Hus y Jerónimo nos enseñan algo muy importante

El humorista Doug Marlette creó el personaje de “Doris la cotorra”. En una de sus tiras la vemos a punto de comerse un chocolate. En ese momento escucha: “¡Doris, soy tu conciencia! Baja ese chocolate.” Doris responde: “¿cómo sé que eres mi conciencia? Muéstrame tu identificación”. “No tengo identificación”, es la respuesta. “Entonces cuidado… ¿Sabes lo que puedes recibir por falsificar una conciencia?” “Bueno, no… eh, yo nunca…” En el último cuadro Doris sonríe y dice: “La mejor defensa contra la conciencia, ¡es un buen ataque!”

Esta caricatura apela profundamente a mi propia lucha para entender la conciencia moral. En el transcurso de mi vida muchas veces me faltó el coraje y audacia de Doris para hacer frente a mi conciencia. Me sentí más identificado con la lucha de Martín Weber en su libro My tortured conscience.1 Experimenté un sentido exigente de lo correcto y lo incorrecto. Esto no fue porque mis padres fueran estrictos ya que eran abiertos y razonables. Fue porque me volví fanático al final de mi adolescencia y en mis años juveniles. ¿La razón? En parte debido a mis propios desequilibrios mentales y también como respuesta a un cisma que sacudió a la comunidad adventista del norte de California a fines de la década de 1970 y comienzos de los años 80. Quería cumplir en forma adecuada con mis deberes espirituales y me volví fanático en el proceso. Me volví tan insoportable en la convivencia que ni siquiera me gustaba vivir conmigo mismo.

Lo que dificultaba esta batalla era que yo sabía que no podía escapar de mi conciencia. Sabía que no era seguro hacerlo. Crecí en California en donde vi a muchas “cotorras Doris” acallar sus conciencias. Tenían todo tipo de “buenos ataques” para acobardar sus conciencias. La sensualidad y el egoísmo adormecieron sus sentidos. Pero también sabía que mi conciencia quisquillosa no era lo mejor.

En este artículo, repaso la experiencia de Juan Hus, tal como fue registrada en El conflicto de los siglos2, para ayudar a mostrar los límites de la conciencia y cómo balancearla con la palabra de Dios.

Juan Hus

Juan Hus creció siendo un estudiante fiel y aplicado de la Iglesia Católica. La mayor parte de su pensamiento estaba influenciado por las tradiciones religiosas de su comunidad y los libros comúnmente utilizados en el sacerdocio. Su carácter e influencia se hicieron sentir tanto en la iglesia como en Bohemia. Su estilo de vida piadoso contrastaba frente a las malas prácticas de algunos líderes religiosos contemporáneos; él se sentía incómodo.

Deseoso de mejorar su influencia, comenzó a estudiar las escrituras y encontró nueva comprensión de los principios del reino de Dios. La lectura de la Biblia desafió sus propias creencias fundamentales y convicciones acerca de su iglesia. Mientras que luchaba con las autoridades eclesiásticas y su conocimiento creciente de las escrituras, se iba gestando un gran conflicto. Esta angustia le provocó un profundo tormento. Elena White citando a Wylie resalta: “El espíritu de Hus parece haber sido en aquella época de su vida el escenario de un doloroso conflicto… seguía considerando a la iglesia católica romana como a la esposa de Cristo y al Papa como el representante y vicario de Dios. Lo que Hus combatía era el abuso de autoridad y no la autoridad misma. Esto provocó un terrible conflicto entre las convicciones más íntimas de su corazón y los dictados de su conciencia… Y la duda lo torturaba hora tras hora”.3

El conflicto parecía rugir debido a las “convicciones más íntimas de su corazón” y los “dictados de su conciencia”. ¡Que lucha debe haber sido para el piadoso sacerdote! Cuando leí esto por primera vez, quería gritar: “Hus, sigue los dictados de tu conciencia. Tienes que vivir con tu conciencia. Permite que pisotee tu entendimiento y que termine tu doloroso conflicto”. Pero al continuar mi lectura, al comenzar a comprender la libertad que El conflicto de los siglos estaba intentando promover, noté algo diferente. (Sí, el mismo libro utilizado

a menudo para asustar a algunos adventistas con el fanatismo del fin del tiempo se había transformado para mí en un profundo recordatorio de la libertad y la paciencia que trae el evangelio a través de reformas verdaderas). Además mi propia experiencia de vida me estaba enseñando los límites de la conciencia.

