La maravillosa providencia de Dios

Nacido en un hogar adventista, aprendí temprano en la niñez algunos rudimentos básicos de la vida. Mis padres fueron mis primeros maestros, y ellos me enseñaron tanto con palabras como a través del ejemplo de sus vidas. Aprendí a amar y obedecer a Dios, sin importar las consecuencias. Más tarde, en un colegio adventista, estas tempranas lecciones fueron reafirmadas por maestros modelo. Durante el servicio militar obligatorio, mis convicciones bíblicas respecto a la observancia del sábado fueron puestas a prueba, pero Dios siempre me ayudó a encontrar una solución.

Luego del colegio secundario, me matriculé en una universidad pública en el norte de Argentina, para obtener un título en ciencias veterinarias, el cual requería cinco años de estudio. Atravesé mis dos primeros años sin que ninguna materia fuese dictada en sábado. Al comenzar el tercero, los horarios de clases de una de las materias creaban conflicto con mi convicción acerca del sábado, pero fui capaz de resolverlo y proseguí velozmente para llegar a mi meta profesional.

Llegado el cuarto año, tenía la opción de tomar una materia los martes o los sábados. Sin embargo, en el momento de la inscripción descubrí, para mi gran decepción, que el horario de los martes había sido cancelado. Le cuestioné a Dios ¡por qué había permitido que esto sucediera! Hablé con las autoridades académicas y el profesor titular, explicándoles mis razones para no asistir a clases los sábados y pidiéndoles una exención. Mientras tanto, seguí tomando otras materias. Las respuestas oficiales a mi rompecabezas llegaron cerca del final del año escolar: podría hacer todos los prácticos, exámenes, laboratorios y el examen final en el mismo momento…en solamente tres horas. Me di cuenta de que ni el profesor ni la administración de la universidad querían ayudarme. Aunque me preparé bien y escribí con todo ahínco, no pude cubrir todos los temas en el tiempo asignado.

Por entonces estaba casado y me encontraba frente a un difícil dilema. Podía abandonar mi carrera, habiendo completado prácticamente cuatro de los cinco años, o podía intentar tomar nuevamente el examen de la materia pendiente. Con mucha oración y temor, me enfrenté al desafío, pero fracasé. Era evidente que el profesor y sus asistentes no querían sentar un precedente de que el requisito de esta materia central podía ser desafiado sin asistir ni a clases ni a los laboratorios.

Lo que yo no sabía en ese momento difícil de mi vida era que Dios estaba por encontrar una inesperada y providencial solución para mi problema.

Dado que mis notas habían sido buenas en todos los demás cursos, hice una solicitud y me fue garantizada la oportunidad de inscribirme como alumno condicional en el quinto y último año de la carrera. Se esperaba que para mediados de año aprobara el examen de la materia pendiente. En ese momento sería restablecido al estatus regular. Pasé tiempo tratando de establecer una relación cordial con el profesor titular y los asistentes de esa materia. Su reacción, sin embargo, era muy fría e indiferente; ellos me veían como un alumno difícil con raras ideas religiosas.

Repentinamente, un mes antes de la fecha del examen, noté un extraordinario cambio de actitud. Se volvieron amigables y con una sonrisa contestaban las preguntas que hacía acerca del formato y alcance del examen. Sabía que los miembros de varias iglesias adventistas del área habían estado orando por mí. Sin embargo, fui incapaz de entender completamente la nueva cordialidad del profesor y sus asistentes.

Fui al examen confiando en Dios. Completé la parte escrita, luego la sección de laboratorio y por último me enfrenté al examen oral, el cual fue más corto de lo esperado. El presidente de la comisión examinadora me dijo: “Conoces bien el tema; aguarda afuera”. Unos momentos más tarde me entregaron la libreta universitaria con la materia Animales de Granja marcada como “Aprobada”. ¡Alabado sea Dios! Mientras aún estaba reaccionando, otro miembro de la comisión me pidió que lo viera más tarde porque quería decirme algo importante.

Esto es lo que él me dijo.

Un sábado temprano por la mañana, algunas semanas antes de mi examen, el Dr. Eloy Caos (el profesor jefe) estaba dirigiéndose con su auto hacia un compromiso en el sur de la provincia. Cerca de mitad de camino el auto comenzó a andar mal y se paró cercano a una ciudad. El Dr. Caos preguntó por un buen servicio mecánico y le dijeron que el mejor mecánico de la ciudad cerraba su negocio los sábados, pero que vivía al lado del taller. El profesor siguió las instrucciones, fue a la casa y encontró al mecánico bien vestido y listo para salir con su familia. Para su gran sorpresa, el mecánico entró a la casa, se cambió la ropa y rápidamente arregló el problema. Cuando el Dr. Caos le preguntó cuánto le debía por el servicio especial, la respuesta lo dejó meditando el resto del viaje: –“Usted no me debe nada”. Luego agregó, “yo soy un adventista del séptimo día y estaba por ir a la iglesia con mi familia. Usted necesitaba ayuda, y yo estuve contento de poder ayudarlo. Asegúrese de conseguir un nuevo repuesto para su auto el lunes”.

El asistente entonces me dijo que cuando el profesor volvió a la universidad, describió el incidente y dijo que durante el fin de semana había aprendido mucho acerca del tipo de personas que son los cristianos observadores del sábado.

Así que en la maravillosa providencia de Dios, fui capaz de completar mis estudios, obtener mi título y comenzar mi profesión como veterinario. Ahora vivo en la provincia de La Pampa, en el centro de Argentina, y soy el primer anciano de una nueva congregación adventista. Mi esposa es la secretaria de iglesia, y nuestras hijas dirigen los departamentos de niños y jóvenes.

Dios es fiel.

Alberto Soriano es médico veterinario y ejerce su profesión en Santa Rosa, República Argentina.