¿Qué te hemos hecho buen Dios?

El hombre, en una misión para su dios, hace sus últimos preparativos en forma cuidadosa antes del amanecer. Se levanta en silencio, se baña, afeita y viste; luego ora. Una vez terminadas sus oraciones, el preparativo más importante para su viaje misionero, reúne sus escasas pertenencias, listo para retirarse del hotel y dirigirse al aeropuerto. Mira su boleto una vez más. Está todo allí, la fecha, la aerolínea y el número de vuelo: 11 de septiembre de 2001, American Airlines vuelo 11. Lo que no está allí es su verdadero destino; debería decir: “Nueva York, World Trade Center, Torre Norte”.

Cierra la puerta y se retira. Está totalmente convencido que lo que está por hacer honrará a su dios y con esta convicción sale del hotel hacia los anales de la historia. Lo hace en nombre de su dios. En realidad, lo que hace es hecho precisamente para el dios al que sierve.

Oh Dios ¿qué te hemos hecho?

Hay otro hombre y al observarlo, notamos que está corriendo. Corre mientras sujeta la mano de una mujer. Se apresuran a través de la exuberante vegetación de ese lugar de prístina perfección. Se escapan buscando un escondrijo. ¡Tienen que ocultarse! ¡Dios está viniendo, ya se oye su voz en el jardín! Sus corazones laten fuertemente y sus ojos salen de las órbitas.

¿Por qué Adán y Eva corren para esconderse del Dios que los creó y los ama tanto? La respuesta es bastante simple: corren debido a la percepción que tienen de Dios. De hecho, el que se escondan nos dice más acerca de ellos de lo que nos dice acerca de su Dios. Corren y se esconden por causa el tipo de Dios que ellos infieren. No importa que este Dios los ha querido tanto como para crearlos. Están temblando de miedo.

Oh Dios ¿qué te hemos hecho?

Pero hay todavía otro hombre. Al echarle un vistazo, lo vemos colapsar de dolor. Ha hecho un voto a Dios. No era el tipo de voto que Dios deseaba. De hecho, si el hombre se hubiese molestado en mirar la historia de su pueblo, hubiese entendido que su voto estaba completamente fuera de armonía con los deseos de Dios. Hubiese descubierto que su Dios había prohibido expresamente aquella misma cosa que él estaba comprometiéndose a hacer. No importa, igualmente hizo su voto; lo realizó con el Dios que él percibía y como había salido exitoso en la batalla, ahora cumpliría su promesa.

Toda la triste epopeya de Jefté está registrada en Jueces 11. Considera algunos versículos claves de la historia. “Y Jefté hizo voto a Jehová, diciendo: ‘Si entregares a los amonitas en mis manos, cualquiera que saliere de las puertas de mi casa a recibirme, cuado regrese victorioso de los amonitas, será de Jehová, y lo ofreceré en holocausto’”.

Jefté condujo al ejército en contra de los amonitas; el Señor le dio la victoria y aplastó a los amonitas.

“Entonces volvió Jefté a Mizpa, a su casa; y he aquí su hija que salía a recibirle con panderos y danzas, y ella era sola, su hija única; no tenía fuera de ella hijo ni hija. Y cuando él la vio, rompió sus vestidos, diciendo: ¡Ay, hija mía! En verdad me has abatido, y tú misma has venido a ser causa de mi dolor; porque le he dado palabra a Jehová, y no podré retractarme.

“Ella entonces le respondió: Padre mío, si le has dado palabra a Jehová, haz de mí conforme a lo que prometiste, ya que Jehová ha hecho venganza en tus enemigos los hijos de Amón. Y volvió a decir a su padre: Concédeme esto: déjame por dos meses que vaya y descienda por los montes, y llore mi virginidad, yo y mis compañeras.

“Él entonces dijo: Ve. Y la dejó por dos meses. Y ella fue con sus compañeras, y lloró su virginidad por los montes. Pasados los dos meses volvió a su padre, quien hizo de ella conforme al voto que había hecho. Y ella nunca conoció varón” (Jueces 11:30-39).

Oh Dios ¿qué te hemos hecho?

