Graciela Fuentes: Diálogo con una jurista de las Naciones Unidas

Graciela Fuentes es abogada, docente universitaria y jueza en las Naciones Unidas. Hay pocos países en el mundo donde ella no ha estado, pues su profesión la lleva a recorrer casi cada rincón de este planeta. El contacto con tantas culturas y realidades humanas diferentes tiñe su diálogo de historias cautivantes. Algunos de sus recuerdos tienen que ver con historias heroicas, de milagros y finales felices. Otros nos ponen frente a la triste realidad de los conflictos alrededor del mundo, la miseria de la esclavitud y la codicia humana.

Graciela es una abogada adventista, que sostiene su fe y está comprometida con su misión. Nacida en Argentina, cursó sus estudios en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Buenos Aires. Luego obtuvo una Maestría en Derecho Internacional en la Universidad McGill, en Montreal, Canadá y un Doctorado en Derecho Constitucional Comparado y Derechos Humanos en la Universidad de Ottawa, capital de Canadá.

Su trabajo en Argentina estuvo centrado en el derecho penal, pero en Canadá se orientó hacia el comercio internacional. Ha enseñado Filosofía del Derecho y Derecho Internacional como profesora visitante en diversos países. Desde hace varios años sirve en las Naciones Unidas en operaciones de paz como jueza internacional en países que están saliendo de guerras o profundos disturbios civiles.

En el presente vive en Italia y se desempeña como jurista internacional asesorando a organismos internacionales en la reforma judicial, en especial para consultoras de primer grado del Parlamento Europeo.

¿En qué área se desarrolla su trabajo?

Esencialmente trabajo con la reforma judicial de países que atraviesan un período de transición, ya sea del totalitarismo hacia un gobierno democrático, o de un sistema de economía controlada hacia uno de libre mercado, o con países que acaban de salir de un conflicto bélico –Afganistán– o de una guerra civil –Bosnia. En tales circunstancias, a menudo el sistema de gobierno ha colapsado, la economía está destruida y los conflictos sociales crean tensión. La comunidad internacional entonces provee expertos para ayudar a realizar elecciones libres, reconstruir un poder ejecutivo que pueda restablecer el funcionamiento de la sociedad, las funciones parlamentarias?y, por supuesto, un poder judicial efectivo y capaz de asegurar el estado de derecho. Es en esta última área donde mayormente se desarrolla mi trabajo.

¿Podría darnos ejemplos de las tareas que tiene que desarrollar?

Antes debo decir que el proceso de reforma judicial generalmente comienza en la última etapa de un conflicto armado o ni bien termina. Cuando el odio racial o la desconfianza religiosa están presentes, los desafíos pueden ser mayores. Inmediatamente hay que prestar atención al resquebrajamiento legal. He tenido que ayudar en Ruanda, donde los conflictos tribales y étnicos rasgaron a la sociedad y cobraron muchas vidas. En Bosnia la guerra fue diferente; allí me tocó organizar algo así como una sala de emergencia para la estructura judicial. También actuamos en casos personales, como por ejemplo en medio de una guerra bien puede ocurrir que los padres queden separados de sus niños o los pierdan mientras escapan. Cuando son miles las familias que corren por sus vidas, y miles los niños que se pierden, ¿qué hacer con ellos? Muchos niños están en shock o por su corta edad no pueden precisar quiénes son o dónde vivían antes de los hechos traumáticos. De ahí en más trabajamos para proveerles documentos, ubicarlos en alguna institución o conseguirles un hogar sustituto.

En estas circunstancias también nos ocupamos de ayudar a propietarios a quienes les usurparon sus viviendas, tierras o posesiones. Muchas veces las personas han perdido documentos y no pueden demostrar su identidad o vínculos familiares. Tenemos que trabajar desde la nada para devolverles una identidad que les asegure un futuro decente.

¿Qué la motiva a trabajar en lugares tan críticos donde hay tanta pobreza o inseguridad?

