Manteniendo la fe

Nadie sabe cuándo será el día en que la fe estará a prueba. Para algunos, como José, ese día puede venir “diariamente” en la forma de una belleza persecutora. Para otros, como Daniel, puede venir con la amenaza de una fosa de leones. Inclusive para otros como Pablo, puede venir todos los días como parte de su testimonio diario. Para mí fue tarde en la vida. Cuando joven, muchas veces supuse que ese día llegaría –en la escuela primaria, en la secundaria, en la universidad. En cada etapa temía que mi temprano compromiso con el sábado se viera probado. Pero la gracia de Dios era mi único poder facilitador ya que cada vez que me enfrentaba a un examen en sábado, de alguna manera el Señor abría un camino y mi gozo era completo.

Pero llegó el fuego refinador. ¿O fue un golpe abrumador? Luego de completar mi educación universitaria, me uní al servicio del gobierno filipino. Mi carrera floreció. Subí de manera constante cada peldaño. Llegó el día en que fui designada como analista financiera en un proyecto financiado por el Banco Mundial. Nuestro motivador era el alivio de la pobreza: construcción de escuelas, clínicas, caminos y proyectos de sustento en áreas rurales. Los consultores del Banco Mundial llegaban cada tanto para evaluar el trabajo, y mi tarea era proveer el análisis financiero de cada proyecto y poner al tanto a los visitantes respecto del estatus financiero de nuestro trabajo. Cuando estos consultores llegaban, teníamos una visita de una semana a los sitios de los proyectos y una reunión de conclusión.

En una de estas giras, la directora del proyecto arrojó ese golpe aplastador. “Christy, nuestra reunión con los consultores del Banco Mundial esta vez está programada para el sábado que viene. Por favor prepárate para la presentación”.

No tuve que meditar para dar mi respuesta. Mi réplica fue tan rápida como segura. “Señora, lamento, no puedo asistir a nuestra reunión. Es mi sábado. Es el día santo de Dios, y como siempre estaré en la iglesia”.

Ni mi directora ni mis compañeros de trabajo se esperaban una respuesta tan directa. Sabía que mi trabajo estaba en juego. Dos días después llegaría el sábado y mi trabajo… ¿Qué debía hacer? Solo orar; la oración había sido mi fortaleza y gozo desde el día en que había dado mi corazón al Señor hacía mucho.

Mi bautismo

A los doce años manifesté mi deseo de ser bautizada en la Iglesia Adventista pero papá creía que era demasiado joven. Su consejo era bastante calmo y firme. “Deberías estudiar un poco más. Entender la Biblia mejor. Estar segura de las enseñanzas de Dios. Aprender a seguir al Señor con todo tu corazón. Hacer de Jesús tu mejor amigo.” Acepté su recomendación. Me uní a la escuela de la Voz de la Profecía. Acompañaba a papá a los estudios bíblicos que daba a los vecinos. Pronto me sentí que estaba preparada para bautizarme. Juntamente hice el firme compromiso de guardar el sábado bajo cualquier circunstancia.

Años de preparación

Pronto golpeó la tragedia. Mientras cursaba el primer año del secundario, falleció mamá. Al terminar, encontré difícil ir a la universidad por problemas financieros. A pesar de las adversidades, mi familia me animaba a hacerlo. Mis amigos que eran miembros de AMICUS también me daban su apoyo moral. Dado que la universidad adventista quedaba muy lejos de donde vivía, no tenía otra opción que matricularme a una universidad no adventista en mi ciudad.

Ni bien me matriculé, también me uní a la Asociación de estudiantes adventistas; me alegré que el grupo me inspirara a ser activa en la iglesia, fortaleciendo así mi fe en Dios. Nos involucramos en la evangelización a través de la Voz de los Jóvenes, los sábados apoyábamos distintas iglesias, distribuimos folletos, dimos estudios bíblicos y otras actividades.

Como estudiantes adventistas nuestro mayor problema eran las clases y exámenes que caían en sábado. En nuestra universidad, la mayoría de los profesores no hacían excepciones a estudiantes adventistas, lo que debilitaba el compromiso de fe de algunos. Durante mi primer año, fui convocada junto a otros dos estudiantes, a la oficina de la vicerrectora académica. Sabíamos que a ella no le gustaban los adventistas y lo confirmó diciéndonos que éramos una molestia para la universidad porque todo el tiempo faltábamos a clases y exámenes en sábado; que ella no toleraría más este comportamiento y nos señaló que debíamos transferirnos a una universidad adventista. Pero Dios no había dicho la palabra final. Algunos profesores simpatizaron con nosotros y nos daban exámenes especiales en otros días, mientras nuestros compañeros nos pasaban las informaciones de las clases dadas en sábado. Su apoyo siguió hasta el día de nuestra graduación.

Vida profesional

Así, guardar el santo sábado se convirtió en parte de mi vida. Todo lo demás –incluyendo la prueba de presentar el informe a los consultores del Banco Mundial– era secundario. Ese día me encontraría en la iglesia. Mi cita con Dios era más importante que cualquier otra con los líderes influyentes de este mundo. Prefería ser despedida de mi trabajo que ser infiel a Dios, aun cuando fuese por unas pocas horas.

Ese sábado, las visitas del Banco Mundial llegaron al lugar de reuniones. Yo, por supuesto, estaba en la iglesia. Aunque mis análisis e informes estaban todos listos y ubicados ante los visitantes, prefirieron esperarme trasladando la reunión para el día siguiente. Dios contestó mis oraciones tocando los corazones de nuestras visitas. Mis colegas estaban asombrados. Y lo que es más, los visitantes decidieron que de ahí en adelante, ninguna reunión de conclusión o conferencia sería programada para un sábado.

Un día que probó mi fe se convirtió en un día de celebración de la fe.

Pero llegó otra prueba. Después de varios meses, cuando una fase importante del proyecto se había completado, la presidenta de nuestro país estaría llegando para inaugurar las obras. Debíamos unirnos al desfile por la ciudad y asistir al programa en el cual la presidenta daría su discurso. El evento estaba programado para el sábado.

En nuestra reunión de planificación mis compañeros de trabajo clamaron: “¡Dejaremos que Christy asista esta vez!” El director respondió, “No molesten a Christy. Ella nunca asistirá a ninguna actividad en sábado”. Sentada en un rincón, sonreí al escucharla defender mi fe adventista.

El camino de la fe puede tener muchos obstáculos, pero cuando ese viaje es proseguido con fe llena de oración, Dios nunca falla en recompensar esa fe. Inclusive si esa recompensa no llega instantáneamente, llegará en la eternidad.

Christy Sanggalan-Doroy, Contadora Pública, (Universidad de San Agustín), en el momento de escribir este artículo era la analista financiera regional del programa de alivio de pobreza del Banco Mundial. Actualmente enseña en una institución superior adventista en Bacolod, Filipinas. Su e-mail es: christy_sanggalan@yahoo.com.