Seis mitos acerca del matrimonio

La felicidad matrimonial puede ser duradera o efímera. Algunos han estado casados por 40 años o más, pero su amor y romance están tan frescos y radiantes como si se hubieran unido en matrimonio el mes pasado. Otros no han terminado de abrir todos los regalos de boda cuando se sienten decepcionados con la relación y piensan más en el divorcio que en un hogar permanente. ¿Cómo explicar la diferencia entre la felicidad duradera y un romance breve en el matrimonio?

La investigación moderna nos da algunas pistas. John Gottman, profesor de psicología en la Universidad de Washington, ha realizado varias investigaciones pioneras en el actual contexto norteamericano. Gottman ha estudiado a miles de parejas, tomando en consideración numerosas variables que afectan la estabilidad marital. Sus estudios han ayudado a clarificar los factores que conducen a la felicidad matrimonial y los que apuntan a desórdenes crecientes que pueden llevar al divorcio.

La investigación también aclara algunos mitos populares acerca del amor y el matrimonio. Estos mitos no se originan en antiguas leyendas, sino en conjeturas comunes que la mayoría de la gente toma por hechos. Vale la pena explorar algunos de estos mitos y ver sus implicancias para establecer una buena relación marital.

Mito 1: Las altas expectativas pueden arruinar el matrimonio. A menudo se piensa en el matrimonio como un buen pacto comercial para criar hijos, administrar bienes y crear vínculos entre familias. Además, se espera que los matrimonios sean un romance sin fin, sexualmente apasionados, con intimidad amistosa, mientras se cumplen todas las prioridades tradicionales de la paternidad, las conexiones familiares y la administración de los quehaceres esenciales.

Algunos piensan que expectativas tan elevadas son poco realistas y dañinas para un matrimonio feliz. Sin embargo, las investigaciones recientes muestran que si bien es necesario ser realistas en nuestras expectativas, las altas expectativas pueden llevar a dedicar más atención al matrimonio y lograr mejores resultados. Los cónyuges con expectativas bajas parecen no dar tanto de sí mismos y están dispuestos a conformarse con un matrimonio mediocre en lugar de uno realmente bueno. Gottman confirma: “Los que poseen valores más altos y expectativas más elevadas para su matrimonio tienen los mejores matrimonios, no los peores”.1

Mito 2: Los hombres son de Marte y las mujeres de Venus. Este refrán —derivado de un libro bien conocido que lleva ese título—, sugiere que los hombres y las mujeres tienen diferencias profundas y esperan cosas fundamentalmente diferentes del matrimonio. Una gran cantidad de libros populares intentan ayudar a las parejas a afrontar estas diferencias partiendo de la premisa de que existe un enorme abismo entre lo que los hombres y las mujeres desean.

¿Es que los hombres y las mujeres poseen diferentes estilos de experimentar el matrimonio? Los libros populares basados en este supuesto a menudo subestiman la importancia de los factores en común que existen entre hombres y mujeres con respecto a lo que desean del matrimonio. Y, aún más importante que eso, pasan por alto los resultados de las investigaciones que muestran que las diferencias altamente acentuadas de género están relacionadas con matrimonios infelices, ya que “en los matrimonios felices existen muy pocas diferencias basadas en el género de los esposos.”2 Asimismo, “el machismo tradicional” (reflejado en una tendencia dominante y controladora del matrimonio) se correlaciona estadísticamente con bajos niveles de calidad en la relación matrimonial.3

Es cierto que las investigaciones han descubierto algunas diferencias. Los hombres, por ejemplo, tienden a retraerse al enfrentar un conflicto marital, mientras que las mujeres son más activas verbalmente en esos casos. Es probable que esto suceda porque los hombres se sienten más fácilmente abrumados por las emociones negativas en un conflicto y les toma más tiempo recuperarse físicamente de la confrontación. También es frecuente que los hombres intenten “resolver” los problemas, mientras que las mujeres prefieren simplemente que se las escuche. Asimismo, los hombres tienden a ser más visuales en sus patrones de atracción sexual y menos influenciados por el contexto relacional. Las mujeres, a menudo, son más capaces de adaptarse al estado emocional de sus interlocutores, en tanto que los hombres tienden a ser más competitivos en la conversación.

