Una comunidad habitable

En mi camino a casa hace algunas semanas, algo me llamó la atención. Ya había visto este cartel antes, pero nunca lo había leído y por lo tanto no me había causado ninguna sorpresa. El texto decía muy simplemente: “Bienvenidos al condado de Prince George, una comunidad habitable”. ¿Qué? De repente, esa frase me llamó la atención. No sé por qué no la había notado antes. ¿Una comunidad habitable? ¿A diferencia de qué? ¿De una comunidad inhabitable? Supongo que debo sentirme feliz por vivir en una comunidad habitable, pero no me puedo imaginar cómo sería vivir en una comunidad inhabitable.

Llegué a casa con una nueva misión ya que mi descubrimiento de esa mañana despertó inmediatamente mi curiosidad. Es evidente que un anuncio así debe tener algo que ver con la manera en que las personas viven, y la calidad de sus vidas. ¿Qué órgano evalúa las comunidades? ¿Cómo se llega a determinar que una comunidad es habitable? Pensé en varias posibles respuestas, pero decidí profundizar un poco. Empecé a investigar el tema de la habitabilidad y la comunidad. Comencé por acceder al sitio web del condado de Prince George para ver cómo se define una comunidad habitable.

Descubrí que “la habitabilidad es un concepto que transmite una imagen de un futuro perdurable, vibrante, civilmente responsable y que ofrece una calidad de vida deseable. La habitabilidad en este contexto, es la suma de los factores que hacen a la calidad de vida de una comunidad, y que incluye el medio ambiente urbano y natural, la prosperidad económica, la estabilidad social y equidad, las oportunidades educativas, culturales y de entretenimiento, y las posibilidades de recreación”.

Al pensar en la planificación y desarrollo que deliberadamente se dedican a la creación de comunidades habitables, no pude dejar de pensar en nuestra comunidad de la iglesia. Nuestra iglesia no se formó al azar. Durante siglos Dios ha estado involucrado y activo en el desarrollo y crecimiento de su pueblo; en la comunión de los creyentes en una comunidad viva y próspera. La iglesia es un cuerpo representante de una comunión profunda y unida con Cristo. En Efesios 3:6, Pablo escribe: “Es decir, que los gentiles son, junto con Israel, beneficiarios de la misma herencia, miembros de un mismo cuerpo y participantes igualmente de la promesa en Cristo Jesús mediante el evangelio”.* Somos una comunidad de discípulos y somos parte de la familia de Dios. Por lo tanto, somos una pequeña comunidad en nuestra iglesia local, y parte de una comunidad más grande dentro de la iglesia mundial.

Una de las mejores maneras de entender la habitabilidad de nuestra única y distinta comunidad –nuestra iglesia– es mirar el modelo de la iglesia del primer siglo.

En Hechos 2, el Espíritu Santo desciende sobre los apóstoles. Las multitudes presencian la notoria experiencia de los apóstoles hablando en idiomas diferentes, y se sorprenden. Algunos se admiran, otros critican, y todos quieren saber qué significa. Pedro, con los otros apóstoles, comparte las palabras de Joel 2 y revela que estos eventos son el cumplimiento de la profecía de Joel. Además, Pedro incluye a su audiencia como parte de los culpables por la crucifixión del Mesías, a quien Dios había declarado ser su Hijo.

El pueblo es traspasado por lo que acaba de oír y se elevan preguntas hacia Pedro y los apóstoles acerca de qué es lo que deben hacer. “Arrepiéntase y bautícese cada uno de ustedes en el nombre de Jesucristo para perdón de sus pecados —les contestó Pedro—, y recibirán el don del Espíritu Santo. En efecto, la promesa es para ustedes, para sus hijos y para todos los extranjeros es decir, para todos aquellos a quienes el Señor nuestro Dios quiera llamar” (Hechos 2:38, 39). Pedro también dice en el versículo 40, “¡Sálvense de esta generación perversa!” En otras palabras, “Sed salvos”. La responsabilidad ha sido dispuesta sobre las multitudes para decidir a quién van a seguir y servir. ¿Aceptarán las palabras que Pedro predicó o rechazarán sus amonestaciones?

Observemos algunas de las características que aparecen en forma visible en la primera comunidad cristiana:

1. Escuchaban la Palabra. La primera característica de estos primeros cristianos es su disposición a escuchar las palabras del Señor. No sólo oírlas sino también aceptarlas para sí mismos. Algunas traducciones de Hechos 2:37 usan las palabras “compungidos”, o “preocupados”, refiriéndose a escuchar la palabra del Señor. Esto describe el profundo dolor interno que acompaña a un verdadero arrepentimiento. La palabra del Señor penetró en sus corazones y permitieron que fuesen conmovidos. Estas personas no escucharon simplemente las palabras para luego levantarse y decirle a Pedro lo agradable que había sido el sermón. Permitieron que las palabras cambiaran sus vidas. No se sentaron en su presencia con la mente errante y los corazones cerrados.

