La ternura de su amor

El amor de Jesús trasciende nuestra rebelión, es estable, inmutable e incondicional. Es el amor más tierno.

Estaba sentado en el escritorio de mi casa mirando por la ventana un cardenal que lucía como un pincelazo rojo en contraste con el marrón monótono de las ramas de los árboles. Era una mañana en la cual varios pensamientos de preocupación habían estado rondando en mi mente. Y allí estaba el cardenal recordándome que el mismo Dios que lo protege y lo vistió tan hermosamente, también se preocupa por mí.

A la mañana siguiente volvió. En mi mente surgieron los pensamientos del día anterior acerca del inimaginable amor de Dios. Pensé lo pequeño que se veía desde mi ventana ese cardenal que estaba a apenas dieciocho metros de distancia y lo infinitamente pequeño (en realidad totalmente invisible) que sería si yo estuviese volando en un avión a diez mil metros de altura. Y sin embargo Dios lo ve a través del universo que se extiende por una infinidad de años luz.

Jesús ama y cuida de esta manera. Cuando presentó su mensaje a las personas reunidas en una ladera de Galilea, les dijo cosas que muy pronto pondría en práctica en su propia vida. “Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas?” (Mateo. 6:26).1

Los Evangelios están repletos de ilustraciones acerca del tierno amor de Jesús. En los párrafos que siguen tengo espacio para detallar apenas algunas de ellas.

Amor por una mujer acorralada

En Juan 8:1-11 encontramos una historia de su amor. Los hombres que la arrastraron hasta Jesús dijeron que la mujer había sido encontrada en el preciso momento de cometer adulterio. Ellos conocían bien a su patriarca Moisés. El gran profeta del Sinaí había dicho que los infractores debían ser apedreados en público. ¿Qué dices tú?, increparon a Jesús.

Jesús podría haber esgrimido alguna excusa dado que no era parte de un sistema legal ni poseía tipo alguno de poder judicial reconocido en la corte judía. ¿Qué razón había para que acudiesen a él? Podría haber evadido la situación sin ningún problema. Habría sido totalmente correcto que rehusara involucrarse en esta situación.

Pero no lo hizo porque allí había una mujer angustiada, sufriendo la pesadilla de una mente torturada con imágenes horrendas de muerte. Su corazón latiendo fuertemente, su pulso acelerado, lágrimas de vergüenza rodando por su rostro demacrado, está esperando que las piedras comiencen a golpear su frágil cuerpo en cualquier instante. Y entonces, para su horror, escucha de los labios de Jesús lo que seguramente iba a ser su sentencia de muerte: “El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella” (vers. 7). Siendo que considera a todos sus acusadores como íntegros partidarios de la ley, que no han cometido falta alguna, espera con certeza que las palabras de Jesús sellarán su suerte y resultarán en una lluvia de piedras cayendo fatalmente sobre su cuerpo.

Adopta una posición de autoprotección con su rostro entre las manos (por lo menos así la imagino) y su nivel de ansiedad llega al máximo nivel. Momentos de tensión en que solo reina el silencio. Por fin se anima a mirar desde su posición en cuclillas y descubre que está sola con Jesús. “¿Dónde están los que te acusaban?”, le pregunta Jesús gentilmente. “¿Ninguno te condenó?” (vers. 10). “Ninguno, Señor”, responde ella. “Ni yo te condeno; vete y no peques más” (vers. 11).

La mujer no se aleja saltando porque quizás considera que esa reacción no sería apropiada para la situación. Tampoco grita dado que en esa cultura eso no sería bien visto. En su lugar, se aleja caminando silenciosamente, con el corazón explotando de felicidad y densas lágrimas rodando; la diferencia es que ahora son lágrimas de felicidad. Cada paso resuena con esperanza renovada dado que puede vivir nuevamente gracias a que se encontró cara a cara con el amor personificado. Ese amor compasivo y tierno que ella no sabía que existía.

Amor por un jactancioso desleal

Jesús sentía un amor tierno para con todos sus discípulos (Juan 13:1). Aún en medio de la tensión y confusión en la noche de su entrega en Getsemaní, los protegió. “Si me buscáis a mí”, les dijo a los hombres listos a arrestarlo, “dejad ir a éstos” (Juan 18:8).

La forma en que trató a Pedro ejemplificó por sí sola, su amor para con todos los demás. El discípulo jactancioso había afirmado férreamente apoyar a Jesús, pocas horas antes del arresto. “Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré” (Mateo 26:31-33). Pero a medida que avanzaba la noche, intentaría vergonzosamente, esconderse de los ojos acusadores de simples espectadores, y hasta negaría haber visto alguna vez a un hombre llamado Jesús, usando un lenguaje muy fuerte. Cuando intentaron que dijese la verdad por tercera vez, comenzó a maldecir y jurar diciendo: “No conozco al hombre” (ver. 74).

