Enriqueciendo la alabanza y adoración a través de los ACTOs

Un proceso de cuatro pasos que combina la celebración con la contemplación.

Me encantan los cultos creativos, dinámicos e innovadores. Pero también me gustan los cultos tradicionales, porque brindan estabilidad en un mundo tan cambiante. No me resulta problemático cantar música de Don Moen y Handel. No creo necesario descartar la tradición para estar en contacto con la cultura contemporánea, ni tampoco quedarme fijado en el siglo XVIII para ser fiel a Dios. Por este motivo, trato de idear cultos de adoración que combinan la celebración con la contemplación.

Debemos estar en comunión con Dios a través del pensamiento, las emociones y la imaginación santificada. No obstante, es más fácil decirlo que hacerlo. Lucho constantemente por mantener un equilibrio. A veces limito la adoración al marco de la corrección; a veces la simplifico sobredimensionándola en términos de sentimientos. Es interesante que cuanto más pienso en esta tensión, más me doy cuenta que está presente en el culto adventista. Las congregaciones frecuentemente hacen hincapié en una de las facetas de la adoración a expensas de la otra. Los tradicionalistas tienden a remarcar lo cognitivo, mientras que los innovadores enfatizan lo afectivo. ¿Cómo resolver este dilema? Déjenme compartir un descubrimiento que me ha ayudado a reducir esta tensión.

El secreto es el servicio de adoración montado alrededor del acrónimo ACTO: Adorar, Confesar, Testimoniar gratitud y Orar. Podrán argumentar que el culto no debe reducirse a una fórmula de cuatro letras, sin embargo al ser consciente de la complejidad del servicio de adoración, estoy convencido que ACTO puede acercarnos al núcleo de la adoración, tanto teológica como vivencialmente.

La adoración es una experiencia sagrada y maravillosa, y merece que le prestemos una seria atención. A Dios le desagrada que sea superficial (ver Isaías 29:13). Para agradarlo y para enriquecer nuestras almas, la adoración debería ser reflexiva y participativa, intelectualmente cautivante y emocionalmente plena. No puede ser un momento de esparcimiento en el que posponemos lo intelectual para entretenernos espiritualmente por una hora. Al contrario, la adoración es un encuentro con lo divino, una actitud del alma, un acto de obediencia del corazón. Es una respuesta a la revelación de Dios. Como tal, requiere lo mejor de nosotros: amar al Señor con todo nuestro corazón, alma y mente (Mateo 22:37).

Si bien ACTO puede sintetizar todos los aspectos del servicio de adoración, en este artículo me limitaré a analizar la impotancia del canto. En muchas iglesias adventistas hay un espacio dedicado a “A+A” (alabanza y adoración) en el que un grupo lidera a la congregación por un lapso de 10 a 20 minutos. No obstante, si se hace incorrectamente, quienes adoran pueden irse con la impresión de haber estado entonando canciones alrededor de una fogata y por otro lado la congregación podría sentir que ha acudido a un concierto por el desempeño artístico o por la espontaneidad teatral del equipo de adoración.

¿Crees que puedes dirigir servicios de alabanza que alcancen un nivel sagrado? Quizá lo primero sería recordar que el propósito de entonar himnos radica en estimular el recuerdo e inducir una actitud. Al adorar a través del canto, celebramos las acciones de Dios a lo largo de la historia evocando sus maravillosos actos. Siendo que entramos gozosos ante su presencia, elevamos todo nuestro ser hacia lo que es puro y santo. En esencia, cuando dirigimos el servicio de adoración estamos parados sobre terreno santo, en la presencia de nuestro glorioso Dios. Adoremos y alabemos recordando este principio.

Adorar

Debemos comenzar siempre con una verdadera adoración; la que está centrada en Dios y no en las personas. La adoración, en términos musicales, es el momento en el cual la congregación reconoce la majestad de Dios y se familiariza aun más con su carácter inigualable. La Biblia lo presenta como un Dios viviente que reina en majestad, exaltado por toda la creación. Es el Alfa y el Omega, el principio y el fin, en quien encomendamos nuestro ser. Es santo, justo, sabio, verdadero, fiel, amoroso y misericordioso. Desde esta perspectiva, los buenos líderes de canto deberían elegir cánticos que engrandezcan los atributos de Dios y deberían mantenerse alejados de las canciones pueriles y repetitivas pero con baja sustancia espiritual.

La alabanza debe comenzar con himnos que exalten a Dios por lo que él es e induzcan un espíritu de respeto y reverencia elevando la mente y alejándola de lo mundano y efímero, para fijarla en lo eterno. Todo líder de canto logrará este objetivo explorando la vasta gama de himnos cristianos. El culto es el momento en el cual buscamos un encuentro con nuestro Señor (Salmos 100); es también el tiempo en que Dios visita a Biblia nos enseña que él habita en medio de las alabanzas de su pueblo (Salmos 22:3). Por lo tanto, al adorar tenemos el privilegio de estar en contacto con la grandeza y poder de Dios. No obstante, a medida que nos acercamos a Jehová y su gloriosa santidad, tomamos conciencia de nuestra indignidad y maldad. He aquí la razón por la cual la confesión se convierte en una obligación.

