Cómo explicar y defender nuestra fe

“Estén siempre preparados a responder a todo el que les pida razón de la esperanza que ustedes tienen, pero háganlo con humildad y respeto” (1 Pedro 3:15, 16 p.p. VP).*

Primera escena: Durante una de tus clases de ciencia, el profesor presenta una vigorosa defensa de la evolución y se refiere irónicamente a los “creacionistas ignorantes que creen en un Diseñador Inteligente”. Tú y tus compañeros siguen tomando nota mientras algunos se ríen por lo bajo. Al salir del salón, uno de los estudiantes te pregunta, “¿Qué piensas tú de la evolución?”

Segunda escena: Mientras almuerzas durante un congreso profesional, un colega observa los platos que te has servido y te pregunta si eres vegetariano. Al dialogar acerca de los temas abordados, quiere saber tu opinión sobre uno de los paneles que se realizó el sábado de mañana. En cierto momento de la conversación, te dice: “Me parece que usted es una persona inteligente. ¿Por qué cree en Dios?”

Tercera escena: Durante un viaje en avión, tu compañero de asiento lee ávidamente el libro El código Da Vinci mientras tú hojeas una revista cristiana. De pronto te pregunta, “¿Usted ha leído este libro? El autor dice que Jesús se casó con María Magdalena y que esto fue encubierto por los dirigentes cristianos de la época. Dice también que la divinidad de Cristo fue inventada por el Concilio de Nicea en el año 325 d.C. Esto es impactante, ¿no le parece? ”

¿Cómo responderías a estas preguntas?

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A lo largo de los siglos, los cristianos hemos enfrentado conflictos decisivos en el campo de batalla de la mente humana, donde se evalúan argumentos y se toman decisiones. Jesús, que conocía bien el poder de las ideas para persuadir y transformar, declaró: “Conocerán la verdad, y la verdad los hará libres” (Juan 8:32, VP).1 Y en otra ocasión, añadió: “Yo soy… la verdad”.

Los adventistas, particularmente los que estudian en universidades públicas o desempeñan labores profesionales, con frecuencia tienen que responder a preguntas críticas acerca de sus creencias, convicciones y estilo de vida. Los que nos interrogan son cristianos de otras denominaciones o bien ateos, agnósticos o adeptos de otras religiones.

Por lo común respondemos a esas preguntas ofreciendo argumentos racionales, presentando evidencias o citando la Biblia, dependiendo de las circunstancias. Mientras lo hacemos, oramos silenciosamente para que el Espíritu Santo nos conceda sabiduría a fin de que nuestras palabras conduzcan a nuestro interlocutor “a toda verdad” (Juan 16:13). Cada vez que ofrecemos razones para explicar nuestras creencias realizamos una labor en la que los creyentes han participado por casi veinte siglos –la apologética cristiana.

En este artículo nos proponemos (1) evaluar la apologética bíblica como una estrategia valiosa para comunicar nuestra fe; (2) examinar el abordaje empleado por autores del Nuevo Testamento para explicar y defender creencias cristianas básicas; (3) bosquejar el método de hacer apologética; y (4) considerar la utilidad y los límites de la apologética cristiana.

Definiciones

La palabra apologética proviene del griego apologia, que originalmente significaba un discurso de defensa o la respuesta que se ofrece durante un careo judicial. El término fue adoptado por los primeros cristianos y se lo emplea ocho veces en el Nuevo Testamento, principalmente por Pablo, como sustantivo o verbo. La explicación o defensa2 de los cristianos se centraba en la persona de Cristo Jesús: su divinidad y humanidad, su muerte y resurrección, su gracia y su promesa de vida más allá de la muerte y la esperanza de su retorno en gloria.

