¿Quién eres tú? Sentido de identidad – Una perspectiva cristiana

Aunque la identidad tiene algo que ver con lo que se posee, sufrirás una desilusión tras otra si basas tu identidad en las posesiones materiales. Hay algo mejor.

¿Quién eres tú?

¿Le has preguntado eso alguna vez a una persona? Las respuestas suelen ser muy interesantes. “Yo soy el hijo de Francisco Sandoval”. “Soy químico”. “Soy de Corea”. “Soy el dueño de esta Ferrari”. “Soy alguien que disfruta de la vida”. Estas respuestas revelan qué cosas son las que las personas valoran para establecer su identidad.

Tu identidad no es diferente. Depende en gran parte de las respuestas que des a estas preguntas que moldean tu identidad: (1) ¿Qué tengo? (2) ¿Qué hago? (3) ¿Con quiénes me relaciono?

Lo que tienes

Para muchas personas, la identidad está íntimamente relacionada con lo que poseen; las cosas tangibles de las cuales son dueños. Creen que cuanto más poseen, mejor es la imagen que tienen los demás de ellos. Se deleitan en tener la mayor cantidad de algo, o lo mejor de algo, y por lo tanto buscan obtener más dinero o más objetos (electrónicos de última generación) y así lograr un “mayor estatus”.

Esta postura crea un sistema de valores en el que no todo goza el mismo nivel jerárquico. El precio de un artículo del cual existen pocos ejemplares es mucho mayor. Por ende, buscan algo que la mayoría no tenga y a través de esos objetos creen que logran ser únicos.

Cuando tienen esa “unicidad” comienzan a verse de una forma distinta y suponen que esa es la forma en que la gente se acordará de ellos. Se vuelve parte de su identidad.

Sin embargo, ¿qué sucede si pierden riquezas, o si los tesoros comienzan a perder su brillo, o si de pronto todos tienen lo que hasta ese momento era un objeto único? Repentinamente sienten que han perdido valor. Los cimientos de la identidad han desaparecido.

Aunque la identidad tiene algo que ver con lo que se posee, sufrirás una desilusión tras otra si basas tu identidad en las posesiones materiales. Hay algo mejor.

Los intangibles. Tu identidad de lo que tienes debe centrarse en las cosas intangibles. Lo que realmente cuenta son las cualidades internas de paz, alegría, coraje, fe y amor (Gálatas 5:22, 23) y son las que otorgan la base para una identidad estable y positiva que nadie te puede quitar (Lucas 10:42; Juan 16:22).

Por supuesto, no todo aquello que es intangible lleva a una identidad positiva. La amargura, el egoísmo y una actitud negativa pueden arruinar tu identidad mucho más de lo que imaginas. Estas características negativas se van grabando fácilmente en la mente y pueden convertirse en un estilo de vida, poniendo en riesgo tus relaciones, tu salud y el concepto que tengas de ti.

Por el contrario, te puedes concentrar en desarrollar características positivas. Pero ellas no vienen por simple ósmosis sino que debes decidir intencionalmente que cultivarás estos atributos internos e intangibles. Es aquí donde el poder de la decisión entra en juego. Una decisión que es impulsada por Dios y guiada por el Espíritu Santo, pero que para consolidarse depende de ti.1 Es tu decisión. Puedes escoges vivir con alegría, paz y amor, sin importar si posees bienes materiales, dinero o fama.

Las cosas de mayor importancia. Una vez que entiendes que los atributos intangibles son lo más valioso, las posesiones no son tan esenciales. La meta principal de la vida no es ganar más dinero sino desarrollar el carácter. Sin embargo, esto no quiere decir que tendrías que abandonar todo y vivir en la calle. Cuando comprendes el orden superior de las cosas, comprendes que Dios es el Dador de los bienes físicos. Él te invita a manifestarle tus necesidades. “Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas cosas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?” (Mateo 7:11).2 Esto es un simple asunto de prioridades. “Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas” (Mateo 6:33). Jesús está diciendo: “No te preocupes por todas estas cosas materiales, no son importantes para tu identidad eterna. Yo seré tu Padre, tú serás mi hijo, y me ocuparé de ti”. Elena White aclara: “La ostentación mundana, por imponente que sea, carece enteramente de valor a los ojos de Dios. Sobre lo visible y temporal, aprecia lo invisible y eterno. Lo primero tiene valor tan solo cuando expresa lo segundo”.3 Esto constituye lo más importante: primero acudir a Cristo sin preocuparte por lo que comerás o la ropa que usarás (Mateo 6:25-28); luego, a medida que crezcan en ti los atributos que son semejantes a los del Padre, él proveerá para tus necesidades. Tu identidad estará segura en él.

