Pacificación: Explorando las raíces y herencias adventistas

¿Qué podemos aprender del compromiso adventista por la paz y la justicia en tiempos de guerra e intolerancia del pasado?

Sergei Panchenko, un joven adventista ruso de 18 años, al ser convocado a realizar el servicio militar en 2002, solicitó otra alternativa que de acuerdo a una ley promulgada ese mismo año, debía ser otorgada a los conscriptos que pudieran demostrar genuinas convicciones pacifistas. Sin embargo, la comisión de registro militar negó su petición alegando que la nueva ley no tomaría efecto hasta el 1º de enero de 2004.

Sergei apeló y una corte regional en el lejano este ruso, vindicó al joven y determinado pacifista. Aunque los acusadores esperaban usarlo como un ejemplo, al final tanto los representantes militares como la corte “coincidieron en que sus convicciones eran genuinas”. Sergei mostró que “es un cristiano sincero que no puede violar su conciencia portando armas”.1

En esa misma época Hee Jai Im de Corea del Sur adoptó una posición similar, pero fue sentenciado a dieciocho meses en prisión. Al año siguiente, en los Estados Unidos, el nuevo converso Joel Klimkewicz fue llevado a la corte marcial y recibió sentencia de siete meses en prisión, luego de rehusar cumplir órdenes por un segundo período de servicio armado en Irak, a pesar de haberse ofrecido a desempeñar la peligrosa tarea de limpiar minas.2

La ética de no violencia que inspiró a estos jóvenes adventistas en el siglo XXI, dispuestos a enfrentar la prisión en vez de negar su fe, tiene una profunda raíz histórica en el movimiento adventista que emergió en el siglo XIX. Al explorar estas raíces, encontramos una herencia no solamente de no violencia sino de pacificación.

“La paz bíblica o shalom es una integridad arrasadora de vida” escribe Charles Scriven. “Donde prevalece shalom, prevalecen la libertad y la seguridad, la justicia triunfa sobre la opresión, la abundancia suplanta a la pobreza, el gozo derrota la tristeza y la vergüenza”.3

Una postura de no violencia

En los años cuando los adventistas estaban forjando su identidad y organización la Guerra Civil los confrontó con el dilema moral del combate militar. La primera Asociación Adventista (Michigan) fue organizada en 1861, año en el que comenzó la guerra. El primer congreso de la Asociación General tuvo inicio en mayo de 1863, dos semanas después de la impactante victoria confederada en Chancellorsville, y alrededor de seis semanas antes del gran punto de inflexión marcado por las victorias de la Unión en Gettysburg y Vicksburg.

Para la mayoría de los pioneros adventistas influenciados por la Biblia y por el movimiento de no resistencia liderado por el reformista social William Garrison, el pacifismo era una parte de la fe radical que los distanciaba del resto de la gente. Ellos sentían que debían hacer una lectura literal del sexto mandamiento como así también del Sermón del Monte, tal como habían hecho con el cuarto mandamiento (descansar el séptimo día). Por ende vieron la participación en combate militar, como una simple y clara violación del sexto mandamiento, y de las enseñanzas de Cristo.4

En 1861 al inicio de la guerra, el presidente Lincoln hizo un llamado a los Estados a formar fuerzas voluntarias para derrotar la “insurrección”. A medida que la guerra continuó y la posibilidad de una retirada militar se esfumaba, los adventistas se enfrascaron en un debate vigoroso acerca de cómo debían responder en caso de una ley de servicio militar obligatorio.5

En marzo de 1863 Elena White dio orientaciones reprendiendo a algunos adventistas de Iowa, quienes declarando ásperamente su pacifismo, aún cuando ninguna ley los obligaba a luchar, se colocaron innecesariamente en una posición de enfrentamiento con el gobierno. Ella entonces instó a que los adventistas hicieran todo lo posible por mostrar que no tenían simpatía por la esclavitud o la rebelión confederada y afirmó que el pueblo de Dios “no puede comprometerse en esta guerra desconcertante porque se opone a todos los principios de su fe. En el ejército no podrían obedecer la verdad y al mismo tiempo obedecer los requerimientos oficiales”.6

El borrador de la ley militar proclamada ese mismo mes, proveyó la opción de pagar un derecho de exención. Trescientos dólares era una enorme suma, pero así se evitarían desagradables enfrentamientos con el gobierno, y a pesar de la presión financiera la iglesia ayudó a aquellos que no podían reunir el dinero.

