¿Nuestras tinieblas o su luz?

El modo en que Dios trata con los rincones oscuros de nuestras vidas.

El versículo de Salmo 139:12 me ha desconcertado más de una vez: “Aun las tinieblas no encubren de ti, y la noche resplandece como el día; ¡lo mismo te son las tinieblas que la luz!” ¿Qué está diciendo el salmista? ¿Le dará lo mismo a Dios una cosa que la otra?: Un violador que un filántropo? ¿Hitler que Teresa de Calcuta? ¿Una atrocidad que una acción noble?

Repetidas lecturas tanto del salmo en su contexto inmediato como del macrocontexto bíblico, me han convencido de otra cosa: no sólo hay un Dios al que no le da lo mismo el inocente que el culpable, el justo que el injusto, sino que es un Dios que revela algo grande, demasiado grande, que todo humano necesita saber.

Ignorar las tinieblas

El versículo anterior señala: “ciertamente las tinieblas me encubrirán”. Pareciera que asumimos como inevitable que las tinieblas nos alcancen. Se trata de la derrota de un sistema muy activo en la autopreservación humana: el de evitar por todos los medios que las tinieblas nos cubran. Solemos pensar “si hay miseria, que no se note”, y para eso hemos desarrollado una extraña manera de evitar la realidad especialmente cuando se trata de nuestras propias tinieblas; no las vemos y además fallamos en darnos cuenta de que no vemos.

Heinz von Foerster1 cuenta que un soldado de la Primera Guerra Mundial herido de bala en el cráneo, tenía un punto ciego casi tan extenso como el campo total de la retina. Todos tenemos un pequeño punto ciego pero no nos afecta seriamente porque el cerebro reconstruye ese pequeño espacio con el resto de la información. El problema era que este soldado tenía un punto ciego tan grande que no veía una gran cantidad de objetos, y no se daba cuenta que no los veía. Atrapado en esta negación de la realidad, el soldado no era plenamente capaz de ver su entorno y se convirtió en una víctima de sus puntos ciegos.

Por más de un siglo, los académicos han intentado analizar los puntos ciegos de nuestra existencia y su posible solución. Algunos han establecido que la causa del fenómeno radica en los propios individuos; otros lo han pensado como resultado de mecanismos sociales que niegan la oscuridad. Lo cierto es que las tinieblas no desaparecen, pero hacemos todo lo posible para no verlas. Y entonces nos sentimos más tranquilos, respetables y honorables mientras vivimos en un estado de negación y riesgo.

Cuando las tinieblas se hacen evidentes

El problema surge cuando esa tranquilidad “digna” entra en crisis y se hace evidente la oscuridad: “¿Soy realmente así?” “¿Somos así?” “¡No puede ser!” “¡El que dice esto miente...!” “¡La situación debe estar mintiendo!”, –son las frases que nos decimos.

Finalmente, cuando nos vemos forzados por las circunstancias a ceder ante la claridad de la evidencia, nos sentimos destrozados, con la dignidad y el respeto propio por el piso. “¿Será que esto es así desde hace mucho?” “Yo recién me doy cuenta, pero mi familia, mis amigos, los que me rodean ¿lo veían todo el tiempo?” Y, en repetidas ocasiones, cuando ya no podemos castigar más al que denunció nuestra oscuridad, nos castigamos a nosotros mismos: “¿cómo es posible?”

David afirma que Dios conoce las tinieblas que no vemos; incluso las que ni siquiera nos animamos a mirar. Pero incluso así ¡eso no lo aleja de nosotros! “Lo mismo te son las tinieblas que la luz”. En su conocimiento infinito sabe de ambas.

La verdad es que hay sectores que siempre están sucios. En una casa puede ser arriba de los rollos de cortinas de enrollar, de algunos muebles altos, detrás del refrigerador o de algún piano. No nos molestan mientras no los vemos.

Cuando era estudiante vendí libros durante algunos veranos en el sistema de colportaje. Tuve la oportunidad de entrar a cientos de hogares, y más de una vez encontré una vivienda donde era notorio que la dueña de casa era muy dedicada a la limpieza. Su hogar lucía impecable, al menos hasta donde llegaba su campo visual. Soy más alto que la mayoría de la gente, y veo lugares donde otros no ven, y sobre los muebles no todo relucía.

Esa experiencia me ha hecho pensar en mis zonas que están impecables, y en aquellas que acumulan suciedad. En los rincones que solemos mirar y mostrar para sentirnos bien y en aquellos otros que ni nos atrevemos a mencionar. Hay que colocar la basura lejos o en lugares donde no sea vista. Pero la basura no desaparece, y los que la producen o contienen tampoco.

En cada contexto existen especificaciones de lo que es respetable y lo que no. Pero es tal vez más duro cuando son cosas nuestras. Insoportables. Y pagaríamos para olvidarlas porque estamos descreídos de nuestros intentos para superarlas. Y nos volcamos a cualquier otra cosa que nos “haga el favor” de poner una venda y algo de calmante en una herida infectada.

Dios y nuestras tinieblas

Así nos ve Dios: ve lo mejor de nosotros; ve lo peor. Sabe todo. Ve todo junto. Pero no se espanta. No se horroriza de nuestras partes oscuras, ni tampoco de nuestra tendencia a ocultarlas. En maniobras humanas de poder no es raro que se busquen esas zonas del oponente para hacerlas públicas o incluso extorsionarlo. Este Dios es diferente.

Juan 3:17 nos recuerda que “Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo”. Que no era necesario, porque ya estaba condenado; es como decir: no vino a ensuciar los rincones sucios. Lo envió “para que el mundo sea salvo por él”.