Lo que haces

En el mundo, muchas veces la iden-

tidad está basada en lo que haces. Parece ser que la sociedad siempre demanda que hagamos más, que trabajemos más y que alcancemos mayores éxitos. Aunque es bueno tener estas metas en ciertos momentos de la vida, pueden transformarse en algo negativo cuando se convierten en la meta principal. Una de las razones por las cuales tantas personas están estresadas es porque intentan lograr demasiadas cosas.

Nuestra generación ha visto el crecimiento de los adictos al trabajo; personas que están obsesionadas con el rendimiento. La búsqueda de la aceptación se ha convertido en la motivación principal.

El problema surge cuando estas demandas impuestas para lograr la conformidad social se apoderan de tu vida. Vivimos en una cultura que presiona a las personas para comportarse de cierto modo. Los que quieren ser populares deben pertenecer a un equipo de deporte, asistir a determinadas fiestas y vestir de cierto modo. El mundo de los adultos es igual. Hemos criado una generación que cede a la presión del grupo con el fin de lograr una identidad. ¿Cuál es el resultado? Una sociedad que prefiere ir con la corriente antes que defender aquello que cree que es correcto.

Por otro lado, hay personas que creen que solo haciendo algo radical se granjearán el respeto de la sociedad. No es algo fuera de lo común ver a algunos intentando hacer proezas peligrosas o practicando deportes extremos. Su identidad está basada en esa idea y ponen innecesariamente su vida en riesgo a fin de lograr un momento de aparente honor. Quizás lo único que realmente deseaban era ser vistos, apreciados, o que se los identificase.

Lo que no haces. Aunque es inco-rrecta la idea de construir la identidad en base a tus logros, también es erróneo basarla en lo que no haces. Adrián Ebens lo ha expresado de esta forma: “En el reino de Satanás, eres ciudadano por lo que haces o no haces”.4

Muchas veces, los cristianos nos enorgullecemos de lo que no hacemos: “Nunca robé”, “No maté a nadie”, “Yo no como carne”, “No tomo al-cohol”. Cuando era niño* esta trampa me pareció bien atrayente. Según mi percepción personal mis padres me habían criado bien y yo estaba orgulloso de mi capacidad de no meterme en problemas. Sin embargo, mi identidad estaba basada en mis propios logros y mi éxito en saber evitar ciertos comportamientos indeseables.

Los logros tienen la capacidad de hacerte sentir emocionalmente en las nubes cuando tienes éxito, pero también pueden tirarte a los abismos de la depresión cuando fallas. Por ti mismo, finalmente fracasarás. Ebens argumenta, “Ya sea que quiera actuar o decida no hacerlo, el asunto sigue siendo actuación más que relación”.5

Sin embargo, quizás el mayor pro-blema es el hecho que la falta de actos malos puede camuflar tu alianza con el reino de Satanás. Si el diablo no te puede ganar con actos malos, entonces intentará crear una imagen de pertenencia a Dios falsa y legalista, basada en lo que evitas hacer. Aunque tú sabes que el reino de Dios no está basado en logros personales ni en evitar cosas, tu identidad cristiana sigue estando conectada a lo que haces.

En búsqueda de metas. En la pers-pectiva cristiana, en lugar de centrarte en ti mismo, mira más allá de ti. En lugar de pensar: “¿qué puedo hacer hoy para atraer la atención?”, pregúntate: “¿qué cosa positiva puedo hacer?” Busca ayudar y servir a los demás como también adorar a Dios. Cuando tomes conciencia de lo que Dios ha hecho en tu vida, tu respuesta natural hacia él será la alabanza. El salmista lo expresó bien: “Y me hizo sacar del pozo de la desesperación, del lodo cenagoso, puso mis pies sobre peña y enderezó mis pasos. Puso luego en mi boca cántico nuevo, alabanza a nuestro Dios” (Salmos 40:2-3). La gratitud es, sin lugar a dudas, la llave para cualquier relación saludable.

