Gozo: El secreto del contentamiento

Es fácil confundir la felicidad con el gozo. Muchos cristianos piensan que tienen “gozo, gozo, gozo en el corazón” —como dice una popular canción—, cuando lo que en realidad experimentan son los beneficios de un clima agradable, una buena salud y el estómago lleno. O puede suceder lo contrario. Es posible sentirse tan miserable por causa de las circunstancias, que uno no siente el gozo del que habla la Biblia.

Si algún factor externo disminuye tu gozo en la vida cristiana, no es gozo lo que realmente tienes. El gozo se parece a la fe. La fe confía en las promesas de Dios, aunque no las vea realizadas todavía. El gozo cree y acepta lo que Dios promete. Tiene la capacidad de ver más allá de lo visible con ojos humanos. Es el combustible que nos impulsa en la jornada, no el paisaje que vemos mientras avanzamos.

Cuando el camino se hace difícil

El gozo se manifiesta aun en las circunstancias difíciles. Es allí donde lo flexionas, como a un músculo. Por otra parte, la felicidad desaparece cuando la impactan las dificultades. En cambio el gozo soporta las dificultades y se sobrepone a ellas. Esa es la diferencia fundamental entre felicidad y gozo. La felicidad es un sentimiento. El gozo es un estado.

La buena noticia es que el gozo se encuentra disponible para quien lo desea recibir y experimentar. Al orar por sus seguidores, Jesús dijo: “Hablo esto en el mundo, para que tengan mi gozo cumplido en sí mismos. Yo les he dado tu palabra; y el mundo los aborreció, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal” (Juan 17:13-15).

Cuando Jesús dijo: “Y el mundo los aborreció”, se refiere a nosotros. El mundo, en rebelión contra Dios, nos aborrece. No esperes aplausos del mundo en rebelión, sino indiferencia o ataques. Pero lo que el mundo nos da carece de importancia. Podemos experimentar gozo cumplido en nosotros. Hoy mismo. En el lugar en que nos encontramos. En este momento. El gozo es constante y permanente a pesar de las circunstancias adversas.

Acepta la vida como es

Anne Hobbs Purdy, una joven maestra que se trasladó a Alaska para enseñar en una escuela situada en un área remota, tenía muchos deseos de adaptarse y ser aceptada por los nativos. Le preguntó a uno de ellos cuándo dejaría de ser considerada una cheechako, una recién llegada, y en cambio pertenecer a su pueblo. El nativo le dijo que algunas personas nunca lo logran. Nunca aprenden a disfrutar de la vida en el severo clima de Alaska. Sólo la toleran.

Aquí está, creo yo, la clave de una vida cristiana más gozosa.

No podemos ser cristianos gozosos si nunca aprendemos a disfrutar de la vida así como es. No es posible experimentar gozo si sólo toleramos el cristianismo. Eso quiso decir Pablo al escribir: “No lo digo porque tenga escasez, pues he aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación. Sé vivir humildemente, y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, así para tener abundancia como para padecer necesidad. Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4:11-13).

En la prisión, experimentando frío, hambre y soledad, Pablo no soñaba con estar en una playa tropical rodeado de amigos, bebiendo leche de coco y disfrutando de la vida fácil. El apóstol había aceptado la realidad que le tocaba vivir por causa de su fe y no anhelaba lo imposible. Por eso, en medio del frío, el hambre y la soledad pudo sentir la tibieza, la abundancia y la compañía del Dios que nunca nos abandona y que está aún más cerca cuando enfrentamos dificultades en el camino. Es allí donde nuestro gozo se templa y profundiza.

Muchos estamos acostumbrados a una vida fácil. Si algo nos resulta aburrido, difícil o doloroso, queremos evitarlo. Por supuesto, no buscamos ser mártires. Por eso, si algo puede solucionarse, le encontramos solución. Si una situación puede mejorarse, procuramos mejorarla. Los cristianos no nos conformamos con el status quo; queremos crecer y avanzar. Pero es un hecho que no ocurre crecimiento o desarrollo de carácter cuando estamos cómodos, sino cuando enfrentamos dificultades y las superamos con la ayuda de Dios.

Corremos el riesgo de pasar por alto esta lección vital de la vida cristiana si tratamos de esquivar lo que nos resulta incómodo o difícil. Piensa por un momento en el contenido de tus oraciones. Haz una lista de tus 10 pedidos más comunes. Ahora, analízalos. ¿Cuántas veces le ruegas a Dios que resuelva tus dificultades y cuántas veces le pides que te dé fuerzas para hacerles frente con valor y perseverancia, bajo su dirección y en su servicio?