En el Nuevo Testamento encontramos ejemplos de apologética en varios contextos. Por ejemplo, como respuesta a la persecución (1 Pedro 3:8-18), como argumento ante un público religioso hostil (Hechos 17:1-9), como discurso ante una audiencia culta pero escéptica (Hechos 17:16-34), como defensa de una conducta apropiada (1 Corintios 9:19-23), y como testimonio personal de la realidad humana y divina de Jesucristo (1 Juan 1:1-4; 20:30).3

Durante el segundo siglo de nuestra era las palabras apologia y apologeomai fueron cobrando un sentido más técnico. El término apologista comenzó a identificar a un grupo de expositores que defendía las creencias y prácticas de los cristianos frente a diversos ataques, incluyendo la acusación de actividades ilegales o inmorales.

En tiempos más recientes el término apologética ha venido aplicándose a la disciplina que se dedica a defender el cristianismo auténtico desde varias perspectivas. En su sentido más amplio, la apologética tiene tres dimensiones: Incluye (1) la explicación racional de las creencias y doctrinas centrales del cristianismo, utilizando argumentos y evidencias; (2) la defensa del cristianismo en respuesta a las objeciones y críticas que se le hacen; y (3) la refutación de ideologías, sistemas religiosos o filosóficos contrarios. En su primera dimensión, la apologética muestra que el cristianismo es razonable. En su segunda, muestra que el cristianismo no es irracional ni peligroso. Y en su tercera dimensión, argumenta que el pensamiento no cristiano es inadecuado o irrazonable.

James W. Sire, un apologista evangélico, ofrece esta definición: “La apologética presenta ante el mundo una personificación tan atractiva de la fe cristiana que todo el que esté dispuesto a considerarla recibirá un impacto intelectual y emocional persuasivo acerca de la verdad del cristianismo”.4

La apologética en el Nuevo Testamento

Quien lee con atención el Nuevo Testamento descubre que, además de proclamar las buenas nuevas de Cristo Jesús, “la iglesia primitiva se enfrentaba apologéticamente con el judaísmo, las religiones paganas y las tendencias anómalas dentro de las comunidades cristianas”.5

Si bien los autores de los cuatro evangelios se dedican a narrar la historia de Jesús desde su perspectiva individual, también es posible detectar la intención de responder o anticiparse a algunas de las preguntas y objeciones que surgían en la mente de creyentes cristianos, oyentes interesados y opositores críticos. Entre esos interrogantes se encontraban los siguientes: ¿Acaso no se esperaba que el Mesías fuera no sólo un descendiente de David sino también un nativo y un residente de Belén? ¿Realizó de veras milagros que fueron observados por testigos fidedignos? ¿Por qué Jesús no fue reconocido como el Mesías, incluso por sus seguidores, y por qué fue rechazado y condenado a muerte por los dirigentes religiosos? Si Jesús sabía que Judas lo iba a traicionar, ¿por qué lo eligió como discípulo? ¿Por qué Jesús permitió que se lo ejecutara como criminal en una cruz? ¿Existen evidencias suficientes de que murió de veras y resucitó al tercer día? ¿Adónde fue Jesús después de su ascensión y para qué? ¿Por qué no ha regresado, tal como lo prometió? Mateo, Marcos, Lucas y Juan responden a estas y otras preguntas importantes, tomando en cuenta a los diferentes públicos a quienes se dirigían.

En el libro de los Hechos, Lucas describe la apologética empleada por los apóstoles y otros líderes del cristianismo primitivo a medida que el movimiento se expandía durante la segunda mitad del siglo primero. La defensa de Esteban ante el Sanedrín resume los argumentos que utilizaban los cristianos al argüir con el judaísmo. El sermón de Pedro durante el Pentecostés y su discurso en la casa de Cornelio reflejan una comprensión más amplia del alcance del cristianismo.