En ese mismo momento comenzó a cantar el gallo y “vuelto el Señor, miró a Pedro” (Lucas 22:62). “Pedro se acordó de la palabra del Señor…y saliendo fuera, lloró amargamente” (vers. 61, 62).

¿Qué mensaje habrá transmitido la expresión del rostro de Jesús a su presumido discípulo? Aquí tenemos la respuesta de un libro clásico sobre la vida de Jesús: “Mientras los juramentos envilecedores estaban todavía en los labios de Pedro y el agudo canto del gallo repercutía en sus oídos, el Salvador se desvió de sus ceñudos jueces y miró de lleno a su pobre discípulo. Al mismo tiempo, los ojos de Pedro fueron atraídos hacia su Maestro. En aquel amable semblante, leyó profunda compasión y pesar, pero no había ira”.2

¡Extraordinario! Jesús le había dado a Pedro oportunidades y privilegios y lo Hmás íntimo. El discípulo debería haber conocido y actuado mejor. Jesús tenía todo el derecho de estar profundamente decepcionado, y de hecho lo estaba. Pero esa noche en el palacio de justicia cuando sus miradas se cruzaron, el discípulo no vio enojo en el semblante de Jesús, ni ninguna señal de represalia o venganza.

“Al ver ese rostro pálido y doliente, esos labios temblorosos, esa mirada de compasión y perdón, su corazón [de Pedro] fue atravesado como por una flecha. Su conciencia se despertó… Una oleada de recuerdos le abrumó. La tierna misericordia del Salvador, su bondad y longanimidad, su amabilidad y paciencia para con sus discípulos tan llenos de yerros: lo recordó todo… Reflexionó con horror en su propia ingratitud, su falsedad, su perjurio. Una vez más miró a su Maestro, y vio una mano sacrílega que le hería en el rostro. No pudiendo soportar ya más la escena, salió corriendo de la sala con el corazón quebrantado… Por fin se encontró en Getsemaní… En el mismo lugar donde Jesús había derramado su alma agonizante ante su Padre, cayó Pedro sobre su rostro y deseó morir”.3

El temor no es la forma más efectiva de llevar a las personas al arrepentimiento; tampoco el avergonzar, echar en cara o intimidar. Por el contrario es amor, perfecto y puro, el amor tierno de Cristo. Eso es lo que Pedro vio esa noche en los ojos de Jesús. Eso es lo que sintió en ese momento crítico. Eso es lo que partió su corazón. Y eso también es lo que partirá nuestro corazón. Puede suceder en cualquier momento, durante una reunión religiosa, una clase de física, mientras vas al trabajo o mientras lees la Biblia. Y también puede ocurrir cuando estés sentado en el escritorio mirando por la ventana a los cardenales. Su amor cariñoso no conoce barreras ni trabas. Nos habla no importa donde estemos y llega a nosotros no importa el lugar donde vayamos.

Amor por una mujer solitaria de otra raza

Podemos ver el amor de Jesús en la forma en que se relacionó con las personas cuyas vidas tocó durante su ministerio, sin tener en cuenta la raza ni el origen étnico. Pensemos, por ejemplo, en la mujer de Samaria (Juan 4:4-26). Primero ignoró la rigidez de la sociedad y se tomó tiempo para valorarla por lo que realmente ella era: un ser creado a imagen de Dios. La sorprendió pidiéndole un favor. Su amor puro hacia ella había roto el hielo. Lo único que él veía frente a sí era una mujer valiosa que estaba necesitando desesperadamente la gracia que él quería ofrecer. “Si conocieras el don de Dios”, le dijo deseando mejorar su bienestar espiritual, “y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva” (Juan 4:10).

A medida que su conversación continuaba, Jesús encararía abiertamente el aspecto emocional que diferenciaba el culto entre judíos y samaritanos e intentaría abordar de la forma más tierna posible la situación delicada de su vida social.

La mujer no era una prostituta, al menos según el relato de Juan. Había vivido con cinco hombres, pero eran sus “esposos”, dijo Jesús (vers. 17, 18). No conocemos esa parte de la historia de su vida, ni por qué había tenido tantos esposos ni qué había sucedido con ellos. Tampoco sabemos por qué había decidido vivir en una relación de concubinato pero Jesús sabía con certeza que todo esto había tenido su precio y la había convertido en una paria de la comunidad, lo cual quizás queda evidente (tal cual algunos han señalado) por el horario inusual en el que fue a buscar agua, un momento del día en el cual no había nadie.

