Michael Abiola Omolewa: Diálogo con un adventista embajador permanente en la UNESCO

El profesor Michael Abiola Omolewa, un adventista del séptimo día de Nigeria, es el actual embajador y delegado permanente de su país ante la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco). Como undécimo hijo de una gran familia, fue criado con el prestigio que África le concede al hijo del jefe de una tribu. Su padre, Daniel Omolusi, como jefe de la región Ipoti-Ekiti de Nigeria, estuvo en 1915 entre los anfitriones de David Babcock, el primer misionero adventista en llegar a ese vasto país del oeste africano. El joven Michael comenzó su educación en 1946 en la escuela primaria adventista local –un primer paso que mantuvo su corazón y mente estrechamente unidos a las prioridades de la fe y misión adventistas a lo largo de toda su vida. Desde joven aprendió el valor y significado del sábado. Cada vez que su travesía educativa lo llevaba a una escuela no adventista –fuera en el nivel secundario, la prestigiosa Universidad de Ibadan o el Queen Mary’s College en Londres– él insistía en poner en primer lugar la adoración a Dios en el día señalado. Las becas que recibió como premio a su destacada actuación académica le permitieron obtener con honores el título de Historia Africana en la Universidad de Ibadan. Sus estudios posteriores de posgrado en la misma universidad, junto con una beca de investigador visitante en la Universidad de Londres, le dieron acceso al título doctoral en Historia e Investigación Histórica. Su carrera laboral abarca desde profesor de escuela secundaria a profesor universitario; de elevadas posiciones en el gobierno de Nigeria a su cargo actual de embajador y delegado permanente de la Unesco. El profesor Omolewa está casado con Yami, y tienen cuatro hijos.

Su historia de vida es fuera de lo común. Si se le pidiera que concediera créditos, ¿por dónde comenzaría?

Debo comenzar con Dios. En mi niñez aprendí de mis padres que Dios debe estar por encima de todo en la vida, a fin de hacerla rica y llena de significado. Mi fe en Dios floreció en plenitud cuando asistí a la escuela primaria adventista de mi aldea. Allí descubrí que si honraba a Dios, él me honraría a mí. Fue en esos tempranos pasos de la educación cristiana cuando aprendí el valor y significado del sábado, y decidí ser fiel en su observancia. Mi fe me ayudó a crecer en todo momento hasta la educación universitaria, y aún hoy siento la guía divina en cada paso de mi camino. Sin eso estaría perdido.

Ha pasado muchos años enseñando. ¿Fue esta actividad su primera elección?

En realidad no. Luego de completar mi educación secundaria en 1960, envié una solicitud para trabajar en un banco. Este trabajo tenía una remuneración mucho más alta que la enseñanza y yo necesitaba ganar lo más posible para ayudar a mi gran familia compuesta por muchos hermanos. Obtuve el trabajo y me alegré pensando en los horarios fijos, un trabajo sin estrés y con perspectivas de subir en el escalafón corporativo. Pero pronto descubrí un gran inconveniente: tenía que trabajar en sábado. A pesar de las muchas peticiones que hice, no hubo cambio. Renuncié y busqué un trabajo en el cual pudiera guardar el sábado y disfrutar de la paz de una relación redentora con mi Hacedor. Así fue como comencé a enseñar, disfrutando de tener libre el fin de semana, y desde aquel entonces el sábado ha sido mi prioridad cada vez que me enfrento a una elección laboral.

Su carrera como estudiante y profesor lo ha llevado por distintas instituciones. Durante esta travesía, ¿cómo mantuvo su lazo con la Iglesia Adventista?

Podría decir que los hábitos adquiridos tempranamente permanecen arraigados. Lo que aprendí y practiqué en la escuela primaria se convirtió en una parte inalienable de mi vida. Desde la infancia, la iglesia ha sido el centro de mi vida y en ningún momento me aparté de ella. No solamente el sábado, pero a lo largo de la semana, la iglesia y su misión de alguna manera tenían una esfera de acción en mi vida. Como adolescente y estudiante universitario, disfrutaba de la Escuela Sabática, de la actividad misionera, de enseñar y participar, de testificar. Por lo tanto, en 1974, cuando concluí mi doctorado y también fui ordenado diácono en mi iglesia local, no sabía cuál de las dos cosas celebrar más. Disfrutaba mi trabajo como diácono, y usaba ese cargo para expandir la gracia de Dios en mi comunidad. Organicé un grupo para estudiar y testificar junto a los estudiantes en Samonda, un barrio cercano de la Universidad de Ibadan. Dondequiera que mi trabajo o estudios me llevaran, consideraba el nuevo destino como una oportunidad para testificar.

¿Había algún énfasis particular en su evangelismo laico?

