Silvia y Arturo Finis: Diálogo con un matrimonio adventista comprometido con el desarrollo internacional

Desde los Andes ecuatorianos hasta las montañas desérticas de Tayikistán y varios otros lugares entre estos dos puntos, Silvia y Arturo Finis han servido con un único objetivo: el avance del desarrollo internacional, con el singular motivo de esparcir el cuidado y amor de Dios a quienes están en necesidad.

Arturo y Silvia tienen varias historias para compartir. Historias de tierras lejanas con culturas vibrantes y personas fascinantes. Historias de alegrías y desafíos de servicio para Dios, al ayudar a las comunidades a satisfacer sus necesidades particulares; historias de la manera como este servicio produjo un impacto en las vidas de estas personas y sus familias. En 1998, poco después de casarse, iniciaron una aventura internacional en el servicio humanitario que los condujo lejos de su Argentina natal.

Al estudiar teología en la Universidad Adventista del Plata (UAP), Argentina, y luego Desarrollo Internacional en la Universidad Andrews, EE. UU, Arturo sintió que había sido llamado a involucrarse en programas de asistencia y desarrollo. Formó parte de diversos equipos de socorro acreditados para trabajar en situaciones de crisis, tales como el ataque terrorista que se produjo en 1994 en Buenos Aires –la capital de su país– y otras emergencias locales o lejanas, como el huracán Mitch que devastó a Honduras en 1999.

Silvia compartía la misma pasión y participaba en actividades locales que la prepararon para mayores aventuras internacionales con Arturo. Como egresada en Ciencias Contables y Administración de Empresas, (UAP), fue parte del equipo de asistencia que ayudó a las víctimas del huracán Mitch.

Juntos, Silvia y Arturo han trabajado nueve años con la Agencia de Desarrollo y Recursos Asistenciales (ADRA) en Ecuador, América del Sur, y en países del Asia Central: Tayikistán, Kazajistán y Azerbaiyán. La familia se completa con dos hijos: Pablo y Nicolás, de ocho y seis años respectivamente.

¿Cómo se enriquece la vida de una pareja y de familia, al trabajar en un escenario internacional?

Arturo: Trabajar lejos del país de origen tiene sus desafíos y oportunidades. La adaptación cultural puede ser difícil y la distancia a ambientes conocidos crea dificultades, pero también encierra bendiciones, como por ejemplo la oportunidad de pasar más tiempo en familia y con el cónyuge. Juntos hemos disfrutado explorando cosas nuevas: nuevos paisajes, nuevas culturas, nuevas personas y nuevas maneras de realizar las cosas. Un nuevo medio ambiente es un estupendo centro de aprendizaje.

Sus hijos pasaron los primeros años de vida en un contexto multicultural. ¿Fue difícil para ellos adaptarse?

Silvia: Para nuestros niños la diversidad se convirtió en rutina; eso era todo lo que ellos conocían. Lo complejo para ellos era dejar el lugar donde se encontraban sus amigos y mudarse a otro totalmente desconocido. Esas mudanzas son difíciles emocionalmente para los niños, pero en el nuevo lugar no les toma mucho tiempo hacerse de amigos o comunicarse con ellos. Inclusive la adquisición de un nuevo idioma se torna simple. ¡Los niños son como esponjas! Absorben rápidamente cosas nuevas: amigos, costumbres e idiomas.

Silvia, los niños eran muy pequeños cuando estuvieron en Asia Central, y permaneciste en casa para estar con ellos. ¿Cuáles fueron tus desafíos personales en ese tiempo?

Sin lugar a dudas, el mayor reto era la comunicación. Cuando llegamos a Dusanbé, Tayikistán, no conocíamos ninguna palabra de ruso y yo no podía decir ni las cosas más simples. El inglés fue de alguna ayuda cuando estuvimos en Kazajistán y mucho más en Azerbaiyán, lo que ciertamente modificó las cosas. Luego de dos años en Asia Central, nos dimos maña para utilizar un poco de ruso; lo suficiente como para sobrevivir.