Jesús estaba tan compenetrado en su conversación con la mujer que perdió noción del tiempo y olvidó el hambre que había estado sintiendo. Por un lado muestra cuán intensamente compenetrado estaba con su misión, pero también muestra un amor tierno y personal. Al ser alcanzada por esa bondad, la mujer comenzó a añorar el agua que él podía darle y deseó el culto espiritual que él describió; incluso preguntó por el Mesías. Cuando el Mesías venga, le dijo ella (creo que con un destello de esperanza en sus ojos dado que tenía la esperanza de haberse encontrado con aquella persona tan esperada), él nos declarará todas las cosas. ¡Esto fue demasiado para Jesús! Rompiendo su reticencia usual respecto a su identidad, le dijo claramente: “Yo soy, el que habla contigo” (vers. 26).

La mujer abandonó su cántaro al escuchar esta revelación tan increíble y fue corriendo al pueblo. La forma en la que habló con sus vecinos dio testimonio del cariño con el que Jesús la había tratado ese día. Vale la pena señalar que aunque habían hablado sobre muchas cosas, eligió presentar como ejemplo aquellas que le producían vergüenza: “Venid ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será éste el Cristo?” (vers. 29).

¿Quién, sino Jesús, podría citar mi pasado de tal forma que me sintiera atraído a él en amor y adoración? ¿Quién otro puede hacer que los hechos del pasado se transformen para mí en una ventana de esperanza para el mañana? ¿Quién puede amarme con una compasión tan cariñosa? Jesús representa la imagen de un amor exorbitante que no discrimina, que es incondicional. Un amor por cada ser humano.

Amor hacia una nación rebelde

Cuando la procesión triunfal se acercaba a Jerusalén el domingo de la semana de Pascua, Jesús se detuvo en el Monte de los Olivos desde donde se divisaba Jerusalén para pronunciar un lamento respecto a la calamidad que enfrentaría Israel en el futuro. “¡Oh, si también tú conocieses, a lo menos en este tu día, lo que es para tu paz!… Porque vendrán días… cuando tus enemigos te estrecharán por todas partes, y te derribarán a tierra, y a tus hijos dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra” (Lucas 19:42-44).

Este lamento en Lucas se conecta temáticamente con el que se encuentra en Mateo 23:33-36. Pone de manifiesto el cariño, compasión y congoja que motivaban la declaración sobre el juicio inminente: “¡Jerusalén, Jerusalén… cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste!” (Mateo 23:37).

La historia de David y Absalón es la más apropiada como modelo humano del amor cariñoso de Dios hacia nosotros (2 Samuel 13-15), aún cuando nos rebelamos. La historia documenta la tensión entre el joven y su padre David, debido al asesinato cometido por Absalón, al matar a su medio hermano Amnón, para vengar la violación de su hermana Tamar. El relato da cuenta del exilio autoimpuesto de Absalón, su retorno como resultado de un plan ingenioso diseñado por el jefe del ejército de David, su reconciliación temporaria con su padre y finalmente, su sublevación. La historia describe a David acompañado por el séquito real, abandonando apresuradamente el palacio y la capital, debido a la rebelión de su hijo. Saber que el daño no era producido por su predecesor envidioso sino su propio hijo era un golpe devastador.

Sin embargo, cuando comenzó la batalla, David les encargó a sus generales que protegieran la vida de Absalón y no se le infligiese ningún daño. “Tratad benignamente por amor de mí al joven Absalón” (2 Samuel 18:5); pero Absalón fue muerto. Si consideramos el sufrimiento que el joven príncipe había causado a su padre y la nación, nos sorprende la reacción de David al enterarse. “El rey se turbó. Y subió a la sala de la puerta, y lloró; y yendo, decía así: ¡Hijo mío Absalón, hijo mío, hijo mío Absalón! ¡Quién me diera que muriera yo en lugar de ti, Absalón, hijo mío, hijo mío!” (2 Samuel 18:33).

Este clamor vuelve a escucharse en el lamento agonizante de Jesús en aquel día histórico: “Oh Jerusalén, Jerusalén…” No nos sorprende que la gente llamaba a Jesús “Hijo de David”. Lo escuchamos de labios del ciego Bartimeo, a la salida de Jericó (Marcos 10:47) y de la mujer cananea que dijo: “¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí!” (Mateo 15:22). Nunca “Jesús, Hijo de Adán”, o “Jesús, Hijo de Abraham”, o “Jesús, Hijo de Elías”. No, casi sin variantes es “Jesús, Hijo de David” (Mateo 9:27; 20:30; Lucas 18:38), y siempre es en un contexto de misericordia y compasión.

Más allá de otros significados, muestra que el amor y la misericordia benigna de Jesús recordaban a la gente la actitud misericordiosa y benigna de David hacia su hijo quien no lo merecía. Podemos incluso especular acerca de lo que hubiese sucedido si las tropas reales hubiesen capturado a Absalón vivo y la forma como lo hubiera tratado su padre. Lamentablemente, nunca lo sabremos certeramente pero podemos inferir con cierta seguridad, basándonos en los otros detalles de la historia, que el corazón de ese padre no lo hubiese amado ni una pizca menos.

