Yo creo en un Dios Creador

Me hallaba frente a la oficina del director. Mi madre, una fiel adventista, estaba adentro junto a él, al inspector escolar y a los docentes de mayor experiencia, rogando que me exceptuaran de ir a clase los sábados. Yo asistía a quinto grado y estaba ansioso esperando el veredicto que era muy importante para mí. Quería ser fiel a Dios y su verdad. Dios era el personaje más grande de mi vida. ¿Sería mi fidelidad a él algo que se interpondría en la prosecución de mis estudios?

Esperé por casi una hora cuando abruptamente la puerta se abrió. El director, un hombre grande, me dirigió una mirada escrutadora y disparó una serie de preguntas que me dejaron mudo. “¿Qué es esto de creer en Dios? ¿Quién es él finalmente? ¿No sabes que Yuri Gagarin, el astronauta ruso, fue al espacio y desde allí anunció que no había encontrado a Dios? ¡No hay Dios! Cortemos esto. ¡No vamos a regresar a la Edad Media!”

Realmente no supe cómo responderle. Dentro de mí pensé cuán fácil habría sido para Dios escribir un mensaje luminoso a través de los cielos para que todo el mundo lo viese y lo creyese, y de esa manera todos los escépticos habrían sido silenciados.

Desde esa experiencia en Yugoslavia he estado interesado vivamente en aspectos que surgen de la controversia entre los modelos creacionista y evolucionista sobre el origen del planeta. En años recientes han sido publicados numerosos artículos en la literatura científica, con una buena dosis de mordacidad hacia quienes consideran la creación como un legítimo modelo explicativo del origen de la vida. La creación continúa siendo juzgada por muchos como una interpretación no solamente no científica sino como una amenaza directa en contra de la ciencia. Incluso la revista Time publicó recientemente un corrosivo debate entre Dawkins y Collins oponiendo a Dios y la ciencia.1

¿Cómo es que la ciencia ha llegado al punto de sentirse amenazada por la sola idea de Dios? Asimismo, cierto número de promotores del creacionismo han empleado tácticas similares, volviéndose mordaces y ridiculizando a los evolucionistas. En el fragor de la batalla parecería que los dos campos han olvidado algo muy elemental: la realidad no puede ser alterada por nuestras opiniones sobre ella. Debemos abordarla con humildad, buscando descubrirla y apreciarla.

No resulta claro porqué los neodarvinianos llegaron a un total rechazo de Dios, pero esto ha llegado a ser un dogma incuestionable. Cualquier intento de acercar un discurso racional sobre este tema es inmediatamente dejado de lado como si fuera no científico y adverso a toda ciencia. Justifican esto diciendo que si Dios existiese nosotros no podríamos estar a salvo de interferencias en nuestras acciones, experimentos, o aún en nuestros pensamientos. Esta suerte de ‘teofobia’ implica una visión de Dios que lo caracteriza como un manipulador mezquino y caprichoso. Los darvinianos ortodoxos van más lejos aún, al presentar el concepto de Dios como una amenaza incluso para la sanidad emocional, al interferir con todo pensamiento racional. Este enfoque está muy bien representado en el título de un reciente libro de Dawkins, La ilusión de Dios.2

Si ambos campos se mantienen abroquelados en esta lucha de poder, el resultado más factible será una polarización más aguda y al final, tanto ciencia como religión sufrirán pérdidas. De todas las recriminaciones causadas por los excesos de la religión en el pasado, no faltan tampoco ejemplos relativamente recientes de crímenes contra la humanidad perpetrados por ideologías ateas, propulsando la inexorable ascendencia del impulso evolucionista propuesto por el darvinismo.

Desafortunadamente, la religión también ha demostrado amplia capacidad de perseguir a cualquiera que esté en desacuerdo, yendo incluso en contra de acertados científicos. Así no se consigue defender ni a Dios ni a la creación y sólo se demuestra que la religión se ha vuelto maligna una vez más.

¿Supervivencia del más apto?

Sin considerar el marco ideológico o conceptual original, cuando buscamos controlar las percepciones ajenas tendemos a deslizarnos hacia el deseo de alienar, ridiculizar, marginar, o perseguir a los demás. Nuestra adicción humana al poder y el control tiende a subvertir cada estructura ideológica y conceptual que se pueda concebir. En ocasiones, cuanto más extrema nuestra dificultad, tanto más desesperadamente tratamos de ganar poder y recuperar control. Esta es una falsedad seductora, una trampa filosófica cuyo presunto bienestar obsesivamente exploramos y que nos promete que con suficiente poder cualquiera o todos los problemas pueden ser fácilmente superados. Si el resultado final sigue esencialmente el mismo guión destructivo ¿importa realmente que empecemos por el concepto de “supervivencia del más apto” en lugar del de “¡Dios está a nuestro lado!”? ¿Estamos condenados a un ensayo continuo del mismo horrible show?

