Daniel D. Ntanda Nsereko

Diálogo con un juez adventista en la Corte Penal Internacional en la Haya

El Dr. Daniel Nsereko es oriundo de Uganda. Nació en una familia de nueve miembros. Su padre era un predicador laico de la Iglesia Anglicana hasta que se hizo adventista en 1950. Nsereko fue bautizado, pasando a formar parte de la Iglesia Adventista en 1960, cuando estaba en la escuela secundaria.

Ingresó a la Universidad de Dar es Salam, que era parte de la entonces Universidad del Este de África y obtuvo el título de Licenciatura en Derecho. Más tarde se trasladó a la Universidad Howard, en la ciudad de Washington, con el objetivo de obtener su Maestría en Jurisprudencia Comparada. También obtuvo una Maestría en Derecho, en la Universidad de Nueva York. El último escalón en su carrera educativa, lo llevó al título de Doctor en Ciencias Jurídicas en la misma universidad. Para su doctorado escribió una disertación titulada: “La protección internacional de los refugiados.”

Nsereko inició su carrera profesional como abogado en 1972, en Uganda. Entre sus muchos clientes estaba la Iglesia Adventista del Séptimo Día, que en ese momento atravesaba nubarrones de adversidad y crisis, incluyendo una prohibición oficial por el entonces Presidente Idi Amin en 1977. Nsereko también trabajó como profesor invitado y luego titular, en la Universidad Makerere de Uganda. De allí se mudó a Botsuana, donde se desempeñó como profesor y luego decano del Departamento de Derecho de la Universidad de Botsuana por ocho años. En 2007, Nsereko recibió el honor de ser elegido juez de la Corte Penal Internacional en la Haya, Holanda.

Nsereko está casado y tiene cinco hijos.

¿Cómo describe a la organización donde trabaja actualmente y cuándo comenzó su desempeño allí?

Fui elegido como juez de la Corte Penal Internacional en diciembre de 2007, por la Asamblea de los Estados Partes, que es el órgano legislativo y de supervisión de la Corte, establecida por los países que han ratificado o adherido al Tratado de Roma, bajo el cual fue establecida esta Corte. Se trata de una institución internacional permanente –la primera de su tipo– con asiento en La Haya.

La Corte Penal Internacional juzga a individuos –generalmente políticos, militares o miembros de la milicia, y líderes– que están bajo sospecha de haber cometido los crímenes más serios de incumbencia internacional, como agresión, genocidio, crímenes de lesa humanidad y de guerra. Puede imponer un castigo, generalmente la prisión, sobre un individuo que es encontrado culpable.

¿Cuáles son sus responsabilidades?

La Corte está organizada en tres áreas: la División de Cuestiones Preliminares, la División de Juicio y la División de Apelaciones. Me desem-peño en la División de Apelaciones como juez de apelación. Los jueces de apelación escuchamos y decidimos las apelaciones de las cámaras de ambas Divisiones: de Cuestiones Preliminares y de Juicio. Se pueden confirmar, revocar o enmendar las decisiones de las apelaciones.

¿Su educación temprana lo preparó en alguna manera para este tipo de servicio?

Sí, sin lugar a dudas. La educación en mi hogar incluía el estudio diario de la Biblia y la oración “sin cesar”. Mis padres me recalcaron la importancia de permanecer conectados con la Fuente de sabiduría. Necesito de esa sabiduría para que me guie y me sustente en mi solemne y desafiante trabajo. Mi educación secundaria y universitaria me ayudó a crear en mí una mente independiente, analítica e inquisidora. Particularmente al estudiar historia, literatura y religión me invadió una pasión por la justicia y la equidad, y un deseo de combatir la injusticia a través de la ley. Mi educación desplegó además mis habilidades de comunicación que son tan esenciales para el trabajo de un abogado o de un juez.

¿Cómo maneja sus responsabilidades?