El enfoque central era la gracia de Dios. Las doctrinas son importantes –traté de transmitir las doctrinas fundamentales– pero por sobre toda doctrina se encuentra la persona de Jesús, cuya gracia y misericordia está en el centro de nuestra redención. En mis contactos con otros jóvenes trataba de enfatizar la importancia de permitir que dicha gracia tomara control completo de sus vidas. Mi énfasis tanto en la iglesia, la comunidad o el aula, estaba en la necesidad de experimentar una salvación holística –cuerpo, mente y alma. Esto es: tocar la vida en todas sus dimensiones –el cuerpo como templo de Dios, viviendo una vida santa, eligiendo cuidadosamente los compañeros de la vida, estableciendo un estilo de vida aceptable, usando sabiamente los propios recursos, y relacionándonos con la comunidad de creyentes y quienes buscan la verdad. Encontré que este tipo de evangelismo holístico es muy gratificante.

Es interesante, un ocupado profesor comprometido en actividades espirituales. ¿Hay alguna otra cosa que pueda contar acerca de su trabajo en la iglesia?

Sí. En mi niñez estuve ligado a los comienzos de la obra adventista en Nigeria. Mi padre fue uno de los que dieron la bienvenida y hospedaron al primer misionero, el pastor David Babcock, cuando llegó a nuestra tribu y región. Por lo tanto, cuando terminé mi educación universitaria, me interesé en descubrir y registrar la historia de los comienzos y el avance de la obra misionera adventista en mi país. Con la ayuda de los documentos disponibles en África realicé una investigación, y en 1976 fui a los archivos de la Asociación General. Esa fue una experiencia muy gratificante, tanto espiritual como académicamente. Más tarde, cuando en el oeste africano se fundó un seminario teológico – ahora una universidad– que tiene su nombre en honor a Babcock, nadie puedo haber estado más feliz que yo. Tuve el privilegio de servir en su junta directiva de 1988 a 1997. Agradezco a Dios por haber visto el nacimiento y madurez del adventismo en Nigeria. ¡Fue un verdadero privilegio!

¿Puede decirnos alguna cosa acerca de su vida universitaria?

Fui afortunado al ser alumno en la Universidad de Ibadan, fundada en 1948 como una institución terciaria asociada a la Universidad de Londres. Cuando en 1962 comenzó a funcionar como una universidad independiente, continuó manteniendo los parámetros y disciplina académica. Me pude beneficiar con esto cuando entré en la universidad en 1964, y más tarde en la escuela de posgrado. Mi trabajo doctoral allí y la investigación llevada a cabo en Londres me impulsaron en la búsqueda de la mejor educación. Como decano de la Facultad de Educación, fue mi privilegio promover la excelencia en el trabajo académico. Los títulos adquieren valor cuando van acompañados por un deseo de trabajar duro y trabajar bien. Los adventistas no debemos perder de vista este énfasis: “mejor” debe ser nuestro lema, tal como lo dijo Elena White. El Señor me ha bendecido con la publicación o contribución a 47 libros, además de numerosos artículos.

¿Cómo se dio su entrada a la diplomacia?

Aquí nuevamente veo la mano de Dios en acción, como en el caso de Daniel y Esther. Cuando somos fieles al llamado de Dios en cualquier trabajo que hagamos, no hay ningún límite a lo que Dios puede hacer con nosotros. Mientras servía en la Universidad de Ibadan, también tuve la oportunidad de participar en foros nacionales, panafricanos y mundiales. Mis estudios e investigación en historia africana tuvieron su propia recompensa al fomentar el entendimiento internacional y la cultura, negociando desafíos inter-culturales e inter-tribales, y promoviendo un sentido de unidad en medio de la diversidad. Gradualmente, este desplazamiento en mi trabajo me llevó a servir en la Comisión Nacional Nigeriana para la Unesco y más tarde como delegado permanente y embajador de esta organización global dependiente de las Naciones Unidas.

¿Tiene alguna oportunidad de compartir su compromiso de fe en su actual puesto?

Los comités tienden a ser polémicos. Los colegas pueden volverse ansiosos y estar estresados por algunos asuntos. En esos momentos me gusta tranquilizarlos y recordarles la existencia de un Ser Supremo que está a cargo de todos los asuntos humanos. A veces comparto mi testimonio personal. No todos aceptan mi visión, pero por lo menos hay un momento de pausa y reflexión, y eso ya es algo. Dentro de mi corazón siempre existe la seguridad: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”.

Para concluir, ¿tiene algún mensaje especial para nuestros jóvenes lectores, estudiantes universitarios?

Muy temprano en la vida aprendí que los seres humanos por sí mismos tienen un protagonismo pequeño en la determinación del curso de su travesía. Uno puede tratar, pero para alcanzar el verdadero éxito, es mejor recordar que hay un Alfarero en cuyas manos somos como la arcilla. Él nos puede moldear. Solo debes mantenerte en sus manos. Mantente flexible a sus movimientos. Lo que Él hace con nosotros solamente puede llevar al éxito.

David O. Babalola (Ph.D., Universidad de Ibadan) es vicepresidente de la Universidad Babcock, Ilisan-Remo, Estado de Ogun, Nigeria. Su e-mail es: profdobabalola@yahoo.com.

El e-mail de Micheal A. Omolewa es: m.omolewa@unesco.org.