Sin dificultades no hay crecimiento

La mayoría de nosotros hace todo lo posible para evitar situaciones difíciles y dolorosas en la vida. Nos cuesta entender y aprender que a veces Dios permite que tengamos “pruebas” para nuestro propio beneficio. Ante el primer indicio de dolor, corremos en busca de la salida de emergencia. Pero el gozo y el dolor van de la mano. Santiago, uno de los líderes de la iglesia cristiana primitiva, escribió: “Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia. Mas tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna” (Santiago 1:2-4).

¿Cómo reaccionas al leer estas palabras inspiradas? ¿Es posible experimentar gozo en medio de las pruebas? Así lo afirma la Palabra de Dios. Las pruebas son una manera de avanzar hacia la madurez cristiana. La pregunta no es si podemos limitarnos a soportar la prueba, apretando los dientes y cerrando los ojos con fuerza, sino si podemos simplemente aceptarla, preguntándole a Dios cuál es la lección que anhela que aprendamos. ¿No es eso lo que dice Santiago? “La prueba de vuestra fe produce paciencia”. Al avanzar en medio de la dificultad, en lugar de quejarnos de nuestra mala fortuna, nos volvemos pacientes y perseverantes. Somos más capaces de “estar” en la prueba. Tenemos una visión más clara para aprender la lección que Dios nos quiere enseñar al pasar por esa prueba.

La paciencia, entonces, se perfecciona, lo que significa que en lugar de procurar escapar de la prueba o buscar a alguien a quien culpar por nuestras dificultades, nos tomamos de la mano poderosa del Señor para atravesar con él la prueba. El salmista llegó a decir: “Hazme oír gozo y alegría, y se recrearán los huesos que has abatido” (Salmo 51:8).

Evitar el complejo de mártir

Cada día tenemos la oportunidad de servir a otros; pero, ¿cuántos de nosotros aprovechamos estas oportunidades para, además de hacerlo, hacerlo con alegría y entusiasmo como si lo hiciéramos para el Señor? El apóstol dice: “Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres” (Colosenses 3:23). Esto no quiere decir “Hacedlo como para el Señor porque entonces te sentirás superior a los demás”. Hablando como alguien que ha pasado por diversas pruebas y dificultades, puedo decir que servir al Señor no es lo mismo que tener el complejo de mártir. Todos corremos el riesgo de que nuestras acciones en favor de otros estén motivadas por sentimientos de justicia propia o por deseos de aparecer mejores de lo que somos. Tenemos que aprender a ayudar sin esperar reconocimiento. Este versículo nos invita a servir en este nivel más elevado. Nos llama a un servicio impulsado por el amor a Dios, sin esperar absolutamente ninguna recompensa.

Te propongo un plan. La próxima vez que tengas que hacer algo en favor de otra persona —responder a un pedido de ayuda que interrumpe lo que estás haciendo, recoger del piso la ropa que otro ha dejado, cocinar en medio de presiones, prestar dinero a alguien, alimentar mascotas que no te pertenecen, lo que sea— intenta lo siguiente: Ofrece tu servicio a Dios; no a la persona a la que sirves, sino a Dios. De esa manera tu servicio llegará a ser una expresión del gozo que fluye de tu corazón. Como resultado, tus sentimientos de valía y autoestima no dependerán de una respuesta humana a tus acciones, sino que estarán cimentadas en el amor infinito que Dios tiene por cada uno de nosotros, sus hijos obedientes.

La gratitud

Una manera fácil de mantener suficiente reserva de gozo para la jornada es contar tus bendiciones. Una vez, cuando estaba muy fatigada y deprimida, comencé a llevar un “diario de gratitud”. Cada noche, antes de acostarme, escribía cinco cosas por las que estaba agradecida. A veces era un ejercicio fácil de realizar, pero otras veces tenía que luchar para recordar cinco cosas por las cuales estar agradecida. Con esa “tarea” por delante, comencé inconscientemente a buscar hechos o eventos durante todo el día que pudiera anotar más tarde. De esa manera, estuve atenta a los aspectos positivos de lo que me sucedía durante el día. Fui entrenando mi mente y mi atención para tomar nota de las cosas buenas que me sucedían. Pronto me di cuenta de que comenzaba a pasar por alto muchas de las cosas desagradables que me sucedían porque mi cerebro no las consideraba importantes. No eran relevantes ni positivas y, como resultado, no las anotaba en mi lista esa noche.