Manejar las tareas a cualquier nivel, requiere básicamente de las mismas cualidades. A través de toda mi vida, comenzando desde cuando era un estudiante, creciendo como profesional, y ahora trabajando a nivel internacional, siempre encontré que la oración es un recurso de gran fuerza. Permanecer conectado con Dios nos ayuda a hacer las cosas correctamente, en la familia, la comunidad y la vida profesional. Sumado a esto, necesitamos hacer nuestro trabajo a conciencia, en forma profesional y con total integridad e imparcialidad.

Algunas personas malinterpretan las leyes. Como juez, ¿qué comentario podría hacer?

Primeramente hablemos de la ley. Todos debemos reconocer que dondequiera haya individuos viviendo en comunidad, debe existir la ley. Es la que ayuda a regular las relaciones de unos con otros, conferir derechos mutuos e imponer mutuas obligaciones, y generalmente prohíbe conductas –porque no son buenas y no debemos involucrarnos en ellas– todo esto en el interés de la comunidad como un todo. Sin ley, habría caos o anarquía. La vida en una comunidad sin leyes sería intolerable.

El apóstol Pablo señaló la necesidad de leyes civiles cuando escribió en Romanos 13 que Dios ha establecido gobiernos para beneficio de aquellos que “hacen el bien”. Gracias que Dios, quien creó a las personas, comunidades de personas y naciones, es un Dios amante. Él es Dios de orden y no de anarquía. Por lo tanto la ley, como reguladora de la conducta humana y como antídoto de la anarquía, es esencial y ciertamente indispensable para la vida en comunidad. Es verdad que la ley secular no es perfecta, así como las personas que la hacen o ejecutan no son perfectas, pero es necesaria.

No podemos hablar de ley sin abogados. Los dos van de la mano. Pero, ¿quiénes son los abogados? Son individuos que se especializan en el estudio de la ciencia de la ley, su lugar en la sociedad, su promulgación, interpretación y aplicación a situaciones de la vida cotidiana. Los abogados ejercen muy variadas tareas. Ellos pueden participar en la redacción y promulgación de las leyes. Pueden trabajar como consejeros para las agencias gubernamentales, organismos no gubernamentales, corporaciones empresariales y para individuos, tanto sea acerca de las consecuencias legales de actos pasados o también los planificados para el futuro. Pueden asesorar a clientes a hacer valer o respetar sus derechos, o a responder o defender demandas y/o juicios en contra de ellos. Pueden comparecer y hablar en representación de sus clientes en las cortes, tribunales, agencias administrativas y otros organismos judiciales o administrativos, o frente a autoridades.

El desempeño de los abogados en la comunidad actual –una sociedad crecientemente compleja y altamente regulada, donde el conocimiento de la ley es indispensable– no puede ser menospreciado. Los abogados son tan esenciales para el bienestar de la comunidad, como los médicos para el mantenimiento de la salud. Usted necesita un abogado, dentro de lo posible un abogado que tema a Dios, de la misma manera que necesita un médico. En asuntos especialmente complejos, no sería seguro ni prudente que fuese su propio abogado, de la misma manera que no sería seguro para usted si fuese su propio médico.

No es verdad, como uno a menudo escucha, que lo único que los abogados hacen es defender a “criminales”. Sin embargo debo agregar que bajo la mayoría de los sistemas legales del mundo, cualquier acusado de un crimen tiene derecho a ser asistido por un abogado para ayudarle a presentar su defensa delante de las cortes.

No se debe asumir que todo acusado es realmente culpable de cometer un crimen. Por ejemplo, Jesús fue acusado delante de Pilato, y Pablo delante de Félix, pero ambos eran inocentes. Tampoco es verdad que es parte de la práctica de la abogacía el decir mentiras, así como no es parte de la práctica de la contabilidad falsificar los balances. No puede serlo porque la ley trata acerca de la verdad, la justicia y la equidad. La ética legal prohíbe a los abogados decir mentiras o engañar a la corte, utilizar su posición privilegiada para perpetrar fraude o crimen. Es por esto que es tan importante que los individuos que estudian y practican la abogacía, teman a Dios.