Y mientras Pablo recorre el vasto Imperio Romano, observamos cómo el evangelio interactúa con los supersticiosos paganos de Listra, los griegos cultos de Atenas y los pragmáticos romanos.Durante esos encuentros, el apóstol se perfila como un elocuente apologista del Cristo viviente. Sus epístolas revelan una mente comprometida, su diestro manejo del lenguaje y su notable conocimiento de las culturas judía, griega y romana. No sólo explica y defiende la verdad del evangelio, sino también critica las herejías cristianas y las creencias de otros grupos religiosos. Por eso escribe: “Las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta con el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo” (2 Corintios 10:4, 5).

Por último, la epístola a los Hebreos presenta una enérgica defensa de Jesucristo como cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento, como sacrificio perfecto para remisión de los pecados y como mediador permanente entre los seres humanos y Dios.

Mandato y método

Un pasaje clave del Nuevo Testamento enfatiza el mandato y sugiere el método de la apologética cristiana: “No tengan miedo a nadie, ni se asusten, sino honren a Cristo como Señor en sus corazones. Estén siempre preparados a responder a todo el que les pida razón de la esperanza que ustedes tienen, pero háganlo con humildad y respeto. Pórtense de tal modo que tengan tranquila su conciencia, para que los que hablan mal de su buena conducta como creyentes en Cristo se avergüencen de sus propias palabras” (1 Pedro 3:14-16, VP).

Examinemos los ingredientes de esta fórmula inspirada:

Al repasar los ejemplos bíblicos, observamos que los apologistas utilizan diferentes métodos, adecuándolos a la situación y al contexto. La explicación y la defensa de las verdades del cristianismo pueden efectuarse en una conversación privada o en una conferencia pública, en un debate oral o mediante un mensaje escrito. La audiencia puede ser amigable, curiosa u hostil, o reflejar una combinación de esas actitudes. De ahí que los argumentos y la retórica variarán según las circunstancias.

El valor de la apologética

En el mejor de los casos, la apologética procura eliminar obstáculos, construir puentes de comprensión y persuadir de la verdad de la fe cristiana. El objetivo último del apologista es ayudar al no creyente a que entregue su ser entero a Jesucristo y viva una existencia acorde con ese cometido.7

Las creencias del cristianismo bíblico lo distinguen de otras religiones teístas como el judaísmo o el islam, y las diferencias se centran principalmente en la persona de Jesucristo. Los judíos y los musulmanes no aceptan que Dios Hijo es la segunda persona de la Deidad, que vivió como ser humano entre nosotros, murió y resucitó, ofrece salvación a quienes creen en él y regresará en gloria a este mundo. Por otra parte, los agnósticos y ateos no sólo dudan o niegan la existencia de Dios, sino también que creó el universo, se comunica con los seres humanos, realiza milagros y otorgará vida eterna a quienes creen y confían en él.

Es obvio que la apologética cristiana requiere estudio, reflexión y valentía humilde. Por otra parte, los argumentos racionales que proveen apoyo a la fe bíblica son también útiles para los creyentes que tienen preguntas sinceras sobre creencias básicas del cristianismo. Esto ocurre con frecuencia a medida que los cristianos maduran y profundizan en su estudio de la verdad de Dios. Tales argumentos no constituyen pruebas o demostraciones incuestionables o abrumadoras. Con todo, son evidencias de que la cosmovisión bíblico-cristiana es coherente, digna de confianza y más razonable que sus competidores.

En resumen, la labor apologética es útil porque ayuda a fundamentar la fe de los creyentes y les proporciona argumentos válidos para explicar y defender sus convicciones al interactuar con buscadores sinceros de la verdad, escépticos, críticos y adherentes de otras religiones. Al mismo tiempo, la apologética obliga a los creyentes a familiarizarse con la cosmovisión bíblico-cristiana, así también como a comprender y estar capacitado para criticar las ideas predominantes de su cultura. Y en un contexto transcultural, requiere que el misionero conozca el pensamiento de las personas a quienes desea comunicar la verdad salvadora del evangelio.