Superficialmente, el concepto de “supervivencia del más apto” aparece como obvio, casi más allá de toda objeción. El fuerte y saludable prevalece mientras que el débil y enfermo, fenece. ¡Selección natural en funcionamiento! Desde cualquier perspectiva esto parecería evidente en sí mismo. Como uno de los dos pilares de la doctrina evolucionista junto con el azar, la selección natural es raramente puesta en duda. Sin embargo, ¿cómo puede ser examinado este postulado? Cualquiera que sea suficientemente audaz para cuestionarlo es considerado como falto de conocimiento, muchas veces incluso por devotos religiosos. Mirado desde el punto de vista de los organismos individuales parecería difícil hasta imaginar alternativas. Implícitamente, ese concepto representa una permanente lucha sin cuartel para todos los organismos vivos, por recursos tales como espacio, alimento y pareja.

No obstante, si comenzamos a considerar redes de organismos, entonces surgen aspectos nuevos. Por ejemplo, discurramos sobre un pensamiento relativamente simple, agregando tensión sobre el mismo tema. Consideremos un edificio en el cual cada ladrillo, piedra, o viga se halla en constante competencia por estar en lo más alto. ¿Cuán estable podría ser esa estructura? ¿Cuánto tiempo podría sostenerse? ¿Quién en su sano juicio desearía entrar allí? Del mismo modo, si nuestros cuerpos fueran compuestos por células que estuviesen en una constante lucha unas contra las otras, en lugar de interconectarse entre sí, nuestra existencia no sería posible. ¿Será que como raza humana adquirimos el concepto de “supervivencia del más apto”, explícita o implícitamente, aunque ésta sea fundamentalmente deficiente? Y si fuese así, ¿podría alguna estructura social sostenerse confiablemente si la desarrollamos sobre bases tan inciertas? Si no es así, ¿qué alternativas hay?

¿Qué clase de Dios?

Quizás tales cuestionamientos no podrían ser satisfactoriamente respondidos mientras sólo consideremos la idea de Dios, sin tener en cuenta la clase de Dios que podría ser posible. Mi desesperado anhelo de negociación con el conflictivo director de mi escuela no fue recompensado como yo hubiese deseado. En aquel momento me pareció que Dios había desaprovechado una espléndida oportunidad de resolver todas las preguntas de una vez por todas. ¿Por qué no lo hizo? Podría haber escrito a través de los cielos en claro yugoslavo, para que nadie dejara de leerlo: “El sábado es el día de reposo, y usted, sí usted, el director de la escuela que está confrontando a Danilo, ¡está totalmente equivocado!” Ese sólo pensamiento me hacía sentir vindicado, justificado, potenciado, y sí… claro, ¡por encima de todo!

Mientras ensayaba fantasías como esas, las palabras de Jesús amonestando a aquellos que querían ser los primeros me parecían extrañamente discordantes (Ver Marcos 10:43, 44). De hecho, me parecía que él, como un buen padre, estaba diciendo sencillamente “juega lindo, sé amable”, una admonición que me resultaba particularmente confusa advirtiendo que mi contraparte no había estado “jugando amablemente” conmigo. ¿Sería posible que él me haya estado tratando de señalar aspectos más profundos por medio de un paradigma diferente de lo que comúnmente percibimos como éxito? ¿Y si hubiese varios paradigmas en competencia, cómo determinamos cuál es mejor?