No es fácil vivir en “misión”, como llamamos a los viajes y actividades que realizamos en los países en conflicto. Generalmente lidero un equipo que incluye abogados, jueces y policías de múltiples países. A veces nos toca vivir en albergues precarios y debemos arreglarnos con muy poca comida o una botella de agua para todo un día. Algunas misiones nos demandan estar muchos meses fuera de casa.

En más de una ocasión Dios me salvó de una muerte segura. Cierta vez viajamos en un vehículo donde habían colocado una bomba que nunca llegó a explotar. Otra vez, mientras estaba dictando sentencia, bombardearon la sala de audiencias donde estábamos reunidos.

Nuestro trabajo nos coloca muy cerca de corazones humanos llenos de odio y deseo de venganza, pero también existe el amor y la compasión. No podemos evitar las guerras e injusticias, pero podemos ayudar a restablecer el orden, reconstruir comunidades fracturadas y llevar mensajes de paz y seguridad a mucha gente.

¿Cuán importante es su trabajo comparado al de otras personas que van a curar a los enfermos, vacunar, repartir agua y alimentos?

Dios necesita los talentos de todos en forma combinada; así se puede aliviar a la humanidad que sufre. Considero que es muy importante restaurar un sistema judicial desmoronado por luchas. Ya mencioné las pérdidas tanto de niños, como de identidad o de propiedades. Para restaurar la paz social es imprescindible que la sociedad funcione normalmente, lo que requiere un marco legal apropiado. Si esto falla, la paz social está en peligro debido a juicios arbitrarios. Cuando desaparece el sistema legal, o cuando el gobierno no interviene para resolver los conflictos, la gente comienza a hacer justicia por mano propia y se incrementa la criminalidad.

¿Cómo mantiene su fe en medio de circunstancias y trabajo poco comunes?

Conocí el mensaje adventista escuchando a Braulio Pérez Marcio en “la Voz de la Esperanza”. Me deleitaba con la música de Del Decker y los Heraldos del Rey. Fui bautizada hace casi cuarenta años, en la Iglesia Adventista, a pesar de la oposición de mis padres. Pasé por muchos problemas en mi vida, pero Dios siempre ha estado a mi lado.

He aprendido a crecer en la fe, aunque no pueda congregarme todos los sábados. Para mí es esencial el estudio de la Biblia y la oración, que me hacen sentir la proximidad de Dios, especialmente cuando estoy sola, ya que paso gran parte de mi tiempo viajando por países donde nuestras iglesias están prohibidas o donde no puedo entender el idioma local. Pero aun en situación de aislamiento la tecnología es una bendición. Mi computadora introduce la Escuela Sabática o el culto de adoración de la iglesia de Sacramento, en California, dentro de mi propia habitación en cualquier lugar del mundo, o los programas de 3ABN. Son regalos que Dios me da a pesar de mi lejanía física de alguna iglesia adventista. Cada sábado canto, envío mis pedidos de oración, mis ofrendas y diezmos allí y me siento parte de una gran familia mundial que adora al Dios verdadero. Y cuando vuelvo a mi casa, en Italia, me congrego en la iglesia adventista de Pisa.

¿De qué forma testifica en un trabajo donde debe ser “neutral”?

Lo hago a través de mi conducta. Las situaciones difíciles y peligrosas me dan pie para hablar de un Dios de amor que nos cuida y provee a nuestras necesidades. Los momentos de desesperación después de un bombardeo o ante la incertidumbre de saber si los próximos metros del camino estarán minados, han sido propicios para infundir fuerza y valor a mis compañeros de trabajo.

Como jefa de departamento se me pide que asista a reuniones?que se realizan en sábado, lo cual no hago. Así he tenido muchas oportunidades de explicar por qué no me presento, pero alguna persona del grupo asiste y así no se paralizan los programas ni se considera a los adventistas como irresponsables.

