El arco iris está en tu cerebro

Si un árbol cae en el bosque y no hay nadie presente para escucharlo, ¿será que la caída produce un sonido? Esta pregunta parece ingenua, pero la respuesta puede proveernos detalles fascinantes acerca de la naturaleza del sonido, el color, el sabor, la belleza, el amor y también del genio inventivo del Creador.

Cuando un árbol cae, sus ramas agitan el aire, golpean a otros árboles y finalmente se precipita a tierra con fuerza. Todos estos golpes de un objeto contra otro o contra el aire generan perturbaciones que se mueven como ondas. Estas vibraciones de moléculas en movimiento, u ondas sonoras en el caso del aire, están controladas con gran precisión por leyes físicas. El tamaño y naturaleza de los objetos que colisionan y la fuerza con que lo hacen controlan la forma y complejidad de las ondas sonoras que se propagan a velocidad constante, determinada con precisión por las leyes físicas. Esto puede dar la impresión que el sonido está íntegramente controlado por las leyes de la física. Sin embargo, ésta es una conclusión prematura, porque hasta aquí nos hemos limitado a describir las vibraciones de moléculas de aire. ¿Pero cómo se convierten estas vibraciones en sonido?

El oído

Al caer el árbol, un leñador está trabajando cerca. Las ondas sonoras, o moléculas de aire en vibración, hacen que el martillo de su oído vibre y esta vibración es transmitida al oído interno donde una serie de receptores responden a dichas vibraciones. Los receptores en uno de los extremos responden a vibraciones de longitud de onda larga, las cuales percibimos como sonidos graves. En el extremo opuesto hay receptores que son activados por ondas de longitud corta y por lo tanto los percibimos como sonidos agudos. Entre ambos extremos hay un sinfín de receptores, cada uno especializado para responder a una determinada longitud de onda intermedia. A su vez, cada receptor está conectado con el cerebro por un nervio que transmite las señales. El cerebro interpreta estas señales, permitiéndonos percibir el sonido.

¿Qué tipo de señal es transmitida por el nervio que conecta el receptor del oído interno con el cerebro? ¿Se transmite sonido por el nervio? No, cada nervio transmite únicamente un impulso o señal eléctrica. Fisiológicamente, las señales eléctricas de un receptor de onda larga o corta son idénticas. Cada receptor del oído interno tiene su propia conexión nerviosa con el cerebro. La única manera en que el cerebro puede diferenciar si un impulso se debe a una onda corta o larga es en base al análisis del nervio a través del cual llegó. Hasta ahora no existe sonido, sólo vibración de moléculas de aire y transmisión de impulsos eléctricos a través de los nervios.

Siendo que la conexión entre el oído y el cerebro consiste únicamente de impulsos eléctricos, el origen del sonido de un árbol al caer debe provenir de algún lugar dentro del cerebro. Ningún sonido viajó a través de los nervios, fueron sólo impulsos eléctricos. De alguna forma, el cerebro recibe los impulsos eléctricos aferentes de un sinfín de nervios y los traduce generando la percepción consciente que denominamos “sonido”. Lo que percibimos como sonido es meramente una sensación generada por el cerebro. Las leyes físicas y químicas de la naturaleza gobiernan la vibración de las moléculas de aire y las interacciones entre moléculas, haciendo posible la existencia de vida, pero la vida es mucho más que esas leyes. La vida de un organismo altamente complejo no es el resultado de estas leyes, así como la forma de un auto no está controlada por las leyes de la naturaleza, sino que tuvo que ser inventada. Únicamente el cerebro puede producir la sensación de sonido.

Para ilustrar la imposibilidad de que las leyes físicas sean las únicas responsables de producir el sonido, comparemos las conexiones nerviosas del oído con un teclado de computadora. Cuando presionamos una tecla, sea la letra M o G, una señal eléctrica es enviada al procesador de la computadora, donde es manipulada para producir la letra correcta en el monitor. Sin embargo, las letras M o G que aparecen en el monitor son creadas dentro de la computadora y están controladas por la conexión entre el teclado y el monitor. La actividad eléctrica de la computadora o el cerebro cesaría, si no fuese por las leyes físicas, pero la forma de las letras y la tecla que se asocia a cada una no están controladas por ninguna ley natural, sino que fueron diseñadas por un ingeniero. Esto significa que cualquier experto en computación puede fácilmente cambiar las conexiones para que al presionar la tecla M aparezca una G en el monitor.

