Tiempo de decidir

Cada vez que oigo las notas majestuosas del himno, “A todo hombre y a toda nación les llega la hora de decidir”, recuerdo el tiempo cuando me encontraba en esa encrucijada. Fue durante el segundo año de mis estudios de posgrado que decidí visitar la Iglesia Adventista Central de Nueva York, ubicada muy cerca de Times Square.

Había pasado mucho tiempo sin asistir a la iglesia. Hacía siete años que había llegado a los Estados Unidos como refugiado, proveniente de Hungría. Durante ese período me había dedicado por completo a terminar la escuela secundaria, a avanzar en un programa de química sumamente difícil, mientras trabajaba medio tiempo durante el año académico y tiempo completo durante el verano. El Departamento de Bioquímica del Centro Médico Presbiteriano de la Columbia University me había admitido en su programa doctoral. Me otorgaron un estipendio para vivir y, habiendo aprobado los exámenes finales, todo lo que me restaba para obtener el doctorado era estudiar en profundidad de qué manera la Escherichia coli regulaba su síntesis de ácidos ribonucleicos. Sólo me quedaban por delante dos años felices en el laboratorio, después la redacción de la tesis, ¡y listo!

Con el doctorado a la vista, me sentí liberado de la presión de la incertidumbre. Comencé a pensar qué haría cuando terminara mis estudios. Lo que más me importaba no era tanto lo que haría como profesional, sino qué clase de persona sería.

En el centro de mis preocupaciones se encontraba mi relación con Cristo. Desde mi temprana juventud en Europa, había creído en la existencia de un Dios amante y protector que es el Creador y Señor de todo lo que existe. Siempre sentí que Dios cuidaba de mí, y esta idea me daba una sensación de seguridad. Pero durante los turbulentos años desde mi llegada a los Estados Unidos, me había desviado repetidamente de los principios y las prácticas en que me había criado. Con el tiempo comencé a preguntarme si era correcto esperar la amistad de Dios hacia mí sin reciprocidad de mi parte.

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Nací en Hungría en el seno de una familia judía, a comienzos de la Segunda Guerra Mundial. Por cierto, un momento poco auspicioso para llegar a este mundo. Mi padre no era particularmente religioso, pero tenía fuertes sentimientos respecto de su identidad judía. Mi madre cuenta que cierta vez papá descubrió que ella tenía una Biblia cristiana que le habían regalado sus amigos judíos adventistas, y relata cómo él se enfureció y despedazó la Biblia delante de sus ojos.

Junto con todos los judíos aptos, mi padre fue enrolado en el Ejército Húngaro en batallones de obras, destinados a tareas manuales pesadas en la guerra. Estos hombres indefensos fueron llevados al frente de batalla para construir rutas y puentes, cavar trincheras y hacer todo lo que se les ordenara. Poco después de que las tropas soviéticas derrotaron a la coalición dirigida por los alemanes en 1942, informaron a mi madre que mi padre había desaparecido en las cercanías de la ciudad de Kursk. Nunca más supimos de él.

En Budapest, todos los judíos tenían que portar la Estrella de David amarilla en sus prendas externas, para ser distinguidos de la población en general. Este fue el primer paso hacia el exterminio de mi pueblo. Mi madre obtuvo de alguna manera documentos falsos, que decían que el apellido de nuestra familia era “Krecsmarik” (en lugar de “Schwartz”, nuestro apellido real) y que proveníamos de Budapest, escapando de la avanzada del Ejército Ruso. Obviamente, no portábamos la Estrella de David.

Después de la guerra, mi madre cambió nuestro apellido de “Schwartz” a “Javor”. Lo hizo para protegernos del antisemitismo de la sociedad de esa época, ya que todos los judíos húngaros tenían apellidos de origen alemán. En cambio, “Javor” (un apellido eslavo) brindaba más protección.

Durante la guerra, Budapest fue bombardeada por los aliados y todos vivíamos en refugios antiaéreos. Estos refugios eran salones grandes y húmedos, casi sin iluminación, en los sótanos de las casas, donde pasábamos el tiempo hasta que se nos informaba que era seguro salir. En los refugios solía jugar con otros niños de mi edad hasta que uno de ellos me preguntaba cómo me llamaba. Entonces corría hasta donde estaba mi madre y le preguntaba a gritos: “Mamá, ¿cómo me llamo?” Naturalmente, nos teníamos que mudar a otro refugio donde nadie nos conociera, hasta que sucedía un episodio similar. Durante este período mi madre se unió a la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Su amistad con dos damas judías adventistas fue decisiva para que diera este paso, y se sintió segura en su nueva religión cristiana. Después de la guerra, mi madre continuó asistiendo a la iglesia. Todos los sábados íbamos a la Calle Szekely Bertalan No.13, donde se reunía la congregación adventista más numerosa de Budapest. En esa época las escuelas primarias tenían clase los sábados y los estudiantes debían asistir. En cambio yo iba con mi madre a la iglesia.