Cuando estás agradecido por lo que alguien hizo por ti, sientes que le debes algo. Del mismo modo, cuando tu vida está llena de gratitud, los mandamientos de Dios no parecen ser una carga. Tu obediencia está motivada por amor y no por obligación.

Cuando Dios dio los mandamientos, los israelitas aceptaron obedecerlos… por temor (Éxodo 19:8). Este sentido de deber, sin embargo, duró poco (Éxodo 32:1-6). Para que los principios de la ley de Dios den resultados, deben estar entrelazados en la tela de tu vida.6 Deben llegar a ser una dimensión de tu identidad. “Pero este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Pondré mi ley en su mente y la escribiré en su corazón; yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo” (Jeremías 31:33).

Jesús les recordó a sus seguidores que el amor hacia Dios debería reflejarse en amor hacia el prójimo (Mateo 22:35-40) que a su vez se manifiesta en servicio (Gálatas 5:13). Cuando te preocupas por los demás y buscas la forma de causar un impacto positivo en sus vidas, comienzas a servir. Tus actos son actos de bondad en lugar de actos para engrandecerte. Tendrás un espíritu de compasión y te deleitarás haciendo cosas que beneficien a los demás. Esto se refleja en tu identidad.

Geiger lo explica así: “Experimentar cómo Dios emerge en tu vida a fin de que sirvas a otros, es más gratificante que cualquier cosa que el mundo pueda ofrecer. Hay una bendición en servir, que no puede ser experimentada de ninguna otra forma”.7 Este resultado incluye un sentido de valor personal. A medida que te acercas a tus prójimos por medio del servicio, verás que aumenta tu sentido de valor personal y tu rendimiento y esto contribuye a una identidad positiva.

Con quiénes te relacionas

Por último, la identidad personal es moldeada por las relaciones. En la sociedad contemporánea el énfasis está puesto en el plano horizontal. Nos concentramos en la forma en que nos ven los otros. La idea que se nos inculca es que nuestro valor está determinado por el consenso de la “gente importante” que nos rodea. Esta es la razón por la cual los estudiantes forman “camarillas” en las escuelas, o por la desmedida importancia que se le da al número y el estatus de los amigos en las redes virtuales.

Establecer tu identidad personal en base a un grupo selecto de amigos y seguidores es realmente riesgoso ya que puede ser superficial y, en ciertas ocasiones, temporal. Cuando las personas pierden su estatus, ¿qué sucede con sus “amigos”? Piensa en el hijo pródigo de Lucas 15. Cuando se acabó el dinero, ¿dónde estaban sus amigos? Muchas personas se sienten devastadas cuando los amigos se distancian a fin de encontrar otra persona que esté “más arriba”. Una identidad basada en popularidad corre riesgos.

Una joven describió su vida de esta manera: “Comencé a aferrarme desesperadamente a cada relación que surgió en mi vida como una fuente de seguridad y sentido. Mis contactos sociales se convirtieron en mi identidad y mis emociones se vieron tremendamente afectadas por cada re-lación fracasada”.8 Así es como muchos descubren que esta no es la fuente para una identidad positiva y estable.

Otro potencial problema de la dimensión horizontal es que la gente frecuentemente “es usada” por quienes desean lograr beneficios propios. En otras palabras, se empuja a las personas hacia abajo a fin de que otro pueda trepar a un nivel más alto. Su ganancia es tu pérdida.

Se cuenta la historia de una oruga que intentaba tener éxito en la vida. Un día, vio una hilera de orugas empujándose y tironeándose para lograr llegar a la cima de un montículo, así que ella también decidió escalar para ver qué había allí encima. A medida que escalaba a su vez había muchas que no podían sostenerse más porque eran pisoteadas y caían. Consiguió adelantarse y cuando finalmente llegó, descubrió que en realidad allí no había nada.9

En la vida debe haber algo mejor que pisotear a otros. No se trata de establecer nuestra identidad a costo de aplastar la de los otros. A fin de cuentas, nosotros, como las orugas, debemos experimentar una transformación (Romanos 12:2). Fuimos creados para volar.

