Sigue siendo una lucha

Debemos procurar la integridad cristiana con energía irresistible, y conservarla con propósito firme y resuelto.

Lo que ha hecho el pecado

Necesitamos comprender más claramente de lo que solemos las contingencias del gran conflicto en que estamos empeñados. Necesitamos comprender más ampliamente el valor de las verdades de la Palabra de Dios, y el peligro de consentir que el gran engañador aparte de ella nuestra mente.

El valor infinito del sacrificio requerido para nuestra redención pone de manifiesto que el pecado es un tremendo mal, que ha descompuesto todo el organismo humano, pervertido la mente y corrompido la imaginación. El pecado ha degradado las facultades del alma. Las tentaciones del exterior hallan eco en el corazón, y los pies se dirigen imperceptiblemente hacia el mal.

Así como el sacrificio en beneficio nuestro fue completo, también debe ser completa nuestra restauración de la corrupción del pecado. La ley de Dios no disculpará ningún acto de perversidad; ninguna injusticia escapará a su condenación. El sistema moral del Evangelio no reconoce otro ideal que el de la perfección del carácter divino…

Los agravios no pueden repararse, ni tampoco pueden realizarse reformas en la conducta mediante unos cuantos esfuerzos débiles e intermitentes. La formación del carácter es tarea, no de un día ni de un año, sino de toda la vida. La batalla para vencerse a sí mismo, para lograr la santidad y el cielo, es una lucha de toda la vida. Sin continuo esfuerzo y constante actividad, no puede haber adelanto en la vida divina, ni puede obtenerse la corona de victoria.

La prueba más evidente de la caída del hombre de un estado superior es el hecho de que tanto cuesta volver a él. El camino de regreso se puede recorrer solo mediante rudo batallar, hora tras hora, y adelantando paso a paso. En un momento, por una acción precipitada o por descuido, podemos ponernos bajo el poder del mal; pero se necesita más de un momento para romper los grillos y alcanzar una vida más santa. Bien puede formarse el propósito y empezar a realizarlo; pero su cumplimiento cabal requiere trabajo, tiempo, perseverancia, paciencia y sacrificio.

No debemos obrar impulsivamente. No podemos descuidarnos un solo momento. Asaltados por tentaciones sin cuento, debemos resistir con firmeza o ser vencidos. Si llegamos al fin de la vida sin haber concluido nuestra obra, la pérdida será eterna.

La vida del apóstol Pablo fue un constante conflicto consigo mismo. Dijo: “Cada día muero” (1 Corintios 15:31). Su voluntad y sus deseos estaban en conflicto diario con su deber y con la voluntad de Dios. En vez de seguir su inclinación, hizo la voluntad de Dios, por mucho que tuviera que crucificar su naturaleza.

Al terminar su vida de conflicto, al mirar hacia atrás y ver los combates y triunfos de ella, pudo decir: “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día” (2 Timoteo 4:7, 8).

La vida cristiana es una batalla y una marcha. En esta guerra no hay descanso; el esfuerzo ha de ser continuo y perseverante. Solo mediante un esfuerzo incansable podemos asegurarnos la victoria contra las tentaciones de Satanás. Debemos procurar la integridad cristiana con energía irresistible, y conservarla con propósito firme y resuelto.

Nadie llegará a las alturas sin esfuerzo perseverante en su propio beneficio. Todos deben empeñarse por sí mismos en esta guerra; nadie puede pelear por nosotros…

Hay una ciencia para ello

Hay una ciencia del cristianismo que debe ser conocida a fondo, y que es tanto más profunda, amplia y alta que cualquier ciencia humana cuanto son más altos los cielos que la tierra. La mente debe ser disciplinada, educada y formada, pues hemos de servir a Dios de un modo que no congenia con nuestras inclinaciones naturales. Hemos de vencer las tendencias al mal, que hemos heredado y cultivado. Muchas veces hay que prescindir por completo de la educación y la preparación de toda una vida para aprender en la escuela de Cristo. Nuestro corazón debe recibir educación para llegar a ser firme en Dios. Debemos contraer hábitos de pensar que nos capaciten para resistir a la tentación. Debemos aprender a mirar hacia arriba. Debemos comprender, en todo cuanto ellos atañen a nuestra vida diaria, los principios de la Palabra de Dios, que son tan elevados como el cielo y tan abarcantes como la eternidad. Cada acto, cada palabra y cada pensamiento deben concordar con esos principios. Todos deben ser puestos en armonía con Cristo y en sujeción.

Las preciosas gracias del Espíritu Santo no se desarrollan en un momento. El valor, la mansedumbre, la fe, la confianza inquebrantable en el poder de Dios para salvar, se adquieren por la experiencia de años. Los hijos de Dios han de sellar su destino mediante una vida de santo esfuerzo y de firme adhesión a lo justo.

No hay tiempo que perder

No tenemos tiempo que perder. No sabemos cuándo ha de terminar nuestro tiempo de prueba. A lo sumo, no podemos contar sino con una vida harto breve, y no sabemos cuándo la saeta de la muerte nos atravesará el corazón. Tampoco sabemos cuándo tendremos que desprendernos del mundo y de todos sus intereses. La eternidad se extiende ante nosotros. El velo está a punto de descorrerse. Unos pocos años más, y para cada uno de los que ahora se cuentan entre los vivos se dará el mandato: “El que es injusto, sea injusto todavía; el justo, sea todavía justificado: y el santo sea santificado todavía” (Apocalipsis 22:11).

