Cristo, nuestra justicia

Solo la justificación y la santificación por el poder de Cristo pueden salvarnos y transformarnos para que lleguemos a ser sus verdaderos discípulos. Es algo que Jesús hace por nosotros y en nosotros.

Al tratar de entender nuestra necesidad de reavivamiento y reforma en estos últimos días, necesitamos darnos cuenta de que su fundamento no es otra cosa que una aceptación plena y correcta de Cristo y su justicia plena. Los adventistas debemos proclamar en alta voz que la salvación es únicamente por la gracia de Cristo. Las dos grandes provisiones de la salvación –la justificación y la santificación– no pueden separarse, porque constituyen la plenitud de Cristo, nuestra Justicia.

En ocasiones, parece haber una confusión en cuanto a la relación que hay entre la justificación y santificación, y nuestra salvación. Algunos promueven la justificación excluyendo la santificación y terminan en lo que se suele llamar la “gracia barata”. Otros se enfocan casi exclusivamente en la santificación y terminan en lo que se conoce como el “perfeccionismo”, una forma personal de salvación legalista por las obras. Pero la justicia plena de Dios incluye la totalidad de ambas. Es su plan, no el nuestro. Es su manera de llevarnos hacia una relación inmediata y a largo plazo con él, en preparación para pasar la eternidad a su lado. Es el medio señalado por la divinidad para declararnos y también hacernos buenos; para cambiar nuestro estado en los libros celestiales y nuestro carácter aquí en la tierra.

El plan divino de salvación es maravilloso y seguro aunque no comprendamos cada detalle. Es tan simple que un niño puede entenderlo, pero al mismo tiempo tan grande que será estudiado por toda la eternidad. Jesús, el Hijo de Dios, vino a esta tierra para ser uno de nosotros. Vivió una vida perfecta y sin pecado, murió por nosotros, se levantó a la vida, intercede por nosotros en el Lugar Santísimo del Santuario celestial, y pronto regresará a llevarnos al hogar.

Privilegios especiales de los adventistas

Dios nos ha encomendado el privilegio de proclamar el mensaje de los tres ángeles de Apocalipsis 14 –que se enfocan en Cristo y su justicia– y buscar que los seres humanos adopten nuevamente la adoración verdadera a Dios. “En un sentido muy especial, los adventistas del séptimo día han sido colocados en el mundo como centinelas y transmisores de luz. A ellos ha sido confiada la tarea de dirigir la última amonestación a un mundo que perece. La Palabra de Dios proyecta sobre ellos una luz maravillosa. Una obra de la mayor importancia les ha sido confiada: proclamar los mensajes del primero, segundo y tercer ángeles. Ninguna otra obra puede ser comparada con esta y nada debe desviar nuestra atención de ella”.1

Esto significa que debemos ensalzar la verdadera adoración a Dios, nuestro Creador, dándole gloria y proclamando el evangelio eterno y la llegada de su juicio. Tenemos que proclamar la caída de Babilonia –las fuerzas que producen confusión espiritual en los seres humanos– y regresar a la comprensión pura y simple del plan divino de salvación. Tenemos que lanzar una advertencia a los seres humanos para que no adoren a la bestia o su imagen y reciban la marca de la bestia en su frente o en su mano, que se recibe al aceptar la autoridad que ha alegado cambiar la ley de Dios y promovido una enseñanza falsa de la verdad bíblica y la justificación en Cristo.

La verdad que está en Cristo

Debemos proclamar la verdad que está en Jesús. Él y solo él es nuestra salvación. Pablo declara: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios. No por obras, para que nadie se gloríe, pues somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas” (Efesios 2:8-10).

Solo la gracia divina nos salva del pecado, nos justifica mediante la justicia de Cristo y nos declara perfectos ante Dios. Al aceptar el poder que acompaña a la justificación, Cristo comienza a santificarnos, transformándonos en su gloriosa imagen. Este cambio total se debe a la justicia abarcadora de Cristo. Es por ello que Pablo, después de describir la extraordinaria humildad de Cristo al venir a morir como sustituto por los pecadores, proclama en Filipenses 2:12, 13: “Por tanto, amados míos, como siempre habéis obedecido, no solamente cuando estoy presente, sino mucho más ahora que estoy ausente, ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad”.

