EDITORIAL

Las reglas del combate

Las reglas para entablar combate determinan cómo llevar a cabo las operaciones militares. Son reglas sumamente importantes porque ofrecen normas consecuentes, comprensibles y aplicables, de cómo actúan las fuerzas militares en tiempo de guerra.

Como cristianos, estamos en medio de una gran contienda: el conflicto cósmico entre Dios y Satanás (Efesios 6:12). ¿Tenemos también nosotros reglas de combate que nos aseguren la victoria en este gran conflicto?

El evangelio de Lucas ya en su comienzo nos brinda una clave. Allí cuenta la historia de Zacarías y Elisabet, las primeras dos personas que participaron directamente en la misión redentora de Jesús. La descripción que hace el Evangelio de ese matrimonio sin hijos nos ofrece al menos cinco reglas de combate, es decir, la naturaleza y las modalidades de nuestra asociación con Dios en su plan de salvar al mundo.

Regla 1: Obedece sin dudar la voluntad de Dios, nuestro Comandante.

Tanto Zacarías como Elisabet “eran justos delante de Dios y andaban irreprensibles en todos los mandamientos y ordenanzas del Señor” (Lucas 1:6). Esta noción de obediencia casi resulta ofensiva a los individualistas recalcitrantes y los así llamados cristianos “liberados”. Sin embargo, como seguidores de Cristo, somos conscientes de que formamos parte de una lucha espiritual contra principados, potestades, gobernadores de las tinieblas de este mundo y huestes espirituales de maldad en las regiones celestes (Efesios 6:10-18); ni siquiera comprendemos la naturaleza de las operaciones del enemigo. Nuestra única seguridad y efectividad es permanecer cerca del consejo y la orientación de nuestro Comandante, teniendo diariamente en cuenta sus instrucciones y valores al momento de tomar decisiones simples o complejas.

Regla 2: La obediencia no garantiza una vida libre de perplejidades.

Aunque Zacarías y Elisabet eran obedientes a Dios y soldados bien dispuestos en su gran ejército de justicia, “no tenían hijos, porque Elisabet era estéril. Ambos eran ya de edad avanzada” (Lucas 1:7). La obediencia inquebrantable a Dios no garantiza una vida libre de problemas y perplejidades. Al enfrentar las realidades más oscuras de la vida solemos preguntar: “¿Qué es lo que hice mal, o qué he hecho para merecer esto?” Esa pregunta esconde una suposición de duda (“¿Fui realmente obediente?”) o de justificación (“No le importa a Dios que fui obediente?”). Ese no fue el caso de Zacarías y Elisabet.

Eso no significa que no cosechamos las consecuencias de nuestras malas decisiones, aunque no es el caso de este relato. Es imposible imaginar un deseo y una oración más naturales y legítimos para un matrimonio joven que sirve y teme a Dios: tener un hijo, un fruto de su amor y de su unión, que ilumine el hogar. Como descendían del linaje sacerdotal, seguramente conocían muy bien las palabras del salmista: “Tu mujer será como vid que lleva fruto a los lados de tu casa; tus hijos, como plantas de olivo alrededor de tu mesa. Así será bendecido el hombre que teme a Jehová” (Salmos 128:3, 4). Sin embargo, habían sido privados de esa bendición, y ya “eran de edad avanzada”. En la lucha de la vida, el pueblo de Dios tiene que convivir con la realidad de que la fidelidad y la obediencia se enfrentan continuamente con los enigmas y perplejidades de este mundo pecaminoso.

Regla 3: Recuerda que Dios siempre responde las oraciones de sus hijos; lo hace en sus tiempos y teniendo presente su propósito mayor de salvar el mundo.

Zacarías y Elisabet llevaron una vida de obediencia, oración, fe y esperanza, y sin embargo la vida les parecía desconcertante. Aun cuando aceptaban la perplejidad de no tener hijos, Dios escogió responder sus oraciones para cumplir su propósito en el gran conflicto. La respuesta no dejó lugar a dudas: “Zacarías, no temas, porque tu oración ha sido oída y tu mujer Elisabet dará a luz un hijo” (Lucas 1:13).

Uno puede imaginar al ángel Gabriel haciendo una pausa después de pronunciar la primera frase: “Tu oración ha sido oída”. Puede ser que Zacarías se haya preguntado a qué oración se refería el ángel, porque era un hombre de oración, que con regularidad y diariamente presentaba sus peticiones y súplicas. Gabriel se refería a la oración que Zacarías acaso había olvidado: la oración por un hijo. Después de todo, tanto él como Elisabet “eran ya de edad avanzada”. Ellos lo habían olvidado; pero Dios no. Habían pasado la edad de tener hijos, pero nada es imposible para el Comandante en Jefe. Él siempre responde las oraciones, pero lo hace en su tiempo y teniendo presente su propósito mayor.

Su hijo les daría gran gozo y deleite; sería lleno del Espíritu y prepararía el camino para el Señor Jesús. Iría “delante de él con el espíritu y el poder de Elías” (Lucas 1:17). Las respuestas de Dios siempre son las mejores para nosotros y contribuyen al progreso de su causa. La grandeza a los ojos de Dios no es medida como la mide el mundo –por el poder, la fama, la riqueza y la posición–, sino por la utilidad para la causa del reino.

Regla 4: Como nada es imposible para nuestro socio el Comandante Supremo, él espera que creamos lo increíble.

Imagina el asombro de Zacarías ante un anuncio tan trascendente: “¿En qué conoceré esto? –preguntó–, porque yo soy viejo y mi mujer es de edad avanzada” (vers. 18). Uno esperaría cierta simpatía de parte del ángel; unas palabras de explicación le habrían ayudado. En su lugar, Zacarías es castigado por su incredulidad, al menos temporariamente. “Ahora […] quedarás mudo y no podrás hablar hasta el día en que esto suceda” (vs. 20).

El corazón humano tiende a evaluar nuestros aprietos en términos de los recursos de los que disponemos y, en consecuencia, pasa por alto el hecho de que Dios nos ha dado todo lo que necesitamos para la vida y la piedad por medio de nuestro conocimiento de Jesús. Cuando cedemos a esta tendencia, debilitamos nuestra posición como representantes de Dios dentro del gran conflicto. Pero nuestro Comandante en Jefe dirige continuamente nuestra atención a su santa Palabra para que cada día aprendamos más de los recursos infinitos que hay a nuestra disposición y sintamos la certeza de la victoria en esta lucha espiritual. Por lo tanto, las reglas divinas de combate exigen que nos fortalezcamos en el Señor y en su fuerza poderosa (Efesios 6:10).

Regla 5: La historia de nuestra asociación con el Comandante en Jefe siempre termina bien.

Por último, la historia de Zacarías y Elisabet –la historia de su fe, oración, obediencia y esperanza– terminó bien. El anciano sacerdote elevó una gran oración de confesión: “[Dios] ha mostrado su bondad al quitarme la vergüenza que yo tenía ante los demás” (Lucas 1:25). Quitar la vergüenza, restaurar nuestra dignidad, darnos un lugar de honor al asociarnos con él en la operación de rescate más grande de todas: eso es lo que nos ofrece nuestro Comandante en Jefe. Pronto nuestra historia terrenal llegará a su fin; al momento de su segunda venida se iniciará la eternidad. Oh sí, nuestra historia tiene un final feliz cuando aceptamos las reglas de combate de nuestro Jefe.

Gilbert R. Cangy

Director de Ministerios Juveniles, Asociación General de la Iglesia Adventista del Séptimo Día