Cuando en julio de 1864 el Congreso restringió la opción del pago a los objetores de conciencia que fueran miembros de una iglesia pacifista reconocida, el liderazgo adventista se apresuró a buscar el reconocimiento gubernamental de su posición de no combatientes. Declarándose “un pueblo unánimemente leal y anti-esclavitud” pero incapaces de derramar sangre de acuerdo a su visión de los Diez Mandamientos y las enseñanzas del Nuevo Testamento, obtuvieron una excepción que les brindó la posibilidad de ser asignados a tareas hospitalarias, cuidado de esclavos liberados o el pago de los trescientos dólares.7

Aun con este logro, algunos adventistas reclutados sufrieron negaciones, encarcelamiento temporal, amenazas de corte marcial y otras formas de acoso, al intentar reclamar su derecho de servicio alternativo. La falta de comprensión entre los oficiales acerca de la legislación gubernamental, los prejuicios contra los no combatientes y una comunicación deficitaria, se combinaron de tal modo que el acoso continuó.8 Sin embargo, había llegado el tiempo de manifestar una posición.

El congreso de la Asociación General, en su sesión de 1865 votó: “Si bien rendimos voluntariamente al Cesar lo que las Escrituras muestran que le pertenece, estamos obligados a rechazar toda participación en actos de guerra y derramamiento de sangre, por ser inconsistentes con los deberes que nos asignara nuestro divino Maestro en relación con nuestros enemigos y con toda la humanidad”.9

Posteriores resoluciones en las sesiones de 1867 y 1868, reafirmaron esta posición, sugiriendo que los asuntos de guerra y del servicio militar tenían un significado mayor a lo pasajero o marginal. La resolución de 1867 declaraba, “que la portación de armas o enrolamiento en guerra, es una directa violación de las enseñanzas de nuestro Salvador y del espíritu y letra de la Ley de Dios”.10

Aun cuando los pioneros adventistas no estaban en total acuerdo en algunos asuntos relacionados a esta situación, sí estaban unidos en afirmar que la adhesión al mensaje del tercer ángel significaba ser no combatientes. Cuando en 1917 la iglesia se enfrentó al servicio militar obligatorio, la comisión ejecutiva de la División Norteamericana manifestó que el precedente dejado por la Guerra Civil en la historia adventista era suficientemente claro y afirmaron públicamente: “Hemos sido no combatientes a través de nuestra historia” y citaron la resolución del congreso de la Asociación General de 1865.11

Testigos proféticos

Asumir una posición pública por la no violencia y por la abolición de la esclavitud, y construir una comunidad dedicada a estos principios, es un acto profundamente político y quizás el camino más poderoso por medio del cual los cristianos podemos mostrar responsabilidad política. Tal posición induce a un cambio en la sociedad. Esto puede ser denominado “testimonio profético” porque en la tradición de los profetas hebreos se aplica la palabra del Señor a las condiciones sociales, no denunciando o condenando para bien de uno mismo sino para provocar un cambio.

Mientras que la Iglesia Adventista ha sido demasiado a menudo una “iglesia silenciosa” según lo reflejado en el título del amplio estudio sobre los derechos humanos y la ética social en el adventismo, 12 escrito por Zdravko Plantak, quiero ofrecer dos ejemplos de pacificación como “testimonio profético”. El primero, frecuentemente omitido, ocurrió durante la guerra Hispanonorteamericana en la cual los EE. UU. comenzaron a emerger como un poder mundial. El pacifismo y las protestas contra la guerra y el militarismo aparecieron más prominentemente en esta época que en cualquier otra de la historia adventista. El segundo, la pacificación como salud restauradora en las comunidades a todo nivel, y que pasó a ser la marca distintiva del trabajo misionero adventista.

