe adónde vivo?”

“¡Dios me lo dijo! Usted abandonó a su esposa esta mañana, ¿no es así?”

“¿¡Cómo sabe eso!?”

“¡Dios me lo dijo!”

Campolo lo llevó directamente a su hogar, entró, y los invitó a entregarse a Cristo. Hoy día, Stolsis es pastor.

Así es como obra la oración: un cristiano tenía una preocupación, sabía de una necesidad, oró, Campolo lo oyó, su corazón respondió a esa necesidad, Dios unió la necesidad con la respuesta, y el milagro se produjo.

Casos como éste confirman el poder de la oración, sin pretender que la oración tiene que cambiar a Dios o hacerlo mejor de lo que ya es.

Esto es lo que he aprendido hasta ahora sobre este tema fascinante. Si algún lector desea compartir conmigo sus comentarios, envíeme un mensaje electrónico. Y que Dios los bendiga abundantemente.

Dan Smith es jefe de pastores de la Iglesia Adventista de La Sierra University, en Riverside, California, EE.UU. Este artículo ha sido adaptado de su libro Lord, I Have a Question: Everything You Ever Wanted to Ask God but Were Afraid to Say Out Loud (Nampa, Idaho: Pacific Press Publishing Association, 2004). Su dirección electrónica: dsmith@lasierra.edu.

REFERENCIAS

  1. Elena G. de White, Palabras de vida del Gran Maestro (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1991), p. 109.
  2. Elena G. de White, El camino a Cristo (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1985), p. 92.