La dimensión vertical. La conexión vertical es la relación más importante que puedes desarrollar; es la relación con tu Padre celestial. Para comprender plenamente el valor de esta relación y cómo puede afectar tu identidad, es necesario comprender la batalla que está ocurriendo detrás de bambalinas.

En el comienzo, Dios nos creó a su imagen (Génesis 1:26, 27). Trágicamente, todos hemos pecado y perdido la mayor parte de nuestra semejanza con Dios, en especial en lo relativo a su carácter (Romanos 3:23). Como consecuencia, la identidad que recibimos de Dios ha sido distorsio-nada. Pero las buenas nuevas son que Cristo nos amó y nos redimió del reino de Satanás (Tito 2:14) cuando vino a la tierra y vivió una vida sin pecado y murió en la cruz. Sin embargo, lo maravilloso es que resucitó para vencer el poder de la muerte eterna y para restituirnos a su propia identidad. “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios” (1 Juan 3:1)! Para poder brindarte identidad, Cristo te compró con su propia sangre y ahora eres su hijo.

¿Qué significa ser hijo de Dios? Significa que tienes una relación personal con el Padre, que puedes llegar a él en cualquier momento, y eres heredero de su reino (Romanos 8:17; Gálatas 3:29; 4:7; Tito 3:7; Hebreos 1:14; Santiago 2:5). Sin embargo, lo mejor de todo es que tu Padre celestial se ha comprometido a no abandonarte jamás.10 Ser un hijo de Dios es una experiencia que te otorga el fundamento más estable y firme para tu identidad. Pero junto al privilegio también llega la responsabilidad:

Primero – Significa que debes entregar tu agenda de planes y deseos a Dios. “Conságrate a Dios todas las mañanas; haz de esto tu primer trabajo. Sea tu oración: ‘Tómame ¡oh Señor! como enteramente tuyo. Pongo todos mis planes a tus pies. Úsame hoy en tu servicio. Mora conmigo y sea toda mi obra hecha en ti’”.11 La esencia es que Dios nos pide que le entreguemos nuestro sentido de identidad que hemos construido en forma frágil, y confiemos que él nos dará nuestra identidad verdadera basada en sus actos de creación y redención.

Segundo – Requiere que escuchemos su voz. Geiger pregunta: “¿Será que alguna vez dejaremos de hablar para poder escuchar? En lugar de escuchar, con frecuencia nuestras oraciones son un canturreo que carece de comas o pausas. Dios nos habla, queriendo compartir sus pensamientos, pero con frecuencia nosotros hablamos por encima de él”.12 Cuando las cosas no funcionan, tenemos la costumbre de echarle la culpa a Dios. Quizás simplemente no nos tomamos el tiempo para escuchar sus instrucciones.

Tercero – Debemos crecer diariamente. El crecimiento es una señal de que estamos aprendiendo de nuestro Padre. Cuanto más nos desarrollamos, más podremos reflejar sus atributos. Nos convertimos en un lago tranquilo que refleja la belleza e identidad del Padre.

Una perspectiva más amplia. Cuando tomamos consciencia de lo importante que es nuestra relación con el Padre, el resto de nuestras relaciones se ven desde otra perspectiva. La dimensión horizontal es significativa, pero únicamente cuando gracias a la relación vertical, vemos a los demás como hijos de Dios y no como un obstáculo en nuestra senda.

Al comprender que nuestra identidad implica que somos hermanos o hermanas de aquellos que nos rodean cambia crucialmente el tipo de rela-ción que tendremos con los demás; nos permite amar a nuestro prójimo (Mateo 22:37-40; 1 Juan 3:14). Esta postura nos ayuda a resolver las diferencias que tengamos con aquellos que nos rodean (Mateo 5:23-24).

Esta perspectiva también explica cómo otros pueden influenciar nuestra vida en forma positiva. Si no fuese por las relaciones que tienes ¿serías la persona que eres hoy en día?

Todos tenemos algo que aprender de los demás. Una de las lecciones más importantes que aprendí* fue de mi propio padre y su espíritu de sacrificio y servicio. Nunca olvidaré los atardeceres en los que jugábamos tenis de mesa en el garaje de casa. Aunque papá estaba muy atareado, siempre se tomaba tiempo para jugar con nosotros. Siempre estaba dispuesto a ayudar a sus alumnos. Su lema era: Vivir para servir. Esta y muchas otras lecciones han tenido un impacto muy profundo en mi vida. Si no me relacionara con otros, no sería la persona que soy actualmente.