De la misma manera, las leyes físicas no determinan qué sonido proviene de qué nervio, sino que eso está arbitrariamente determinado por las conexiones desde el oído. Si pudiésemos acceder al cerebro y desconectar el nervio del oído al cerebro, darlo vuelta y conectarlo al revés, las vibraciones de onda larga se escucharían como sonidos agudos porque se estimularía el sector del cerebro que genera la sensación de sonidos agudos como resultado de haber hecho un cambio en las conexiones. Un flautín sonaría como una tuba y los sonidos de la tuba serían percibidos como los de un flautín.

La vista

Ahora nos centraremos en los ojos. Los rayos del sol se reflejan en todos los objetos a nuestro alrededor. Algunos de esos rayos llegan a los receptores de luz en el fondo del ojo, en la retina. Las hojas en un árbol absorben gran parte de la luz que les llega, pero la luz verde es reflejada. Esos rayos llegan a la retina y vemos las hojas de color verde. Un vestido rojo refleja los rayos rojos y nuestros ojos son deslumbrados por la belleza del color rojo brillante así como también por la belleza de quien lo está usando.

Al ser estimulado por un rayo de luz, el receptor de la retina envía un mensaje al cerebro. ¿Qué tipo de mensaje es? Es un impulso eléctrico, del mismo tipo que los impulsos enviados por el oído en respuesta a las vibraciones. Si los mismos impulsos eléctricos son los portadores de informaciones ya sea de las ondas sonoras o de los rayos luminosos, ¿cómo puede ser que nuestro cerebro no se confunda? Por la misma razón que la computadora puede diferenciar una señal proveniente de la tecla M y otra de la tecla G, las conexiones de estas dos teclas llegan a diferentes lugares de la computadora. De la misma manera, los nervios del ojo llegan a un lugar específico del cerebro y existe un nervio determinado para cada señal visual. Toda la información de estos nervios llega al cerebro como impulsos eléctricos y el cerebro interpreta esta información como una imagen visual.

Debido a que tanto los rayos de luz de larga dimensión de onda como los cortos se comunican con el cerebro por medio del mismo tipo de señal eléctrica, el modo de interpretación de dichas señales es el resultado de instrucciones en el cerebro (al igual que en los programas de computación) planificadas para interpretar los mensajes eléctricos de cada parte del nervio óptico, produciendo así la imagen visual correcta. En otras palabras, nuestra percepción de los colores rojo o verde resulta del sistema de procesamiento de información. Ninguna ley física define las características de ese sistema, sino que tuvo que ser inventado por un diseñador inteligente.

Se podría objetar que la relación entre la longitud de onda de la luz y los colores es perfectamente entendida por los físicos y por ende se puede prever qué color se verá con cada longitud de onda. Sí, es verdad, pero sólo parcialmente. El espectro de luz visible es el resultado de leyes físicas precisas y la forma en la que esas longitudes de onda son selectivamente reflejadas por diferentes sustancias es un hecho consistente en la naturaleza. También es cierto que podemos predecir qué longitud de onda será vista como verde, aunque sólo de manera general. Las excepciones son la clave para solucionar este rompecabezas. El hecho de que la mayoría de nosotros ve color verde en respuesta a cierta longitud de onda confirma que el cerebro está programado de forma confiable y podemos tener la seguridad de ver el verde siempre de la misma manera. Pero no sucede así con todos los seres humanos. Algunos son daltónicos y no pueden diferenciar entre el rojo y el verde. ¿Será que cuando los ojos de estas personas son estimulados por la luz cambian las leyes físicas? Por supuesto que no; la longitud de onda reflejada por las hojas de un árbol sigue siendo la misma. La diferencia está en el sistema óptico y la interpretación que ocurre en el cerebro, que se debe a un error en las instrucciones para interpretar las longitudes de onda verdes y rojas.