Si quieres una prueba de cómo funciona esto, decide que vas a comenzar a fijarte en un tipo o modelo específico de automóvil. Yo nunca había visto un PT Cruiser, con su diseño singular, hasta que un amigo compró uno. Repentinamente, empecé a ver PT Cruisers por todos lados. En cualquier salida veía por lo menos media docena. En apenas una semana, creo que había visto ese modelo en todos los colores en que se lo produce. Jesús dijo: “Buscad y hallaréis” (Mateo 7:7). Podemos aplicar este principio a muchas áreas de nuestra vida, incluyendo la gratitud y el gozo.

¿Qué estás esperando?

La falta de gozo en el corazón de la gente es una las principales razones por la que vemos tantas tragedias a nuestro alrededor. Si nos falta el gozo, no estamos en condiciones de esperar nada bueno al fin de la jornada. Si lo tenemos, todo es diferente.

Sabemos cómo es una vida sin esperanza. Vemos sus efectos en los noticieros. Hay cristianos que se preguntan cuán malas serán las condiciones en este mundo al acercarnos al regreso de Jesús. ¿Será como en los días de Noé? ¿Como en Sodoma y Gomorra? ¿Cuándo el mal llegará a ser lo suficientemente malo? Si le preguntaras a los padres de un niño secuestrado y asesinado, o a los amigos de las víctimas de un francotirador, o a soldados en guerra, o a los que están muriendo de hambre o de SIDA, te dirán que el mal ya ha llegado a su colmo. Dios no está esperando a que todo empeore para intervenir.

Dios desea que sus hijos experimenten el gozo que él otorga y que también lo compartamos con los demás. Cuando el Titanic naufragó, cientos de personas se ahogaron. Es verdad que no había suficientes botes salvavidas para todos, pero muchos perecieron no por falta de botes (muchos no llegaron a llenarse), sino porque no subieron a los botes.

Jesús nos dio la comisión: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Marcos 16:15). Nos dio el gozo —la motivación— de cumplir esa misión. Esta no es sólo la responsabilidad del pastor. Si fuera así, Cristo habría dicho: “Apoyad a vuestros pastores al ir por todo el mundo”. Pero no dijo eso, sino que a cada uno de sus seguidores le ordenó: “Ve”.

Tampoco dijo: “Si tienes ganas, puedes ir por todo el mundo”, o “Puedes transmitir programas satelitales por todo el mundo”, o “Si te sientes llamado a ser misionero, puedes ir por todo el mundo”. Cristo dijo simplemente: “Ve”.

Esto no requiere que viajemos lejos. El mundo está a nuestro alrededor. Todos estamos conectados de alguna forma con otras personas. Esa es la parte del “mundo” de la que somos responsables. ¿Qué sucede en tu mundo, y qué piensas hacer al respecto?

Los efectos del gozo

Completamos el círculo cuando nos damos cuenta de que es el gozo de Jesús en nuestro corazón lo que nos da el ánimo, las fuerzas y la energía para obedecer sus mandamientos y cumplir la misión.

Elena de White declaró: “¿Por qué no ha ser nuestro gozo pleno, pleno sin faltarle nada? Tenemos la seguridad de que Jesús es nuestro Salvador y que podemos participar libremente de la rica provisión que él ha hecho para nosotros.... Nuestro privilegio es buscar constantemente el gozo de su presencia. Él desea que seamos alegres y que estemos repletos de alabanza a su nombre. Quiere que portemos luz en el rostro y gozo en nuestros corazones”.*

Tú y yo podemos tener esa luz en el rostro y ese gozo en nuestro corazón, todos los días. Es nuestro privilegio experimentar el gozo que Dios promete a sus hijos y compartirlo con los que nos rodean. Llena tu vida de gozo, y comienza hoy mismo la jornada.

Céleste Perrino-Walker es directora de la revista Listen. Este artículo ha sido adaptado de su libro Joy, The Secret of Being Content recientemente publicado por la Review and Herald Publishing Association. Su dirección postal: 27 Robshawn Place; Rutland, Vermont 05701; EE.UU. Dirección electrónica: editor@listenmagazine.org.*Elena G. de White, A fin de conocerle (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1964), p. 144.