EDITORIAL

Permanecer fuertes y firmes

Hace años, cuando me hice adventista del séptimo día, la motivación más fuerte para pasar de una iglesia tradicional a lo que en ese momento se consideraba una secta, era la inminencia de la segunda venida de Cristo. El evangelista hizo un trabajo persuasivo. Apoyado en coloridos gráficos proféticos, su exposición no dejó lugar a duda en mi mente: mi vida podría tener significado únicamente si se enfrentaba a la realidad del próximo regreso de Jesucristo. La transmisión radial de La Voz de la Profecía, y las lecciones que recibía por correspondencia continuaron reforzando esta realidad semana tras semana. Descubrí que hasta el himno lema de la Escuela Sabática me recordaba, “Jesús viene otra vez”.

La segunda venida de Cristo se transformó en la motivación de la mayoría de las actividades de mi vida. Mi fe, adoración, valores, estudio, vocación y amistades, estaban todas de alguna manera relacionadas a una esperanza escatológica. Esta orientación era particularmente prominente debido a mi reciente descubrimiento sobre el estilo de vida y la ética adventistas. Mi existencia cobró vida a través de la cita: “Cuando el carácter de Cristo sea perfectamente reproducido en su pueblo, entonces vendrá él para reclamarlos como suyos”,1 que había memorizado cuando era adolescente y que fue trascendental para mí. ¿Son los planes divinos tan dependientes de simples mortales? ¿Existe un significado cósmico, universal y escatológico en lo que yo hice o dejé de hacer? El pensamiento fue asombroso y duró hasta que un día en mis inicios como pastor, me di cuenta que conocía más del Señor que vendrá otra vez, que del Señor que vino. Conocía más de las bestias misteriosas de Daniel y Apocalipsis que del misterio de la cruz. Encontraba más fácil explicarle a mis amigos Daniel 2 y 7, que Romanos 5 y 7. Mi predicación parecía paralizada a pesar de la magia de la historia marchando hacia su clímax, porque en el proceso, el Señor de la historia permanecía como el soberano del universo pero mis oyentes no podían conocer al salvífico Señor.

Repentinamente me percaté que estaba faltando el punto esencial del cristianismo. “Denme un punto de apoyo”, dijo el viejo filósofo Arquímedes, “y moveré la tierra”. La pregunta que me hice como pastor fue, ¿dónde está mi punto de apoyo, el que me permita elevar a mi congregación hacia la misión del Maestro?

La respuesta fue resultado de un estudio del descubrimiento trascendente del apóstol Pablo: “Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a este crucificado” (1 Corintios 2:2). La decisión de Pablo (krino) fue un acto firme de la voluntad, una determinación nacida deliberadamente. Pablo había utilizado un enfoque diferente en Atenas –el gran bastión de habilidad intelectual, de las herramientas filosóficas y el orgullo histórico. Abordó la filosofía con filosofía, la lógica con lógica, la poesía con poesía y al final de su discurso en el Areópago, el apóstol dejó un magnetismo sobre su audiencia. Sin embargo muy pocos en la ciudad comprendieron el misterio o el significado del evangelio salvífico de Jesucristo. De esa experiencia, en donde la elocuencia parecía enterrar lo esencial, y cuando las sombras parecían sumergir la sustancia, el apóstol arribó a la conclusión de que el Cristo de la cruz, y únicamente él, constituye la esencia de la vida y predicación cristiana.

¡Cristo y la cruz! Todos los demás requerimientos son secundarios. “Es tiempo”, escribió Visser’t Hooft, “de que los cristianos redescubran que el corazón mismo de su fe es que Jesucristo no vino para hacer una contribución para el depósito religioso humano, sino que en él, Dios reconcilió al mundo consigo mismo”.2 Mientras yo consideraba este tema central del Nuevo Testamento, hice mi propio descubrimiento: el punto de partida del ministerio cristiano es la cruz. “Aquel que contemple el sin par amor del Salvador, sentirá elevado su pensamiento, purificado su corazón, transformado su carácter. Saldrá para ser una luz para el mundo, para reflejar en cierto grado este amor misterioso”.3