Aunque en mi trabajo no puedo hablar abiertamente sobre mi fe o mi amor por Dios, mis principios y mi vida, son un testimonio silencioso. Hay gente que me hace muchas preguntas acerca de mis creencias y los valores que observan en la convivencia y estoy siempre dispuesta a responderles. Pero por encima de todo, nuestra vida debe ser un libro abierto de lo que creemos y por quién vivimos.

¿Qué le aconsejaría a un joven adventista que desea estudiar abogacía?

Creo que se necesitan más abogados adventistas. Muy a menudo se desanima a los jóvenes que desean orientarse en esta actividad al considerar peligros y tentaciones reales tale como la corrupción, la flexibilidad de la verdad o la gran cantidad de conflictos. He lamentado siempre ese error de concepto ya que Elena White habla de la necesidad de tener abogados adventistas. Un abogado puede hacer mucho bien desde una posición honesta, íntegra y solidaria.

Además, la complejidad de nuestra sociedad ha aumentado a tal punto que el ciudadano común no puede interpretar por sí mismo las leyes comunes –las de trabajo, herencia o familia. Necesita ayuda de abogados honestos. A veces se comente un delito sin que el responsable sea consciente de que tal actitud está limitada por “alguna letra pequeña”. Necesita entonces la defensa de alguien que entienda este tipo de errores cometidos por ignorancia.

Los adventistas consideramos que estamos sujetos a la ley celestial pero también a las de nuestros países. Creo firmemente que los profesionales adventistas deberían poder explicar las leyes con honestidad, poniendo a los miembros de la iglesia en una posición de paridad con respecto a aquellos que son asesorados por otros abogados. No se puede argüir el desconocimiento de la ley cuando se deben pagar impuestos o al hacer una venta o una donación. Un buen asesoramiento legal puede evitar una conducta delictiva por ignorancia. Nuestras instituciones inmersas en el mundo, debiendo adecuar su funcionamiento a las normas del gobierno, necesitan buenos asesores legales adventistas que les den consejo o representación ante la justicia, cuando fuere necesario.

¿Cuál es su posición respecto a los derechos humanos, y qué hace como jurista adventista para trabajar a favor de ellos?

La idea de derechos humanos deriva esencialmente de nuestros valores judeo-cristianos. Muchas sociedades con otros valores culturales rechazan cualquier modificación a sus leyes, que traten de incluir valores de libertad de expresión, no discriminación o libertad religiosa. Parte de mi trabajo es explicar a los líderes de gobierno –a los equipos judiciales o legislativos y a los líderes de opinión– la necesidad de mantener un común denominador básico de libertad. No podemos expresar que gozamos de libertad y al mismo tiempo impedir el derecho de un niño a obtener educación; es una perversión de los derechos humanos, pretender que basado en su libertad religiosa un padre puede negar a sus hijos el derecho de educación; es falta de libertad la no igualdad de oportunidades de hombres y mujeres; es transgresión a los derechos humanos producir mutilaciones en el cuerpo de niños o prostituirlos.

Mi misión en relación con los derechos humanos es ayudar a que la sociedad entienda que debe respetarlos. Es ayudar a la gente a comprender que la sociedad como un todo no es más fuerte ni más libre que el individuo que compone dicha sociedad. En la medida en que un individuo no disponga de ciertos derechos básicos, la sociedad será débil e inmadura. Quienes priorizan sus derechos y privilegios deberían recordar que otros tienen los mismos derechos, y recién en ese punto es cuando una sociedad goza de un verdadero sentido de derechos humanos. Estos son tanto individuales como comunitarios y nacionales. Son derechos que Dios nos ha otorgado y es nuestra responsabilidad mantenerlos, protegerlos y practicarlos.

Sonia Krumm (Ph.D. Universidad de Montemorelos) es directora del Profesorado en Educación Primaria y profesora en la Facultad de Educación, Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad Adventista del Plata, Argentina.

E-mail: soniakrumm@hotmail.com

E-mail de Graciela Fuentes: Graciela.fuentes@tiscali.it