En realidad, el interrogante aquí no se trata de si debieran o no existir jueces, sino más bien qué tipo de jueces. Moisés ordenó a los jueces de Israel: “Oíd entre vuestros hermanos, y juzgad justamente entre el hombre y su hermano, y el extranjero. No hagáis distinción de persona en el juicio; así al pequeño como al grande oiréis; no tendréis temor de ninguno, porque el juicio es de Dios” (Deuteronomio 1:16-17 RV95). Nuestras comunidades locales, nacionales e internacionales, necesitan hombres y mujeres íntegros que sirvan como jueces.

¿Qué consejo le daría a un joven adventista que desea ser abogado?

Los animaría a estudiar abogacía. Esto los capacitará para servir a otras personas y sus comunidades, países e iglesia. Hay innumerables facetas de la ley en las cuales se pueden especializar. Mencionaré algunas: derecho constitucional, derecho administrativo, derechos humanos, derecho internacional, derecho penal, derecho familiar, derecho de sucesiones, derecho laboral, derecho corporativo y empresarial, derecho inmobiliario, derecho fiscal, derecho de patentes de invención, leyes de derechos de autor y marcas registradas, y redacción legislativa.

Los jóvenes adventistas deberían también aspirar a servir como jueces, que considero es la máxima práctica a la que se puede llegar en relación a las leyes. Por la gracia de Dios, ya existen adventistas alrededor del mundo sirviendo como jueces. Se necesitan más personas que se unan a sus filas.

Su amor por la iglesia es apasionado y usted participa activamente en muchas de sus actividades. ¿Cómo se las arregla para lograrlo?

Desde que fui bautizado, la iglesia siempre ha sido una parte esencial de mi vida. Debido a mi responsabilidad actual me siento muy impulsado para fortalecer mi apego con la comunidad de creyentes mientras caminamos hacia el cielo. Mi posición jurídica ha fortalecido –y en ningún momento ha afectado adversamente– mi fe. Me he dado cuenta, cada vez más, que con una dependencia total de Dios, “todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4:13). Estoy seguro que Dios, quien me puso en este lugar, está constantemente conmigo para guiarme, sustentarme, y darme sabiduría para cumplir los desafíos de la responsabilidad. Como Pablo, puedo asegurar que en Dios vivo, me muevo y soy (Hechos 17:28). Sin Dios, no soy nada y no puedo hacer nada bueno.

Con la pesada responsabilidad que lleva, ¿encuentra suficiente tiempo para su familia?

Lo intento. Aparte de Dios, mi familia es mi base y mi ancla. Estoy muy agradecido a mi esposa, a mis hijos y al resto de mi familia, por su ánimo y apoyo a través de los años.

¿Qué consejo quisiera dar a los jóvenes profesionales en general?

Mi consejo a profesionales de cualquier campo es que deben apuntar alto y trabajar arduamente para lograr sus objetivos. Dios ha prometido que aquellos que le teman, serán primeros y no últimos. Asimismo, los jóvenes profesionales deben llevar su religión consigo, a su trabajo. No quiero decir que debieran ser extremistas o místicos, sino que tendrían que permitir que sus principios morales, apoyados en su religión, los guiasen en su trabajo diario y en sus vidas privadas tanto como en las profesionales. No podría decirlo mejor que Elena White quien escribió: “Llevad con vosotros vuestra religión a la escuela, a la pensión en donde vivís, a todas vuestras ocupaciones” (Mensajes para los jóvenes, p. 34).

Hudson E. Kibuuka (D. Ed., Universidad de Sudáfrica) es director asociado del Departamento de Educación de la Asociación General de la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Correo electrónico: kibuukah@gc.adventist.org.