A pesar de las dificultades del idioma, fui capaz de relacionarme con las personas. En cierta forma, no se necesita el lenguaje para reconocer afinidad común en otra cultura, especialmente entre mujeres. Me atraía su espíritu de hospitalidad. En Dusanbé, cuando Arturo volvía de sus actividades, llevábamos a nuestros hijos a un parque cercano a nuestro hogar y mientras ellos jugaban, una señora se nos acercaba y trataba de decir algo. Seguramente ante ellos parecíamos tan extraños como ellos a nosotros, pero mostraban genuino interés hacia nosotros, la nueva familia del vecindario. Nos hacían compañía, jugaban con los niños e incluso nos acompañaban en la caminata de regreso a casa. Y si por esas casualidades nos encontrábamos con ellos otro día, nos saludaban como si fuéramos sus mejores amigos.

Arturo, ¿cuáles fueron tus mayores alegrías al trabajar como director de ADRA en Ecuador?

Ese fue mi verdadero lugar de aprendizaje. Había hecho mi pasantía de ADRA en Lima, Perú, y había adquirido mucha experiencia, pero en Ecuador estaba solo –en términos de responsabilidad– lo cual es diferente. Era muy joven y debía ganarme el respeto de las autoridades locales y de otros colegas. Las personas de Ecuador brindaron mucho apoyo a nuestro trabajo. Los líderes de las comunidades andinas de Guantubamba no escatimaron esfuerzos para pavimentar el camino para uno de nuestros proyectos allí: un sistema de distribución que llevaría agua a todas las casas alrededor del área.

¿Y qué podrías decir de tu experiencia como director en Tayikistán?

¡Fue la que más me gustó en el área de desarrollo internacional! Uno de los proyectos era un edificio, e involucraba a diferentes personas. Los japoneses eran los principales donantes; la gente local –los tayikos– los constructores. Mi responsabilidad radicaba en coordinar y planificar la totalidad del proyecto. El trabajo incluía la reconstrucción de una escuela destruida durante una reciente agitación civil. La comunidad estaba atormentada por no poseer un lugar para que sus niños fueran a estudiar. Nuestros donantes eran muy generosos y los tayikos reunieron todos los recursos humanos para terminar el edificio a tiempo. Todos juntos como un gran equipo, pudimos completarlo antes que comenzara el período de clases. En la ceremonia inaugural estuvieron presentes el embajador japonés y sus colegas. También estaba la gente local y por sobre todo los niños felices y listos para comenzar con su educación. Fue un gozo ver este sueño convertido en realidad. Nuestros donantes quedaron impresionados por la calidad y celeridad del trabajo y fueron movidos a financiar otros proyectos de ADRA en la región. La satisfacción fue enorme.

Como adventistas del séptimo día, ¿qué se siente al trabajar en áreas predominantemente musulmanas?

La gente es gente, y la necesidad es la necesidad. Cuando el amor motiva nuestro servicio y cuando extendemos nuestro servicio teniendo como base el amor, somos bien recibidos en cualquier parte. Durante todos los años que pasamos entre la gente musulmana en diferentes países, nunca nos enfrentamos a faltas de respeto o nos sentimos incómodos. Del mismo modo, nosotros respetamos sus creencias y tradiciones. Cuando nos preguntaban acerca de nuestra fe y creencias, explicábamos nuestra postura en términos que ellos apreciaban, ya que también son personas de fe. Nuestra única razón para estar en esos países era para atender sus necesidades específicas de desarrollo y poner a su disposición todos los recursos que podíamos reunir para satisfacerlas. Por supuesto, nuestra motivación partía de nuestro fuerte deseo de servir a Dios dondequiera hubiera necesidad. Estas existen en todos lados, más allá de la cultura o la religión. Respeto engendra respeto, y amor trae amor. Eso es algo lindo para tener en mente cuando vivimos y trabajamos en medio de personas cuya fe, estilo de vida o cultura, difiere de la nuestra. Todos somos hijos de Dios.

