Por un puñado de dólares

Las contradicciones del postmodernismo al tratar de explicar el “mal”.

¿Existe alguna clara línea en la historia humana y la consciencia, que divida lo que es correcto de lo incorrecto? ¿Es el matrimonio una institución sagrada en la que no queda espacio para una tercera participación? ¿Es lícito mentir bajo determinadas circunstancias? ¿Es la integridad moral un fundamento esencial en el funcionamiento de las comunidades humanas decentes? ¿Existe una marcada diferencia entre blanco y negro o hay un área gris donde todo es posible?

Hubo un tiempo en el que la mera formulación de estas preguntas se consideraba extraña e inaceptable, pero ya no es así. Cuando el postmodernismo entró en escena la diferencia entre blanco y negro pareció desaparecer y ahora una zona grisácea, con una amplia gama de grises, define la conducta humana. Una mentira no es más una mentira, sino una afirmación que pasó a ser inapropiada a lo largo del tiempo. La virginidad no es más una virtud a ser preservada hasta que el matrimonio envuelve al joven. Los medios de comunicación masivos ya no son transmisores de información o entretenimiento; son plasmadores de normas que van desde la política al sexo, los negocios y la calidad real de vida. El actor Clint Eastwood ya no trabaja por un puñado de dólares para instaurar el orden en el Lejano Oeste; ahora los ingeniosos ladrones de The Italian Job son admirados porque roban el fabuloso botín de oro a otro imaginativo (y traidor) ladrón.

Por décadas nuestros padres y abuelos desearon respuestas claras a planteamientos divisivos y alienantes. Unos apoyaban el socialismo, otros el capitalismo; unos eran abortistas, otros antiabortistas; unos eran liberales, otros conservadores. El postmodernismo quiso terminar con tales divisiones. Lo intentó por medio de dos estrategias: por un lado cambió el nombre de las diferentes opciones o posturas y recalificó los problemas, y por otro lado nos enseñó que es indicado alojarse a la sombra de los grises.

El postmodernismo ha tenido un gran éxito en las sociedades modernas y tecnológicamente desarrolladas, en donde las creencias religiosas y sus implicaciones morales se relativizan y su origen se reinterpreta. Ahora ya no necesitamos estar limitados a un canon de verdades y estándares porque tales “absolutos” no existen. Lo absoluto se ha hecho obsoleto. Nuestras creencias son lo que vivimos y no al revés, y nuestra moral se basa en lo que disfrutamos, no en lo que hemos decidido evitar.

El problema del mal

Si hay un concepto en el que el postmodernismo incide profundamente, es la idea del mal. Para sus defensores, el mal no existe; solo es resultado de circunstancias adversas que surgen de la acción azarosa de los elementos naturales.

Esta tendencia no es un accidente; es algo inevitable cuando un cúmulo de ideas darvinistas se instalan en las artes y ciencias, en la esfera educacional y social, la psicología e incluso la teología. El escenario teológico rendido a los pies del darwinismo es patético y no es inusual la creencia entre los teólogos y filósofos de que el mal es una situación necesaria e inevitable, fruto del ejercicio de las fuerzas naturales que Dios permite actuar. Muchos teólogos colocan la Caída y Adán y Eva, a la altura de un mito. Otros la aceptan pero evitan considerarla como un evento negativo. Después de todo, la serpiente en el Edén le dijo la verdad a Eva: ella no murió cuando comió la fruta, sino que vivió y además ganó el conocimiento que buscaba (el conocimiento del bien y del mal para ser igual a Dios). En lugar de interpretar la Caída como una desgracia para la humanidad, la consideran como una liberación humana de las limitaciones biológicas y espirituales. En esta visión postmoderna tan bien planteada por Patricia Williams el mal se convierte en un agente de desarrollo personal del hombre, y aporta conocimiento del entorno y de sí mismo.

Ante este panorama, el cristiano auténtico se siente desilusionado por la carencia de respuestas válidas que la sociedad le ofrece en asuntos vitales y trascendentales. Incluso los niños naufragan en un mar de relativismo en el que se ven solos para maniobrar su propio barco cargado de incertidumbre, en una sociedad plagada de ambigüedad moral y espiritual. Este reto a la estabilidad moral y espiritual se torna más grave cuando enfrentamos tragedias tales como el maremoto de Indonesia que arrastró doscientas mil vidas en un gigantesco golpe. ¿Qué respuesta tiene el cristiano para este reto?

