El cerebro de Einstein

El Dios que creó el cerebro de Einstein es también el que puede hacer que comprendas quién eres y quién puedes llegar a ser.

Siempre hubo quienes han deseado tener algo de Albert Einstein –una entrevista, una cita, una firma, un recuerdo, cualquier cosa– y esa obsesión no murió con él. Tan grande fue la manía por todo lo de Einstein, que cuando murió, su cerebro fue extraído del cráneo como una nuez de su cáscara. El cerebro que había dominado las ciencias físicas por casi medio siglo, desapareció como una de las partículas subatómicas que tanto lo habían fascinado.

Corrió el rumor que alguien había disecado el órgano para guardarlo en un garaje de Saskatchewan, junto con palos de hockey y pelotas desinfladas. En verdad, luego de realizar la autopsia en 1955 (falleció a causa de aneurisma de aorta) el Dr. Thomas Harvey abrió el cráneo del cadáver y sacó su cerebro con el propósito deliberado de realizar investigaciones médicas. El gran problema fue que tomó el cerebro y no lo devolvió. Se comenta además que el oculista de Einstein extrajo los ojos, y los habría exhibido ocasionalmente en algunas reuniones.

“Harvey se quedó con el cerebro” –escribió un periodista– “y no en el hospital sino en su casa. Cuando se fue de Princeton se lo llevó consigo. Pasó un año sin estudios ni descubrimientos y no hubo acción legal contra Harvey, pues no había antecedentes en los tribunales sobre la recuperación de un cerebro en tales circunstancias. Finalmente, Harvey desapareció. Cuando ocasionalmente ofreció alguna entrevista a diarios locales en 1956, 1979 y 1988, siempre repitió que estaba ‘a un año de completar los estudios’”.1

Luego de retener el cerebro por 40 años y realizar poco con él, fuera de distribuir pequeñas porciones a unos pocos, el Dr. Harvey –cuya práctica profesional se hundió luego que se supo lo que había hecho, pues un acto macabro no fue precisamente la acción más atinada para su carrera médica– tomó finalmente una decisión. A los 80 años sintiéndose culpable, decidió devolver ese cerebro a la nieta de Einstein que vivía en Berkeley, California. El periodista Michael Paterniti, que se había hecho amigo de Harvey, le ofreció acompañarlo. Así fue como realizaron un viaje a través del país con el cerebro de Einstein flotando en una solución de formol dentro de un recipiente de plástico.

Paterniti escribió un libro, Llevando al Sr. Alberto, en el que relata uno de los viajes menos convencionales de la historia norteamericana: un viejo médico con remordimiento, un periodista talentoso y desde luego, el cerebro de Einstein meciéndose en el baúl del vehículo que los condujo por casi cinco mil kilómetros y que (como es de imaginar) generó conmoción a lo largo del trayecto.

La escena más singular sucedió cuando los dos hombres se encontraron con Evelyn, la perpleja nieta de Einstein. Aunque ella sabía que llegaban con el cerebro de su famoso abuelo, no estaba muy segura respecto a qué hacer con el mismo. En determinado momento Evelyn y Paterniti se sentaron en el auto y este último abrió el recipiente para exhibir el cerebro del abuelito Albert.

“Abrí la tapa, entonces se derramaron como una docena de trozos del cerebro –partes de la corteza cerebral y del lóbulo frontal– que tenían el tamaño de pelotas de golf ”, escribió Paterniti. “El olor a formol nos daba como una bofetada… Los trozos estaban envueltos en celoidina y eran de un rosado subido, como si fuesen gotas de cerebro color hígado, bordeadas por una cera dorada. Elegí algunos y se los pasé a Evelyn. Se los veía apretados y con un peso como el de los guijarros de la playa”.

Evelyn y Paterniti intercambiaron esos pedacitos por algunos momentos. Entonces Evelyn, quien recordaba muy bien a su abuelo, miró a Paterniti y le dijo: “¿Así que esto es lo que produjo toda esa alharaca ¿eh?” Instantes después mientras acariciaba otro pedazo comentó: “Se podría armar un lindo collar con este”.2

Entonces, calma y silenciosamente colocaron las piezas nuevamente dentro del recipiente de plástico y cerraron la tapa sobre el cerebro de Einstein.