Este no es un llamado a la salvación por obras. Es un llamado a la justificación por la fe en Dios, “que en vosotros produce así el querer como el hacer”. Cuando aceptamos a Cristo en nuestra vida, se produce una conversión maravillosa llena del Espíritu, y Cristo nos transforma a su imagen. Nos justifica y permite que disfrutemos de su comunión, para asemejarnos cada vez más a él.

Es por eso que los inconversos se convierten. Los borrachos se vuelven sobrios. Los de dudosa moral se vuelven castos. Los de espíritu pendenciero, pacificadores. Los mentirosos, honestos. Los de mente sucia, puros. Los egoístas y egocéntricos se vuelven benefactores generosos y altruistas.

Todo lo produce el poder de Dios, que comienza a producir el fruto del Espíritu en nuestra vida. Por ello, tiene razón Santiago, que escribe: “Así también la fe, sin obras, está completamente muerta” (Santiago 2:17). Al concentrarnos plenamente en Cristo y su justicia, desarrollamos una relación correcta con él, y su poder nos cambia desde adentro.

Pablo describe esta provisión para una relación correcta en uno de los versículos más poderosos de la Biblia: “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros seamos justicia de Dios en él” (2 Co-

rintios 5:21). Dios el Padre ofreció a su Hijo en sacrificio por nuestros pecados, para que pudiéramos recibir la justicia perfecta de Cristo. Esta es la experiencia del “nuevo nacimiento” proclamada por Jesús: “De cierto, de cierto te digo que el que no nace de nuevo no puede ver el reino de Dios” (Juan 3:3).

Esta experiencia nos hace personas completamente nuevas: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es: las cosas viejas pasaron; todas son hechas nuevas” (2 Corintios 5:17). Mediante la dirección del Espíritu Santo, confesamos nuestros pecados y caemos ante la cruz de Cristo, somos limpiados de nuestros pecados y recreados a imagen de Dios. Dice Juan: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9). Y agrega: “Mas a todos los que lo recibieron, a quienes creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios. Estos no nacieron de sangre, ni por voluntad de carne, ni por voluntad de varón, sino de Dios” (Juan 1:12, 13). Y también: “Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe” (1 Juan 5:4).

¿Qué es la justicia de Cristo?

Somos salvos por gracia y vivimos por fe, y todo por medio de Cristo nuestro Salvador y Señor. Junto con Pablo podemos proclamar:“Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2:20). Es decir que aceptar a Cristo y su justicia significa aceptarlo y obedecerle, y obedecer las maravillosas verdades y doctrinas de la Biblia, que se centran todas ellas en él. Como dice Pablo: “La gracia de Dios se ha manifestado para salvación a toda la humanidad, y nos enseña que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, mientras aguardamos la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo” (Tito 2:11-13).

En Tito 3:5, 6 Pablo indica que Cristo “nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo”. Notemos lo que dice Pablo: somos justificados solo mediante el poder de Cristo (“por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración”) y nos santificó solo mediante el poder de Cristo (“la renovación en el Espíritu Santo, el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo, nuestro Salvador”). Toda nuestra justicia, ya sea en los libros del cielo o en nuestra vida aquí en la tierra, se hace realidad tan solo mediante la gracia y el poder de Cristo.

Pablo agrega en el versículo 7: “Para que, justificados por su gracia, llegáramos a ser herederos conforme a la esperanza de la vida eternal”. Somos justificados por Cristo. Somos cubiertos con su manto de justicia. Esta justicia que nos justifica nos es imputada. Ante el Padre aparecemos perfectos, como si no hubiéramos pecado. Esa es la justicia de Cristo.

En el versículo 8, Pablo dice: “Palabra fiel es esta, y en estas cosas quiero que insistas con firmeza, para que los que creen en Dios procuren ocuparse en buenas obras. Estas cosas son buenas y útiles a los hombres”. Las buenas obras no son resultado de nuestras fuerzas sino del poder santificador de Cristo. El Espíritu Santo obra en nosotros para hacernos cada vez más semejantes a Cristo. Para la santificación, dependemos totalmente de nuestra relación con Cristo. Esa es la justicia de Cristo.