La conciencia de Hus había sido entrenada en forma parcial por Dios y parcialmente por la autoridad del sistema papal. Él luchaba para distinguir entre lo que su lectura de la Biblia le estaba diciendo y los sentimientos de la conciencia que fueron desarrollados desde la niñez. Años de conformidad con la Iglesia Católica Romana habían fortalecido convicciones que estaban siendo desafiadas por lo que estaba leyendo y entendiendo en las Escrituras. Era como si su cerebro estuviese en conflicto contra sí mismo; un tormento. Se sentía obligado a obedecer a la iglesia –había sido la autoridad de su vida– pero al mismo tiempo, comenzó a ver una nueva autoridad: la de la Biblia.

Wylie nos dice que Hus resolvió este penoso conflicto con “la solución que por entonces le parecía más plausible”. El vio “que había vuelto a suceder.” ¿Qué había ocurrido nuevamente? Hus estaba reflexionando en el pasado para entender su presente. Lo que había ocurrido nuevamente era la misma persecución contra Jesús. Wylie continuó: “Lo que había sucedido en los días del Salvador, a saber, que los sacerdotes de la iglesia se habían convertido en impíos que usaban de su autoridad legal con fines inicuos”.4 Hus no estaba preparado para proponer el traspaso de la autoridad fuera de la iglesia, pero poseía suficiente sentido para percibir que la autoridad y poder estaban siendo mal utilizados. Esto encaminó hacia un principio o guía general que utilizó para sí, y que alentó a que otros utilicen. Esa regla era que “los preceptos de las Santas Escrituras transmitidos por el entendimiento han de dirigir la conciencia”.5 Esta fue la solución que alivió su conflicto. Esta fue también la solución que puso en marcha el motor de la Reforma. La vi como mi solución también.

Elena White señala apropiadamente el énfasis de Wylie al mencionar esta solución como la adecuada. Siempre pensamos que las mentes de los reformadores tenían una claridad del cien por ciento acerca de lo que estaban haciendo. No. Ellos estaban saliendo de ideas falsas, pero nunca en forma completa o total, sino únicamente con aproximaciones. Esto requería un aprendizaje doloroso y el aprendizaje yace en el campo de las aproximaciones.

El entendimiento no es algo que Dios aniquila para lograr nuestra conformidad moral sino que lo incrementa para ganar nuestra obediencia y fidelidad moral. Wylie no relata que Hus hubiera encontrado una solución, sino una “aproximación”. El significado se construye, destruye y es temporariamente reconstruido. Las aproximaciones sugieren que luego, “mejores” soluciones serán halladas. Podemos tener la certeza que cada amanecer será más claro y brillante, y que Dios continuará revelándonos más y más (Proverbios 4:18; 2 Pedro 1:19-21). Por lo tanto, la Reforma nunca terminó y nunca debería terminar para nosotros.

El sufrimiento del conflicto lo impulsó a “adoptar para su propio gobierno y para el de aquellos a quienes siguiera predicando, la máxima aquella de que los preceptos de las Santas Escrituras transmitidos por el entendimiento han de dirigir la conciencia, o en otras palabras, que Dios hablando en la Biblia, y no la iglesia hablando por medio de los sacerdotes, era el único guía infalible”.6 Podemos adoptar la misma precaución.

Dios activó la luz penetrante de libertad en Hus y esta penetró la oscuridad. Dios amaba a Hus y quería que su siervo experimentara una profunda liberación. A su vez él respondió, aunque los resultados fueron costosos. La respuesta de las autoridades papales fue horrible. Rápidamente lograron poner a las autoridades políticas en su contra. Ambos grupos utilizaron “imaginación diabólica” y control de conciencia para burlarse de las ideas recientemente descubiertas por Hus. Al leer las afirmaciones abusivas en su contra (disponibles en Internet), podemos constatar que utilizaron razones religiosas. Satanás les dio palabras religiosas y frases morales diseñadas para atormentar a Hus.

Elena White describe las escenas finales de la vida de Hus. Al verlo resistir a sus falsos argumentos, los líderes religiosos y políticos fueron “testigos de este gran sacrificio, el primero en la larga lucha entablada para asegurar la libertad de conciencia”.7 Elena White señaló esto como el primer gran sacrificio. ¿Por qué? Debido a que fue el primer reconocimiento real, en tiempos modernos, que incluso en nosotros mismos, en nuestras mentes, somos cautivos de las fuerzas profundas que ejercen resistencia a la ley de Dios, hasta el punto de utilizar la conciencia en contra de nuestro entendimiento.

La lección de Jerónimo

La historia de Hus fue de utilidad para fortalecerme en contra de las falsas acusaciones de una conciencia demasiado ansiosa. Sin embargo, habiendo advertido acerca del abuso de las acusaciones de la conciencia, debo también mostrar al lector el otro extremo.