Sin embargo, también es un hecho demostrado por la investigación que los hombres y las mujeres desean cosas notablemente similares del matrimonio y ambos coinciden en que la amistad profunda es lo más satisfactorio de un buen matrimonio. En la enumeración de los factores que actualmente predicen buenos matrimonios, se encuentran diferencias leves en la manera en que los sexos clasifican lo que realmente los satisface en una relación íntima.4 Una de las realidades menos difundidas es que los hombres, como promedio, sufren más complicaciones de salud que las mujeres por efecto de las emociones negativas cuando no logran una buena relación íntima con el sexo opuesto.

Las parejas que establecen relaciones sólidas se adaptan bien a la personalidad de sus compañeros y consideran la amistad estable como el fundamento de un buen matrimonio. Respetan las diferencias de género, cuando existen, y buscan la manera de satisfacer las necesidades del otro. Mientras que la Biblia utiliza diversos lenguajes para describir el papel del hombre y de la mujer en el matrimonio, el elemento común que subraya es una actitud mutuamente generosa en la cual ambos están atentos y responden a las necesidades del otro (ver Efesios 5:21-33). Esta descripción difiere mucho de los papeles radicalmente divergentes de género o de la dominación masculina sobre la femenina que algunos han propuesto; por el contrario, indica que una relación de amor y apoyo mutuos es aquella en que ambos cónyuges están dispuestos a realizar la segunda milla en beneficio del otro.

Mito 3. El escuchar activamente y el evitar la ira permiten controlar el conflicto en una buena relación matrimonial. En las décadas pasadas varios autores propusieron que las parejas se involucren en un proceso conocido como “escucha activa” para dirimir sus conflictos maritales. El escuchar activamente comprende identificar claramente los propios sentimientos utilizando palabras que reflejen las emociones personales, intentando expresar las inquietudes manifestadas por la pareja en forma de paráfrasis. Es muy similar a lo que los terapeutas hacen cuando escuchan a sus pacientes. Los investigadores que analizaron las disputas maritales esperaban encontrar que las parejas exitosas usaran regularmente esta técnica para resolver sus diferencias y conflictos.

Pero eso no fue lo que los investigadores encontraron. Primero, observaron que casi nadie habla de esa manera en el calor de una desavenencia. Las personas no utilizan las palabras prescriptas de: “Yo pienso que…”, cuando hay tensión fuerte. Aun en el caso inverosímil de que eso ocurriera, no descubrieron que tal hecho influyera directamente en la resolución del conflicto. En palabras de Gottman, “no predijo nada”.5 Puede ser que las parejas que adoptaron ese modelo terminaron esperando una suerte de perfección que en el calor del conflicto simplemente no se alcanzó.

Por otra parte, la investigación reveló que escuchar activa y atentamente al cónyuge fue útil en varios aspectos. Por ejemplo, puede ayudar cuando uno de los esposos escucha al otro mientras se está quejando de otra persona (por ej., del jefe de trabajo). También esto resulta muy valioso en una “conversación de rehabilitación”, cuando la pareja se dedica a reparar la relación después de una pelea. Y, finalmente, el escuchar con atención es beneficioso para fortalecer la intimidad y conocerse mejor. Lo que la investigación matrimonial presenta es que, en el calor de una batalla, muy pocas personas son capaces de seguir las “reglas” de la buena comunicación. Por lo general les resulta difícil escuchar realmente lo que su cónyuge está diciendo; aun los mejores comunicadores se embrollan defendiendo sus propias posturas durante una discusión. ¡Se necesita mucha paciencia para enfrentar un conflicto matrimonial!