Los límites de la apologética

El adventista que procura explicar y defender sus convicciones ha de reconocer los límites de la apologética. Los argumentos racionales no pueden servir de fundamento a sus creencias cristianas. Tampoco convencerán a los no creyentes a aceptar su fe.8 “No olvidemos que el argumento más poderoso a favor del cristianismo es una vida semejante a la de Cristo… Todos los libros escritos no reemplazarán una vida santa”.9

Por otra parte, en nuestra condición natural no estamos dispuestos a entregarnos a Dios. Si no fuera por la sutil pero poderosa influencia del Espíritu Santo, no reconoceríamos nuestra pecaminosidad y nuestra desesperada necesidad de un Salvador.

Y es precisamente con ese propósito que Cristo vino a este mundo, “a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lucas 19:10).

Además, como afirma Elena White: “Las verdades de la Palabra divina pueden ser apreciadas mejor por un cristiano intelectual. Cristo puede ser glorificado mejor por quienes le sirven inteligentemente”.10 Por eso nuestros argumentos deben estar anclados en la Biblia, que es revelación de Dios. Y nuestro cristianismo debe ser equilibrado, evitando los extremos de racionalismo y emocionalismo, las disputas estériles y los sentimientos cambiantes.

Cuando está arraigada en la revelación bíblica, la razón no es una enemiga de la fe, y puede ser una fuerte aliada. Dios nos creó como seres capaces de pensar y decidir. Jesús mismo declaró que “el más importante y el primero de los mandamientos” requiere que amemos a Dios con toda nuestra “mente” (Mateo 22:37, 38, VP).

Esto implica obedecer su voluntad, que debe comprenderse mediante nuestra razón.

Además, “la razón tiene poder de veto. No podemos creer aquello que sabemos es falso y no podemos amar algo o a alguien que sabemos no existe. Los argumentos pueden no conducirte a la fe, pero ciertamente pueden impedir que tengas fe. Por eso es necesario entrar en la batalla de los argumentos”.11

James E. Taylor, un apologista cristiano contemporáneo, recomienda encontrar equilibrio entre un énfasis desmesurado en la razón o en la fe. “La confianza excesiva en la razón puede llevarnos a la duda o a la incredulidad, porque es imposible combinar argumentos o evidencias que prueben de manera indubitable que Dios existe o que el cristianismo es verdadero… Sin embargo, la confianza excesiva en la fe con exclusión de la razón también puede llevarnos a la duda o a la incredulidad, porque hay preguntas intelectuales legítimas, como el problema del mal o del pluralismo religioso, que preocupan a los creyentes sinceros y a los que quisieran creer”.12

En última instancia, los factores que conducen a una persona a entregar su vida a Cristo están más allá de la comprensión y el control humano. Por lo común incluyen un conjunto de experiencias personales, relaciones interpersonales, evidencias racionales, la oración intercesora de familiares y amigos y la labor silenciosa y permanente del Espíritu Santo.

Conclusión

Nuestra civilización vive una profunda crisis de la verdad. El concepto de que la verdad existe, es cuestionada e incluso rechazada por la cultura posmoderna. En todo el mundo hay credos e ideologías que compiten con el cristianismo bíblico. En el fondo, la crisis de nuestro tiempo es de índole espiritual.

En vista de esa realidad, las universidades adventistas pueden capacitar a los futuros pastores y profesionales para el pensamiento crítico, enseñándoles a evaluar las corrientes intelectuales que se oponen al cristianismo bíblico y preparándolos para responder a sus argumentos.

También se necesitan más materiales elaborados por autores adventistas para realizar esta importante labor. Por ejemplo, un manual de apologética adventista sería muy útil para los universitarios, tanto los que estudian en nuestras instituciones de nivel superior como para los miles que asisten a universidades públicas, y también para los profesionales que con frecuencia deben contestar a preguntas críticas sobre su fe.