La verdad de la realidad sobre la realidad de la verdad

Dejemos de lado esa extraña escena (un periodista y la nieta de Einstein intercambiando partes de cerebro como si fueran joyas robadas) y consideremos que ellos estuvieron literalmente sosteniendo en sus manos el lugar donde se derrumbaron casi tres siglos de física newtoniana. Dentro de esos “pedazos de cerebro del tamaño de una pelotita de golf ” se formuló el fundamento de la física nuclear. En alguna parte de esas “gotas de cerebro de rosado subido”, la famosa fórmula E=mc2 surgió, como el concepto que cambió el mundo. Esos pedacitos de materia rosada y no gris, sacaron a luz las teorías de la relatividad especial y general: tiempo y espacio no son absolutos y cambian dependiendo de la cantidad de materia involucrada y de la velocidad del observador. En síntesis, esos pequeños trozos de materia que ellos sostuvieron en sus manos, sentados en el asiento de un auto habían creado uno de las más fascinantes y valiosas ideas de la historia de la humanidad.

Aunque el simbolismo de esa escena ofrece muchas posibilidades, una de ellas es saber si Einstein podría con toda su genialidad, ideas y pasiones ser reducido a su materia cerebral, o a esos surcos y circunvalaciones compuestos de neuronas y fibra. ¿Podría todo esto ser restringido a la estructura física: su cerebro y el resto de su cuerpo?

¿Era eso finalmente todo lo que fue Albert?

Al final de cuentas ¿qué somos cualquiera de nosotros? ¿Solamente seres físicos viviendo bajo leyes físicas, exudando emociones, ideas, arte y creatividad, así como el estómago secreta ácido péptico y el hígado bilis? ¿Somos nosotros y todo lo que hacemos, pensamos y creamos, nada más que un fenómeno físico, o nada más que la movilidad de átomos, la síntesis de proteínas, la fijación o activación del adenilato ciclasa, la secuencia de ACTH, alpha-MSH, beta-MSH, y beta-lipotropina? ¿Saber con quién nos casaremos es la mera confluencia de diferentes vectores físicos? ¿Todo lo relacionado con nosotros –pensamientos, deseos, elecciones– podría ser explicado, expresado, y predicho como si se tratara de estrellas?

La respuesta depende de una pregunta más amplia que incluye nuestros orígenes. ¿Cómo llegamos aquí y por qué? Si somos el producto de fuerzas físicas dentro de un universo enteramente físico sin nada más fuera de la materia y el movimiento, y nada más grande que materia y movimiento, y nada más allá de la materia y el movimiento ¿cómo podríamos ser otra cosa que no sea materia y movimiento? ¿Podría el todo alguna vez ser más que la suma de sus partes? Desde luego que no. Así, desde ese punto de vista, nosotros somos procesos físicos determinados totalmente por una actividad física anterior, lo que significa que no tenemos más libre albedrío que una muñeca animada o una computadora haciendo funcionar un programa.

La sentencia

Un joven comparecía ante el juez que lo había sentenciado a diez años de prisión. Cuando se le preguntó si tenía algo que decir, el criminal dijo: “Sí”.

–“Muy bien, proceda”, respondió el magistrado.

–“Señor Juez”, declaró el acusado, “¿Cómo puede usted en buena conciencia sentenciarme a prisión? Eso no es justo”.

El juez dejó que sus lentes se deslizaran hasta el final de su nariz. Mirando al acusado le preguntó: “¿No lo es?”

–“¡No!”

–“Bueno, explíquese”.

–“Es que…desde el momento en que nací, mi familia, mis genes, mi crianza, mi ambiente, mis amigos, todo fue predeterminándome para vivir una vida de criminal, sin dejarme otra salida. Yo no podría haber llegado a ser o hacer diferente. No soy responsable de mis acciones, como no lo es el río al correr ladera abajo. No tuve alternativas para ninguna de las cosas que hice”.

El juez continuó sentado, en silencio, cavilando. Luego de algunos momentos, hablando directamente al rostro del joven, le dijo: “Bien hijo, te diré cómo puedo sentenciarte a diez años de prisión. Desde el momento en que nací, por la familia que tuve, mis genes, mi crianza, mi ambiente, todo lo que sucedió en mi vida me fuerza, sin dejarme otra alternativa que sentenciarte a esos diez años”.