2. Actuaban según la Palabra. Los nuevos creyentes se sintieron motivados por las palabras que escucharon, a actuar en base a lo que se les había dicho; esto significa que al bautizarse para remisión de sus pecados convirtieron las palabras en hechos. Pedro había mencionado que el perdón de los pecados sólo llegaría a través del arrepentimiento y el bautismo. El apóstol no permitía ninguna excepción del bautismo. Era el signo externo de la muerte de la vieja vida y el comienzo de la nueva; esto no solo fue para ellos, sino que se requiere de todos. ¿Qué significaba si alguien no se bautizaba? La respuesta era clara: la persona rechazaba el mensaje de Dios.

3. Obedecían a la doctrina. En tercer lugar, los cristianos recién bautizados se dedicaban, perseveraban y prestaban una atención constante al aprendizaje y al mantenimiento de las doctrinas que les enseñaban. Jesús prometió a sus apóstoles que serían guiados en toda verdad. A medida que las verdades de Dios se revelaban por medio del Espíritu Santo a los apóstoles, ellos las enseñaban a otros discípulos. Aquellos verdaderos discípulos no querían perderse la oportunidad de aprender más acerca de Dios y las doctrinas.

Debemos tener el mismo fervor y celo en el estudio de la Biblia, y dedicarnos a profundizar en las doctrinas. Es vergonzoso como muchas veces los cristianos se permiten permanecer en la ignorancia acerca de la Palabra de Dios. Al igual que los cristianos del primer siglo, los verdaderos discípulos siempre desean llenarse del conocimiento de Dios.

4. Practicaban el compañerismo. Los primeros cristianos se esforzaron en desarrollar el compañerismo. Esto no era simplemente dedicar tiempo a comer juntos. Hechos 2:44 define la verdadera camaradería: “Todos los creyentes estaban juntos y tenían todo en común”. Esta es una referencia directa a la fraternidad que se desarrollaba entre los apóstoles y sus conversos, por un objetivo y propósito común. En primer lugar, los creyentes estaban unidos y entrelazados. Estos cristianos no se declaraban en compañerismo simplemente porque habían sido bautizados o porque asistían meramente a los servicios de adoración. El versículo 45 describe la extensión de su comunión, “vendían sus propiedades y posesiones, y compartían sus bienes entre sí según la necesidad de cada uno”. Estos discípulos tenían todo en común, y ese es el verdadero cristianismo. Si todo lo que tenemos es en realidad del Señor, como solemos decir, entonces debemos estar dispuestos a compartir lo que Dios nos ha dado con otras personas que lo puedan necesitar.

La verdadera comunión significa tener todas las cosas en común entre unos y otros. Vemos este mismo tipo de amor enfatizado en 2 Corintios 8:2-5. Los que no tenían nada para dar igual daban los restos de lo que tenían, a otras personas que estaban en necesidad. Este es el nivel de comunión que deberíamos fijarnos como meta.

Hechos 2:46 nos dice que los discípulos se dedicaron a reunirse todos los días en el templo y visitaban a los conversos y partían el pan de casa en casa. Los discípulos estaban unidos a través de la oración ferviente. Al referirse a esta experiencia el Comentario Bíblico Adventista describe su unidad de esta manera: “Esta es la verdadera unidad que debe caracterizar al pueblo de Dios cuando aspire a disfrutar de una experiencia especial con su Señor, o espere de él una manifestación de poder. Lo que impida tal unidad debe quitarse para que no obstaculice la obra del Espíritu, que es la obra de Dios a favor de su pueblo”.

Piense en este concepto de la adoración. ¿Cuántos de nosotros estaríamos dispuestos a reunirnos todos los días con otros cristianos? Probablemente no muchos, ya que consumiría mucho de nuestro tiempo y parece que nos resistimos cuando se programan demasiadas reuniones o actividades. En lugar de alegría y expectativa, con demasiada frecuencia mostramos decepción e incluso enojo porque se espera que participemos de estas reuniones con regularidad. Parece que hoy en día muchos hemos perdido el amor que debería mantenernos juntos en encuentros diarios. Es verdad que tenemos trabajos demandantes, familias y otros asuntos para atender, pero cuando una congregación se reúne con un propósito común, especialmente para adorar y orar, deberíamos estar felices por tener esta oportunidad.

5. Evangelizaban. Los discípulos se dedicaban a la evangelización: “Y cada día el Señor añadía al grupo los que iban siendo salvos” (Hechos 2:47). Día a día, la gente entregaba sus vidas a Jesús y eran bautizados. No era suficiente con que estos discípulos se congregaran para el estudio de la Palabra de Dios y ayudaran a los necesitados. Estos nuevos cristianos tenían un gran deseo de compartir las buenas nuevas con los demás, un tema que vemos repetirse en todo el libro de los Hechos.

¿Podemos imaginar a nuestra iglesia llevando a cabo bautismos a diario? Esto es exactamente lo que sucedió en Jerusalén. ¿Tenemos un espíritu de evangelización? ¿Nos invade el deber de compartir la Palabra con otros? Debemos obedecer el mandato de Dios de llevar el evangelio a todas las personas. ¿Cuántos de nosotros realmente conocemos a nuestros vecinos, sin hablar de compartir el evangelio con ellos? Tenemos la oportunidad de invitar a nuestros amigos y vecinos a la iglesia. ¿Cuántos realmente lo hacemos?

