Una cuestión de decisión personal

Me encontraba frente a la puerta cerrada; respiré profundamente. Sabía lo que había detrás de esa puerta: un paciente anciano confinado en su cama del hospital. En la habitación también encontraría a varios familiares sentados alrededor de la cama, acompañando al enfermo.

El problema no era que el paciente estaba grave, sino la atmósfera reinante en el lugar. Sabía que apenas entrase a la habitación, cualquier conversación que estuviesen manteniendo cesaría y todos los ojos se dirigirían hacia mí. En lugar de encontrarme con rostros sonrientes tendría que enfrentar rostros denotando ansiedad, sospecha y desconfianza. Alguno de los parientes tomaría un papel grande y comenzarían las preguntas: “¿Cómo se llama usted? ¿Qué hará por mi padre, y por qué? ¿Se ha lavado las manos?”… y continuarían muchas otras preguntas. Cada respuesta que yo diese sería consignada en la hoja. Cada cosa que yo hiciera por el paciente sería cuidadosamente observada, analizada y luego registrada.

Mientras me tomaba un minuto frente a la puerta cerrada –como preparándome para entrar– otra enfermera se acercó y me entregó una bolsa con suero. “¿Podrías colocar este suero en esa habitación?”, me preguntó como disculpándose, a la par que señalaba la puerta cerrada. Tomé el suero y quedé pensando qué opciones tenía en cuanto a mi actitud. Podía ingresar rápidamente en la habitación, sin establecer contacto visual, realizar mi trabajo rápidamente y salir cuanto antes. O podía actuar con aire de autoridad, siendo que ¡yo era la profesional! En ese caso, estaría lista para enfrentar cualquier desafío que me planteasen en una forma profesional. También podía retrasar la entrada a la habitación y con suerte podría delegar esta responsabilidad a otra enfermera, así como acababa de hacer mi colega.

Desarrollando actitudes

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Nacemos con un gran potencial para asumir diversas actitudes en respuesta a lo que acontece, y en general comenzamos a demostrarlas a una edad bien temprana. Padres, maestros, líderes de escuela sabática y otras personas, intentan guiarnos mientras vamos creciendo, alentándonos a desarrollar un comportamiento de respuesta aceptable –incluso en los momentos que no tenemos ganas de reaccionar de tal forma.

En su última visita, Ava –nuestra nietita de dos años– se levantó de muy mal humor. Nada le sentaba bien, ni los abrazos, ni la comida del desayuno, ni siquiera su animalito de peluche preferido. Rechazaba todas las cosas y alejaba a todo aquel que intentase acercarse, con una actitud displicente. Luego de unos minutos su papá, ya exasperado, le dio la orden de volver a su habitación y salir recién cuando pudiese hacerlo como una nena feliz.

Al comienzo hubo un llanto fuerte y enojado que atravesaba la puerta cerrada de la habitación. Pero el llanto disminuyó y fue seguido por silencio. Luego pudimos escucharla cantar su himno favorito primero suavemente, y después aumentando en volumen y energía. No pasó mucho hasta que la puerta se abrió de golpe y una nena absolutamente diferente, sonriente y cariñosa, salió de la habitación.

La vida puede hacer zozobrar tu actitud

Mientras me encontraba de viaje y disfrutaba de un vuelo tranquilo, podía escuchar la agradable charla entablada entre dos hombres de negocios sentados en la hilera detrás de mí. Al llegar a destino la azafata anunció que podíamos utilizar los teléfonos celulares. Varios pasajeros, incluyendo uno de los hombres que había estado conversando detrás de mí, procedieron a realizar llamadas.

Inmediatamente varios pasajeros tuvimos clara evidencia de que había un problema. El volumen de voz del hombre aumentó al punto que sabíamos que estaba muy frustrado y enojado y no paraba de repetir: “¡Yo le dije que NO hiciese eso! ¡El entendió mis instrucciones! ¡No me importa cuál es el problema, él debería haber seguido mi órdenes!” Mientras abandonaba el avión, alcancé a ver la cara del hombre y pude apreciar que tenía arrugas profundas debido al estrés y la preocupación. Era claro que cualquier cosa agradable que hubiese estado planeando hacer al llegar a destino, estaba arruinada.

La filosofía del pescado

En uno de los grandes mercados de Seattle hay un área que tiene numerosos puestos de venta de comida de mar. Los vendedores de pescado tienen jornadas laborales muy largas, en un ambiente frío y húmedo en el cual están constantemente en contacto con hielo y pescados mal olientes. Si se hiciera una lista de los “peores trabajos”, seguramente estaría entre los primeros.