Afortunadamente, el daltonismo no es un problema común y en la mayoría de los casos se limita al verde y el rojo. Esto indica que el centro de interpretación del color en el cerebro es por lo general muy confiable, pero aparentemente está subordinado a la organización del cerebro. Vale decir, los colores que percibimos no están controlados por las leyes de la naturaleza sino por la forma en que el Creador diseñó nuestro cerebro. El color, así como lo vemos, sólo existe en especies animales cuyos cerebros generan esa percepción. En otras palabras, el arco iris está en nuestro cerebro. Si inventásemos un instrumento detector de luz, sólo podría medir la longitud de onda pero no podría saber qué colores van a ser vistos por los humanos una vez que sus cerebros interpreten esas longitudes de ondas.

Recuerda ahora el experimento que describimos anteriormente, en el cual desconectábamos la conexión del nervio del oído y lo invertíamos. Esta vez imagínate que desenchufásemos dos cables, uno del oído y otro del ojo y los intercambiásemos. Ahora el procesador de sonido del cerebro recibiría señales eléctricas desde el ojo y el procesador de la información visual recibiría impulsos eléctricos del oído. ¿Qué escucharíamos y veríamos? ¡“Escucharíamos luz” y “veríamos sonido”! No cabe duda de que nos confundiría bastante porque el procesador visual no está programado para interpretar información sonora. Sin embargo, veríamos algún tipo de imagen generada por las señales auditivas. ¡También escucharíamos sonidos bastante extraños!

El sentimiento de amor

Rememora algún momento en que estabas tomando la mano de alguien a quien amas, disfrutando los sonidos y colores de un hermoso paisaje de montaña. Los sentimientos de amor hicieron que los colores y sonidos apareciesen más vívidos. ¿Qué leyes naturales controlan en el cerebro esos sentimientos, y las experiencias, recuerdos y pensamientos que fueron la base para ese sentimiento de amor? El toque delicado de la mano de tu amado/a únicamente estimuló los receptores táctiles y envió una señal eléctrica hacia lugares específicos del cerebro. Esto no parece muy romántico, ¿verdad?

Si nos detenemos aquí, entendemos la física y la química, pero no el amor y el romance. Esa experiencia del amor no se puede describir con leyes físicas o químicas. Es verdad que las leyes de la naturaleza mantienen unidas las moléculas que componen nuestro cuerpo, posibilitando la vida. Pero únicamente tu cerebro fue capaz de discernir el significado especial de ese toque y generar un sentimiento único, diferente del que hubieses experimentado en respuesta a otra caricia suave. La amistad, el compañerismo y el amor constituyen una hermosa red de relaciones que, a su vez, dependen del sistema de análisis inventado por el Creador, quien lo ubicó en nuestro cerebro al igual que los centros de control del sonido y la visión.

Creemos que el amor existe porque el Creador nos ama y quería que disfrutásemos de relaciones que fuesen más allá que la mera física y química; relaciones que nos proporcionen el tipo de alegría y romanticismo que sólo un Dios personal puede entender y compartir con nosotros, para alegrar nuestra vida. El amor es una invención de Dios, quien lo programó en el cerebro. El amor, al igual que el arco iris, está en nuestra mente.

Lo ingenioso de nuestro mundo sensitivo

El sistema sensitivo, compuesto por la percepción de sonidos, colores, sabor, tacto y aromas (el aroma también se percibe siguiendo el mismo proceso) y la magia del amor es resultado del procesamiento de la información en el cerebro y no de leyes del sonido o longitudes de ondas. La siguiente vez que asistas a un concierto o estés sentado al borde de un bosque al atardecer, escuchando los cantos de los pájaros y observando los colores cambiantes de la puesta del sol, piensa acerca del origen de todos estos estímulos sensitivos. El sonido producido por los diversos instrumentos de la orquesta y los diferentes cantos de los pájaros hace vibrar el aire de una manera única, a la par que el atardecer está reflejando los rayos de luz de diferente longitud de onda. Esto lo estudia la física, pero la ciencia no produce una sinfonía ni crea una puesta de sol hermosa. El sonido cautivante de la sinfonía y los impactantes colores del atardecer son producidos únicamente por el cerebro. Son regalos que el Creador nos dio a través de un conjunto de instrucciones y conexiones que programó en el cerebro y que permiten a su vez traducir las frías y precisas vibraciones del aire en algo que percibimos como exquisitamente precioso; una experiencia que queremos compartir con alguien que amamos.