¿Estamos preparados? ¿Conocemos a Dios, el Gobernador de los cielos, el Legislador, y a Jesucristo a quien envió al mundo como representante suyo? Cuando la obra de nuestra vida haya terminado ¿podremos decir, como dijo Cristo, nuestro ejemplo: “Yo te he glorificado en la tierra: he acabado la obra que me diste que hiciese… he manifestado tu nombre” (Juan 17:4-6).

Los ángeles de Dios procuran desprendernos de nosotros mismos y de las cosas de la tierra. No permitamos que trabajen en vano.

Las mentes entregadas a pensamientos licenciosos necesitan cambiar. “Por lo cual, teniendo los lomos de vuestro entendimiento ceñidos, con templanza, esperad perfectamente en la gracia que os es presentada cuando Jesucristo os es manifestado: como hijos obedientes, no conformándoos con los deseos que antes teníais estando en vuestra ignorancia; sino como aquel que os ha llamado es santo, sed también vosotros santos en toda conversación: Porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo” (1 Pedro 1:13-16).

Los pensamientos deben concentrarse en Dios. Debemos dedicar nuestro esfuerzo más enérgico a dominar las malas tendencias del corazón natural. […] Solo venciendo como Cristo venció podremos ganar la corona de vida.

Constante dependencia

El gran peligro del hombre consiste en engañarse a sí mismo, en creerse suficiente de por sí y en apartarse de Dios, la fuente de su fuerza. Nuestras tendencias naturales, si no las enmienda el Espíritu Santo de Dios, encierran la semilla de la muerte moral. A no ser que nos unamos vitalmente con Dios, no podremos resistir los impíos efectos de la concupiscencia, del amor egoísta y de la tentación a pecar.

Para recibir ayuda de Cristo, debemos comprender nuestra necesidad. Debemos tener verdadero conocimiento de nosotros mismos. Solo quien se reconoce pecador puede ser salvado por Cristo. Solo cuando vemos nuestro desamparo absoluto y no confiamos ya en nosotros mismos, podemos asirnos del poder divino.

No es tan solo al principio de la vida cristiana cuando debe hacerse esta renuncia a sí mismo. Hay que renovarla a cada paso que damos hacia el cielo. Todas nuestras buenas obras dependen de un poder externo a nosotros; por tanto, se necesita una continua aspiración del corazón a Dios, una constante y fervorosa confesión del pecado y una humillación del alma ante Dios. Nos rodean peligros, y no nos hallamos seguros sino cuando sentimos nuestra flaqueza y nos aferramos con fe a nuestro poderoso Libertador.

La verdad o cosas triviales

Debemos apartarnos de un sinnúmero de temas que llaman nuestra atención. Hay asuntos que consumen tiempo y despiertan deseos de saber, pero que acaban en la nada. Los más altos intereses requieren la estricta atención y energía que suelen dedicarse tantas veces a cosas relativamente insignificantes.

De por sí, el aceptar nuevas teorías no infunde nueva vida al alma. Aun el conocimiento de hechos y teorías importantes en sí mismos resulta de escaso valor si no lo practicamos. Necesitamos sentir la responsabilidad de dar a nuestra alma el alimento que nutra y estimule la vida espiritual…

La pregunta que debemos estudiar es: “¿Qué es la verdad; la verdad que hemos de estimar, amar, honrar y obedecer?” Los partidarios ardientes de la ciencia han quedado derrotados y descorazonados en sus esfuerzos por descubrir a Dios. Lo que necesitan investigar hoy día es: “¿Cuál es la verdad que nos capacitará para salvar nuestra alma?”

¿Tengo yo la respuesta?

“¿Qué os parece del Cristo?” es la pregunta de importancia suprema. ¿Recibís a Cristo como Salvador personal? A todos los que lo reciben les da facultad de ser hechos hijos de Dios.

Cristo reveló a Dios a sus discípulos de un modo que realizó en sus corazones una obra especial, tal como desea hacerla en nuestros corazones. Son muchos los que, espaciándose en teorías, han perdido de vista el poder vivo del ejemplo del Salvador. Han perdido de vista a Cristo como el que obra humilde y abnegadamente. Necesitan contemplar a Jesús. Día tras día necesitamos una nueva revelación de su presencia. Necesitamos seguir más de cerca su ejemplo de desprendimiento y sacrificio abnegado.

Necesitamos la experiencia que tenía San pablo cuando escribió: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y vivo, no ya yo, mas vive Cristo en mí: y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó, y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2:20).

El conocimiento de Dios y de Jesucristo, expresado en el carácter, es una exaltación por encima de cualquier otra cosa que se estime en el cielo o en la tierra. Es la educación suprema. Es la llave que abre los pórticos de la ciudad celestial. Es designio de Dios que posean este conocimiento todos lo que se revisten del Señor Jesucristo.

Elena White (1827-1915) es la autora norteamericana más traducida. Sus escritos han sido publicados en aproximadamente ciento cincuenta idiomas. A pesar de que su educación formal concluyó a la edad de nueve años, escribió más de cien mil páginas sobre una variedad de asuntos prácticos. Guiada por el Espíritu Santo, exaltó a Jesús y usó las Escrituras como la base de su fe.

Extraído de Reavivamientos modernos, Elena White (Mountain View, California: Pacific Press Publ. Assn., 1974) pp. 58-62.