El evangelio: el poder de Dios

Una reflexión sobre las evidencias sobrenaturales que afirman la definición distintiva del Apóstol Pablo sobre el evangelio.

“Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego” (Romanos 1:16).

El evangelio de Jesucristo es poder de Dios para salvación. Una forma convincente para comprender y experimentar lo que esto significa, radica en una serie de eventos que sucedieron en Filipos durante la visita de Pablo y Silas, en su segundo viaje misionero (Hechos 16:12-34).

El apóstol y su nuevo compañero de viaje se reunieron el sábado con un grupo de personas, mayoritariamente mujeres, a las afueras de la ciudad. Querían adorar y orar. Allí estaba Lidia; era de Asia y probablemente no era judía. Vendía una línea de productos para personas pudientes y probablemente se movía dentro de ese grupo social. Escuchó a Pablo y Silas, creyó en Jesús, fue bautizada y luego los invitó a hospedarse en su casa.

En otra ocasión, una muchacha esclava poseída por un espíritu provocó confusión con respecto al trabajo de Pablo y Silas. Tras la orden de Pablo, el espíritu maligno salió de ella. Las adivinaciones de la muchacha habían dado muchas ganancias a sus amos que ahora veían en riesgo su futuro económico. Impulsados por la avaricia, enmascararon su egoísmo mostrándose “preocupados” por la seguridad del pueblo. Prendieron a Pablo y Silas y los llevaron ante las autoridades con el pretexto de que causaban disturbios y que enseñaban costumbres contrarias a las leyes de la ciudad. Rasgaron sus ropas, los azotaron, y luego los encarcelaron. Pero de entre estos eventos “humillantes” y de crueldad injusta, la Palabra narra (Hechos 16:22-34) una serie de eventos increíbles que ilustran el poder de Dios. El terremoto marcó el inicio, pero nuestro interés aquí radica en las conductas humanas que se desarrollan en la historia e ilustran el poder de Dios en el evangelio de Jesucristo.

El evangelio: poder para enfrentar la adversidad

Lo primero que notamos es que Pablo y Silas cantaron himnos de alabanza en la cárcel aun a medianoche. Golpeados, magullados, sangrientos, víctimas de la injusticia, físicamente incómodos y en un ambiente cruel, prorrumpieron en canciones de alabanza. El cántico jubiloso no es el sonido típico de una prisión; se esperarían escuchar maldiciones, llantos de dolor, gemidos de venganza y un lenguaje obsceno, pero jamás cánticos de alabanza. ¡Con razón todos los prisioneros los escuchaban!

Estos dos prisioneros eran diferentes. El poder de Dios había moldeado su forma de enfrentar la adversidad. El hecho de estar cantando no cambiaba la circunstancia, pero contribuía al contexto. Sus cuerpos dolían; cada movimiento estaba acompañado por dolor. Eran cautivos de la oscuridad, la incomodidad, el desánimo y la derrota. Estaban cumpliendo una misión para Dios y ahora su cometido peligraba y cantaban himnos de alabanza. ¡Qué forma de reaccionar ante los contratiempos y obstáculos! ¿Cómo actuamos cuando nuestros planes y sueños son destruidos, cuando las pruebas nos rodean, cuando nos encontramos en la cárcel oscura de circunstancias incontrolables? Pablo afirma que “Así mismo serán perseguidos todos los que quieran llevar una vida piadosa en Cristo Jesús” (2 Timoteo 3:12, NVI). Reconocemos las adversidades y decepciones inevitables e incidentales de la vida y aprendemos a afrontarlas como simples hechos de la vida. ¿Pero cómo afrontamos las dificultades que surgen en nuestras vidas cuando estamos cumpliendo una misión para Dios? ¿Cómo se revela el poder de Dios en nosotros cuando pareciera que él ignora nuestra situación, cuando las buenas intenciones se ven frustradas por las acciones malignas de otros?

James Montgomery Boice era pastor de una congregación grande en Filadelfia. El 7 de mayo del 2000 anunció a la congregación que padecía un cáncer agresivo que no respondía al tratamiento, y que se estaba muriendo rápidamente.

Boice le preguntó a la congregación: “¿Deberían ustedes orar por un milagro? Tienen la libertad de hacerlo. Mi impresión es que el Señor puede realizar milagros –y realmente los puede hacer– y también puede permitir que no se origine el problema… Lo que yo les diría es que oren, sobre todo, para que Dios sea glorificado”. Si piensan en la glorificación de Dios en la historia y se preguntan, ‘¿en qué parte de la historia Dios se ha glorificado más a sí mismo?’ La respuesta está en la cruz de Jesucristo, y no fue por haberlo rescatado a Jesús de la cruz, aunque podría haberlo hecho… y aun así, la cruz es donde Dios es más glorificado”.