Esta advertencia surge de la vida de Jerónimo, justo después de la muerte de Hus. Mientras estaba preso aguardando su propia muerte, el “ánimo de Jerónimo decayó y consintió en someterse al concilio” aun hasta el punto de “condenar las doctrinas de Wiclef y Hus. […] Por medio de semejante expediente, Jerónimo trató de acallar la voz de su conciencia y librarse de la condena”.8

Aquí está nuevamente la conciencia. Esta vez debió haber sido tomada en cuenta. Ahora el rol del entendimiento acude en auxilio. “Pero vuelto al calabozo, a solas consigo mismo percibió la magnitud de su acto. Comparó el valor y la fidelidad de Hus con su propia retractación. Pensó en el divino Maestro a quien ‘el se había propuesto servir y que por causa suya sufrió la muerte en la cruz”.9

Dios actúa concediendo inteligencia en forma individual y colectiva que pueda por sí misma sustentar una conciencia moral. La misericordia del Maestro permitió que su alumno Jerónimo tuviera otra oportunidad, y esta vez Jerónimo recorrió el camino completo hasta la hoguera, debido al correcto equilibrio entre entendimiento y conciencia. Sí, Jerónimo fue atormentado por sus errores, pero la gracia y la verdad brillaron más intensamente y en la unión del entendimiento y la conciencia, llegó a ser un mártir por la gracia que tenemos en Cristo.

Libertad, conciencia y moralidad

El examen de los conflictos vividos por Hus y Jerónimo nos ilumina y nos incita a entender mejor nuestros propios conflictos, nuestro mundo y el propósito de Dios al darnos un mejor entendimiento. Elena White manifiesta que el propósito de señalar estas luchas en las vidas de los hombres de Dios “no consiste tanto en presentar nuevas verdades relativas a las luchas de pasadas edades como en hacer resaltar hechos y principios que tienen relación con acontecimientos futuros”.10 El entender la base de la conciencia moral nos puede preparar para los desafíos a la libertad religiosa que enfrentamos hoy y que enfrentaremos en un mundo que intenta que nos conformemos a él (Romanos 12:2).

Finalmente la libertad religiosa puede ser únicamente formada en hogares, iglesias y naciones solo cuando ha sido primeramente forjada en nuestras mentes. Este proceso raramente es sencillo. La moralidad y la conciencia que nos insta, están formadas a menudo con material bueno y malo. Uno no puede simplemente desechar todo, ni tampoco seguir automáticamente sus dictados. La moralidad no es Dios. La conciencia no es siempre la voz de Dios. Tanto la moralidad como la conciencia deben ser entrenadas. Dios es el entrenador. Pueden ser comparadas a la sal; es esencial en nuestra comida pero en sí misma no es comida. Debe ser mezclada con otros ingredientes o de lo contrario será tóxica y destructiva. La libertad es uno de esos otros ingredientes que la moralidad necesita y si no la tiene degenera en decisiones no creativas, obediencia forzada y conformidad irracional. La libertad brinda a la conciencia y a la moralidad un espacio para las elecciones. Este espacio crea oportunidades para un crecimiento ético tanto psicológico como social. Sin esto, una persona, grupo o una nación entera pueden buscar la moralidad en una manera que logra alimentar una rebelión mayor, o una conciencia irracional que actúa en base a un guión moral que es ciego a las necesidades humanas.

Aquí descansa una profunda tensión: la conciencia y la moralidad purifican e incitan a los humanos a hacer el bien, pero cada cual por sí misma puede ser útil solo cuando es delimitada por la inteligencia y la Biblia.

Por lo tanto, este es mi simple consejo: Primero, necesitas tu conciencia. No la deseches. Segundo, tu conciencia necesita ser entrenada.

Duane Covrig (Ph. D., Universidad de California, Riverside) es profesor en la Facultad de Educación de la Universidad Andrews, Michigan, EE. UU. E-mail: covrig@andrews.edu.

REFERENCIAS

  1. Martin Weber, My Tortured Conscience (Hagerstown, Maryland: Review and Herald Publ. Assn., 1991)
  2. El Conflicto de los siglos (Mountain View, California: Pacific Press Publ. Assn.,
  3. Ibíd. p. 109.
  4. Ibíd.
  5. Ibíd.
  6. Ibíd.
  7. Ibíd., p. 116.
  8. Ibíd., p. 119.
  9. Ibíd.
  10. Ibíd. Introducción, pag. 14-15.