Mis tinieblas

Escribo estas líneas sintiéndome indigno e indignado. Indigno al enfrentarme ante algunas de mis tinieblas; indignado, porque “no puede ser”. Me gusta sentirme respetable. Detesto encontrarme con elementos que muestren lo contrario. Y, aunque la evidencia muchas veces es lo más difícil de percibir, en ocasiones queda demasiado expuesta. Y así me acerco a Dios –sin deseos de arrastrarme pero sin argumentos para no hacerlo.

Entonces Dios me recuerda el capítulo 28 de Génesis, que tantas veces he leído. Y me solidarizo con el Jacob transgresor, que queda solo, expuesto a su suciedad y su oscuridad. Y veo como en ese contexto Dios le muestra el cielo abierto, y una escalera que comunica el cielo y la tierra. Me emociona, y me da escalofríos porque esa escalera está siempre, pero se vuelve significativa en la oscuridad. Sí, muchos están dispuestos a tender puentes y realizar intercambios en nuestros momentos luminosos, pero sólo Dios conoce la profundidad de nuestra miseria y aun así quiere tender un puente de comunicación, de esperanza, de restauración. Eso no es humano. Es algo divino.

Se trata del Dios que nos lleva a delicados pastos y nos acompaña en momentos de quietud, de prosperidad, pero también del que está en la crisis (Isaías 43:2), en el valle de sombra y de muerte (Salmo 23:4). No es un Dios que ama la oscuridad pero nos ama a nosotros incluso en nuestras oscuridades. Cuando él llega, esta oscuridad se disipa. No encandila ni avasalla como prefieren hacer algunos con sus limosnas. Pero tiene maneras de hacer que esos rincones terminen mejorando. Propone un camino alternativo a las tinieblas (Efesios 2:10; Tito 3:3-8).

Lo más significativo para mí es que sigue con esa actitud. Porque yo he elegido –y sigo eligiendo– caminar ese camino. Pero repetidas veces me vuelvo a encontrar con mis oscuridades, y me siento peor todavía porque me había propuesto algo diferente. Algunas veces, pienso que directamente no vale la pena intentar.

Pero Dios vuelve a acercarse a mí (en mis tinieblas); a mostrarme su escalera; a señalarme que Jesús es el que hizo los méritos en la cruz. Que cuando me siento digno le estoy ofreciendo veinte pesos en lugar de diez, para pagar un regalo que vale millones. Que en realidad lo estoy ofendiendo con mi oferta. Pero entonces mi ansiedad por realizar méritos se aplaca, porque están los de Jesús (que me hace el favor de incluir esta ofensa con el resto). Los que no se aplacan –en realidad se avivan– son los deseos de una vida mejor y de cooperar con Dios en mi restauración teniendo como horizonte la regeneración completa, en la que todas las cosas sean recreadas, y la cizaña que me acosa sea destruida.

Dios frente a otras alternativas

En una conversación sobre autos, un amigo comentó que había leído que cerca del noventa por ciento de los vehículos todoterreno nunca deja el asfalto. Muchos simplemente sirven como objetos que ofrecen cierta distinción social, y una buena parte se limita a recorrer los caminos que unen la casa con la escuela, el supermercado, el gimnasio y el centro comercial. Por eso algunas marcas decidieron llevar al mercado modelos que aunque lucen idénticos, no tienen el caro sistema de tracción en las cuatro ruedas.

La religión puede terminar en algo semejante a estos vehículos: tiene aspecto interesante, nos hace sentir bien... pero nunca sale del asfalto.

Y –siguiendo la metáfora– podemos decir que la 4x4 bíblica sirve muy bien para el asfalto, pero también para caminos donde los otros se quedan varados. En tiempos antiguos, había muchos pueblos con sus divinidades y sacerdotes, pero Jehová seguía adonde Baal se quedaba empantanado. Actualmente existen innumerables visiones del mundo, pero el evangelio implica más “caballos de fuerza”, porque es “poder de Dios” (Romanos 1:16). Marcha muy bien en nuestros momentos luminosos, pero se destaca todavía más en el lodo de nuestras oscuridades.

Hace poco estuve visitando una cárcel, y pude escuchar testimonios de presos que encontraron la luz del evangelio. Contaban cómo “la 4 x 4 del evangelio” es capaz de superar las “pruebas” realizadas en los terrenos y situaciones más rigurosas. Y resiste. Y sale adelante. La religión propuesta por Jesús está preparada para todo tipo de terrenos; incluso los más complicados. Efectivamente, para alguien que tiene uno de esos vehículos, es un insulto sugerir que no es capaz de realizar ciertas cosas. De manera similar, me atrevo a suponer que para Dios es un insulto que pongamos en tela de juicio su capacidad de entrar en nuestras situaciones complicadas y resolverlas.

El mensaje

La próxima vez que nuestras tinieblas se hagan evidentes y no nos sintamos dignos de acercarnos a Dios, sería bueno recordar que cuando nosotros ni las notábamos, Dios ya nos venía mirando, consciente de nuestra posición, ¡y está dispuesto a quedarse con nosotros!

No es idea mía. Lo dice la Biblia: no hay oscuridad –ni siquiera la mía, la tuya, la nuestra– demasiado complicada para Dios.

Marcelo Falconier es docente e investigador en el área de Teoría de la Educación en la Facultad de Humanidades, Educación y Ciencias Sociales en la Universidad Adventista del Plata (Entre Ríos, Argentina).

REFERENCIAS

  1. D. Fried Schnitman, Nuevos paradigmas, cultura y subjetividad (Buenos Aires: Paidós, 1994), pp. 103-105.