Dicho esto, el juez cerró el caso y un policía condujo al prisionero fuera del recinto.

Autómatas orgánicos

¿Estamos nosotros, como ese juez y el criminal, tan cautivos por fuerzas físicas externas, que cualquier cosa que hagamos –desde lo que comemos en el desayuno hasta a quien amamos– no responda a decisiones libres realmente, sino que sea el resultado inevitable de lo que hicimos con anterioridad? Diciéndolo de otra forma, ¿están nuestras “libres elecciones” tan predeterminadas como nuestro ADN? “Todo lo que sucede” escribió Arthur Schopenhauer “desde lo más grande hasta lo más pequeño ocurre necesariamente”.3 Si aceptamos esta concepción puramente materialista de la realidad, será difícil creer de otra manera.

Por otro lado, si la idea de que nuestra existencia se resume a movimientos aleatorios de átomos irracionales nos parece tan estrafalaria como la de que el amor no es más que el resultado de excreciones hormonales, entonces nuestros orígenes deben provenir de algo más grande que leyes físicas, y algo más que movimiento y materia. Tiene que haber un poder mayor que las leyes mecánicas y físicas que regulan el universo. Un poder que haya creado no sólo esas leyes, sino también nuestra libertad, creatividad y capacidad de amar –aspectos de nuestra existencia que no parecen haber sido definidos sólo por leyes naturales.

¿Y quién más –o qué más– podría detentar tal poder? ¿Quién otro, fuera de Dios el Creador? Cuando la Biblia dice que la humanidad fue hecha “a la imagen de Dios” (Génesis 9:6) esto podría significar que la libertad humana, la creatividad, y el amor son manifestaciones del carácter de Dios mismo. Otra vez, si no hay un Dios que haya creado un mundo en el cual el libre albedrío existe, uno en el cual la libertad funciona a un nivel que excede lo meramente físico, entonces es difícil vernos a nosotros mismos como algo más que robots orgánicos llenos de cables y con neuronas en lugar de contactos siliconados.

¿Qué es esto?

La respuesta es importante porque en ella podemos encontrar sentido y propósito para nuestra existencia, si es que existe alguno. Después de todo, sería difícil y hasta imposible, descubrir sentido y propósito si no fuésemos más que materia y movimiento; solamente seres sin control de sus pensamientos, acciones, y elecciones. (Sería deprimente además, ser apenas procesos físicos y en consecuencia no tener otra alternativa que imaginarnos como seres libres, aunque en realidad no lo fuésemos. Por otra parte, si fuimos creados por una fuerza conciente que nos hizo libres y nos ha dado la capacidad de hacer elecciones, entonces nuestras vidas pueden tomar una dimensión totalmente nueva que va más allá de meras fuerzas físicas incapaces de elegir por sí mismas, tanto como las páginas de un libro no pueden elegir las palabras que irán en ellas.

Otra vez ¿qué es esto? ¿Somos meros autómatas o somos seres libres creados a la imagen de un Dios amante?

La pregunta es otra manera de interrogarnos ¿quiénes somos? ¿Qué somos? ¿Qué es lo que da significado a nuestras vidas? Veamos esto en el contexto de la revelación divina. La buena nueva es que no necesitamos el cerebro de Einstein para entender y encontrar respuestas.

Este artículo ha sido extraído del último libro de Clifford Goldstein, Life Without Limits (Hagerstown, Maryland: Reviewand Herald Publ. Assn., 2007). Usado con permiso.

Clifford Goldstein es director de la Guía de Estudio de la Biblia para Adultos, en la Asociación General de la Iglesia Adventista, Silver Spring, Maryland, EE.UU. Es autor de alrededor de veinte libros y numerosos artículos. Su dirección electrónica es goldstein@gc.adventist.org.

Referencias

  1. Michael Paterniti, Driving Mr. Albert: A Trip Across America with Einstein’s Brain (New York: Random House, 2000), p. 24.
  2. 2. Ibid., p. 194.

    3. Arthur Schopenhauer, Essay on the Freedom of the Will (Mineola, New York: Dover Publications, 2005), p. 62.