Y hay una historia más. ¿Puedes ver a tres hombres inclinados alrededor de una silueta que se recorta en el suelo? Esta silueta es un hombre a pesar de que a primera vista no lo parezca. Pero sí, es un hombre llamado Job y está aquejado por un profundo sufrimiento. Aquellos tres hombres rodeándolo han venido a reconfortarlo y sin embargo lo que dicen nos estremece. Vez tras vez, los amigos le dicen a Job “Anímate. Enderézate. Te mereces lo que te está ocurriendo, como así también se lo merecían tus hijos. No hay nada que te esté sucediendo para lo cual tú no hayas hecho algo para merecerlo.”

¿Por qué los amigos le harían esto a una persona que está sufriendo? ¿Cómo pueden ser tan duros como para decir tales cosas a un hombre que se encuentra en duelo de agonía mortal? La respuesta es bastante simple en realidad: lo hacen por la manera en que infieren a Dios.

Oh Dios, ¿qué te hemos hecho?

Y finalmente esta historia. Este hombre avanza firme y velozmente a grandes pasos. Su ceño fruncido parece echar fuego; su expresión es de enojo. Hay un objetivo en su mente, acabar con el grupo conocido como “El camino”. Está preparado para acosar, arrestar o matar, con tal de lograr su meta. Hará lo que sea necesario y este viaje fue planificado para llevar a cabo su propósito. ¿Por qué lo está haciendo? Por la manera en que percibe a Dios.

Sin embargo, en su misión de destrucción, es tumbado de rodillas al polvo, por una luz brillante. Hace una pregunta a la voz que escucha: “¿Quién eres, Señor?” (Hechos 9:5). La respuesta a esa pregunta está a punto de cambiar su vida.

Oh Dios ¿qué te hemos hecho?

Ahí las tienes, cinco historias. Cinco historias relacionadas por una simple verdad: el tipo de Dios al que servimos determina el tipo de vida que vivimos.

Corriendo para alejarse de Dios

Sin duda conoces bien las historias. Inclusive quizás hiciste una pausa para considerar, cómo en cada caso, el entendimiento de Dios llevó a la figura central de la historia a comportarse de una manera muy específica. Adán y Eva pecan, caen a pesar de su estado de perfección. Ni bien lo hacen, son conscientes de su desnudez y sienten, por primera vez, vergüenza. Luego escuchan la voz de Dios. Es la primera y más perdurable pregunta de las escrituras, “¿Dónde estás tú?”

Adán y Eva corren, y se esconden. ¿Por qué se esconden? Hasta ese momento han conocido a Dios como un Creador amante. Entonces ¿por qué se esconden? ¿Es por temor a la muerte? ¿Es por sentimiento de vergüenza? ¿Es por temor a Dios? Cualquiera sea la razón, claramente lo que los lleva a correr es algo relacionado a la manera en que comprenden a Dios.

Entendiendo mal el carácter de Dios

Jefté hace un voto que si vuelve victorioso sacrificará a cualquiera que sale a encontrarse con él. Todo lo que necesitaba, era conocer parcialmente la historia sagrada de su pueblo para saber que Dios había prohibido expresamente ofrecer sacrificios humanos. Las naciones circundantes lo hacían, pero ellos jamás debían hacerlo. Conocer al Dios de su pueblo hubiese salvado la vida de su hija. Sin embargo, su comprensión errónea del carácter de Dios le sugería que sacrificando algo lo suficientemente grande, Dios coronaría sus esfuerzos con éxito. Claramente, había algo en su manera de entender a Dios que le llevó a realizar un voto tan drástico.

Los amigos de Job vienen a reconfortarlo. Él ha sufrido una tragedia, cual la mayoría de nosotros jamás experimentará, por lo cual es natural que sus amigos respondan acudiendo a su lado. Pero lo que sí es muy inusual es cómo eligen reconfortarlo. ¡Optan decirle que él se merece lo que está recibiendo!

Aparentemente su comprensión de cómo funcionan las cosas en el mundo, y más específicamente, su entendimiento de cómo Dios obra en el mundo, está en la esencia de lo que dicen. “Dios da buenas cosas a buenas personas y cosas malas a personas malas. Tú estás experimentando cosas malas, por lo tanto, tú debes ser malo”. Su entendimiento de Dios provocó todo lo que hicieron y dijeron.