El Espíritu de Profecía nos ofrece perspectivas hermosas sobre la justicia de Cristo. He aquí algunas gemas escogidas:

Cristo creó una vía de escape. “No tenemos justicia propia con que cumplir lo que la ley de Dios exige. Pero Cristo nos preparó una vía de escape. Vivió en esta tierra en medio de pruebas y tentaciones como las que nosotros tenemos que afrontar. Sin embargo, su vida fue impecable. Murió por nosotros, y ahora ofrece quitar nuestros pecados y vestirnos de su justicia. Si te entregas a él y lo aceptas como tu Salvador, por pecaminosa que haya sido tu vida, gracias a él serás contado entre los justos. El carácter de Cristo reemplaza el tuyo, y eres aceptado por Dios como si nunca hubieras pecado”.2

Cristo cambia el corazón, y habita en el tuyo por la fe. Tienes que mantener esta comunión con Cristo por la fe y la sumisión continua de tu voluntad a él. Mientras lo hagas, él obrará en ti para que quieras y hagas conforme a su beneplácito […]. Así que no hay en nosotros mismos cosa alguna de qué jactarnos. No tenemos motivo para ensalzarnos. El único fundamento de nuestra esperanza es la justicia de Cristo que se nos imputa y la que produce su Espíritu obrando en nosotros y por nosotros”.3

La vida es Cristo es una vida de plena confianza. […]. Tu esperanza no se cifra en ti mismo, sino en Cristo […]. Piensa en su amor, su belleza y la perfección de su carácter. Cristo en su abnegación, Cristo en su humillación, Cristo en su pureza y santidad, Cristo en su incomparable amor: este es el tema que debe contemplar el alma. Amándolo, imitándolo, dependiendo enteramente de él, es como serás transformado a su semejanza”.4

Cristo es el todo en todo. “Al tomar sobre sí la naturaleza del hombre en su condición caída, Cristo no participó de su pecado en lo más mínimo […]. No debemos tener dudas en cuanto a la perfección impecable de la naturaleza humana de Cristo. Nuestra fe debe ser inteligente; debemos mirar a Jesús con perfecta confianza, con fe plena y entera en el sacrificio expiatorio […]. El poder divino es colocado sobre el hombre para que pueda llegar a ser participante de la naturaleza divina, habiendo escapado de la corrupción que está en el mundo por la concupiscencia. Por esto el hombre, arrepentido y creyente, puede ser hecho justicia de Dios en Cristo”.5

Conformidad a la voluntad divina. “La justicia que Cristo enseñaba es la conformidad del corazón y de la vida a la voluntad revelada de Dios. Los hombres pecaminosos pueden llegar a ser justos únicamente al tener fe en Dios y mantener una relación vital con él. Entonces la verdadera piedad elevará los pensamientos y ennoblecerá la vida. Entonces las formas externas de la religión armonizarán con la pureza interna del cristiano”.6

La obra de toda una vida

Que ningún adventista crea que es mejor que otro o acuse a otros de no ser santos o perfectos. Todos somos pecadores a los pies de la cruz, necesitados de un Salvador que nos ofrezca su justicia. Al consagrar nuestras vidas a Cristo y permitirle que obre en nosotros, permanecemos cerca de él y su Palabra. En el proceso, “Cristo espera con un deseo anhelante la manifestación de sí mismo en su iglesia. Cuando el carácter de Cristo sea perfectamente reproducido en su pueblo, entonces vendrá él para reclamarlos como suyos”.7

No es posible cumplir por nuestra cuenta con la tarea de reflejar perfectamente el carácter de Cristo en nuestra vida. Cada día debemos permitir que el Espíritu Santo nos transforme más y más a semejanza de Cristo. Es la obra de toda una vida. Debemos solicitar el carácter de Cristo en nuestra vida mientras aprendemos la obediencia práctica a su Palabra por medio de su poder. No debemos esforzarnos por alcanzar lo que podría llamarse un estado de “perfeccionismo”, mostrando una lista legalista de buenas acciones o buscando ser mejores por nuestras propias fuerzas. No hemos de señalar las faltas ajenas o producir divisiones en la iglesia al afirmar que somos más justos que otros. No hemos de creer que somos perfectos, con la excepción de que podemos serlo por la justicia de Cristo, por lo que él hace al justificarnos, y por lo que hace por nuestro medio al santificarnos.

