Tu Dios es superior

Mi fe en Dios no está en revisión, ni es negociable. Al observar el sábado, simplemente obedecí su mandamiento.

“Tu Dios es grande. Tu Dios es grande. ¡Tu Dios es grande!” –declaró ella.

Todo comenzó un viernes. El jefe del departamento había reprogramado un examen de histopatología del viernes para el sábado. Ese cambio fue un gran golpe para mí. Estaba cursando cuarto año de medicina en el Hospital Universitario de Olabisi Onabanjo en Nigeria. Durante mis años de estudio, había tenido que buscar soluciones para no rendir exámenes en sábado. En la mayoría de las ocasiones, me habían cambiado los exámenes luego de que mucha gente orara por mí; pero en dos ocasiones perdí esos exámenes. Sin embargo a lo largo de todo el proceso Dios había estado conmigo y esta sería una vez más, una experiencia inolvidable.

En una ocasión me acerqué al jefe del departamento para buscar alguna alternativa para un seminario que estaba previsto para el sábado. Se esperaba que los alumnos presentaran sus temas en estos seminarios. Él se cerró a mi petición; puso en duda mi seriedad como estudiante y me advirtió que si continuaba por ese camino, difícilmente podría terminar mis estudios. Recurrí a uno de mis profesores, que además era mi supervisor. Después de mucha argumentación accedió a darme el sábado libre con la condición de que para compensar yo debía poner mucha dedicación. Le agradecí por esta ayuda que para mí era una bendición. Cuando el jefe del departamento se enteró del arreglo, se puso furioso. Debido a eso, no sólo no tendría la posibilidad de hacer mi presentación, sino que esto deterioraría mis calificaciones.

De todos modos no me preocupé demasiado porque esa era sólo una presentación. El examen final estaba programado para un viernes y yo podría tener un buen desempeño para compensar la pérdida de la nota anterior. Sin embargo, cuando el jefe del departamento cambió el examen final del viernes al sábado me sentí devastada. Yo ya había perdido puntos por no estar en la presentación y ahora el examen se había reprogramado para el sábado. Estaba tan segura de que el cambio se había hecho por mí que decidí reunirme con el jefe de departamento. Traté de pedirle disculpas si es que lo había ofendido al tratar de presentarle anteriormente mi situación. Afirmó que no lo había ofendido, pero entró en su coche y se marchó.

Una línea de batalla surgió entre Dios (no yo) y mi jefe de departamento. Mis compañeros me aconsejaron que cediera: “Dios no se enojará contigo... Deja de ser extremista, después de todo, todos creemos en Dios y parece que todos nosotros somos pecadores porque no guardamos el sábado”. Muchas personas me expresaron su opinión, pero la opinión de Dios era la que me importaba.

Estaba muy cansada cuando llegué a casa esa noche; además estaba confundida. Pero mis buenos amigos cristianos me hicieron ver que tenía que ponerme del lado de Dios. Quedaban dos semanas para el examen. Los hijos de Dios siguieron orando por mí. Nunca había sentido al Señor más cerca que en ese momento. Me sentí amada y orgullosa de pertenecer a la familia de Dios.

Cuando volví a la facultad, me acerqué a mi representante de curso para ver qué podía hacer por mí. Se comprometió a ayudar, pero olvidó el asunto. Cuando por fin se acordó, fue a ver al jefe del departamento, quien le dijo que lo pensaría. Una semana antes del examen, todavía seguía pensando sin expresarse. Seguí preparándome para el examen, creyendo que Dios honraría las oraciones de sus hijos. Cuando faltaban sólo cinco días para el examen me acerqué nuevamente al representante de curso, y todavía no había recibido ninguna respuesta. Cuando faltaban tres días me comunicaron a través del representante que el día del examen seguiría siendo el sábado: el día de mi cita con la persona más importante de mi vida, Dios. En ese momento, dejé de lado mi preparación y le di mis materiales a quienquiera que los necesitase. Me dije que aun cuando esa fuese la respuesta a mi oración, de todos modos él seguiría siendo Dios.

El viernes –un día antes del examen– fui a asistir a mis clases con muchos deseos de que llegase el descanso sabático. Llegué un poco retrasada y no encontré al grupo. Otro compañero de clase se unió a mí en busca de los demás. A medida que avanzamos de un aula a otra, nos encontramos con otros dos compañeros y les preguntamos qué estaba sucediendo. Lo primero que escuché fue que el examen había sido desplazado para el viernes de la semana siguiente. Salté de alegría; no había otra forma de expresar mi sorpresa y regocijo. “¡Este es un milagro!”, me dije a mí misma y a todo el que me escuchase.

Era hora de alabar. A medida que me encontraba con mis compañeros de curso me felicitaban y afirmaban que mis oraciones habían sido contestadas. Escuché comentarios como: “Es tu fe la que ha logrado esto”; “Tu Dios es bueno”.

Pero lo que más me impresionó fue lo que dijo mi compañera de habitación. Con una sonrisa de incredulidad y asombro, me preguntó: “¿Qué ibas a hacer si la fecha del examen no cambiaba? ¿Tuviste la convicción de que se iba a cambiar?”

Mi respuesta fue simple: “Mi fe en Dios no está en revisión ni es negociable. Al observar el sábado, simplemente obedecí su mandamiento. El Creador que da ese mandamiento también sabe cómo permitirme lograr mi objetivo en la vida. Y él siempre viene en primer lugar en mi vida. Si el examen hubiese sido el sábado, yo no lo hubiera hecho. Dios viene primero”.

Su respuesta fue: “Tu Dios es en verdad grande”.

“Sí –le dije– y muy digno de alabanza”.

Funmilola Ifeoluwapo Babalola era una estudiante de cuarto año de medicina en la Universidad Olabisi Onabanjo, Estado de Ogun, Nigeria, cuando escribió este artículo. En la actualidad está terminando su último año de carrera. E-mail: funmilola_babalola@yahoo.com.