Una mejor visión en el cuerpo de Cristo

¿Cuán buena es nuestra visión? Una persona con una visión 20/20 se considera que tiene cien por ciento de agudeza visual. Es decir, esa persona parada a 20 pies* de un objeto lo ve tan nítido como una persona con una agudeza visual perfecta. Aquellos con problemas de vista, tienen el segundo número más alto. Una persona con visión 20/40 posee 85 por ciento de agudeza visual y debe pararse a 20 pies para ver lo que una persona con visión normal puede ver a 40 pies. Una visión de 20/40 en al menos un ojo, es requerida para aprobar el examen de conducción en Estados Unidos. Una visión 20/200 o peor es la definición legal de ceguera.

Aquellos que poseen un segundo número menor, ven mejor que el promedio. Yo he tenido una buena vista toda mi vida, y para la distancia mi visión es de 20/15. Significa que a 20 pies, puedo ver lo que otros deben acercarse a 15 pies para alcanzar a ver. Cuando viajábamos en mi niñez, invariablemente era yo quien ganaba los juegos de leer patentes de autos o carteles en la ruta.

Con mi buena visión natural, puedes imaginarte mi malestar cuando hace algunos años empecé a ver borrosas las palabras en mi Biblia griega y en el texto de mi palm. Pronto tenía anteojos de lectura en la oficina, por todos lados en la casa y en el auto y sin embargo, parecía que nunca podía encontrar un par cuando los necesitaba. Había desarrollado un “síndrome de brazo corto” o presbicia (del griego presby: anciano). Presbicia es un proceso normal que ocurre a medida que la lente del ojo se vuelve menos flexible y se pierde la habilidad para enfocar con agudeza objetos cercanos.

Felizmente, me enteré de la “monovisión”, un único lente de contacto que ayuda a un ojo para ver objetos cercanos. Éste se coloca en el ojo no dominante y, si uno tiene suerte, el cerebro se adapta. También se puede lograr la monovisión a través de una operación con láser; pero esto únicamente cuando se es mayor y la presbicia se estabiliza. Así como con las manos, todos tenemos preferencia de un ojo sobre el otro, y eso es lo que nos da la percepción de profundidad y visión binocular. El ojo dominante es el que utilizamos para enfocar la cámara fotográfica o para apuntar al usar arco y flecha. Con el lente monovisión, el ojo dominante u ojo maestro es utilizado para la visión a distancia y el no dominante u ojo esclavo es entonces enfocado para la visión cercana o intermedia. Me tomó varias semanas para que mi cerebro se reconectara y yo pudiera adaptarme; debí manejar con un ojo cerrado y bajar las escaleras como una señora anciana, debido a que había perdido mi percepción de profundidad.

Presbicia empresarial

Las organizaciones también pueden desarrollar presbicia. Con la experiencia, viene la habilidad para ver mejor el cuadro completo pero a medida que las organizaciones envejecen, pueden perder de vista los asuntos importantes. Vale el ejemplo de IBM que se concentró en otras cosas e ignoró la tendencia del mercado hacia las computadoras personales. La empresa estaba frenada por capas de burocracia que aislaron la información acerca de las tendencias del consumo a quienes debían tomar decisiones. La burocracia y la tradición resultaron en una organización perezosa, costosa de mantener y lerda para responder a los cambios culturales y consumistas. Ese fue el momento de oportunidad para Apple, que había sido fundada por los jóvenes Steve Jobs, apenas un veinteañero y Steve Wozniak, solamente cinco años mayor.

La Iglesia Adventista necesita tanto de la gente mayor como de las personas jóvenes porque ellos ven lo que es relevante para su generación, poseen ideas frescas y creativas. Se necesitan ojos azules, marrones, de un solo párpado, muchos pares de ojos, muchos ojos, todo lo mejor para poder ver. Diferentes grupos culturales, étnicos y de edad, ven los detalles específicos que son relevantes para su grupo. La diversidad genética es el mejor seguro para la supervivencia de los organismos biológicos en un mundo incierto. También es esencial para la vitalidad de la iglesia, para que ésta pueda adaptarse a las variaciones del medio y sus desafíos.