Finalmente, desde una perspectiva más amplia, hemos recibido una orden divina cuando Jesús dijo: “Id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”.13 Como testigo, debes dar un testimonio tanto verbal como a través de tu vida, para que todos puedan ver a qué reino perteneces. En realidad, testificar es una meta de tu identidad, a fin de desenmascarar la representación distorsionada que Satanás presenta acerca de Dios. Por eso es esencial que moldees tu vida siguiendo el ejemplo de tu Rey. En última instancia, los demás no te verán a ti. Más bien, a través de tus palabras y acciones verán un reflejo auténtico y atractivo de Dios.

Conclusión

¿Quién eres?

¿Dónde apoyas tu identidad? Sí, tiene que ver con tres preguntas fundamentales: ¿Qué tienes? ¿Qué haces? ¿Con quienes te relacionas?

La forma en que contestas estas preguntas determinará que tengas un sentido frágil y pasajero, o bien una identidad sólida y segura.

Nuestras pertenencias materiales, la gratificación personal y las relaciones superficiales y egocéntricas se desvanecen muy rápidamente. Nuestro verdadero valor radica en las cualidades únicas que Dios nos ha dado, en la forma en que buscamos ayudar a otros y en el reino al que pertenecemos. Esta identidad nunca fallará.

Cuando reconocemos que Dios es el fundamento de nuestra identidad, no necesitamos preocuparnos acerca de lo que los demás piensen de nosotros. Nuestra identidad proviene de Dios.14 Reconciliados por Dios, acabamos de nacer nuevamente en el reino de Cristo (Juan 3:3-21). Somos nuevas criaturas (2 Corintios 5:17), con una nueva identidad que nadie podrá destruir.

John Wesley Taylor VI es estudiante en Southern Adventist University (Tennessee, EE. UU.). John Wesley Taylor V es director asociado del Departamento de Educación de la Asociación General de la Iglesia Adventista del Séptimo Día y es uno de los editores de Diálogo. E-mail: johnwesleytaylor@gmail.com.

REFERENCIAS

*John Wesley Taylor VI

  1. “Lo que debéis entender es la verdadera fuerza de la voluntad. Esta es el poder gobernante en la naturaleza del hombre, la facultad de decidir o escoger. Todo depende de la correcta acción de la voluntad”. Elena White, El Camino a Cristo (Pacific Press Publ. Assn., 1993), p. 48.
  2. Todas las citas bíblicas son de la versión Reina Valera 1995.
  3. E. White, El ministerio de curación (Pacific Press Publ. Assn., 1975), p. 24
  4. A. Ebens, Identity Wars: The Road to Freedom (Penrith: Maranatha Media, 2005), p. 31.
  5. Ibid., p. 58.
  6. A. Ebens (2009) comenta: “Aunque Dios proclamó la ley en el monte Sinaí, esta ley no tendría ningún efecto protector a menos que sus principios fuesen incorporados a sus corazones y se convirtiesen en parte de su forma de pensar”. Life Matters: The Channel of Blessing (Penrith: Maranatha Media), p. 96.
  7. E. Geiger, Identity: Who You Are in Christ (Nashville: B & H Publishing Group, 2008), p. 107.
  8. E. Ludy & L. Ludy, When God Writes Your Love Story (Colorado Springs: Multnomah Books, 2009), pp. 51-52.
  9. T. Paulus, Hope for the Flowers (Mahwah: Paulist Press, 1972).
  10. Ya en su lecho de muerte, el gran reformador John Wesley estaba rodeado por sus mejores amigos. Los llamó y suspiró sus últimas palabras, “Lo mejor de todo es que Dios está con nosotros” (Geiger, p. 120). El Espíritu Santo es la promesa de que Dios está contigo (Juan 14:16-18).
  11. White, El camino a Cristo (Pacific Press Publ. Assn., 1993), p. 70.
  12. Geiger, Identity: Who you are in Christ (Nashville: B & H Publishing Group, 2008) p. 127.
  13. Mateo 28:19.
  14. Geiger, 189.