Mostrando el amor de Dios

Y finalmente, Pablo. En realidad, en el momento en que ocurrió la historia, su nombre era Saulo. Este hombre está determinado a destruir a la nueva secta. Está decidido a proteger a Dios, de los seguidores de Jesús de Nazaret. La luz lo lleva a caer de rodillas y escucha una voz del cielo que fuerza una pregunta de sus labios, “¿Quién eres, Señor?” Saulo resulta tan transformado por su nueva comprensión de Dios que no solamente su nombre es cambiado a Pablo, sino que de allí en más, y para siempre, es conducido por un nuevo motivo: el leitmotiv del amor. De hecho, es este mismo hombre, este purificador de la fe que respira fuego, que luego dirá: “Porque el amor de Cristo nos constriñe”

(2 Corintios 5:14). Es este mismo amor que me guía y controla todo lo que hago. Él tiene una nueva percepción, un nuevo entendimiento de Dios.

¿Se aplican aún a nuestros días estas antiguas historias? ¿Tiene nuestra comprensión de Dios una influencia tan formadora y directa en nuestras vidas? El reciente film de Hollywood, Vuelo 93, sugiere ciertamente que sí.

La película es de la historia del vuelo fatal, el último que se estrelló el 11 septiembre de 2001, en el que los pasajeros se percataron de lo que estaba ocurriendo y lucharon para tomar el control del avión que se estrelló en los campos de Pensilvania.

Una escena breve al final de la película, muestra a los pasajeros agrupados, infundiéndose coraje para entrar en la cabina. Al mismo tiempo, los terroristas se dan cuenta que los pasajeros conocen cuál es su destino y están a punto de luchar. La tensión crece en la medida en que los terroristas intentan lograr su meta: Wáshington DC, y los pasajeros tienen esperanzas de prevenir que lo hagan y quizás en el proceso, salvarse a ellos mismos y a otros.

Cuando se acerca el momento crítico, las cámaras muestran dos escenas. La primera en la cabina del avión, donde uno de los terroristas ora deses-peradamente para que su dios los ayude. La segunda es la de los pasajeros que agrupados en la parte posterior del avión oran: “Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre…” Cuando terminan de orar, cada grupo se mueve para consumar lo que creen que su Dios quiere que hagan.

El tipo de Dios al que servimos determina el tipo de vida que vivimos.

La necesidad crítica: entender correctamente el carácter de Dios

Si esto es verdad, entonces es obvio que será crítico comprender a Dios correctamente. Quizás ésta es la razón por la que Elena White escribió hace muchos años: “El mundo está envuelto por las tinieblas de la falsa concepción de Dios. Los hombres están perdiendo el conocimiento de su carácter, el cual ha sido mal entendido y mal interpretado. En este tiempo, ha de proclamarse un mensaje de Dios, un mensaje que ilumine con su influencia y salve con su poder. Su carácter ha de ser dado a conocer. Sobre las tinieblas del mundo ha de resplandecer la luz de su gloria, de su bondad, su misericordia y su verdad”.1

Oscuridad debida a una comprensión errónea de Dios. Un mensaje acerca de su carácter que iluminará al mundo. ¿Podrá ser que un correcto entendimiento de Dios fuese el tema más importante que debe afrontar nuestro mundo de hoy? Antes que desechemos esto como una hipérbole cristiana que busca incrementar el interés en Dios, considera el mundo en el que vivimos. Es un mundo fracturado por compromisos extremistas a dioses radicales. Pensemos en el Medio Oriente y el terrorismo, una realidad que constantemente acecha. Pero pensemos también en lugares como Waco, Texas. Podemos hablar de Bin Laden, pero también debemos hablar de Warren Jeffs. Podemos mencionar a los militantes islámicos, pero también a los protestantes y católicos del norte de Irlanda. En menor escala, pero no por ello menos doloroso y dañino, es lo que ocurre entre liberales y conservadores en las iglesias cristianas. ¿Sería simplificar demasiado sugerir que mucho de esto es causado por cómo entendemos a Dios?

Si por alguna razón aún necesitamos ser convencidos de la importancia de cómo entendemos a Dios, consideremos las palabras de Haddon Robinson: “Yo no sé si usted ha estado en algunas de las conferencias en las que yo he estado, pero he escuchado a personas pararse y decir: ‘Mire, yo no predico sobre teología. Creo que la gente necesita tener una experiencia con Dios y saber cómo relacionarse. Entonces lo que hago es ayudarlos [cuando vienen a la iglesia], a tener una experiencia. No le dedico mucho tiempo a la teología’.