A la luz de lo que Patricia Williams1 interpreta, me pregunto ¿cuánto conocimiento adquirieron aquellos que se fueron con las olas del Océano Índico en aquel día de diciembre de 2004? Me pregunto si valió la pena el conocimiento adquirido por Eva en el Edén. Contrario a lo que decía Aristóteles y que sostienen muchos pensadores contemporáneos, el conocimiento no siempre es una cosa buena o un logro. Todos podemos recordar eventos que hubiéramos preferido no conocer –tal el caso de los sobrevivientes de guerra. Como dice William Dembski, si el conocimiento resultante de la Caída de Eva “fue una bendición tan grande, ¿por qué Dios puso ángeles con espadas flameantes en las puertas del Edén para impedir que los humanos volvieran al Huerto?”2

La respuesta bíblica

Los que sentimos que pertenecemos a la vieja escuela no dudamos al decir a nuestros hijos que los “cuentos” bíblicos proporcionan la mejor explicación para lo humanamente inexplicable: el origen del mal. Pero el relato bíblico no satisface a todos, y es por eso que Jesús mismo no nos dio una explicación científica, biológica, materialista, ni siquiera teológica al problema del pecado. Su breve teología del mal se resumió en una sucinta frase: “un enemigo hizo esto” (Mateo 13:28). Es posible que no seamos capaces de digerir todas las implicaciones de tal explicación, pero tiene sentido y es coherente. Jesús trató de desviar la atención del porqué ocurre el mal a cómo liberarnos de él.

El mal es real y nos enfrenta cada día, nos rodea; perturba nuestra comprensión. El cristiano no busca comprender esa maraña, sino cómo apartarse de ella y su maldición.

Aun cuando es imposible explicar el por qué del pecado, se nos ha dado conocimiento sobre cómo podemos liberarnos de sus garras. El evangelio de Jesús trae buenas nuevas de salvación del pecado y dicha salvación nos guiará hacia un proceso eterno de educación en el cual Dios mismo nos enseñará acerca del misterio del pecado y el milagroso amor redentor y cuando el pecado ya no sea más, la eternidad será la forma en que los redimidos podamos tener la posibilidad de entender todo lo que necesitemos saber.

Jesús no relativizó el mal. Su teodicea no contiene áreas grises como algunos han interpretado. La Biblia es clara en cuanto al origen del mal y sus consecuencias: “Por medio de un solo hombre entró el pecado en el mundo y trajo consigo la muerte, y la muerte pasó a todos porque todos pecaron” (Romanos 5:12, VP). La Biblia no solo deja claro cómo surgió el mal, sino que también define claramente qué es mal, y eso es lo que más molesta a muchos, especialmente a los postmodernistas que insisten en seguir usando sus gafas de color gris. Por esa razón tratan de ofrecer un origen diferente para el pecado porque si cambiamos su fuente, nos liberaremos de la responsabilidad.

Lo que nuestros hijos e iglesias necesitan saber no es tanto cómo surgió el mal, o cómo explicarlo dentro de un determinado paradigma científico o modelo teológico, sino saber quién es su fundador y cómo llamarle por su verdadero nombre. Si conseguimos identificar el quién del origen del mal, nuestra atención se centrará en cómo combatirlo y no en cómo explicarlo.

El fracaso del postmodernismo en explicar la esencia del mal reside en que el ser humano no puede vivir en permanente estado gris. Necesita respuestas, necesita saber que hay algo claro, que hay esperanza, que hay una solución que trasciende las consideraciones filosóficas. Existe una solución práctica. Pero si hay un aspecto del mal que el postmodernismo no puede ni podrá explicar, es el precio del remedio contra el pecado, porque aunque Clint Eastwood trataba de poner fin al mal por un puñado de dólares usando sus pistolas, Jesús lo hizo con gotas de sangre.

Raúl Esperante (Ph. D., Loma Linda University) es director asociado del Instituto de Investigaciones en Geociencia, Loma Linda, California. Su email: resperante@llu.edu.

Referencias

  1. Mire por ejemplo Patricia Williams, Doing Without Adam and Eve: Sociobiology and Original Sin (Minneápolis, MN: Fortress Press, 2001).
  2. A. Dembski, Christian Theodicy in Light of Genesis and Modern Science. Disponible online en “http://www.designinference.com/documents/2006.05.christian_theodicy.pdf” http://www.designinference.com/documents/2006.05.christian_theodicy.pdf. Accedido el 10 de Septiembre 2007.