Injusticia para uno, justicia para todos

Cuanto más opaca fue la noche de sufrimiento de Cristo, más brillante se ve su amor por nosotros.

He estudiado el así llamado “juicio” de Jesús desde una perspectiva legal y descubrí que las injusticias son mucho más marcadas de lo que había imaginado. Jesús fue procesado y condenado por dos tribunales: el Sanedrín (la Corte Suprema Hebrea) y la Corte Romana. Ambos sistemas judiciales son conocidos por su profundo celo por hacer justicia. Sin embargo, ambos sistemas legales fueron abusados para destruir al hombre más inocente que haya vivido sobre la tierra.1 El arresto, juicio y condena de Jesús fueron procedimientos ilegales, lo que transformó su caso en una farsa total de comienzo a fin. “A lo largo de todo el juicio, las leyes procesales judías fueron groseramente violadas, y el acusado fue privado de los derechos que se daban al ciudadano más abyecto. Fue arrestado de noche, amarrado como un malhechor, golpeado antes de comparecer y castigado en la corte durante el juicio; fue juzgado en un día festivo y antes de la salida del sol; fue obligado a incriminarse y esto, bajo juramento judicial; y fue sentenciado en el mismo día de ser condenado. En todas estas instancias, se hizo caso omiso de la ley”.2

Violaciones de la ley hebrea

El arresto de Jesús fue ilegal en al menos tres aspectos de la ley hebrea: fue un arresto nocturno; fue llevado a cabo por Judas, que tendría que haber sido considerado un cómplice de Jesús; y no se basó en la causa probable de funcionarios en busca de un juicio justo.3

El juicio se llevó a cabo de noche y en privado. Los juicios nocturnos estaban prohibidos,4 y con buena razón: tienen un aire de secreto y confabulación que va en contra del debido proceso legal. Asimismo, atentan contra el derecho público de asistir a él. Gran parte del juicio fue privado, pero la ley hebrea requería que fuera un juicio público.5

El Sanedrín no llevó a cabo dos sesiones separadas por un día. Las dos fueron llevadas a cabo con unas pocas horas de diferencia.6 Eso hizo que las personas más reflexivas no tuvieran tiempo de imponer su opinión. En un caso de pena capital, la sentencia no podía ser pronunciada hasta la tarde del segundo día. Si el Sanedrín votaba la condena el primer día, tenían que abandonar el Salón de las Piedras Talladas y reunirse en grupos de cinco o seis para analizar el caso. Caminaban entonces a sus casas de a dos, tomados del brazo, mientras aún buscaban argumentos a favor del acusado. Después de la puesta de sol, se visitaban unos a otros para analizar aún más el caso y para orar por la conducción divina. Al día siguiente, tenían que orar y ayunar hasta que se decidiera el caso. Se reunían después del sacrificio matutino y repasaban una vez más las evidencias. Podían cambiar sus votos para absolver al acusado, pero no para condenarlo. Antes de la ejecución, tenían que invitar a los presentes para que se adelantaran en caso de que alguno tuviera evidencias a favor del condenado.7 Jesús no tuvo el beneficio de ese proceso. Como se requería que los jueces tuvieran dos sesiones en días diferentes y no se les permitía reunirse en el sábado semanal o en uno de los sábados festivos, tampoco se les permitía reunirse en el día que precedía al sábado.8

El juicio se llevó a cabo antes del sacrificio matutino. Según la ley hebrea, “ningún hombre era considerado competente para actuar como juez hasta después de ofrecer el sacrificio y las oraciones al gran Juez del cielo”.9

Jesús fue abusado físicamente durante el procedimiento, por más que debería haberse respetado su presunción de inocencia, lo que implicaba tratarlo con respeto. Fue golpeado por un funcionario al que no le gustó la manera en que se dirigió a Anás (Juan 18:22). Entre las dos sesiones del Sanedrín, también se lo golpeó, escupió, se le vendaron los ojos y fue objeto de burlas (Mat. 26:67; Mar. 14:65; Luc. 22:63-64). Fueron vergonzosos y crueles actos de brutalidad que no estaban permitidos por la ley. Las acusaciones contra Jesús fueron vagas y cambiaron sobre la marcha de sedición (que no fue probada, dado que los testimonios de los testigos “no concordaban”) a blasfemia, dado que Jesús afirmaba ser el Hijo de Dios (Mar. 14:55-64). La acusación tenía que describir un delito específico, y el juicio tenía que ser llevado a término sobre esa base. Aun hoy, si durante un juicio el abogado querellante no puede probar la acusación original y por lo tanto procura presentar un nuevo delito, el juez y el jurado lo echan inmediatamente de la corte. Cuando los testigos falsos contra Jesús no lograron probar la sedición, el proceso tendría que haber sido anulado.10 La nueva acusación de blasfemia fue una de las ofensas más serias para los judíos, porque faltaba el respeto de Dios mismo y, por lo tanto, era considerada equivalente a la traición.