El terreno de certeza

Decir esto es afirmar dos dinámicas vitales de la vida cristiana. Primero, la cruz es el terreno de certeza del cristiano. Cualquier otro énfasis que no sea el de la cruz, anularía la naturaleza cristocéntrica del evangelio y nos conduciría a la negación de la esencia misma del cristianismo. Toda experiencia, esperanza, estilo de vida o misión, cuyo motivo primario deriva de otro factor fuera de la actividad redentora de Dios en la cruz, está esencialmente relacionado con las obras, orientado hacia el logro y centrado en el yo. La preocupación con todos estos emprendimientos que dejan la cruz de lado, como los del joven rico, es lo que yo debo hacer para ingresar al reino.

¿Qué debo hacer? La cruz separa al humano de cualquier pretensión de salvación por sí mismo. Las religiones no cristianas, como tan correctamente señala Emil Brunner, pueden hablar de “optimismo basado en la confianza propia” del humano en lucha contra el pecado,4 pero la Biblia no consiente ningún potencial innato que nos otorgue la autoredención. Un yo que pudiese salvarse a sí mismo es una contradicción del evangelio y de su cruz.

Por lo tanto, la cruz es el único medio para identificar el camino de Dios. Nuestra comprensión de la naturaleza de Dios, su amor, paternidad, gracia y justicia, fluyen de la perspectiva de la cruz. Otras religiones hablan de un ser amante, santo, justo omnipotente y omnisapiente, pero nunca de una cruz. Únicamente el cristianismo habla de un Dios que “de tal manera amó […] al mundo, que ha dado a su hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16). Al elegir la muerte en la cruz para tratar con el pecado y aniquilar al originador del pecado, el Hombre de la cruz se transformó en el desafiador de la muerte como así también en el ser que define la vida. A través de él, la muerte es un enemigo vencido; y por su medio la vida se hace posible. De esta manera, él es el fundamento de nuestro hoy y mañana, de nuestra fe y amor, de nuestra esperanza y certeza.

Una cruz supone muerte

La segunda dinámica de una vida centrada en la cruz, es que supone una rendición a perpetuidad para las demandas del discipulado. Cuando Cristo advirtió que tomar la cruz para seguirlo no era una opción sino una necesidad del discipulado (Mateo 16:24; Lucas 9:23), estaba afirmando que la cruz y sus reivindicaciones –ya sea inmediatas o definitivas– deben confrontar el ministerio cristiano y demandan una respuesta absoluta. El comentario de Dietrich Bonhoeffer es apropiado: “Si nuestro cristianismo ha dejado de ser serio respecto al discipulado; si hemos diluido el evangelio hasta convertirlo en una inspiración emocional que no realiza demandas costosas y que falla en distinguir entre la existencia natural y la cristiana, entonces no podremos evitar recordar la cruz como una calamidad de todos los días, como una de las pruebas y tribulaciones de la vida… Cuando Cristo llama a un hombre, le ofrece ir a él y morir… es la misma muerte cada vez; muerte en Cristo Jesús, la muerte del viejo hombre a su llamado”.5

Por lo tanto, el llamado a la vida cristiana es un llamado a la cruz, una continua negación del persistente deseo del yo de ser su propio salvador, para pasar a aferrarse completamente al Hombre de la cruz. Síguelo, predica acerca de él, vive para él y espera el cumplimiento de esa exclamación escatológica de la historia. Cincuenta y tres años después que comencé a ser un siervo de esa cruz y de esa esperanza, y al ahora comenzar a disfrutar la jubilación y una vida con un ritmo más pausado, estoy seguro de estar en pie, fuerte y firme sobre la Roca. “Todo otro terreno es arena movediza”.

John M. Fowler

Referencias

  1. Elena White, Palabras de Vida del Gran Maestro, p. 48.
  2. W. A. Visser’t Hooft, No Other Name (Filadelfia: Westminster Press, 1963), p. 11.
  3. Elena White, Obreros Evangélicos, p. 49.
  4. Emil Brunner, The Mediator (Filadelfia: Westminster Press, 1947), pp. 291-299.
  5. Dietrich Bonhoeffer, The Cost of Discipleship (Nueva York: The Macmillan Company, 1959), pp. 78,79.