La luz de Dios brilló en el escenario

¿Quién es esta estrella de ópera de 22 años de edad, tan segura y glamorosa? Observé mi fotografía publicitaria en la cartelera de entrada al Teatro Fuchou. Al recordar donde estaba, miré a mi alrededor nerviosamente para asegurarme de que nadie percibía mi momento de orgullo. En la China comunista no era bueno parecer vanidoso o alabarse a uno mismo.

Para recordarme que el gobierno me había otorgado el privilegio de la fama, me detuve a observar la calle que bullía centenares de pequeñas mujeres monótonas. Vestidas de uniformes difíciles de describir, se apresuraban para llegar a sus hogares después de un largo y aburrido día de trabajo en las líneas de producción fabril. Aunque la moda de París, Londres y Nueva York no era sino un sueño distante para la mayoría de las mujeres chinas, yo me vestía con los estilos más nuevos y finos posibles. Me detuve a observar mis uñas trabajadas por la manicura y me reproché los pensamientos de orgullo.

Como diva de la ópera tenía un buen pasar allí en el sur de China. Durante el gobierno de Madame Mao, la ópera había estado limitada a un puñado de obras restrictivas que declamaban la propaganda de la revolución. Con el cambio de gobierno, las audiencias pudieron volver a escuchar las óperas chinas tradicionales que antes habían sido consideradas decadentes, peligrosas y burguesas. Además de cantar las arias de antiguos cuentos de hadas a los que se les había puesto música, traté de no pensar en las ceremonias donde se adoraba y honraba a los dioses antiguos.

Me balanceaba entre dos mundos y me inundaban los recuerdos. Mi pacífico abuelo Sui, un pastor cristiano golpeado y humillado por la Guardia Roja; nuestro hogar saqueado hasta que quedó casi vacío; mi tierno padre, médico exilado en la región montañosa del sur, debido a la traición de un colega. Las lágrimas llenaron mis ojos al recordar el momento en que mi madre llevó a mis tres hermanas mayores a vivir con su familia en Saobian mientras permanecía con mi padre. Recordé cuando perseguía las ratas en los arrozales y cuando espiaba a través de una abertura en la pared para ver a mi padre operando a la luz de un farol. La catarata de recuerdos me dejó exhausta, extrañando a mi familia.

Había estado sola desde jovencita y fui a vivir en las barracas de la escuela de artes escénicas de Fosam. Papá estaba aún en el exilio; por eso, el día que abandoné mi hogar para vivir en la ciudad, fue el abuelo Sui quien me despidió. Oró por mí, para que estuviera bien, para que nunca olvidara a mi familia y que siempre recordara mi herencia espiritual. A lo largo de los años, había estado bien y cuando podía, regresaba a casa a visitar a mi familia. Pero en relación con su tercer pedido muy pronto abandoné la fe de mi familia y me asimilé a este nuevo estilo de vida. Durante las visitas a casa les contaba historias de mis experiencias: fiestas glamorosas, personas famosas que había conocido, lujosos banquetes a los que había asistido. No me detenía a contarles de los perros o los gatos que comía o el contenido de las óperas de las que era protagonista. Aunque mis hermanas parecían estar impresionadas con mi éxito, mi abuelo no procuró ocultar su tristeza: “Tú sabes como fuiste criada. Tú lo sabes”.

Mi madre me amonestaba respecto de mi vida amorosa: “Recuerda Zao Yang que toda la familia algún día emigrará de China. Por favor, no te enamores de un hombre que te impida que nos acompañes”.

En mi adolescencia había admirado algunos muchachos. Una vez famosa, tuve hombres que me admiraban a mí, pero siempre recordaba la advertencia de mamá. Esta decisión, junto con mi conducta exageradamente orgullosa por mi talento artístico, me dejó sin ningún confidente, sin nadie en quien confiar. Brillaba sobre el escenario, pero fuera de él me marchitaba en soledad.

En una de mis visitas familiares, hallé una traducción china del libro El deseado de todas las gentes, y comencé a leerlo. Me gustó la forma en que la autora caracterizaba a Jesús. Al fin de mi estadía, mamá insistió en que me llevara el libro y también una Biblia en chino. “Son libros livianos. Será fácil que los lleves”. Sabía que mi familia escuchaba una estación de onda corta de Hong Kong. Con una mezcla de soledad, aventura y rebelión, adquirí un radiograbador (muchos colegas de la ópera escuchaban a las estrellas de la ópera en cintas), y comencé a escuchar las transmisiones en secreto. En mi mente, las verdades que oí batallaban con mi deseo de continuar en ese estilo de vida veloz y glamoroso. Mis tres hermanas se habían bautizado; nada agradaría más a mi familia que yo me entregara a Dios. Desafortunadamente sabía sus deseos, pero no tenía intención de hacer algo para cumplirlos.