El juez que presidia el Sanedrín inició la nueva acusación de blasfemia (Mat. 26:63-66). Los jueces del Sanedrín no podían iniciar acusaciones o enjuiciar a una persona, sino solo investigar las acusaciones presentadas por testigos.11 Los testigos tenían que iniciar el proceso, actuar de querellantes, y aun ejecutar la sentencia de muerte en los casos de pena capital.12 Deuteronomio 17:7 dice: “La mano de los testigos caerá primero sobre él para matarlo, y después la mano de todo el pueblo”. Parece ser que esta regla tenía por objetivo que si alguien tenía que apedrear a otra persona hasta provocarle la muerte, pensara dos veces sobre la razón de la acusación que presentaba. En realidad, ningún testigo se adelantó para acusar a Jesús de blasfemia. Al acusarlo de blasfemia, el juez que presidía el proceso actuó como querellante, aun cuando los jueces tenían que actuar como defensores.13 Asimismo, ningún juez podía hablar contra el acusado hasta que al menos un juez se hubiera pronunciado a favor de él,14 lo que no sucedió en el juicio a Jesús.

La condena a Jesús por blasfemia estuvo basada solamente en su propia admisión.15 La ley hebrea prohibía condenar a una persona solamente sobre la base de su propia confesión.16 Lo mismo suele suceder en muchas cortes modernas, y se denomina la regla de Corpus Delicti. Ningún testigo se adelantó para acusar a Jesús de blasfemia.

Jesús fue condenado por el voto unánime del Sanedrín, lo que tendría que haber resultado en su absolución. Marcos 14:64 dice: “Y todos ellos lo condenaron, declarándolo digno de muerte”. En muchos países, el jurado por lo general tiene que llegar a un veredicto unánime para que sea válido, pero no en la ley hebrea. Según el sistema hebreo, se razonaba que el acusado debía tener al menos un defensor en la corte, o de lo contrario no se había actuado con misericordia sino con conspiración o violencia por el espíritu de masa.17

Los jueces estaban incapacitados porque habían sobornado a Judas para que entregara a Jesús.

Judas mismo admitió que Jesús era inocente cuando públicamente confesó que había “pecado entregando sangre inocente” (Mateo 27:4).

Los jueces tenían prejuicios contra Jesús y lo detestaban profundamente; por lo tanto, estaban incapacitados para juzgarlo con justicia. Varias veces los principales sacerdotes y fariseos habían conspirado para matar a Jesús, inclusive después de que él resucitó a Lázaro. Juan 11:53 registra que “desde aquel día acordaron matarlo”. “Cuando un juez no decide conforme a la verdad, hace que la majestad de Dios se aparte de Israel. Pero si juzga según la verdad, aunque más no sea una hora, es como si estableciera el mundo entero, porque es en el juicio que habita la presencia divina de Israel”.18

Los jueces ignoraron evidencias abrumadoras a favor de Cristo como Mesías, lo que hacía que fuera inocente de blasfemia. La ley exigía que se hiciera todo esfuerzo posible en favor del acusado.19 Según el Antiguo Testamento, Jesús cumplía todas las profecías que mostraban que era el Mesías. Por ejemplo, había nacido en Belén, de una virgen, de la casa de David, escapado a Egipto, realizado milagros, entrado triunfalmente en un pollino a Jerusalén, y había sido traicionado por treinta piezas de plata. Además, era varón de dolores, pobreza y sufrimiento, por nombrar unos pocos.

Los jueces buscaron y recurrieron a testigos falsos para condenar a Jesús. Mateo 26:59-61 dice: “Los principales sacerdotes, los ancianos y todo el Concilio, buscaban falso testimonio contra Jesús para entregarlo a la muerte, pero no lo hallaron, aunque se presentaron muchos testigos falsos. Pero al fin vinieron dos testigos falsos, que dijeron: ‘Este dijo: Puedo derribar el Templo de Dios y en tres días reedificarlo’”. Se supone que el objetivo de un juicio es buscar la verdad.

No se cumplió el requisito de que al menos dos testigos que concordaran con los detalles esenciales incriminaran a Jesús (Deut. 17:6).