La protesta adventista contra la guerra

El historiador adventista Sydney Ahlstorm señala que durante el período de la guerra Hispano-norteamericana y el subsiguiente conflicto Filipinonorteamericano, “patriotismo, imperialismo y el protestantismo americano” permanecieron en la más “ferviente coalición nunca antes vista”.13 Mientras que la mayoría de las iglesias hicieron un consenso que convertía a la guerra en una cruzada por la civilización cristiana, los adventistas se pronunciaron contra “el espíritu del militarismo” impulsado “desde dentro del seno de la iglesia”.14

Al predicar en el tabernáculo de Battle Creek, George Irving, presidente de la Asociación General, declaró: “No tenemos absolutamente ningún motivo para enardecernos y dejarnos arrastrar por el espíritu (de guerra) que se ha difundido en la tierra”.14

Cuando en febrero de 1899 los EE. UU. tomaron las Filipinas reprimiendo militarmente el movimiento de independencia que allí reinaba, un amplio grupo de voces de la sociedad norteamericana, incluidos los adventistas, acusaron a la nación de imperialismo. A. Jones, editor de Review y Herald y también de American Centinel, (predecesor de Liberty), y P. Magan, un prominente educador y escritor adventista, se encontraban entre los más elocuentes críticos adventistas contra el imperialismo norteamericano.

En su libro, Peril of the republic, publicado en 1899 por la editorial evangélica Fleming Revell, Magan declaró que anexar a Filipinas por la fuerza, era una “apostasía nacional” de la Declaración de la Independencia de EE. UU. Manifestó que al abrazar el imperialismo, se estaba abandonando el “nuevo orden de las cosas” establecido en la fundación de la República, y se retrocedía al militarismo y opresión característicos del Viejo Mundo.

Magan se vio frente a un deber semejante al de los profetas bíblicos enviados para advertir a reyes y naciones acerca de las consecuencias de separarse de las intenciones divinas, haciendo un llamado a todos los ciudadanos del futuro reino de Dios a ser leales “en cuestiones nacionales así como personales” y a “trabajar por los principios correctos mientras dura el día”.15

Los adventistas de la época no dudaban en aplicar su cosmovisión apocalíptica a la política exterior de su propio gobierno, manteniendo así sus propios y elevados principios de derechos huma nos. Pocos años mas tarde, la carrera armamentista contribuyó a una orgía de derramamiento de sangre –primitiva en sus impulsos pero sofisticada en sus técnicas. Con la Primera Guerra Mundial nacieron el siglo del genocidio y las armas de destrucción masiva.

Al intentar reparar el daño, las potencias del mundo fueron convocadas por la administración Harding a Washington en 1921. Este esfuerzo en pro de la paz produjo comentarios ampliamente favorables y significativos de parte de los líderes adventistas, y no el tipo de fatalismo y sospecha que algunos esperaban ver”.16

Desde el concilio anual en Minneápolis, los líderes de la iglesia enviaron un mensaje al Presidente, elogiándolo por llevar a cabo la conferencia y mencionando que los adventistas estaban “vigorosamente a favor de la limitación de armamentos”. Declararon que eran “movidos por la simple lógica de nuestra creencia o fe en aquel que es el Príncipe de paz, y en nuestra experiencia como súbditos de su reino”. El mensaje equilibraba realismo sobre la dificultad de eliminación de la guerra –debido a que los seres humanos son pecaminosos– y la esperanza de que un cambio favorable era posible.17

Adventismo y cultivo de integridad

La paz en el sentido bíblico de shalom abarca la plenitud del bienestar humano. Pacificación entonces significa cultivar shalom, al restaurar la salud e integridad en las comunidades humanas a todo nivel. El histórico compromiso adventista con la reforma pro salud –que asocia la vida en todos sus aspectos con el plan de redención y los ideales humanitarios de la obra médicomisionera– ha vigorizado esta forma de pacificación.