6. Tenían una vida gozosa. Por último, los primeros cristianos experimentaban constantemente el gozo y alegría por su nueva fe. Comían juntos con un corazón alegre y sincero. Alababan a Dios en todo. Se regocijaban en compartir su fe. En otras palabras, se regocijaban por el privilegio de ser cristianos.

¿Es esto real?

Sé lo que estás pensando. Probablemente te estés diciendo: “Todo esto es muy dulce y agradable. Gracias por compartirlo, pero no se aplica a la realidad de hoy”. Bueno, todo lo que puedo decir es que nos es muy fácil tratar de dejar de lado Hechos 2 pretendiendo que no es relevante en nuestras vidas. Pero Lucas lo registró para que pudiésemos tener una buena comprensión de lo que los cristianos deberían ser. Si realmente crees en la Palabra de Dios y sigues su consejo, entonces este mensaje sigue siendo válido.

¿Por qué la comunidad bíblica autén-tica es tan rara de encontrar? Tal vez es porque la mayoría de nosotros nos mostramos impresionantemente intactos en vez de quebrados. Debemos entender, sin embargo, que es recién cuando admitimos que estamos quebrados, cuando estamos listos para la comunidad. Vivir en este mundo de pecado, llevará al quebrantamiento. Ninguno de nosotros es inmune a él. Algunos hemos sido quebrantados por la pérdida de un ser querido; otros pueden estar haciendo frente a adicciones, adulterio, divorcio o traición. Algunos se quiebran por la enfermedad. Pero es real que lo que realmente tenemos en común es que todos estamos quebrados.

La vida de Beatriz es un desastre. Su problema con la bebida está fuera de control y su marido se niega a seguir disimulándolo. Todos los que están a su alrededor ven el problema de ella, pero cada cual sigue aparentando y fingiendo que todo está bien; un clásico caso de negación.

Cada sábado en la iglesia, detrás de Beatriz está sentado Jorge. Este joven adulto parece caerle bien a todo el mundo –sobre todo a los muchachos–, porque la imagen que da es de un hombre de verdad. Jorge juega muy bien al fútbol y abunda en historias de logros deportivos. Pero cuando está solo, su corazón se siente vacío a causa de su incapacidad para mantener una relación a largo plazo. Su matrimonio sólo duró seis meses y a lo largo de los años, las personas que estaban más cerca se fueron alejando debido a un problema de mal genio. Pero el sábado, cuando un amigo le pregunta cómo van las cosas, Jorge rápidamente dice: “Muy bien, nunca han estado mejor”.

Tanto Beatriz como Jorge han aprendido que la iglesia es un lugar para gente “plastificada”, un lugar para personas perfectas. Así que Beatriz se ha convertido en una simple Barbie, con su marido e hijos perfectos, pero todos ellos de plástico. Y Jorge se ha convertido en un héroe de acción, de plástico, que todos admiran pero nadie conoce realmente. Sin embargo por dentro, Beatriz y Jorge se están muriendo, porque no están hechos de plástico.

Nuestras iglesias hoy en día están llenas de Beatrices y Jorges. Hemos aprendido que la imagen lo es todo, que lo que cuenta es cómo uno se ve; las impresiones que uno provoca; los grupos a los que uno pertenece y los amigos que uno tenga. Como resultado, en la comunidad cristiana hemos perfeccionado el arte de fingir.

¿Hay muñecos de plástico en nuestra iglesia? ¿Qué estamos haciendo como comunidad y como individuos para llegar a ellos? ¿Somos sensibles a sus necesidades y conscientes del dolor que están experimentando? ¿Podremos alguna vez tener una comunidad habitable en nuestra iglesia?

Sí, podemos.

Esto se logrará solo a través de una profunda relación personal con Jesús. Cuando nuestros corazones estén llenos de amor genuino y compasión, vamos a estar dispuestos a aceptar a las personas como son y abstenernos de juzgarlas. Hay mucha alegría en el corazón cuando permitimos que el Espíritu Santo nos use para extender una mano amiga a aquellos que están quebrados, solos y en necesidad de amistad y compañerismo. Al dedicarnos diariamente al estudio de las Escrituras, mediante el desarrollo de una relación personal con Dios, al compartir la alegría de la verdadera comunión unos con otros, podemos experimentar la versión de Dios de una comunidad habitable.

Marilyn Scott es pastora asociada en la Iglesia Adventista del Séptimo Día de Spencerville, Maryland, EE. UU. E-mail: m.scott@spencervillesda.org.

  1. ___ Comentario Bíblico Adventista del Séptimo Día (Boise, Idaho, EE. UU.: Pacific Press Publ. Assn., 1988), vol. 6, pp. 138, 139.

* Todas las referencias bíblicas corresponden a la Nueva Versión Internacional.