Un día me sorprendió recibir una carta de un amigo de mi abuelo, el Pastor Liang. Me invitaba al bautismo. La ignoré; no estaba lista para entregar el control de mi vida a un Ser que nadie a mi alrededor creía que existía. Al regresar de mi siguiente gira, hallé otra carta del Pastor Liang. Me informó de un bautismo que llevaría a cabo y me invitó a que participara. Cuando revisé mi agenda, sentí alivió al ver que mi compañía teatral estaría muy lejos de Guangzou el fin de semana del bautismo.

En el verano de 1983, más para agradar a mis padres que por otra cosa, decidí ser cristiana y fui bautizada por el Pastor Liang. Mi familia se regocijó. Mamá escribió en una carta: “Finalmente nuestra chiquita se bautizó. Ahora todos somos cristianos. Sólo nos resta esperar con paciencia el día en que podamos mudarnos a Hong Kong para estar todos juntos otra vez”.

Aunque el bautismo agradó a mis padres, yo no tenía una relación personal con Dios. Mi estilo de vida siguió siendo el mismo, y mi descontento se intensificó. Una mañana temprano caminaba sin rumbo por Guangzou sin nada que hacer. De pronto me encontré dentro de la iglesia donde había sido bautizada. Con discreción me senté en la última fila, oculté la cabeza entre mis brazos y me puse a llorar. “Oh Dios, si eres realmente el que mis padres dicen que eres, haz por favor algo en mi vida”.

Repentinamente, un par de manos me tomaron y una voz femenina me habló en inglés. No podía entender sus palabras pero sabía que estaba orando por mí. En una sociedad donde es raro que uno sonría o le hable a los extraños, quedé petrificada. El Espíritu Santo traspasó mis defensas, y mi corazón se quebrantó.

“Está bien Señor, tómame. Soy tuya”. La pesada carga de culpa y vergüenza desapareció de mis hombros. Por primera vez en mi vida me sentí libre.

Mientras tanto mamá luchaba tenazmente con el sistema político, hasta que consiguió visas para que todos, menos yo, emigraran a Hong Kong. Al principio el jefe de mi compañía se rehusó a dejarme ir. Mamá insistió. De pronto sucedieron cosas increíbles. Un día estaba cantando en el escenario y al día siguiente estaba en camino a una nueva vida desconocida. Al poco tiempo de estar en Hong Kong me di cuenta que tenía que aprender inglés, de manera que me anoté en clases vespertinas y durante el día buscaba trabajo. Li Xin, mi hermana mayor, encontró trabajo en la escuela “Uncle Tang” y yo me dediqué a vender libros en el Centro de Publicaciones Adventistas. Esto permitió que con mi familia nos mudáramos del pequeño apartamento de nuestros parientes a otro en las cercanías.

Pero extrañaba la música. Cuando viajaba en esos buses de dos pisos y pasaba frente a los clubes nocturnos con luces de neón, me decía a mí misma que cantar en un bar o un club nocturno podría ser un buen trabajo, ya que ganaría mucho dinero en poco tiempo. Cuando les presenté la idea a mis padres, se negaron rotundamente. Mi corazón se llenó de rebeldía. ¡Ya era adulta! Me había valido por mí misma desde los catorce años. Oré a Dios para que cambiaran de parecer. Pero Dios no cambió el parecer de ellos; cambió el mío.

Unos días después me invitaron a trabajar en la radio adventista. Tendría mi propio programa titulado “Una melodía en el corazón”. Me entusiasmó la idea. Allí adquirí el nombre anglicanizado “Sunshine”, y allí encontraría a la persona que cambió mi vida para siempre.

Luego de la protesta de la Plaza Tiananmen, el consulado de los Estados Unidos retiró de la China continental a todos sus ciudadanos, entre los que se encontraba un joven docente llamado Roger Stahl, quien fue a vivir a Hong Kong. Poco después de conocerlo, se ofreció a darme clases de inglés. Nos enamoramos y al tiempo decidimos casarnos y mudarnos a los Estados Unidos donde vivían sus padres.

De artista de escenario detrás de la “cortina de bambú” a esposa cristiana y madre de una niña adorable. Sigo cantando para el Señor. Ha sido un viaje milagroso. En cada vuelta del camino parecía que oía la voz de mi abuelo repitiendo el versículo: “Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas”. Y ahora, mientras Roger enseña inglés en una universidad de la China, Dios utiliza mi voz y mi historia para alabar su nombre en muchos países del mundo.

En la actualidad, Sunshine ha producido tres CDs, uno en inglés y dos en chino mandarín. Si desea contactarse con la familia Stahl, su dirección es usastahl@hotmail.com.

Kay D. Rizzo es autora de Red Star Rising (Nampa, Idaho: Pacific Press Publishing Association, 2006), del cual se adaptó esta historia. Rizzo ha escrito cincuenta y cinco libros y tiene un ministerio internacional. Email: kay@kayrizzo.com.