Tenemos que estar unidos a Cristo en palabra y acciones: “El secreto de la unidad se halla en la igualdad de los creyentes en Cristo. La razón de toda división, discordia y diferencia se halla en la separación de Cristo. Cristo es el centro hacia el cual todos debieran ser atraídos, pues mientras más nos acercamos al centro, más estrechamente nos uniremos en sentimientos, simpatía, amor, crecimiento en el carácter e imagen de Jesús”.8

No debemos pensar que somos justos por derecho propio. Cuando nos entregamos a Cristo, dependemos completamente de él para producir cualquier cambio. “Nadie que aduzca santidad es realmente santo. Los que están registrados como santos en los libros del cielo no son conscientes de ello, y son los últimos en jactarse de su propia bondad. Ninguno de los profetas y apóstoles profesó alguna vez la santidad, ni siquiera Daniel, Pablo o Juan. Los justos jamás hacen semejante afirmación. Cuanto más se asemejan a Cristo, más lamentan lo que les falta para asemejarse a él”.9

“Cuando los hombres comprenden que no pueden obtener la justificación por los méritos de sus propias obras, y con firme y completa confianza miran a Cristo como su única esperanza, no hay en sus vidas tanto del yo y tan poco de Jesús […]. Dios obra y coopera con los dones que ha impartido al ser humano, y este, siendo partícipe de la naturaleza divina y realizando la obra de Cristo, puede ser vencedor y obtener la vida eterna […]. La combinación del poder divino y el agente humano será un éxito completo, porque la justicia de Cristo lo realiza todo”.10

Esta es en verdad la justicia abarcadora de Cristo. Dependemos totalmente de él.

¿Cómo, entonces, deberíamos vivir?

¿Cómo deberíamos vivir en estos, los últimos días de la historia de la tierra que preceden a la segunda venida de Cristo? La “gracia barata” no sirve, porque niega el poder que tiene el Espíritu Santo de transformar la vida del creyente de manera que llegue a ser más y más como Cristo. El legalismo tampoco sirve, porque bloquea el único camino hacia la salvación, que es la dependencia total de Jesucristo, la única vía para alcanzarla. El enfoque intelectual y de la alta crítica no sirve, porque destruye el milagro mismo de la conversión y la santificación, y despoja a la salvación divina de su poder para transformar vidas. Solo la justificación y la santificación por el poder de Cristo pueden salvarnos, transformarnos y desarrollarnos para que lleguemos a ser sus verdaderos discípulos. Es algo que Jesús hace por nosotros y en nosotros. “No hay excusa para el pecado o para la indolencia. Jesús ha señalado el camino, y desea que sigamos sus pisadas. Él ha sufrido. Él se ha sacrificado como ninguno de nosotros puede hacerlo, para poner la salvación a nuestro alcance. No necesitamos desanimarnos. Jesús vino a nuestro mundo para poner a disposición del ser humano el poder divino, a fin de que mediante su gracia pudiéramos ser transformados a su semejanza”.11

Mediante su gracia podemos recibir el poder divino y su carácter, y ser cada vez más semejantes a él. Cristo vino a esta tierra. Vivió una vida sin pecado, murió por nosotros, resucitó por nosotros, intercede ahora mismo por nosotros en el Lugar Santísimo del Santuario celestial como nuestro Sumo Sacerdote, y pronto regresará por nosotros como Rey de Reyes y Señor de Señores. ¡Qué maravilloso día será ese! ¡Marcará la culminación de toda la historia terrenal y el fin del conflicto de los siglos! ¡Será la revelación última de justicia y salvación plenas! Iremos al hogar a estar con él para siempre, para ya nunca más separarnos de nuestro Señor.

Ted N. C. Wilson (Ph.D., New York University) es presidente de la Asociación General de la Iglesia Adventista del Séptimo Día.

REFERENCIAS

  1. Elena G. White, Testimonios para la iglesia (Doral, Florida: Asociación Publicadora Interamericana, 2005), 9:17.
  2. -----, El camino a Cristo (Doral, Florida: Asociación Publicadora Interamericana, 2005), p. 94.
  3. Ibíd., pp. 94, 95.
  4. Ibíd., pp. 104, 105.
  5. -----, Mensajes selectos (Mountain View, California: Publicaciones Interamericanas, 1966), vol. 1, pp. 299, 300.
  6. -----, El Deseado de todas las gentes (Doral, Florida: Asociación Publicadora Interamericana, 2007), p. 279.
  7. -----, Palabras de vida del gran Maestro (Mountain View, California: Publicaciones Interamericanas, 1971), p. 47.
  8. -----, Mensajes selectos, vol. 1, p. 304.
  9. -----, True Revival, (Hagerstown, Maryland: Review and Herald Publ. Assoc., 2010), p. 62.
  10. -----, Fe y obras (Doral, Florida: Asociación Publicadora Interamericana, 2010), pp. 26, 27.
  11. Ibíd., p. 60.