En la última década del 1800 y la primera del 1900 aparecen abundantes ejemplos adicionales pero voy a detenerme solo en un episodio: adventistas que cultivaron shalom en medio de un sector de la sociedad norteamericana sujeta a siglos de opresión sistemática.

Luego de algunos breves destellos de esperanza la represión racial dio lugar a un sistema de segregación legalizado. Elena White señaló que la Nación había fallado en aprovechar el momento oportuno para concretar promesas de libertad usando dinero para educación y fortalecimiento económico del pueblo aún tambaleante, bajo el legado de la esclavitud. El gobierno “luego de un pequeño esfuerzo, dejó al negro para luchar, sin ayuda…” Los esfuerzos de varias agencias cristianas, aunque nobles y valientes, estuvieron lejos del ideal de cubrir adecuadamente las necesidades, y la Iglesia Adventista simplemente “falló en cumplir su parte”.18

Hacia mediados de la década de 1890, crecía la tendencia a la “rendición del racismo nacional”,19 a la vez que la segregación y desigualdad se encontraban profundamente enraizadas en la vida legal y social del sur, y aunque menos explícitas, pero no por eso menos reales y destructivas, en la cultura nacional. La profeta adventista sin embargo, urgió a su pueblo a desafiar las corrientes prevalecientes, con una misión amplia a favor de los negros: “Se han erigido paredes de separación entre los blancos y los negros. Estas paredes de prejuicios se desplomarán tal como las murallas de Jericó, cuando los cristianos obedezcan la Palabra de Dios, que ordena amor supremo al Hacedor y amor imparcial al prójimo. Por amor a Cristo, hagamos algo ahora”.20

Ese “algo” significaba construir las estructuras de shalom al proveer educación y oportunidad económica. “La negligencia de la Nación norteamericana para con la raza de color pesa en su contra. Aquellos que se dicen cristianos tienen un trabajo que hacer, enseñándoles a leer, a aprender distintos oficios y a comprometerse en diferentes empresas”.21

Al mismo tiempo que la mayoría de los blancos del sur estaban decididos a impedir que los ex esclavos cultivasen la tierra como arrendatarios u otra forma de débito perpetuo, Elena White insistió en que los campos de algodón no fuesen “el único recurso de subsistencia para la gente de color. Se deberá despertar en ellos el pensamiento de que son de valor para Dios, y que son estimados como su propiedad. El trabajo mencionado, es la empresa misionera más necesaria. Es la mejor restitución que puede hacerse a quienes les fue robado su tiempo y fueron privados de educación”.22

La iglesia nunca se mostró a la altura de este desafío, en la manera en que Elena White lo deseaba. Aún así, personas de ambas razas, incluido su hijo Edson, emprendieron iniciativas valientes, arriesgándose a la reacción violenta de la supremacía blanca, para poder cultivar shalom en todas sus dimensiones. Para 1909 los resultados podían ser vistos en 55 escuelas primarias, con 1800 alumnos en diez estados del sur, instalaciones médicas en Atlanta y Nashville, el establecimiento de la escuela industrial de Oakwood y una modesta pero sólida presencia adventista en la América negra, de al menos 900 miembros, donde en 1894 había menos de 50.23

Poco después, los adventistas perdieron de vista su misión de ser agentes de shalom para los oprimidos. Décadas mas tarde, se elevaron voces proféticas desde fuera de las filas adventistas –tal como Martin Luther King Jr.– para urgir a la iglesia a recobrar los principios tan fuertemente proclamados por su propia profeta en la década de 1890.

Los adventistas del siglo XXI enfrentan un desafío. En una nueva era de reconfigurada e intensificada adoración a la guerra, ¿qué vamos a hacer con nuestra herencia adventista de pacificadores? Tomando prestada una frase de James White ¿cuán interesados estamos en este tiempo, en marchar en las filas de aquellos “que se han enrolado para servir bajo el Príncipe de paz?”

