¿Necesitamos doctrinas?

Toda expresión doctrinal debe estar centrada en Cristo; de otra manera carece de utilidad o relevancia para el cristiano.

No hace mucho, estaba visitando una clase de Escuela Sabática y tomé asiento en una esquina con la expectativa de escuchar tranquila y reflexivamente. Pocas veces tengo tal posibilidad, ya que generalmente soy yo quien enseña, o bien me transformo en un participante activo. Pero ese sábado la situación era diferente, muy pocos me conocían, incluyendo al maestro. De ahí mi ilusión.

Pero mi expectativa de poder escuchar en calma se evaporó en pocos minutos. Pronto la clase estaba en una “guerra” de palabras, haciéndome recordar lo que una vez escribiera William Sumner: “Si quieres una guerra, abraza una doctrina”. Ese sábado de mañana lo que debería haber sido un estudio de la más grandiosa maravilla que este mundo ha conocido jamás, la encarnación de Jesús, se transformó en una ruidosa competencia de voces: ¿Qué naturaleza tomó Jesús? ¿Era una naturaleza previa a la caída o posterior a la misma? ¿Jesús podría haber pecado? Y si no podía, ¿cómo puede él ser un ejemplo para nosotros? ¿Cómo puede llegar a ser nuestro Salvador? Y así sucesivamente.

En medio de todo eso, un joven estudiante hizo una pregunta que cambió la dirección de la discusión. ¿Necesitamos doctrinas específicas? ¿No es Jesús suficiente?

La Iglesia Adventista del Séptimo día tiene 28 doctrinas fundamentales, que abarcan desde la enunciación de particularidades teológicas hasta la práctica de dichas confesiones en la vida diaria. La aceptación y obediencia a estas doctrinas son consideradas esenciales para el bautismo y la membresía dentro de la Iglesia Adventista.

¿Es esencial la doctrina para la experiencia redentora del cristiano? Esta pregunta es importante y merece una consideración cuidadosa. Quizás podríamos abordar este tema formulando cuatro preguntas: ¿Qué es una doctrina? ¿Es Jesús una persona o una doctrina? ¿Es la doctrina esencial para la salvación? ¿Es la aceptación de nuestras 28 doctrinas fundamentales un prerrequisito para el bautismo y aceptación para formar parte de la Iglesia Adventista del Séptimo Día?

¿Qué es una doctrina?

Una doctrina es una declaración que se formula y sostiene como verdadera. Ninguna escuela religiosa o filosófica puede existir ni comenzar a funcionar sin un sistema doctrinal central que sea aceptado por los adherentes de dicha escuela. Cuestionarse si un cuerpo religioso tal como una iglesia, necesita o no doctrinas, es cuestionarse lo obvio. Por supuesto que las necesita. El tipo de doctrina que ella sostiene define su naturaleza, misión y propósito.

Veamos como ejemplo la idea de Dios; se pueden hacer miles de declaraciones sobre él. Podría decirse que es la mente absoluta, de la cual emanan todas las ideas. Esta es una declaración doctrinal. Ya sea que la doctrina sea correcta o no, aquellos que sostienen esta enseñanza tienen una determinada percepción de Dios que define su vida, misión y propósito. Otros podrían decir que Dios es el bien supremo del cual fluyen todos los sentidos de ética y estética. Quienes aceptan esto como su doctrina de Dios, pueden creer que mientras hagan algún bien, están participando en la voluntad y el camino de Dios.

Otras personas afirmarían que Dios es una fuerza impersonal absoluta, que permea toda la naturaleza, tanto lo animado como lo inanimado. Los que sostienen esta creencia, pueden definir la vida como un proceso cíclico continuo, sin un principio o un fin, siempre buscando llegar a ser parte de esta fuerza absoluta. En ese proceso, no existe ni el nacimiento ni la muerte, ni el gozo ni el dolor, ni aquí ni allí.

Alguno podría negar totalmente la existencia de Dios. Eso también sería una doctrina: la del ateísmo. Centenares de personas construyen su edificio sobre esta doctrina y llevan una vida sin ningún tipo de necesidad de reconocimiento de un ser supremo.

Pero algunos dirían que Dios es una persona de infinita sabiduría, amor y poder, y que escogió crear a la humanidad a su propia imagen. De hecho, ese Dios es tan amante que cuando la humanidad eligió rebelarse contra él, su amor se volcó hacia ellos en la persona de un Hijo que hizo el sacrificio infinito de morir en una cruz para salvarlos del pecado. Esta última declaración es bastante diferente de las anteriores, y los que la aceptan seriamente se relacionarán con Dios en una base personal, aceptando a su Hijo como su Salvador.

El sistema de creencias, la práctica de adoración, la estructura relacional, las normas éticas que fluyen de cada una de estas declaraciones acerca de Dios, serán todas bastante diferentes. Sin considerar lo correcto o incorrecto de cada declaración doctrinal, se puede ver fácilmente la importancia de la doctrina al arraigar las creencias propias, la práctica y el propósito.

Jesús y la doctrina

En el momento en que aceptan a Jesús, algunos cristianos se colocan a la defensiva. Según ellos: “Jesús es todo lo que necesitamos; no siembren confusión en nuestros corazones con doctrinas”. Estamos de acuerdo con la primera parte de la declaración: Jesús es ciertamente todo lo que necesitamos y la Biblia lo dice así: “en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hechos 4:12).

Pero la declaración: “no nos confundan con doctrinas”, es un problema. ¿A que Jesús se refieren? ¿El profeta que aceptan los musulmanes? ¿El gran Maestro, un hombre bueno? ¿Una de las muchas encarnaciones que adoran los hinduistas? ¿La persona modelo que proponen los humanistas? ¿Es el mito que debe ser rechazado para que las profundas enseñanzas morales del Evangelio puedan emerger como el elevado ideal para la humanidad?

