Las catástrofes y el Creador

Aprendiendo a confiar en medio de la tormenta

El Rabino Harold Kushner en su libro Cuando a la gente buena le pasan cosas malas escribe: “Hay una sola pregunta que en realidad importa: ¿por qué a la gente buena le pasan cosas malas? El resto de las disquisiciones teológicas es una mera distracción intelectual… Toda conversación importante que he mantenido sobre Dios y la religión comenzaba con esta pregunta, o giraba en torno a ella... todos tienen en común la preocupación por la injusta distribución del sufrimiento en el mundo”.

“Las desgracias de la gente buena no son solamente un problema para los que sufren y sus familias. Constituyen un problema para todos los que quieren creer en un mundo justo, honesto, habitable. Cuestionan la bondad, la benevolencia, y aun la propia existencia de Dios”.

El rabino Kushner no es la única persona que se formula esta pregunta. Muchos de nosotros luchamos para correlacionar las catástrofes y el Creador, y quizás nunca tan frecuentemente como ahora. Durante la última década hemos sido bombardeados continuamente con noticias trágicas. En la pantalla del televisor se pueden ver a menudo imágenes de sufrimiento y muerte, a causa de guerras, huracanes, terremotos, maremotos y tornados. En ocasiones, esas imágenes nos abruman al punto que no soportamos verlas”.

Durante los años que llevo trabajando para la Adventist Review, hemos publicado numerosas historias de tragedias acontecidas a adventistas. Menciono algunas:

Al observar todas estas tragedias surge la pregunta inevitable en nuestra mente: ¿por qué? No existe una respuesta final, por lo menos mientras estemos en esta tierra, pero sí podemos reflexionar sobre este dilema.

En 2009 trabajé en un artículo que trataba acerca de ganadería intensiva, y usé como base una entrevista que le hicieron al profesor Sigve Tonstad (Loma Linda University). El artículo trataba acerca de la resistencia a los antibióticos en los humanos, una consecuencia de la administración masiva de antibióticos a los animales de granja para mejorar su crecimiento. También investigué sobre las horrorosas condiciones de vida y el tratamiento inhumano hacia los animales. La posición de Tonstad se centraba en los principios bíblicos de administración y en el séptimo día de reposo y sus significados. Fue un tema no solo difícil de investigar, sino también complicado para escribir y para encontrar fotografías. Aprendí algunas cosas que hubiera deseado no fueran ciertas porque me hizo sentir que el mundo es un lugar mucho más oscuro. Y aún cuando la experiencia me dejó un deseo de hacer algo al respecto, también lidié con un sentimiento de impotencia al preguntarme si mi colaboración conseguiría generar algún cambio. La situación puede parecer pequeña si la comparamos con los atroces e incalculables desafíos humanitarios que vemos alrededor del mundo.

Yo creo que aun una sola persona puede realizar una diferencia significativa; a través de la historia, abundan evidencias que nos aseguran esto. Pero cuando vemos la maldad floreciente, y percibimos que los esfuerzos para contrarrestarla aparentan tener muy poco impacto, emerge la pregunta: ¿Dónde está Dios?

No tengo respuesta, pero mientras reflexionaba sobre este asunto llegué a la conclusión que al fin todo se sintetiza en confiar. No quiero repetir frases gastadas y decir que siempre existe un “aspecto positivo” en cada situación, o que estos acontecimientos son la voluntad de Dios, porque no comparto esta postura que deja de lado al enemigo. Pero sí creo que debemos confiar en la bondad, la justicia y el amor de Dios. Confiar que él es quien dirige el timón aun en circunstancias distantes a su voluntad. Confiar que, de alguna manera y por algún camino, eventualmente algo bueno surgirá aun de lo peor que la vida pueda darnos.

En Salmos 52:8 y 9, David dice, “En la misericordia de Dios confío eternamente y para siempre… Y esperaré en tu nombre porque es bueno”. Elena White escribe, “Dios nos da lecciones de confianza… La fe aumenta en poder en el conflicto ferviente con la duda y el temor”.2

Conozco una antigua parábola que tiene una buena enseñanza moral en la que se refleja un principio similar. Se trata de un granjero cuyo caballo escapa. Su vecino se entera de la situación y se acerca a consolarlo.

–Oí que perdió su caballo; esa es una mala noticia.

–Bueno, quién sabe, quizás lo es, quizás no.

Al día siguiente el caballo del granjero vuelve a su establo, pero trae consigo una tropilla de caballos salvajes de los cuales se había hecho amigo. El vecino llegó entonces para felicitarlo.

–¡Esto es muy bueno! –dijo.

–Bueno, quien sabe –respondió el granjero– quizás lo es, quizás no.

Al día siguiente el hijo del granjero decidió montar uno de los caballos salvajes para domarlo, pero en uno de los corcoveos cayó y se fracturó una pierna. Al oír la mala noticia, el vecino nuevamente se acerca comentando:

–Esto es algo muy triste –dijo.

–Bueno quien sabe – respondió una vez más el granjero– quizás lo es, quizás no.

Al día siguiente los soldados se presentan para reclutar combatientes. Llevaron muchachos de las granjas de la comarca, pero como el hijo del granjero tenía su pierna fracturada, lo dejaron en casa.

–Ahora sé –dijo el granjero– que la escapada de mi caballo fue una cosa buena.

La moraleja de la historia es que hasta que no alcancemos el final de una serie de eventos, es difícil conocer con exactitud por qué las cosas suceden de determinada manera.

Nuestra vida es en realidad una secuencia de eventos, y aunque nos demos cuenta que el fin último –cuando Jesús vuelva– resultará en victoria, a menudo no entendemos por qué los acontecimientos en nuestra vida diaria suceden de determinada manera. ¿Qué beneficio podría surgir de una tragedia? En nuestro fuero interno tenemos luchas intensas para dar respuesta a esta pregunta. En realidad, no necesitamos entender, pero sí debemos confiar.

Sandra Blackmer es parte del grupo editorial de Adventist Review y Adventist World. E-mail: blackmers@gc.adventist.org.

REFERENCIAS

  1. Harold Kushner, Why Bad Things Happen to Good People (Nueva York: Avon Books, 1981), p. 6.
  2. Elena White, Mente, Carácter y Personalidad. Tomo 2, p. 493.
  3. Elena White, El Conflicto de los Siglos, p. 573
  4. Gina Wahlen, Adventist Review, 14 de abril de 2011, p. 7.