En ese sentido se asemeja a Jesús, quien, aun sabiendo cuán viles somos, aceptó amarnos. Esto me recuerda una historia conmovedora que fue publicada en un diario en el otoño de 2006.

Comenzaba así: “Un comprador muchachito de nueve años se acercó a Helen Briggs. Ella había tenido bajo su tutela a muchos niños con problemas y sabía qué era amar con firmeza. Ella se encariñó con este niño y al año, convenció a su esposo de que lo adoptasen. Ahora, seis años más tarde, Briggs y su esposo están tomando el paso poco usual de “desadoptarlo”.

Los problemas comenzaron en 2003, cuando el muchacho de 12 años, abusó sexualmente de un niño de 6 y una niña de 2 que aún usaba pañales”. Cuando estos casos llegaron a la corte, los padres adoptivos descubrieron otros detalles preocupantes que los llevaron a pedir que se les quitase la tenencia. Entre otras cosas, se enteraron que por el abuso que el niño había recibido de parte de sus padres biológicos, que eran alcohólicos y drogadictos, tenía un daño en el tronco del encéfalo que limitaba su noción del tiempo. Había estado internado siete veces en instituciones psiquiátricas y probablemente tenía un desorden de tipo bipolar. Además, había amenazado suicidarse y había comenzado a escuchar voces.

Resumiendo, los padres adoptivos descubrieron que tenían un producto dañado en sus manos. “Uno no quiere desechar a alguien”, dijo su madre adoptiva, “pero a veces es necesario”.4

Ese matrimonio no sabía todo esto cuando decidieron adoptar, y cualquier persona entendería su delicada situación. Pero cuando Dios nos eligió, sabía cuán miserables éramos, y sin embargo siguió adelante. Una vez que entramos en contacto con el tierno amor de Jesús sabemos que nunca nos desheredará.

Amor que llega a ser profundo y personal

Charles Templeton, había sido colaborador de Billy Graham, pero después había dejado la iglesia, se había vuelto ateo y crítico acérrimo de la religión. En su libro El caso de la fe, el autor evangélico Lee Strobel nos relata su encuentro con Templeton en el departamento de este último en Toronto. A medida que la conversación avanzaba, le preguntó qué pensaba sobre Jesús. Aquí hay parte de lo que siguió, según lo cuenta Strobel:

“El lenguaje corporal de Templeton se suavizó. Fue como si de pronto se sintiera tranquilo y cómodo al hablar de un viejo y querido amigo…

"'Él fue el mejor ser humano que ha existido…'

'"Suena como que si en realidad lo apreciara.'

'"Bueno, sí, él es lo más importante en mi vida… Yo... yo... yo,' titubeaba buscando la palabra adecuada– sé que debe sonar extraño, pero tengo que decir… lo adoro.

"'Usted lo dice con cierta emoción.'

"'Bueno, sí. Todo lo bueno que sé, todo lo decente que sé, todo lo puro que sé, lo aprendí de Jesús…'

“De repente, Templeton cortó sus pensamientos. Hubo una corta pausa, casi una duda de si debía continuar.

"'¡Ah!... pero… no' dijo lentamente 'es el más…' Hubo una marcada pausa. 'Según mi punto de vista, es el ser humano más importante que existió.'

“Fue entonces cuando Templeton pronunció las palabras que nunca esperé oír de él.

"'Y... tendría que decirlo así' dijo mientras su voz comenzaba a flaquear '¡yo… lo… extraño!'”5

En esta última reacción percibo un anhelo universal, la añoranza de un amor que sea más grande que nosotros, que trascienda nuestra rebelión y distanciamiento y sea estable, incondicional e inmutable. El amor que ofrece Jesús es todo eso. Es el amor más tierno que los corazones humanos pueden llegar a conocer.

Roy Adams (Ph. D., Andrews University) es editor asociado de Adventist Review y autor de varios libros y artículos. Este artículo es un extracto de su último libro The Wonder of Jesus (Hagerstown, MD: Review and Herald Pub. Assn., 2007). Email: AdamsR@ gc.adventist.org.

Referencias

  1. Todas las citas bíblicas son de la versión Reina Valera 1960.
  2. Ellen G. White, El Deseado de todas las gentes. (Mountain View, CA: Pacific Press Publ. Assn., 1955), p. 659.
  3. Ibid.
  4. Brigid Schulte, “Virginia Parents Trying to Unadopt Troubled Boy,” Washington Post, October 9, 2006, A1, 11.
  5. Lee Strobel, El Caso de la Fe (Miami, FL: Vida, 2001), pp. 18, 19.