También resultan interesantes los resultados de la investigación sobre las crisis de agresividad en el matrimonio. No se encontró que los ataques de ira estuvieran correlacionados estadísticamente con el divorcio, pero sí fueron factores significativos el desprecio al cónyuge y la actitud defensiva permanente.6 Las parejas que discuten en demasía no son necesariamente menos felices que las parejas que nunca se pelean. Muchas parejas que tienden a discutir también saben cómo reconciliarse y terminar a los besos: Por otra parte, se encontró que cierta cantidad de conflicto y discusión se correlacionaba con la pasión duradera en el matrimonio.7

No es precisamente la ira lo que deteriora el matrimonio, sino el fracaso en calmar el enojo. La investigación indica que “ventilar” la cólera es un problema. Varios investigadores han descubierto que intentar “descargarlo todo” en el cónyuge incrementa los niveles de enojo y estrés en quien está desahogándose. La proporción general entre las expresiones positivas y negativas hacia el cónyuge pueden predecir la probabilidad de divorcio. Se encontró que las parejas felices comunicaban, por lo menos, cinco expresiones positivas hacia el cónyuge por cada expresión negativa. Asimismo, un estilo conflictivo y discutidor también es un problema serio cuando sólo uno de los cónyuges está conforme con ese estilo, mientras el otro sufre los efectos devastadores de soportar el estrés continuo por largo tiempo.

La Biblia afirma que el enojo no es un pecado (Efesios 4:26), pero también recomienda que “no se ponga el sol mientras estás enojado”. Escuchar activamente puede ayudar a la restauración de la relación después de un conflicto, pero necesitamos perdonar más, tanto a nosotros mismos como a nuestro cónyuge, por los errores que cometemos en nuestras desavenencias.

Mito 4: La calidad del matrimonio declina inexorablemente con el tiempo. La mayoría de la gente cree que la pasión inevitablemente muere y que los matrimonios, conforme pasa el tiempo, terminan siendo aburridos. Es cierto que muchas parejas reportan un declive en la satisfacción marital con el transcurso del tiempo, pero hay varios resultados en la investigación reciente que muestran que esto no es un proceso inevitable. En efecto, la relación matrimonial puede mejorar con la experiencia. Por su parte, el terapeuta matrimonial David Schnarch, asegura que es únicamente en la vida avanzada de una pareja monógama cuando se logra descubrir toda la potencia de la pasión sexual.8 Asimismo, la investigación de Gottman demostró que muchas parejas descubren más tolerancia, más aprecio y mayor deseo de estar con el otro con el paso del tiempo. En síntesis, la mayor felicidad en la vida matrimonial no se encuentra en la euforia inicial sino en la satisfacción duradera de un compañerismo fiel de muchos años.

La pasión mutua no depende de la edad. Ahora sabemos mucho sobre la bioquímica y la neurología del amor y la pasión. La “química” de una relación cambia con el tiempo. Hay una euforia inicial en los comienzos del amor que generalmente dura unos dos años y una química específica diferente que caracteriza la relación a largo plazo. Lamentablemente, muchas parejas renuncian a la relación cuando la química inicial empieza a decrecer. Se involucran en nuevas relaciones que no superan los dos años, sin jamás experimentar la verdadera satisfacción emocional del amor a largo plazo, que es mucho más gratificante que las exaltaciones iniciales.

Mito 5: Es probable que el cónyuge que rara vez siente pasión sexual espontánea sea incompetente. Cuando las imágenes de la sexualidad apasionada nos bombardean incesantemente desde los medios, la mayoría de la gente casada tiende a pensar que debería estar siempre ardiendo de pasión por su cónyuge. Pueden llegar a sentirse culpables si se encuentran abrumados por las cuentas a pagar y la ropa sucia, y no piensan en el sexo y en saltar a la cama cada vez que se presente la oportunidad.

Hasta hace poco, los estudiosos en cuestiones sexuales creían que todos experimentamos el deseo sexual de forma similar. Por lo común algo que uno siente activa una sensación de excitación que, a su vez, genera el deseo sexual. Pero, como ha hecho notar Michelle Weiner Davis, “en algunas personas, el impulso sexual —el apremio por tener sexo— no antecede a las sensaciones de excitación, sino a la inversa, es posterior”.9 Es decir, hay personas que escasamente experimentan fantasías apasionadas, pero si tienen una relación íntima con su cónyuge, descubren que gozan de una experiencia intensa y se sienten muy unidas a su consorte.

