La revolución que todos necesitamos

El mundo atraviesa una fase revolucionaria. ¿Y nosotros?

De tanto en tanto, nuestro mundo se ve exaltado por las revoluciones. Son momentos en los que el viejo orden es sacudido y emerge un nuevo modelo. La historia muestra que esos momentos no solo reformulan una época sino que determinan radicalmente el futuro.

La China de 1963 avanzaba hacia el estancamiento. La guerra civil posterior a la Segunda Guerra Mundial no trajo consigo ningún paraíso obrero. Rusia, su antiguo aliado, ahora consideraba a China irrelevante. Y los Estados Unidos habían comenzado a concentrar tropas en la vecina Vietnam, en parte para contener el poderío chino.

En 1963, el líder chino Mao Zedong escribió un poema. El viejo revolucionario escarbó en las profundidades para recapturar la imagen de otra época. “Tantas acciones claman por hacerse realidad –escribió–. Y con urgencia siempre, el mundo sigue. El tiempo apremia. Diez mil años es demasiado. ¡Aprovechad el día, aprovechad la hora! Los cuatro mares se levantan; las nubes y las aguas rugen. Los cinco continentes se sacuden; el viento y el trueno braman. Nuestra fuerza es irresistible; ¡basta ya de pestes!”

En poco tiempo China se vio convulsionada por la Revolución Cultural. Pero el resultado no fue el que Mao esperaba. Nixon visitó China, el país se abrió a Occidente y, en último término, emergió como una nueva superpotencia económica.

Hoy día estamos presenciando la misma presión radical a las normas en el mundo árabe. Primero Túnez y luego Egipto se vieron convulsionados por revoluciones populares que derribaron sus respectivos gobiernos. Casi todos los países de la región han recibido llamados populares en pro del cambio; incluso el sumamente sólido reino de Arabia Saudita.

¿Adónde nos lleva la revolución?

¿Adónde nos lleva ese fervor revolucionario?

Cuando la Primera Guerra Mundial era inminente, Elena White escribió que “los gobernantes y los estadistas, los hombres que ocupan puestos de confianza y autoridad, los hombres y mujeres pensadores de todas las clases, tienen la atención fija en los acontecimientos que se producen en derredor. Observan las relaciones que existen entre las naciones. Observan la intensidad que se apodera de todo elemento terrenal, y reconocen que algo grande y decisivo está por acontecer, que el mundo se encuentra en vísperas de una crisis estupenda”.1 Esa descripción se aplica con mucha más fuerza en la actualidad. Atravesamos un momento revolucionario casi sin precedentes.

Como suele suceder, la religión es una dinámica fundamental. Twitter, Facebook, YouTube y el acceso a Internet pueden haber funcionado como herramientas en pro del cambio en Oriente Medio, pero la pugna de perspectivas religiosas lo alimentó. Primero fue la guerra al terrorismo, y ahora el deseo de cambio. La libertad se huele en el aire. Pero, ¿libertad de qué? ¿Libertad para creer y practicar qué cosa? Aún no se ha escrito el último capítulo.

Jesús comenzó su ministerio con un momento revolucionario en la sinagoga de Nazaret. Era joven, y aún no había sido puesto a prueba según las normas de sus días. Pero el rabino tuvo la suficiente apertura como para dar el honor de leer la Torá al joven que regresaba a su pueblo natal con sus seguidores. Se le dio el libro de Isaías, y Jesús leyó del capítulo 61: “El espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón, a pregonar libertad a los cautivos y vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos y a predicar el año agradable del Señor” (Lucas 4:18-19). ¡Qué palabras poderosas! Y entonces Jesús agregó: “Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros”. Los oprimidos vasallos del Imperio Romano no podían sino sentirse encantados con esas palabras.

Poco más de tres años después, Judas traicionaría a su Maestro porque entendió erróneamente esas palabras. Y unas décadas más tarde, Roma aplastaría por completo a los judíos y destruiría Jerusalén después de una revuelta alimentada por la misma comprensión errónea del concepto revolucionario.

Jesús presentó la libertad religiosa como el punto central de su misión. El ser humano era esclavo del pecado. Tenía que ser liberado. Podía ser liberado. La revolución del pensamiento era posible. Esa es la historia del evangelio.

Los adventistas y la libertad religiosa

Somos un pueblo de la profecía. Nuestra iglesia es heredera del estudio concienzudo de la Biblia por parte de un grupo casi exclusivamente de jóvenes convencidos de que Cristo regresaría pronto para establecer su reino eterno. Entendieron que el llamado a prepararse es un llamado a la libertad religiosa, y cuán importante es que escojamos libremente servir al Señor. Vieron en las profecías para los últimos días un esbozo de cómo Satanás impediría que muchos se prepararan para el regreso de Cristo. Actuaría sobre los líderes eclesiásticos y civiles para obligar a otros a la adoración falsa. Por ello, la libertad religiosa es un resultado necesario que permite la respuesta al llamado final.

Acaso no ha habido un momento más polémico para los adventistas que el Congreso de la Asociación General de 1888. En el centro del debate figuró Alonzo T. Jones, editor de la publicación de libertad religiosa The Sentinel. Y el debate se relacionaba plenamente con la libertad religiosa.

Ese año, una coalición de grupos mayormente protestantes, con un tal senador Blair a la cabeza, presentó un proyecto de ley que iba mucho más allá de las leyes que regulaban las actividades dominicales, para proponer una ley nacional sobre la santidad del domingo.