¿Qué rol juega tu propia fe en el trabajo que realizas, especialmente cuando vives lejos de lugares y personas que te son familiares?

Es nuestro amor por Dios, nuestro compromiso de fe y el amor por las personas en necesidad, lo que nos lleva a involucrarnos en trabajos de asistencia y desarrollo. Sin el compromiso básico que Dios nos llamó a asumir en el trabajo que estamos efectuando, no podemos siquiera empezar a comprender un ministerio global tal como el de ADRA. Cuando lo encaramos con confianza y compromiso con Dios, cualquier dificultad que pudiéramos enfrentar –falta de electricidad, escasez de agua, restricciones en la comunicación, lugares extraños en donde trabajar– simplemente no son un problema insalvable. Cuando lo difícil se vuelve mas difícil, lo único que hay que hacer es creer y orar: “Señor, necesitamos tu ayuda”. Y el Señor no abandona a los suyos.

Un ejemplo personal. Acabábamos de llegar a Dusanbé cuando nuestro hijito Pablo –de 2 años– tuvo bronquitis y tosía muy mal. No conocíamos a ningún doctor en el pueblo, como así tampoco teníamos conocidos que hablaran inglés. Las líneas telefónicas eran malas. La bronquitis se estaba empeorando, especialmente de noche. Una noche tomamos a Pablo en brazos y pedimos a Dios que fuera el Médico. La siguiente mañana la tos había desaparecido y la recuperación había comenzado. Pronto Pablo estaba jugando como siempre.

En otra oportunidad, esta vez en Kazajistán, estábamos regresando de visitar un proyecto bien al norte, en la frontera con Rusia y Mongolia. Allí puedes conducir cientos y cientos de km y no encontrar a ninguna persona. Tuvimos todo tipo de problemas en la ruta, y hasta tuvimos que dormir al costado del camino dentro del vehículo debido a que los frenos no estaban funcionando debidamente y era imposible arreglarlos en la oscuridad. Al llegar la mañana, el motor no arrancaba. Nuevamente oramos. Estábamos en el medio del desierto, al borde de una ruta desértica. Probamos nuevamente y de repente el motor arrancó y logramos llegar al siguiente pueblo al mediodía. Paramos a comer algo y cuando estábamos listos para continuar viaje el motor nuevamente estaba muerto. Estábamos estacionado al lado de una vivienda. Cuando el dueño de la casa vio nuestra aflicción, ofreció que dejásemos el vehículo dentro de su propiedad y arregló para que un taxi nos llevara a casa. Llegamos justamente antes de la puesta del sol de un viernes. Ese fue el sábado más placentero que tuvimos, y solo Dios pudo lograr eso.

Tienen alguna lección de vida que quieran compartir?

Humildad. Hay tantas culturas diferentes en nuestro mundo, y todas tienen algo especial. Mi cultura no es mejor porque es mía o porque hay más dinero. Mi cultura es simplemente otra cultura. Aprendí que no debemos juzgar otras culturas como buenas o malas, sino que debemos verlas como diferentes.

Puedes servir a Dios en tu propio lugar, con personas de tu misma cultura y valores, teniendo familiares y amigos cerca. Pesando los pros y las contras de tu propia experiencia ¿vale la pena el sacrificio de servir a Dios en tierras lejanas y tan diferentes?

El sacrificio es solo una cara de la moneda. La otra cara te muestra todas las bendiciones que estás recibiendo constantemente. Respeto, solidaridad, amor y amistad que vienen en el mismo paquete. Estaríamos muy felices de volver a vivir y trabajar en tierras lejanas en donde tuviéramos la oportunidad de servir a Dios.

Lorena Mayer, (M.A. en Comunicación Internacional, University of Southern Queensland, Australia) escribe desde Ginebra, Suiza donde trabaja en una de las agencias especializadas de las Naciones Unidas. E-mail: lorenmayer@hotmail.com

Arturo y Silvia Finis: arturfinis@yahoo.com.