Como adventistas, nuestros adversarios intelectuales son el secularismo militante y el error despiadado, y no los ateos, agnósticos y los adeptos de otras religiones como individuos. Por la gracia de Dios, cada uno de ellos es un ciudadano potencial del nuevo reino que Cristo establecerá. Nuestro respeto hacia cada ser humano, creado a imagen de Dios, nos debe motivar a refinar nuestros argumentos y a expandir nuestra misión personal. Sin temor, pero con oración, debemos contender “por la fe que ha sido una vez dada a los santos” (Judas 3).

Humberto M. Rasi (Ph.D., Stanford University) es autor de innumerables artículos y editor de algunos libros. Trabajó como director editorial de Diálogo por casi 20 años. E-mail: h.rasi@roadrunner.com. Si desea una versión ampliada de este ensayo podrá encontrarla en http://fae.adventist.org.

* Versión Popular.

Referencias

  1. A menos que se indique lo contrario, las citas bíblicas provienen de la Versión Reina-Valera Revisada de 1960.
  2. Las palabras apologia o apologeomai aparecen en los siguientes pasajes:
  3. Hechos 22:1 “…oíd ahora mi defensa ante vosotros”.

    Hechos 25:16 “…antes que el acusado…pueda defenderse de la acusación”.

    1 Corintios 9:3 “Contra los que me acusan, esta es mi defensa”.

    2 Corintios 7:11 “…¡qué solicitud produjo en vosotros, qué defensa…!”

    Filipenses 1:7 “…y en la defensa y confirmación del evangelio…”

    Filipenses 1:16 “…sabiendo que estoy dispuesto para la defensa del evangelio”.

    2 Timoteo 4:16 “En mi primera defensa ninguno estuvo a mi lado…”

    1 Pedro 3:15 “…estad siempre preparados para presentar defensa…”

  4. Ver James W. Sire, A Little Primer on Humble Apologetics (Downers Grove, Illinois: IVP Books, 2006), pp. 14-25.
  5. Ibid., p. 26.
  6. Avery Cardinal Dulles, A History of Apologetics, 2a. edición (San Francisco, California: Ignatius Press, 2005), 1 ff.
  7. Ver James W. Sire, Why Good Arguments Often Fail: Making a More Persuasive Case for Christ (Downers Grove, Illinois: InterVarsity Press, 2006).
  8. Ver Kenneth D. Boa y Robert M. Bowman Jr., Faith Has Its Reasons: An Integrative Approach to Defending Christianity (Colorado Springs, Colorado: NavPress, 2001), pp. 17-22.
  9. El discurso de Pablo en el Areópago dio resultados, porque “algunos creyeron, juntándose con él; entre los cuales estaba Dionisio el areopagita, una mujer llamada Dámaris, y otros con ellos” (Hechos 17:34). Sin embargo, el apóstol reconocía los límites de la argumentación racional: “El mensaje de la muerte de Cristo en la cruz parece una tontería a los que van a la destrucción; pero este mensaje es poder de Dios para los que vamos a la salvación… ¿En qué pararon el sabio, y el maestro, y el que sabe discutir sobre cosas de este mundo? ¡Dios ha convertido en tontería la sabiduría de este mundo! Dios, en su sabiduría, dispuso que los que son del mundo no le conocieran por medio de la sabiduría humana; antes bien, prefirió salvar por medio de su mensaje a los que confían en él, aunque este mensaje parezca una tontería“ (1 Corintios 2:18, 20, 21, VP).
  10. Elena G. de White, Testimonos para la iglesia (Miami, Florida: Asociación Publicadora Interamericana, 1998), vol. 9, p18.
  11. Ibid., vol. 3, p. 160.
  12. Peter Kreeft y Ronald K. Tacelli, Handbook of Christian Apologetics (Downers Grove, Illinois: InterVarsity Press, 1994), p. 21.
  13. James E. Taylor, Introducing Apologetics: Cultivating Christian Commitment (Grand Rapids, Michigan: Baker Academic, 2006), p. 12. Ver también mi artículo, “El cristiano ante la fe y la razón” Diálogo Universitario 15:3 (2003), pp. 5-9, 16.