Hace unos años, algunos empleados de uno de los puestos decidieron tener una reunión para evaluar qué podrían hacer para mejorar sus condiciones de trabajo a la par que aumentar su éxito en las ventas. Durante la reunión, el jefe le pidió a cada uno que hiciera una sugerencia, no importa cuán descabellada fuese. Un hombre joven propuso: “Creo que deberíamos ser conocidos mundialmente”. El resto se rió, pero a medida que el diálogo continuaba, la idea dejó de ser tan extraña y lentamente hubo consenso. Pero, ¿cómo podría suceder esto? No podían cambiar ni el producto ni la ubicación. Tampoco era posible realizar cambios en los horarios y condiciones de trabajo. Por lo tanto, el único cambio posible debería ser hecho entre los empleados. Quizá podría ser su percepción y respuesta al trabajo, su forma de interactuar entre ellos y sus actitudes. Como resultado, establecieron cuatro principios: “Juega” –que el trabajo sea divertido. “Dales un momento agradable” –incluye a los clientes en la diversión. “Está alerta” –mantén el trabajo y los clientes en el centro de atención y “Escoge tu actitud”.

A partir de ese encuentro y los conceptos iniciales que se desarrollaron, surgió lo que se conoce como “Filosofía del pescado”. El pequeño local es ahora un lugar alegre y con mucha vida, donde los clientes no sólo compran pescados sino que se reúnen para reír y pasarla bien gracias a los empelados. Con el tiempo ganaron renombre mundial (ver www.fishphilosophy.com)

Es una cuestión de elección

Cuando se le preguntó a uno de los jóvenes vendedores como vivía el principio de “Elige tu actitud”, él contestó que cada mañana, antes de levantarse, elegía en forma consciente tener un buen día, disfrutar su trabajo y alegrar a cada cliente o persona que se acerase. No importaba si se levantaba cansado o con muchos problemas. En base a esa decisión diaria y deliberada, descubrió que le resultaba más fácil enfrentar el día con alegría, ayudando a que otros se sintieran felices también, aún en un mercado de pescado. Así el tiempo en el trabajo pasaba más rápido y era más placentero.

Es alentador saber que no tenemos que ser víctimas de las circunstancias. Tenemos la opción de decidir qué actitud tomar al responder, y es realmente un beneficio que lo podamos hacer. Una actitud negativa causa estrés al cuerpo, resultando en un aumento de la presión arterial y el pulso. El sistema inmune sufre, la digestión se altera y el pensamiento lógico se ve comprometido. Es posible que a raíz de eso uno diga o haga algo irracional, que puede tener consecuencias negativas.

El tomar conscientemente la decisión de mantener la calma, tratar de identificar posibilidades positivas, analizar distintas alternativas y mantener un espíritu alegre y optimista, resultará en muchos beneficios, tanto en el ámbito laboral, familiar, eclesiástico y personal. No podemos cambiar lo que nos toca vivir ni las circunstancias, pero somos responsables de nuestra reacción. Es posible que haya momentos en los cuales tengamos que retirarnos a “nuestras habitaciones”, como la pequeña Ava, para lograr responder con una mejor actitud. Habrá ocasiones en las que tendremos que tomarnos un momento para evaluar la situación y decidir cómo reaccionar lo mejor posible frente a una situación negativa. El tomar las riendas de nuestras actitudes nos da poder. Enfocarnos en ser lo que queremos ser, influencia todo lo que hacemos. Así es más sencillo lidiar con personas y situaciones difíciles en forma más calma.

Secretos del éxito

A continuación enumero cinco pasos para desarrollar una actitud positiva:

  1. Elige una actitud positiva y alegre apenas te despiertes. Es posible que tengas que volver a tomar la decisión varias veces durante el día, a medida que surjan diversas situaciones. Al encomendar el día a Dios pidiendo su presencia y guía, se tiene una garantía de éxito. No necesitamos hacer todo con nuestras débiles fuerzas, sino que él será una “ayuda segura”, tal como lo prometió en Salmos 46:1, 2 (NVI). Él es fiel en cumplir sus promesas, pero tenemos que pedirle ayuda.
  2. Busca aspectos y cosas positivas en cada situación. La gratitud puede ayudar a ver las cosas en perspectiva. Elena White dice: “Dios derrama bendiciones a lo largo de todo nuestro sendero para alegrarnos el camino y guiar nuestro corazón a amarlo y alabarlo. Él quiere que busquemos agua del pozo de la salvación para que nuestros corazones sean refrescados. Cantemos los cantos de Sion, alegremos nuestros propios corazones, y alegremos el corazón de otros. Es posible fortalecer la esperanza y transformar la oscuridad en luz”.1
  3. Mantén vivo el sentido del humor. Aprende a reír y serás más positivo, especialmente si aprendes a reírte de ti mismo. No hay nada como la risa para aliviar el estrés, el dolor y los conflictos. Es posible reducir o incluso eliminar altos valores de presión arterial, estrés y preocupación a la vez que se restablece un equilibrio, dado que tanto la mente como el cuerpo se benefician gracias a la influencia del humor. Las cargas no parecen tan pesadas; los problemas y conflictos se ven desde otra perspectiva y las relaciones mejoran. Resumiendo, la risa es un remedio muy bueno y un antídoto poderoso.
  4. Bob Newhart, quién hizo reír a millones de personas y lograba introducir alegría aun en las situaciones más difíciles, dijo en cierta oportunidad: “La risa nos da distancia. Nos permite alejarnos de un hecho, afrontarlo y seguir nuestro camino”.

    Indudablemente “El corazón alegre se refleja en el rostro, el corazón dolido deprime el espíritu.” (Proverbios 15:13, NVI).

  5. Siéntete en control de tu rumbo. La vida no es algo que sucede alrededor de uno. Es lo que hacemos de ella. La forma en que vivimos nuestras vidas –nuestras reacciones, palabras y formas de actuar– es decisión nuestra. No necesitamos ser víctimas de situaciones difíciles. Y lo mejor de todo es que si nuestras vidas están consagradas a Dios, tenemos promesas de que él nos orientará, dará sabiduría y estará con nosotros en cada una de nuestras experiencias. Nuestro “Sistema de Posicionamiento Global” (SPG) celestial es infalible.
  6. “Si a alguno de ustedes le falta sabiduría, pídasela a Dios, y él se la dará, pues Dios da a todos generosamente sin menospreciar a nadie” (Santiago 1:5, NVI).

  7. Tómate tiempo para descansar. Puede suceder que durante nuestros días llenos de actividades tengamos que afrontar situaciones que parezcan imposibles. Los problemas de la vida y lo que se espera de nosotros puede parecer inalcanzable e interminable. Nos cansamos y frustramos. Nada está saliendo bien. Es posibles que estemos impacientes o de mal humor.

En esos momentos, es aconsejable tomar un descanso. Distánciate de la situación. Apártate literal o imaginariamente a una habitación silenciosa o cambia de actividad. Leer, orar, realizar ejercicio, caminar al aire libre, practicar un hobby favorito, visitar amigos o ayudar en un proyecto voluntario pueden favorecer un cambio. Nuestro espíritu se vuelve más calmo y las cosas pueden verse desde otra perspectiva. Jesús nos dio un buen ejemplo de cómo poner esto en práctica al interrumpir su pesado trabajo llevando periódicamente a sus discípulos a lugares donde pudiesen descansar, refrescarse y adquirir nuevas fuerzas. Al descansar, la mente puede aliviarse y entonces es posible pensar con mayor claridad. “Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso” (Mateo 11:28, NVI).

Mientras me detenía un segundo frente a la puerta para orar brevemente y controlar si tenía todo lo necesario, me invadió un sentimiento de simpatía hacia las personas que estaban allí dentro. Era posible que estuviesen afectados por alguna situación negativa que los llevó a desconfiar del personal médico. O quizás estaban inseguros y temerosos por el pronóstico que le tocaba enfrentar a su padre. No importa cuál fuese la situación, era algo que yo probablemente podría cambiar con mi actitud. Era posible que yo alegrase su día con una pequeña cuota de espíritu alegre y un tratamiento reconfortante para el enfermo. Esta era mi oportunidad, mi momento. Con esa actitud, una sonrisa y un sentimiento de tranquilidad, abrí la puerta e ingresé a la habitación.

Rae Lee Cooper, R.N., es la enfermera de la Asociación General de los Adventistas del Séptimo Día, Silver Springs, Maryland, U.S.A. E-mail: cooperr@gc.adventist.org.

  1. Ellen G. White, Our High Calling, (Washington, D. C.: Review and Herald Assn. Publ., 1961) pp. 10.