Ocho semanas más tarde enterraron a Boice. Sin embargo, la congregación fue tocada por esas palabras que los llevó a ver sus vidas desde otra perspectiva –pase lo que pase, que Dios sea glorificado. Esta no es una respuesta humana natural ante la adversidad. Es sobrenatural.

El evangelio: poder para trascender el interés personal

Existe otro elemento inesperado en la historia del encarcelamiento de Pablo y Silas. Tras haber percibido los efectos del terremoto, el carcelero se preparó para quitarse la vida. Dio por hecho que los prisioneros se habían escapado y sabía que él era el único responsable, independientemente de la circunstancia. Creyó que quitarse la vida era una salida más digna que experimentar la humillación y ejecución pública.

Pablo le gritó, “¡No te hagas ningún daño! ¡Todos estamos aquí!” (Hechos 16:28, NVI). Luego lo tranquilizó, lo consoló, le dio el mensaje, se hizo amigo de él y lo bautizó –todo en unas pocas horas.

No sería extraño que los prisioneros encontrasen placer frente a la situación difícil de su captor. Después de todo, el carcelero era el agente impersonal del sistema corrupto que los había llevado a estar prisioneros. Cualquier elemento que quitase al carcelero de ser un obstáculo para lograr la libertad sería bienvenido. Su eliminación, sin importar los medios, simbolizaba el derrocamiento del sistema.

No se esperaba que Pablo y Silas se compadecieran del carcelero, el cómplice de su encarcelamiento injusto. El poder de Dios en sus vidas les permitió trascender los límites del interés personal, hasta el punto de preocuparse activamente por el bienestar de su presunto enemigo. Esto no es natural, es sobrenatural.

C.S. Lewis escribió sobre el “poder de gloria” que yace en cada ser humano. Señala que si observásemos a nuestros vecinos, a nuestros contrincantes, a nuestros enemigos y nos diéramos cuenta del poder de gloria que yace en todos ellos y que los envuelve como candidatos a la vida eterna, los percibiríamos de una manera muy distinta. Nos libraríamos del foco limitado que caracteriza el interés propio.

El evangelio: poder para provocar la unión en Jesús

Esto nos lleva a otro descubrimiento inesperado del poder de Dios. Hemos observado que Lidia, la adinerada vendedora de telas de Asia, se bautizó. El carcelero, un ciudadano romano y probablemente soldado jubilado, también se bautizó. Algunos comentaristas sugieren que por el momento en que ocurrió la historia de la muchacha esclava, ella también se convirtió.

Si aceptamos estos bautismos, se puede observar un evento muy sobrenatural en Filipos. Una comerciante asiática, una esclava griega, un ciudadano romano. Tres personas de distintos trasfondos étnicos, económicos, educativos y de experiencias de vida, se convirtieron en feligreses de la iglesia de Filipos.

Lo mismo sucedió en Antioquía donde los judíos y gentiles, pobres y ricos, sirvientes y libres, viejos y jóvenes, mujeres y hombres, educados e incultos, todos bajo el poder del evangelio rompieron las fronteras de las afinidades humanas naturales y se convirtieron en una familia unida por la fe. Los hermanos y hermanas con pasados tan distintos ahora estaban unidos por un futuro común. La sociedad de esos días no poseía la palabra para describir este fenómeno, y los llamaron “cristianos” (Hechos 11:25, 26).

Muchas veces escuchamos que la manera de hacer crecer la iglesia es crear congregaciones basadas en las afinidades humanas naturales. Quizá sea verdad. Las evidencias estadísticas parecen apoyar esta idea como medio para aumentar la feligresía de la iglesia.

Aún si aceptásemos esta línea de pensamiento y acción, no debemos olvidar nunca que lo llamativo de la iglesia primitiva no era su tamaño, sino su espíritu. El testimonio de la iglesia primitiva fue impulsado por lo que acontecía en las relaciones humanas –no por la feligresía, sino por la adoración y la confraternización. El poder del evangelio unió a las personas de todos los estratos sociales. Los formó en una nueva comunidad que adoraba a Dios y que se amaba mutuamente.

La siguiente vez que ocupes un lugar en tu iglesia, mira a tu alrededor por evidencias de lo sobrenatural: de los que alaban a Dios a pesar de las adversidades, de los que han ido más allá de los límites del interés propio, de los que provienen de distintos trasfondos y que han quebrado las fronteras de las afinidades humanas naturales para celebrar la unicidad de todos los que son llamados por Jesucristo. El testimonio de la iglesia primitiva fue impulsado por lo que sucedía en las relaciones humanas, no por la feligresía, sino por la adoración y la confraternización.

Lowell C. Cooper (M. Div., Andrews University, M.P.H., Loma Linda University) es vicepresidente de la Asociación General de los Adventistas del Séptimo Día. Este texto está basado en un tema devocional presentado en la sede de la Asociación General. Su e-mail es CooperL@gc.adventist.org.