Violaciones de la ley romana

Después de violar implacablemente muchas de sus propias leyes diseñadas para salvaguardar la justicia, los dirigentes judíos buscaron que las autoridades romanas ejecutaran la sentencia de muerte contra Jesús. Debido a su reputación de injusto y cruel, confiaban en que Pilato honraría el deseo demoníaco, por más que Roma se jactaba de tener un sistema judicial muy civilizado y justo. Como destacó el abogado Walter Chandler, “el sistema judicial romano es único en la historia de la jurisprudencia. Judea dio la religión, Grecia las letras, y Roma las leyes. Es lo comúnmente aceptado por todo el mundo”.20

Aunque era malvado, Pilato percibió algo diferente en el prisionero que tenía delante. En lugar de autorizar la sentencia sin cuestionamientos, exigió saber de qué acusaban a Jesús. Los dirigentes judíos lo habían condenado por blasfemia, pero bien sabían que esa acusación religiosa no servía con los romanos. Por ello, pasaron de la acusación religiosa a una política. Según Lucas 23:1 y 2, acusaron a Jesús de tres violaciones a la ley civil que significaban traición contra el César: pervertir a la nación (sedición contra el gobierno); prohibir el pago de impuestos, lo que es suficiente para atraer la atención de cualquier político; y afirmar ser rey (traición contra el César). Jesús admitió ante Pilato que era rey, pero que su reino no era de este mundo y no constituía una amenaza al gobierno romano. Al igual que los judíos, Pilato cometió entonces una serie de errores judiciales, apartándose de las protecciones fundamentales de la ley romana.

Pilato violó la ley contra el doble juicio por la misma causa. Después de examinar a Cristo, y sin testigos que lo acusaran, Pilato pronunció su veredicto: “Yo no hallo en él ningún delito” (Juan 18:38). Según Simon Greenleaf, quien fue un prominente profesor de la Escuela de Leyes de la Universidad Harvard, la decisión de Pilato “fue una sentencia de absolución pronunciada judicialmente e irreversible, con excepción de un poder superior y previa apelación; por lo tanto, era deber de Pilato ordenar la liberación del acusado”.21 Pilato tenía el deber de ejecutar su decisión, enviar soldados romanos a dispersar la turba alborotada y proteger a Jesús de la furia del gentío. Los dirigentes judíos se rehusaron a aceptar el veredicto de Pilato y falsearon otro cargo de sedición, afirmando que Jesús alborotaba a la gente desde Galilea a Jerusalén (Luc. 23:4-5). La ley dice que un individuo no puede ser juzgado dos veces por el mismo delito. Se originó en el derecho romano, y es un principio importante de la jurisprudencia moderna. Pilato hizo caso omiso de esta ley y siguió adelante con el juicio. Pilato era cobarde, por lo que buscó satisfacer su conciencia y a la turba. Al ver una salida fácil, le envió el caso a Herodes. Aunque Herodes era inescrupuloso, se rehusó a condenar a Jesús, lo que equivalía a otra absolución.

Después de absolver una vez más a Jesús, y en un vano intento de llegar a un acuerdo con la turba, Pilato ordenó azotar cruelmente a un inocente (Luc. 23:13-16). Esta acción fue descaradamente inmoral, ilegal y cobarde. Si Jesús era culpable, merecía más que los azotes; si era inocente, debería haber sido liberado y protegido de la turba. Cuando el castigo de Jesús no logró apaciguar a los acusadores, Pilato hizo otro intento infructuoso para liberarse del caso y no condenar a un inocente: en honor a la Pascua, estuvo dispuesto a liberar a Jesús o al despreciable Barrabás, que en realidad era culpable de sedición, robo y homicidio. Pilato subestimó el odio de los dirigentes judíos hacia Cristo, y estos escogieron liberar a Barrabás, exigiendo la crucifixión del Mesías del mundo.

Pilato mostró completo desprecio por el inocente Hijo de Dios y por la santidad de los procedimientos judiciales, al permitir que se burlaran de Jesús al colocarle un manto púrpura real y una corona (Juan 19:2-5).