Confesar

Confesar es admitir nuestra ruina; es saber que lo mejor que tenemos es diminuto ante la grandeza de Dios. Exponemos nuestros pecados porque reconocemos que nuestro Señor reina con poder; implica que coloquemos nuestra vida en el sendero de su voluntad. Como Creador merece que lo respetemos y obedezcamos. Sin embargo, por causa de nuestra naturaleza pecaminosa, fracasamos constantemente. Así pues, la adoración verdadera exige la confesión. A medida que nos acerquemos al trono de gracia, debemos quitar todo lo que se interponga entre nosotros y nuestro Dios. Esto se puede lograr únicamente bajo la conducción del Espíritu Santo.

Es primordial elegir cantos apropiados que expresen confesión para cumplir esta parte importante del culto, cuidando que no sea aburrida o macabra. John Stott señala, “No hay nada mórbido respecto a la confesión de los pecados mientras prosigamos a agradecer por el perdón de los mismos. Está bien mirar hacia adentro, siempre y cuando podamos inmediatamente mirar de nuevo hacia afuera y arriba.”1 Por lo tanto, la confesión nos debe guiar hacia el agradecimiento por lo que Dios ha hecho por nosotros a través de Jesucristo.

Testimoniar

En la adoración, alabamos a Dios por lo que él es; al agradecer, celebramos lo que él ha hecho. Mientras la adoración se centra en la naturaleza y el carácter de Dios, el agradecimiento resalta su bondad hacia nosotros. La Palabra de Dios ordena, “Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús” (1 Tesalonicenses 5:18).

A través de su vida, muerte y resurrección, Jesús restauró la relación que debía existir entre la humanidad y Dios. Solo por su mediación los pecadores pueden reconciliarse con Dios y adorarlo. Este amor hacia nosotros requiere nuestro más sincero testimonio de gratitud. Por lo tanto, el agradecimiento requiere que nos centremos en Cristo. Elena White comenta: “Cristo y Cristo crucificado debe ser el tema de nuestra meditación, conversación y más gozosa emoción… Presentémonos, pues, con gozo reverente delante de nuestro Creador!”2

Serán muy útiles los himnos, tanto antiguos como modernos, de rica musicalidad y teológicamente fundamentados que atraigan a los adoradores a Cristo y su incomparable amor. El escándalo de nuestro tiempo es el uso de cánticos que tiñen de trivialidad a la fe cristiana pintándola de rosa en términos etéreos que incitan una espiritualidad vacua.

El testimonio de agradecimiento hacia Dios por manifestarse tiernamente en nuestras vidas diarias debe estar impregnando nuestra vida ya que quien dirige las galaxias también nos cuida. Cuando sea posible, es oportuno dar lugar a cortos testimonios acerca de la bondad de Dios. Estos pueden realzar los momentos de adoración.

Orar

Al concluir el servicio de adoración es importante la oración tanto sea para pedir como para interceder: pedirle a Dios que intervenga en la vida de la congregación. No hay lugar para la enseñanza, la predicación, el saneamiento de la humanidad quebrantada ni la comunión genuina a menos que el grupo de adoradores reciba el bautismo del poder creativo y vital del Espíritu Santo. Puesto que Dios anhela bendecir a su pueblo, utiliza cantos que inviten al Espíritu Santo a acudir para tocar, restaurar y fortalecer a su pueblo. Por último es el momento de la oración intercesora, cuando se presentan necesidades de la familia de adoradores, de vecinos, líderes y personas en posiciones de influencia o por asuntos importantes y globales como la justica por los pobres o alivio a los que sufren. En resumen, es importante cuidar a nuestros hermanos. El servicio de adoración no es un oasis donde nos escapamos del mundo; en cambio, es una oportunidad para recargar nuestras baterías espirituales y suplir esas necesidades. La intercesión es una forma en que un mundo de amor y odio, de gozo y tristeza, de victorias y pérdidas, se presenta ante Dios buscando su compasión y esperanza. Desde esta perspectiva, el culto no puede ser un evento en función de nuestros objetivos personales. Debe ser un momento privilegiado para servir a Dios sirviendo a los demás. Se debe formar un vínculo sólido entre la camaradería y el servicio si queremos que la adoración refleje un cristianismo verdadero. Solo después, estará habilitada la iglesia para predicarle al mundo y así cumplir el plan de redención.

El proceso ACTO es un buen punto de inicio.

Alain Gerard Coralie (M. Th. Oxford University, M. Div., Andrews University), es el secretario ejecutivo y director del departamento de Educación de la Unión del Océano Índico con sede en Madagascar. E-mail: acoralie@yahoo.com.

Referencias

  1. John Stott, Christian basics (Grand Rapids: Eerdmans, 1964) , p.122.