Poder y control

Pareciera que nuestra atracción por la “supervivencia del más apto” se desenvuelve sobre nuestra conexión con ideologías de poder y control. ¿Y si nuestra visión de la realidad estuviera distorsionada por esos deseos percibidos o hasta inconscientes? ¿Y si todos nosotros realmente estuviésemos sirviendo los conceptos que sostenemos y amamos junto con sus fortalezas y debilidades, méritos y falacias? ¿Cómo distinguiríamos entre conceptos que liberan o elevan, y aquellos que son carga y oprimen? Si consideramos un variado sistema numérico por ejemplo, rápidamente se ve que no todos son igualmente fáciles de elaborar. En el sistema numérico romano, dependiente de definiciones y sin un adecuado principio de lugar y valor, era difícil realizar incluso las operaciones aritméticas básicas. Se organizaban competencias con el propósito de encontrar individuos talentosos capaces de multiplicar o dividir dos números rápida y correctamente. Ahora, nuestros niños aprenden esas operaciones en los primeros grados de la escuela. ¿Qué hizo la diferencia? Un sistema numérico basado en un juego completo de reglas de espacio y valor. Del mismo modo, ¿funcionaría un paradigma pobremente elaborado sin volverse complicado? Quizás en este contexto las palabras de Cristo, “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados que yo os haré descansar” (Mateo 11:28) ganan un nivel de interpretación completamente nuevo. ¿Podría nuestra obsesión por el poder y el control llevarnos a tener dificultades, o acaso tentaciones?

Mi padre ya fallecido tenía un reloj que me dejó de recuerdo. Lamentablemente dejó de funcionar varios años atrás. Me quedan varias opciones. Podría intentar resolver el problema aplicando cierto poder en la forma de un pequeño martillo golpeando juiciosamente en varias partes. Pasados algunos momentos, podría llegar a la conclusión que sería necesario más poder aplicando un martillo más grande. Como tengo una comprensión superficial de la estructura y funcionamiento de los relojes y ninguna habilidad para repararlos, hay serias probabilidades que mi constante y creciente dependencia del poder podría llegar a complicar más que resolver el problema.

Claramente, la dependencia exclusiva del poder para resolver problemas puede ser muy destructiva. La razón es obvia: cuanto más complicado el problema, tanto más esencial es su comprensión y la habilidad necesaria para resolverlo. Esto explica porqué Dios vino en Cristo a restaurar lo que se había roto en lugar de buscar imponer su autoridad, su voluntad, o sus derechos. “Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos” (Marcos 10:45). Coherentemente con su vida, su sacrificio tuvo como objetivo lo que se necesitaba, así como lo expresan sus palabras: “…pero no sea como yo quiero, sino como tú” (Mateo 26:39). El servicio en beneficio de otros es el único recurso que funciona. Nosotros no nos volvemos héroes y hasta santos por el reconocimiento de esta profunda verdad. Simplemente así ganamos la posibilidad de gozar de salud mental.

Poder vs. Servicio

Reconocer que el universo fue creado con la implícita incorporación del principio de servicio en lugar del de la “supervivencia del más apto”, también nos plantea una perspectiva enteramente diferente de Dios. Si la alternativa del servicio sencillamente no funcionase, entonces Dios tampoco podría ser un dictador caprichoso y manipulador. La mejor evidencia contra esta caracterización es que tales acusaciones pueden ser factibles. Si Dios fuese realmente vengativo, inclemente, exigente y severo, ¿cómo habría permitido que hiciesen estas acusaciones? Cualquiera dispuesto a proclamarlas habría sido eliminado. Finalmente, un dictador puede reducir su control a riesgo propio.

En lugar de ello, y lejos de estar preo-cupado por su propio beneficio, Dios en Cristo vino a servir a la humanidad. Mirar a Dios desde esa luz, estimula todo pensamiento y cada deseo de comprensión y en un último análisis, ¿no está ese anhelo básico de comprender junto a la alegría de aprender, conectada con la libertad de investigación, en los fundamentos mismos de la ciencia genuina?

Los conceptos sobre la realidad que hemos abrazado y retenido, determinan no sólo cómo percibimos los interrogantes acerca de los orígenes, sino cuánto somos capaces de percibir a Dios. Los conceptos que atesoramos determinarán en gran medida los paradigmas que emplearemos para explicar el universo en el que vivimos. En verdad, no todos los paradigmas funcionan de la misma manera. Algunos son carga, otros alivio. Podemos elegir uno desarrollado por una ideología de poder o uno basado en los principios del servicio motivado por el amor. En algún caso, nosotros podemos preguntarnos porqué la naturaleza debiera ser comprensible. Y en otro, podríamos deleitarnos en cada nuevo día con sus revelaciones de mayor comprensión inspiradas por la fuente de luz y amor. ¡Qué maravillosa elección!

Danilo Boskovic, (Ph.D., Universidad de Queen) enseña bioquímica en la Escuela de Medicina de la Universidad Loma Linda. Su dirección electrónica: dboskovic@llu.edu.

Referencias :

  1. “God vs. Science,” (Dios y Ciencia) Time, November 13, 2006.
  2. Richard Dawkins, The God Delusion, Boston: Houghton Mifflin Co., 2006.