Durante los primeros grados, mi madre hizo arreglos para que el maestro, por una módica suma, hiciera las veces de tutor durante las tardes para enseñarme el material que había perdido los sábados. Durante los grados siguientes, simplemente me ausenté los sábados, pero nadie me molestó por eso, tal vez porque tenía muy buenas notas. En la iglesia asistía a la escuela sabática de niños y luego soportaba lo que me parecían sermones interminables. En esos días un pastor no se paraba detrás del púlpito si no era para predicar por lo menos durante una hora. Las oraciones también eran sumamente largas, para sufrimiento de mis rodillas.

También recuerdo momentos felices en la iglesia, como la interpretación que hacía el coro de famosas obras del compositor húngaro Zoltan Kodaly, mientras el compositor mismo se encontraba entre el público. Yo solía observar a este genio musical de cabellos blancos mientras escuchaba la música con los ojos cerrados.

También me gustaban las diapositivas que se proyectaban en la pared del frente del auditorio. Una diapositiva en particular, que mostraba el regreso de Cristo en las nubes rodeado por sus ángeles, dejó en mí una profunda impresión.

Solía pasar los domingos en las colinas de Budapest con mis amigos de la iglesia. En el verano las trepábamos o jugábamos a la pelota, y en invierno nos deslizábamos en trineo por las pendientes nevadas, casi congelados de frío. También hacíamos excursiones en bicicleta, que algunas veces incluían acampar durante la noche. Todo esto se vio interrumpido abruptamente cuando, al fin de la revolución húngara de 1956, partí hacia los Estados Unidos.

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La Iglesia Adventista Central de Nueva York tenía un hermoso auditorio con un buen escenario y cómodos asientos. El pastor, J. Reynolds Hoffmann, presentaba sermones profundos y sustanciales, que hacían que regresara una y otra vez a escucharlo. Los miembros de iglesia se mostraban amigables y los jóvenes me invitaban a participar en sus actividades. Con el tiempo, cada vez se me hacía más atractivo venir a la iglesia.

Y entonces llegué a una encrucijada. Toda mi vida había conocido las verdades de la Biblia. Pero esas verdades eran sólo un conjunto de proposiciones. Aunque las aceptaba intelectualmente, no tenían un impacto sobre mi vida. Sin embargo, cierta vez el texto “A cualquiera, pues, que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos” (Mateo 10:32), vino a mi mente con fuerza. Sentí que había llegado el tiempo de decidir. ¿Qué iba a hacer? ¿Vivir en la indecisión o comprometerme a seguir a Cristo en todo? Y tomé la decisión.

El Pastor Hoffmann me bautizó en 1964. A partir de ese momento, todas mis decisiones importantes fueron tomadas desde la perspectiva de un seguidor de Cristo. Puse en orden mi vida profesional y social para que estuviera en armonía con mi confesión de fe. Elegí asociarme con otros jóvenes que me ayudaran en mi jornada de fe.

Durante esos años, los jóvenes adventistas estaban organizados en sociedades de misioneros voluntarios, y se me pidió que coordinara el grupo local. Una joven talentosa y simpática fue elegida como asistente. Al trabajar juntos con Shirley, llegamos a ser buenos amigos y, poco después de recibir el título doctoral, nos casamos. Treinta ocho años después, sigo convencido de que esa fue una decisión excelente.

De Nueva York nos mudamos a Andrews University, donde pasé a formar parte del Departamento de Química. Allí nacieron nuestros dos hijos. Hoy uno de ellos es ingeniero eléctrico y el otro médico. Los dos han hallado buenas esposas que han ampliado la alegría de nuestra familia.

Cuando aún estaba realizando mis estudios de posgrado, hice arreglos para que mi madre viniera a vivir conmigo. Aunque no ha podido liberarse por completo de los penosos recuerdos de la Segunda Guerra Mundial, el tiempo y la vida tranquila han sido terapéuticos para ella. Hoy está por cumplir 98 años. Nunca podré olvidar que su valentía durante la Segunda Guerra Mundial y su decisión de abrazar el cristianismo fueron dos de los factores más decisivos de mi vida. Las madres amantes nos ayudan a comprender el profundo amor de Dios por nosotros.

Cuando el Espíritu Santo nos impulsa a tomar decisiones capaces de transformar nuestra vida, es posible que no comprendamos todas las consecuencias de nuestra elección. Sin embargo, podemos estar seguros de que Dios siempre procura lo mejor para nosotros. Bienaventurado es aquel que oye y responde a su amante invitación.

George T. Javor (Ph.D., Columbia University) es catedrático e investigador en el Departamento de Bioquímica de la Facultad de Medicina de Loma Linda University, California, EE.UU. Su dirección electrónica: g.javor@llu.edu.