La homogeneidad en la iglesia contribuye a lograr relaciones interpersonales sin roces, pero inhibe su habilidad para adaptarse a un mundo variado, de una forma creativa y culturalmente apropiada. Los ojos jóvenes nos ayudan a ver que debemos encarar los desafíos actuales de un nuevo modo y no con los métodos de ayer. El sombrero expedicionario utilizado por Albert Schweitzer y otros misioneros del ayer es completamente inadecuado para los desafíos del postmodernismo de la selva urbana de este siglo.

Visión cercana y lejana

La iglesia puede también beneficiarse con lentes que a mi entender es nuestra teología, sucintamente encapsulada en nuestro nombre: adventistas del séptimo día. El libro de Eclesiastés debate si la visión cercana o la visión lejana es la dominante. Para mejorar la perspectiva de uno, el Maestro nos aconseja preferir los funerales a las fiestas, llorar en vez de reír, y por sobre todo, recordar que somos responsables delante de Dios por nuestras elecciones (Eclesiastés 7:1-3). Al mismo tiempo el Maestro sugiere que estemos inmersos en las alegrías de la vida, como ser el trabajo, la familia y hasta nuestras comidas.

Visité el Pacific Union College (California) en primavera. Entre los viñedos estaba floreciendo con fuertes tonos amarillos la colza; los cerezos estaban de un rosado espumoso. El valle del Napa atrae a miles de personas que acuden para disfrutar de la belleza, la buena gastronomía, los hoteles de lujo y sus comodidades y para comprar objetos de arte u otros objetos finos. Pregunté a la clase de escuela sabática de la universidad, cómo viven como adventistas del séptimo día que creen en el segundo advenimiento de Cristo, en el precioso valle de Napa, sentados en el regazo de Baco, el dios griego del vino. Alguien respondió: “¡Todo esto y también el cielo!”

Podemos tener ambos, el gozo del presente y el gozo del mañana. El sábado trasciende a ambos. Nos invita a dejar lo cotidiano de nuestras vidas y celebrar la dadivosidad y la belleza de la creación. Debido a que el sábado es parte del recurrente patrón de la vida que ocurre aquí y ahora, es la visión cercana que atiende los gozos comunes de la vida cotidiana, siendo en sí mismo parte del ciclo semanal. El sábado nos provee la visión desde donde podemos gozar de la creación, de los otros y de nuestro Creador.

La otra parte de nuestro nombre, adventistas, mira mas allá del ciclo semanal hacia un evento futuro definido, que terminará con lo cotidiano de nuestras vidas así como lo conocemos ahora. Este aspecto de nuestra teología, la visión lejana, es lo que le da profundidad y definición a nuestras rutinas diarias de comer, dormir, trabajar y vivir en relación con otros y con el mundo. La visión más amplia de la gran controversia entre Dios y Satanás, la que terminará con el mal y la misma muerte, es lo que nos brinda una visión binocular; nos permite ver aún mejor de cerca.

Es fácil que las cosas cotidianas y lo inmediato dominen toda nuestra atención. Para tener una perspectiva correcta necesitamos ver lo cercano al alcance de la mano, enmarcado en un cuadro mayor. La percepción de profundidad y la visión binocular son necesarias para navegar en forma exitosa, tanto en la rutina como en la toma de decisiones importantes; tal así la carrera a seguir, con quién casarnos, el grado adecuado de adaptación cultural y contextualización en evangelismo, cuándo tomar una postura en relación a temas sociales como la guerra, la pobreza o el SIDA, y cuáles deberían ser nuestros ministerios actuales como iglesia. Nada de esto es fácil de ver, por lo cual es esencial poseer una visión clara.

“Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular”, escribió Pablo (1 Corintios 12:27). Ese cuerpo se beneficia de ojos que son jóvenes, ancianos, de diversas formas y colores, para responder en forma creativa a lo cercano, lo culturalmente específico y los temas actuales. Como las lentes de corrección, la visión lejana es agudizada por la teología profunda que nos brinda visión binocular. Y como el hombre nacido ciego, necesitamos que Jesús toque nuestros ojos par que nuestra vista pueda ser completa y para que veamos todos tan claramente como debiéramos.

* un pie equivale a 30,48 cm.

Lisa M. Beardsley (Ph.D., University of Hawai’i Manoa) es directora asociada de Educación de la Asociación General de la Iglesia Adventista del Séptimo Día y es editora jefa de Diálogo. Dirección: 12501 Old Columbia Pike, Silver Spring, Maryland 20904; EE.UU.