“Bueno, pienso yo, vas al doctor y le dices: tengo dolor de estómago. Él responde: ‘Sepa que yo no le doy tanta atención a la medicina. Estudié eso en la universidad pero no la tengo muy en cuenta. Lo que sí me interesa es que las personas se sientan cómodas conmigo. Mire, porqué simplemente no lo operamos y vemos qué hay adentro?’

“No su bisturí; no mi estómago.

“Suena muy bien, ¿no es cierto? Estamos para darle a la gente una experiencia con Dios. Pero si tienes una fe profunda en Dios y una teología poco profunda, estarás entregándote a lo superficial, estarás entregándote a lo sin sentido y puedes dañarte profundamente al igual que a otros”.2

¿No está Robinson simplemente recordándonos que el tipo de Dios al que servimos determina el tipo de vida que vivimos? Ésta es la lección del gran teólogo, pastor y escritor, ya fallecido, A. W. Tozer: “Cuando tenemos condiciones de obtener de cualquier hombre una respuesta completa a la pregunta: ‘¿Qué viene a su mente cuando piensa en Dios?’ podremos predecir con cierta exactitud el futuro espiritual de ese hombre”.3

Lo mismo manifiesta el Arzobispo William Temple al decir: “Si su concepto de Dios es radicalmente falso, cuanto más devoto sea usted, peor será. Se está exponiendo a algo vil. En términos de su vida práctica, sería mejor ser un ateo”.4

Finalmente, fue Oswald Chambers quien dijo: “Es peligrosamente posible hacer de nuestro concepto de Dios algo semejante a arcilla vertida en un molde específicamente diseñado, que cuando está frío y duro lo arrojamos en la cabeza de las personas religiosas que no concuerdan con nosotros”.5 Si tal es el caso, debemos preguntarnos: ¿Quién es nuestro Dios? ¿A qué tipo de Dios estamos sirviendo?

Como cristianos afirmamos que la revelación suprema de Dios fue hecha a través de Jesucristo. Tal confesión provoca que toda faceta de nuestro entendimiento de Dios deba ser vista a través de la lente de Jesús. Significa que debemos tomarlo en serio cuando él dice: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Juan 14:9). Significa que nuestra relación con aquellos que concuerdan con nosotros como así también con aquellos que están en descuerdo, debe estar moldeada de acuerdo a su vida. Significa que nuestro trato hacia los pecadores debe buscar ser tan lleno de gracia como era el de Cristo. Significa que nuestra misión, como la suya, no es condenar al mundo sino salvarlo (ver Juan 3:17). Significa que servimos a un Dios que es amante, bueno, amigable, santo, grandioso y humilde. Significa que al servir a un Dios tal, cada verdad de nuestra teología, y por lo tanto, cada elección en relación a la forma en que vivimos, y cada acción en relación a otros, debe ser examinada a la luz del carácter de Dios. Es difícil escapar a la verdad: nuestras vidas son el desarrollo del tipo de Dios al que adoramos, conocemos, amamos y servimos.

Randall L. Roberts ( D. Min, Fuller Theological Seminary) es pastor de la Iglesia Adventista de la Universidad de Loma Linda y enseña teología en dicha universidad. Este artículo está basado en un sermón que predicó en la iglesia. Dirección postal: 11125 Campus Street, Loma Linda, California 92354; U.S.A.

Referencias:

  1. Elena White, Palabras de Vida del Gran Maestro (Mountain View, California: Review and Herald Publ. Assn., 1971), p. 342.
  2. Haddon Robinson, “The Danger of A Strong Faith with A Weak Theology,” Preaching Today, Nº. 276, pista 12.
  3. A. W. Tozer, The Knowledge of the Holy (San Francisco: Harper, 1992), p. 9.
  4. Haddon Robinson, “The Danger of A Strong Faith with A Weak Theology,” Preaching Today, Nº. 276, pista 11.
  5. Oswald Chambers, Disciples Indeed (London: Oswald Chambers Publications Association, and Marshall, Morgan, & Scott, Ltd., 1955), p. 14.