Pilato abandonó el imperio de la ley, que exige absolver al inocente, con tal de preservar su cargo político. Revirtió sus múltiples veredictos de inocencia cuando los judíos amenazaron quejarse al César. Una bien establecida ley romana expresaba: “El inerte clamor del populacho no ha de ser tenido en cuenta cuando claman para que el culpable sea absuelto, o el inocente condenado”.22 Con una actuación teatral, Pilato se lavó las manos, cuando debería haberlas usado para “señalar a su legión cuál era el campo del deber y la gloria”23 que implicaba sofocar la turba. El agua no lo lavó de la sangre de Jesús. Toda “el agua del Mediterráneo no habría sido suficiente para lavar la culpa del gobernador romano”.24 Pilato condenó y dio muerte a Jesús, aunque no se lo condenó formalmente de ningún delito, ni se presentaron testigos, ni evidencias, ni pruebas de acciones criminales, y después de que él mismo lo había declarado inocente.25

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El propósito de este trabajo no es tanto condenar los tribunales humanos, sino ensalzar la majestad de Jesucristo. Cuanto más grandes fueron las injusticias que sufrió, más grande se destaca su amor por nosotros. Cuanto más oscura la noche, más brillante es la luz. Aunque soy cristiano de nacimiento y había escuchado hablar de Jesús, recién me convertí cuando experimenté un encuentro personal con la injusticia del Calvario. La disposición que mostró Jesús de soportar con paciencia y sin objeciones la más grande farsa judicial que ha conocido el mundo, me reveló la bondad y el amor perfectos de Dios. Entonces lo acepté en mi vida, y él llenó de gozo mi corazón vacío, que vanamente había perseguido el poder, el placer, el estatus y las riquezas. Aunque es interesante evaluar todas las injusticias cometidas por las autoridades judías y romanas, en último término todos somos responsables de la muerte de Cristo, porque él fue “herido por nuestras rebeliones” (Isa. 53:5). “Cristo fue tratado como nosotros merecemos a fin de que nosotros pudiésemos ser tratados como él merece. Fue condenado por nuestros pecados, en los que no había participado, a fin de que nosotros pudiésemos ser justificados por su justicia, en la cual no habíamos participado. El sufrió la muerte nuestra, a fin de que pudiésemos recibir la vida suya. ‘Por su llaga fuimos nosotros curados’”.26

David Steward, JD (University of San Diego, EE. UU.), fue fiscal penal en California durante quince años. Ahora trabaja como evangelista de Amazing Facts, y es vicepresidente general del ARME Bible Camp. Su dirección electrónica: 3angelsprosecutor@gmail.com.

REFERENCIAS

  1. Honorable Harry Fogle, The Trial of Jesus (Jurisdictionary Foundation, Inc., 2000).
  2. Simon Greenleaf, The Testimony of the Evangelists Examined by the Rules of Evidence Administered in Courts of Justice (Nueva York: James Cockcroft & Company, 1874), p. 566.
  3. Walter M. Chandler, The Trial of Jesus From a Lawyer’s Standpoint (Nueva York: The Empire Publishing Co., 1908), vol. 1, pp. 226-237.
  4. M. Dupin, The Trial of Jesus Before Caiaphas and Pilate (Boston: Charles C. Little and James Brown, 1839), traducido del francés al inglés por John Pickering, p. 37.
  5. Joseph Salvador, Histoire des Institutions de Moise (Paris: Michel Levy-Freres, 1862), pp. 365-366.
  6. Taylor Bunch, Behold the Man (Mountain View, California: Pacific Press Pub. Assn., 1940), pp. 84-85.
  7. Ibíd, p. 67.
  8. Isaac M. Wise, The Martyrdom of Jesus (Cincinnati and Chicago: The Bloch Publishing and Printing Co., 1888), p. 91.
  9. Bunch, p. 90.
  10. Ibíd, pp. 85-87.
  11. Alfred Edersheim, The Life and Times of Jesus the Messiah (New York: Longmans, Green and Company, 1906), p. 309.
  12. S. Mendelsohn, The Criminal Jurisprudence of the Ancient Hebrews (Baltimore: M. Curlander, 1891), p. 110.
  13. Bunch, p. 64.
  14. Ibíd, p. 67.
  15. Véase Marcos 14:61-64.
  16. Bunch, p. 93.
  17. Chandler, t. 1, p. 280.
  18. Bunch, p. 66.
  19. Ibíd, p. 105.
  20. Chandler, t. 2, p. 5.
  21. Greenleaf, p. 565.
  22. Dupin, p. 81-82, nota al pie: Law 12, Code de Poenis.
  23. Chandler, t. 2, pp. 137-138.
  24. Bunch, p. 159.
  25. Giovanni Rosadi, The Trial of Jesus (New York: Dodds, Mead & Company, 1905), pp. 237-237, 288, 294.
  26. Elena White, El Deseado de todas las gentes, p. 16.