¿Ser o no ser donante de órganos?

Desde la década del sesenta cuando se realizó el primer trasplante exitoso, han surgido muchas preguntas en relación a este tema. Mientras los médicos han tenido que lidiar con asuntos médicos y científicos, otros han expresado preocupaciones filosóficas, desafíos éticos, preguntas morales y asuntos de justicia. A la vez que estos debates mantienen bien ocupados a los profesionales, una importante pregunta surge en los potenciales donantes. “¿Debería transformarme en donante luego de mi muerte? ¿Mis órganos irán para aquellos que estén en real necesidad? ¿Cómo está relacionada la donación de órganos con mi propia ética?” Estos y otros temas controversiales requieren que le prestemos cuidadosa consideración al tema.

Luego de años de vaivenes debido a los prejuicios relacionados a los trasplantes, los investigadores médicos han encontrado procedimientos que siguen un protocolo que les garantiza un proceso exitoso. En la mayoría de los casos, tales procedimientos han probado ser seguros y de rutina. Pero, ¿por qué tan pocas personas están dispuestas a ser donantes luego de su muerte? ¿Será que tienen temor?

Más allá de buscar respuestas, la realidad es que existe un número creciente de pacientes que deben esperar meses y a veces años, para tener la oportunidad de beneficiarse con un tratamiento que los lleve nuevamente a una vida casi normal.

De acuerdo a la United Network for Organ Sharing, más de ciento diez mil personas en los EE. UU. están en la lista de espera para trasplantes. Si además consideramos las necesidades del resto del mundo, tendremos una enorme cantidad de enfermos buscando ese regalo especial que prolongará sus vidas. Sin un trasplante a tiempo, miles de personas son privadas de la salud e inevitablemente se enfrentan a la muerte. ¿Es necesaria esa muerte? La pregunta nos golpea con mayor fuerza, cuando la persona involucrada es joven y debería tener toda la vida por delante; pero repentinamente esa vida se ve frenada y sin esperanza.

Luego de reflexionar sobre estos hechos, cuando alguien se pregunta si debe ser un donante de órganos o no, la respuesta que debería surgir es: ¡sí! deberíamos ser donantes. Por supuesto que hay una gran diferencia entre ser un donante vivo, y ser un potencial donante luego de la muerte. Para ser un donante en vida hay que considerar cada situación como única. Es imprescindible pensar en los riesgos, especialmente para el donante. Cada situación es única y debe ser resuelta con sentido común, luego de tener una muy confiable opinión profesional. Pero distinto es el caso de ser un potencial donante –post mortem– ya que sabemos que hay razones categóricas para ayudar a quienes corren riesgos. Sin embargo, son pocas las personas dispuestas a firmar que quieren ser donantes.

Vivimos en una economía globalizada, en que la atención está dirigida hacia la comercialización y el intercambio entre las partes y sin embargo frente a esta realidad ¿es posible que una causa tan noble como la donación de órganos caiga en las garras de la avaricia y la manipulación? ¿Son algunas vidas más valiosas que otras? ¿Este valor está definido por lo que el individuo posee en términos de dinero, poder o influencia? ¿Puede este extraño peso conducir a prácticas indignas en relación a la donación de órganos? ¿Es posible asesinar a una persona con tal de obtener un órgano que pueda ser vendido? La respuesta, desafortunadamente no es placentera. Ciertamente el crecimiento de mercados ilegales de venta de órganos y la práctica no ética de buscar órganos en algunas partes del mundo, apuntando particularmente a sectores de poblaciones con pocos privilegios y economías pobres, ha colocado una nube de sospecha sobre la donación de órganos y los trasplantes. Lo que debería ser una actividad altruista y humanitaria al compartir el regalo de la vida, presenta el riesgo de ser pirateada por un mercado vicioso. Este es un tema que requiere atención.

Para resolver o clarificar este tema, tenemos que aceptar un sentido más elevado y espiritual que se encuentra en una actitud de altruismo, amor y confianza. ¿Dónde podemos encontrar este sentido si no en Dios? Él requiere que amemos a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Si tenemos esa visión, nos preocuparemos por nuestro prójimo e intentaremos acudir en su rescate en la hora de necesidad. Es este tipo de generosidad y amor que deberían servir de base a la hora de decidir ser un donante de órganos. Cuando este amor altruista define nuestro pensamiento, y orienta nuestra experiencia, nos transformamos en un donante y nuestra caridad podrá llegar a salvar una vida. Este acto de salvación no tiene precio.

Estamos en presencia de algo para reflexionar. Te insto a que pienses en la posibilidad de ser un donante de órganos; que hables con tu familia; que te inscribas en la lista de potenciales donantes, o que hagas lo necesario según las leyes de tu país. Es verdad que aún hay preguntas controversiales flotando en el ambiente, pero piénsalo como un acto de amor; amor a cualquier costo, un amor sin precio. ¿Quién sabe si algún día mi propio nombre esté en la lista de enfermos que esperan un órgano. Mientras tanto, sé que hay miles que necesitan un órgano y el amor me impulsa a llegar a ser un potencial donante.

Creriane Lima (graduada en el Centro Universitario Adventista de San Pablo - UNASP, Brasil), es escritora, profesora, traductora y esposa de pastor. Email: Creriane.lima@unasp.edu.br.