Aquellos que han experimentado un sentimiento de fracaso, culpabilidad y distanciamiento de su cónyuge en las relaciones sexuales pueden descubrir que el descartar este mito les ayuda a sentirse mejor consigo mismos y a responder mejor a su pareja. Esto también nos recuerda que un matrimonio estable y comprometido requiere que cada cónyuge no descuide las necesidades íntimas del otro, lo que constituye la base de la pasión marital.

Mito 6: Los opuestos se atraen y aseguran la felicidad. La idea básica de esta creencia es que somos atraídos por alguien muy diferente de nosotros ya que la diversidad nos mejora y completa. Esta es una verdad parcial. Algunos sienten que ciertas diferencias entre los cónyuges son un elemento positivo y un motivo de atracción. Sin embargo, la investigación indica que las mejores parejas tienen más semejanzas que diferencias entre sí y que la similitud en una multiplicidad de factores (tales como edad, educación, religión, valores, etc.) se correlaciona con más altos niveles de satisfacción marital.10 La investigación sobre los tipos de temperamentos (como los del inventario de Meyer Briggs) confirma que las parejas pueden gozar de algunas diferencias, pero aquellas que son opuestas en las cuatro escalas son menos felices que los parejas más semejantes.11

La mejor aproximación al tema de las diferencias es comprender que la mayoría de nosotros disfrutamos de algunas diferencias que nos ayudan a balancear la vida. Es bueno aceptar esas diferencias y no entrar en un masivo “proyecto de reforma” del cónyuge al casarse. Pero quien está buscando un cónyuge debe saber que es difícil superar muchas diferencias en la pareja. Las disparidades que uno tiende a ignorar al principio de la relación matrimonial se vuelven cada vez más difíciles con el paso de los años. Es mucho mejor buscar para el matrimonio a alguien que comparta nuestros valores básicos y estilo de vida.

Algunas conclusiones

El matrimonio es una gran aventura. Es también una de las relaciones más desafiantes de la vida. En un mundo lleno de falsas imágenes de amor y romance, cuanto más sepamos acerca de la relación matrimonial tanto mejores serán los resultados en la búsqueda del cónyuge y en la construcción de un buen matrimonio.

¿Qué principios debes recordar, apreciado lector o lectora? Primero, establece una amistad genuina y profunda con quien estás pensando casarte o con quien has formado matrimonio. Esfuérzate por lograr una buena comunicación pero no esperes la perfección, especialmente en medio de una discusión acalorada. No te engañes por una corriente inicial de química eufórica ni te alarmes cuando ésta va menguando. Los ingredientes de la pasión duradera y el compromiso son muy diferentes de los que se ven en las películas y en la TV.

Fortalece los puntos que tienes en común con tu pareja, especialmente en el área de los valores básicos y en la manera en que realmente viven sus vidas. Si aún no estás casado, recuerda que estas concordancias pueden ser más importantes de lo que te imaginas.

Calvin Thomsen es pastor en el ministerio familiar de la Iglesia Adventista de la Universidad de Loma Linda, California. Está completando un doctorado en matrimonio y terapia familiar y enseña cursos de terapia familiar, terapia de pareja y terapia sexual en la Universidad de Loma Linda, además de ser consejero pastoral en la Universidad de La Sierra. Email: cthomsen@lluc.org.

REFERENCIAS

  1. John Gottman, The Marriage Clinic: A Scientifically Based Marital Therapy (New York, Norton, 1999), p. 18.
  2. Ibid., p. 83.
  3. Robert Sternberg, Cupid’s Arrow: The Course of Love Through Time (Cambridge: Cambridge University Press, 1998), p. 123.
  4. Ibid., 150-152.
  5. Gottman, p. 11.
  6. Ibid., p. 12.
  7. Ibid., p. 14.
  8. Ver David Schnarch, Passionate Marriage (New York: Holt, 1997).
  9. Michelle Weiner Davis, The Sex-Starved Marriage (New York: Simon and Schuster, 2003), p. 12.
  10. Ayala Pines, Falling in Love: Why We Choose the Lovers We Choose (New York: Routlidge, 1999), p. 53.
  11. David Keirsey, Please Understand Me II (Del Mar, California: Prometheus Nemesis Book Company, 1998), p. 212.