Si un árbol cae en el bosque y no hay nadie presente para escucharlo, ¿se produce un sonido? No, el árbol hace que el aire vibre, pero el sonido ¿se produce únicamente dentro de nuestro cerebro.

Conclusión

¿A qué se debe que los seres vivos gocemos de visión, oído, olfato y el equipamiento necesario para generar un sentimiento romántico dentro de la mente? Por más de cien años la ciencia ha estado explicando este hecho como el resultado de mutaciones y selección natural, de procesos naturales puramente impersonales. En este artículo nosotros sugerimos una interpretación diferente que nos da una nueva perspectiva de la naturaleza del sonido, el color, el sabor, la belleza, el amor y el genio inventivo del Creador que los ideó. ¿Como podemos estar tan seguros de que vemos la mano del Creador en todo esto? A decir verdad no lo podemos probar, de la misma forma que nadie lo puede refutar. Nosotros creemos que es una decisión filosófica muy válida.

La ciencia puede ayudarnos a comprender el funcionamiento del cerebro y de otros sistemas naturales y cómo cambian los organismos. Hay suficientes evidencias de la microevolución y la aparición de nuevas especies, pero hay también una enorme falta de evidencias convincentes de que un mecanismo genético haya podido producir un nuevo órgano o haya sido posible el cambio de un tipo básico de animal en otro.* No podemos probar que un cerebro no podría haber evolucionado sin un diseñador inteligente, pero los científicos que se basan en premisas naturalistas tienen la responsabilidad de convencernos de que eso podría suceder. La ciencia de más alto nivel no posee evidencias persuasivas de que algo tan maravilloso como el cerebro humano podría aparecer sin la intervención de un diseñador que inventó y entiende un órgano tan sofisticado, capaz de generar sinfonías e imágenes, como también sentimientos románticos que hacen que la vida sea más placentera.

En la cosmovisión del mundo científico moderno, las leyes físicas y químicas son la realidad última. Pero nosotros creemos que Dios es un ser personal y que en su universo las relaciones personales son de máxima importancia. Dios es el inventor y señor de las leyes de la naturaleza, por lo tanto las usa en forma consistente para mantener al universo en funcionamiento. Sin embargo, para Dios las relaciones personales y la capacidad de deleitarnos con amigos frente a las maravillas estéticas del universo que el creó son de mucha mayor importancia que las leyes naturales. Estas leyes están a su servicio para tener en el universo las condiciones que hagan posible su meta más preciada: la existencia de seres vivos y pensantes que se relacionan entre sí y con el Creador, y que responden a su amor.

Nunca podremos comprender a Dios hasta que entendamos y aceptemos que para él las leyes naturales son los medios para establecer en el universo su mayor prioridad, un contexto en que los seres humanos podamos relacionarnos con vínculos de amor y confianza mutua, porque tenemos la posibilidad de elegir libremente.

Leonard Brand (Ph.D., Cornell University) dirige el Departamento de Ciencias Naturales en la Universidad de Loma Linda, California. Su email: lbrand@llu.edu. Ernest Schwab (Ph.D., Loma Linda University) enseña anatomía y fisiología en la Facultad de Ciencias de la Salud de la misma universidad. Su email: eschwab@llu.edu. Este artículo fue condensado de un ensayo más extenso publicado por los autores en Origins 58 (2005), pp. 45-56.

* Ver L.R.Brand, Faith, Reason, and Earth History (Berrien Springs, Michigan: Editorial de la Universidad Adventista de Andrews, 1997) y Beginnings: Are Science and Scripture Partners in the Search for Origins? (Nampa, Idaho: Pacific Press, 2006). Ver también L. Spetner, Not by Chance! Shattering the Modern Theory of Evolution (Brooklyn, Nueva York: The Judaica Press, 1998).