Jones se vio envuelto en el debate y llenó las páginas de la publicación que dirigía con argumentos en contra extraídos de la historia y la profecía. Estableció un paralelo entre el proceso por el cual la Roma pagana abrazó el cristianismo y entonces usó su poder para obligar a que todos obedecieran edictos religiosos, y la cesión por parte de la república estadounidense de su función secular en aras de una compulsión similar y una negación misma de su Constitución. En resumen, vio el cumplimiento de la profecía. Vio que los Estados Unidos avanzaban hacia el modelo develado por el tercer ángel de Apocalipsis 14. Era el momento para que el pueblo remanente objetara el acto final de negación a Dios y su libertad. Era el momento del reavivamiento, el último momento revolucionario de la historia. El mal estaba a punto de revelarse; por ello, Dios honraría a sus fieles preparados con un poder especial de testificación.

Cuando habló en el Congreso de la Asociación General de ese año, Jones, junto con su editor asociado E. Waggoner, instó a un reavivamiento y un regreso a la centralidad de Cristo en la testificación. Pero curiosamente, la respuesta fue débil. Hubo más debates que decisiones. El llamado revolucionario fue en gran medida ignorado, aun cuando Elena White lo apoyó.

En el siguiente Congreso de la Asociación General, en 1893, Jones otra vez tuvo la palabra. Una vez más instó a la acción y, más que en la ocasión previa, la explicó en el contexto de la libertad religiosa. En esta época actual de fervor revolucionario, cuando los viejos “ismos” sucumben y las viejas identidades se desdibujan, haríamos bien en tomar en cuenta sus palabras.

Jones presentó la situación ante sus oyentes en los términos más descarnados: “Cuando él [Dios] os llame a vosotros y a mí a asumir una posición de lealtad a su ley que nos lleve a perder el derecho a la vida, que ponga nuestras vidas en peligro porque algún poder terrenal nos prive de ella, ¿qué sucederá? Bueno, nos dice el Señor. No os aferréis a ella. De todas maneras, en poco tiempo se desvanecerá. Pero hay una vida que durará por la eternidad […]. Por ello, el hombre o la mujer que solo tiene esta vida no necesita el mensaje del tercer ángel, porque cuando venga la prueba y su vida esté en juego, se aferrará a ella. Ese es el peligro. Un hombre no puede atravesar el contexto del mensaje del tercer ángel con solo su vida. Imposible. Dado que es todo lo que tiene, cuando se vea en peligro se aferrará a su vida. Pero el que entrega su vida, la tiene por nada, y toma en cambio una vida medida según la vida de Dios y […] tendrá una vida que jamás podrá ser puesta en peligro. Ese hombre está seguro. Y puede ir doquiera el mensaje lo convoque”.2

Esta es la lógica revolucionaria que propugnaba Mao: “Nuestra fuerza es irresistible”. Es la gran verdad que Jesús proclamó en Nazaret: ¡La libertad revolucionaria del alma para la acción espiritual!

Los llamados a la acción no siempre poseen una respuesta inmediata, pero la verdad posee cierta inevitabilidad. El proyecto de ley de los días de Jones se desvaneció, así como el llamado de dar una respuesta apropiada. Pero hoy enfrentamos una dinámica similar, y es preciso analizar una vez más la libertad religiosa desde su base verdadera, espiritual. En tiempos de fervor revolucionario, somos llamados a abrazar un mensaje transformador para un mundo donde escasea la libertad. Después de todo, con Dios, nuestra fuerza es irresistible.

El Oriente Medio se está embarcando en una travesía política y social que debe equilibrar las presiones de la violencia fundamentalista y la probable dictadura de la voluntad pública. Por ello necesita escuchar el verdadero mensaje de liberación de la verdadera libertad religiosa.

El denominado Occidente cristiano busca estar a salvo de amenazas externas. También es vulnerable a soluciones coercitivas ante el aprieto social y religioso en el que se encuentra. El recientemente designado domingo como día de descanso familiar en Europa acaso sea tan solo el comienzo. La gente necesita saber de la verdadera libertad religiosa.

Estados Unidos está más fijado que nunca en la guerra contra el terrorismo. Está más preocupado que nunca definiendo su identidad para protegerse del enemigo interno. Por ello, está destinada a aparecer alguna forma de religión estatal. Estados Unidos necesita descubrir la verdadera libertad religiosa, la que existe más allá de la hasta ahora razonable protección de la Primera Enmienda. Viene la revolución pero, ¿qué ideas reemplazarán a las actuales? Necesitamos trabajar para garantizar que ante los desconcertados seres humanos se instauren modelos de libertad religiosa con sustento bíblico.

Cuando pienso en cambios revolucionarios, pienso en los jóvenes. Es un hecho histórico y fisiológico que los jóvenes suelen estar más motivados a la acción y muestran más energía para llevarla a cabo. Por cierto, en Egipto, Irán o Libia se han visto semblantes jóvenes. Los rostros que Jesús contempló alrededor de la mesa de la Última Cena eran jóvenes. Y los que se unieron para formar y proclamar la identidad adventista también lo eran.

La Iglesia Adventista del Séptimo Día actual está hablando una vez más de reavivamiento. Estoy convencido de que tiene que producirse pronto. El mundo se encuentra en una fase revolucionaria. ¿Por qué no nosotros? Después de todo, la verdadera libertad religiosa que tanto se necesita es un concepto revolucionario.

Lincoln Steed es editor de la revista Liberty. E-mail: lincoln.steed@nad.adventist.org.

REFERENCIAS

  1. Elena G. White, Profetas y reyes (Mountain View, California: Pacific Press Pub. Assn., 1957), p. 394.
  2. A.T. Jones, en General Conference Daily Bulletin, (Battle Creek, Míchigan, Estados Unidos) 5 (2-4 de febrero de 1893) 4:128.