Douglas Morgan (PhD., Universidad de Chicago) profesor de Historia en Columbia Union College en Maryland, EE. UU. Una versión anterior de este artículo apareció en The Peacemaking Remnant: Essays and Historical Documents (Adventist Peace Fellowship, 2005).

Referencias

  1. “Russian Adventist Wins Alternative Military Service Case,” Adventist News Network, 4 de marzo de 2003.
  2. “South Korea: Adventist Sentenced to 18 Months in Prison for Conscientious Objection,” Adventist News Network, 18 de marzo de 2003. Para datos acerca de Klimkewicz entrar en ww.adventistpeace.org.
  3. Ver “The Peacemaking Remnant: Seven Theses” en la sección Adventist Peace Witness en www.adventistpeace.org.
  4. Ronald Graybill, “The Abolitionist-Millerite Connection,” Ronald Numbers and Jonathan Butler, eds., The Disappointed: Millerism and Millenarianism in the Nineteenth Century (Bloomington: Indiana University Press, 1987), pp. 139-150; y Peter Brock, Freedom From Violence: Sectarian Nonresistance From the Middle Ages to the Great War (Toronto: University of Toronto Press, 1991), pp. 230-258.
  5. Brock brinda un exhaustivo análisis de la Guerra Civil en la Review and Herald sobre servicios militares en Freedom From Violence, pp. 230.
  6. Elena de White, Testimonos para la iglesia (Miami, Florida: Asoc. Publicadora Interamericana., 2003), vol.1, p. 322.
  7. J. Andrews, “Seventh-day Adventists Recognized as Noncombatants,” Review and Herald 24 (13 de septiembre de 1864): pp. 124-125.
  8. Richard Schwarz and Floyd Greenleaf, Light Bearers: A History of the Seventh-day Adventist Church, rev. ed. (Silver Spring, Maryland: Department of Education, General Conference of Seventh-day Adventists), p. 98.
  9. “Report of the Third Annual Session of the General Conference of Seventh-day Adventists,” Review and Herald 25 (17 de mayo de 1865): pp. 196-197.
  10. Pueden ser halladas en “General Conference Session Minutes, 1863-1888” en Online Document Archives, www.adventistarchives. org.
  11. Citado en Francis Wilcox, Seventh-day Adventists in Time of War (Wáshington, D.C.: Review and Herald Publ. Assn., 1936), pp. 112-113.
  12. Zdravko Plantak, The Silent Church: Human Rights and Adventist Social Ethics (Nueva York: St. Martin’s Press, 1998).
  13. “The Gospel of War,” Review and Herald, 3 de mayo de 1898.
  14. “The Present Crisis,” suplemento de Review and Herald, (3 de mayo de 1898).
  15. Douglas Morgan, Adventism and the American Republic: The Public Involvement of a Major Apocalyptic Movement (Knoxville, Tennessee: University of Tennessee Press, 2001), pp. 66-68.
  16. Idem, pp. 104-106.
  17. “Address to President Harding,” Review and Herald, (8 de diciembre de 1921) p. 2.
  18. White, Testimonios para la iglesia (Miami, Florida: Asoc. Publicadora Interamericana., 1998) vol. 9, p. 165.
  19. C. Vann Woodward, The Strange Career of Jim Crow, (Nueva York: Oxford University Press, 1974), pp. 67-109.
  20. White, Mensajes Selectos (Mountain View, California: Pacific Press Publ. Assn., 1967) T 2 p. 550.
  21. White, The Southern Work (Wáshington, D.C.: Review and Herald Publ. Assn., 1966), p. 44.
  22. Ibid pp. 51-62.
  23. Schwarz and Greenleaf, p. 234
  24. “Eastern Tour,” Review and Herald ( 6 de setiembre de 1864), p. 116.