Inmediatamente, vemos la necesidad de una definición de Jesús. Debemos permitir que la Biblia defina a Jesús. Él es Dios. Siendo Dios, tomó sobre sí mismo la naturaleza humana. En esta carne, llevó nuestros pecados, murió por nuestros pecados, se levantó victorioso sobre el pecado, ascendió para sentarse a la diestra del Padre para ser nuestro Sumo Sacerdote, y muy pronto volverá otra vez para llevarnos a donde él está. Esta es la definición que da la Biblia. Hacer esta declaración, confesar esta creencia, es el propósito de la doctrina de Cristo. Los teólogos la llaman Cristología. Sin esta clarificación doctrinal nosotros no sabemos a cuál Jesús estamos adorando.

No se trata de Jesús versus doctrina, pero de una declaración verídica acerca de la persona de Jesús, de manera que aquellos que confían en él sepan en quién depositan su confianza.

Doctrina y salvación

¿Puede alguien ser salvo por creer en una doctrina? La respuesta es obvia. John Wesley dijo que “el diablo cree y aún sigue siendo diablo”. Teóricamente, conocer a Jesús, no salvará a nadie. Conociendo que dos partes de hidrógeno y una de oxígeno forman el agua, no va a salvar a una persona de morir de sed. No, necesita tomar esa agua.

De igual modo con Jesús. La exactitud del conocimiento acerca de él no salvará a nadie. La salvación es el resultado de aceptar a Jesús como Señor y Salvador, acercarse a él, colocar nuestras vidas en sus manos, caminar como él caminó, vivir como él vivió, morando en él sin desviación o titubeos. Todo por su gracia y poder.

Si la salvación es aceptar a Jesús y a través de su gracia vencer al pecado ¿necesitamos la doctrina de Jesús? Claro que sí. Porque queremos estar seguros de que estamos yendo hacia el Jesús correcto. En otras palabras, la doctrina nos dice quién es Jesús, qué ha hecho, y qué tipo de relación quiere establecer con nosotros. Luego de conocer a ese Jesús, debo tomar la decisión de entregarle mi vida; él me da la salvación y me guía. Luego de aceptarlo como mi Salvador, soy bautizado y me uno a otros creyentes que también lo han aceptado.

El bautismo y las 28 doctrinas fundamentales

Algunos han expresado su incomodidad en aceptar las 28 creencias fundamentales como un prerrequisito para el bautismo. Esto surge porque las dividen en dos partes: el núcleo cristiano y las normas del adventismo. Estas personas llegarían tan lejos como para decir que el bautismo en el cuerpo de Cristo requiere solamente la aceptación del núcleo cristiano. Luego del bautismo, las normas adventistas deberían ser enseñadas a los bautizados para que puedan llegar a ser miembros completamente desarrollados de la Iglesia Adventista.

Encuentro que tal dicotomía entre el bautismo en Cristo y la entrada a la Iglesia Adventista del Séptimo Día, es insostenible. Presupone que ambas son diferentes. Si retrocedemos al año 1844 y aceptamos la postura de nuestros pioneros –que Dios a su tiempo y a su manera levantó un cuerpo de personas conscientes de su compromiso con el Jesús de la cruz– nos daríamos cuenta que los pioneros no hicieron diferencia entre ser parte del cuerpo de Cristo y ser parte de la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Mucho antes que el nombre definitivo fuera acuñado, los pioneros se reconocieron a sí mismos como el cuerpo verdadero de Cristo, tomando sobre sí aquel término profético “remanente”, que define a “los que guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesucristo” (Apocalipsis 12:17).

El nombre “Adventista del Séptimo Día”, no crea un cuerpo distinto y aparte del cuerpo de Cristo, sino que llama a la fidelidad de las enseñanzas completas, y al estilo de vida involucrado en el cuerpo de Cristo. Lea nuevamente las 28 doctrinas fundamentales. ¿Cuales deberíamos dejar a un lado considerándolas de importancia posbautismal y sin relevancia para entrar en la Iglesia Adventista del Séptimo Día? ¿Cuáles deberíamos considerar como normas adventistas? Yo diría ninguna.

Las 28 creencias adventistas son particulares solamente en la medida en que otras iglesias a lo largo de los siglos han sido negligentes, ignorando o alterado esas verdades que fueron la herencia de la iglesia del Nuevo Testamento. Recayó sobre los pioneros adventistas, el descubrir y reafirmar su compromiso a la enseñanza total de la Biblia.

Tomemos por ejemplo las doctrinas del sábado, el bautismo por inmersión y la conducta cristiana. ¿No son también normas cristianas? ¿No son acaso parte de la vida de la iglesia del Nuevo Testamento? Si decimos que guardar el sábado no es esencial para el bautismo, estamos dando un deplorable mensaje, que al final compromete el cuerpo doctrinal entero de la Escritura.

Algunos cristianos argumentarían que el requerimiento del Nuevo Testamento para el bautismo era simplemente creer en el Señor Jesucristo (Hechos 16:31). Esto es así, pero deberíamos recordar que en el primer siglo creer en Jesús y proclamarlo como Señor y Salvador era tomar una decisión extraordinaria que podría significar la diferencia entre la vida y la muerte. Tal decisión emplazaba al cristiano contra el sistema religioso del momento, por un lado, y por el otro lo colocaba contra un sistema romano que reconocía solamente a César como señor. No era una decisión fácil de tomar y los conversos sabían que el resultado podría ser la persecución o la muerte.

Más aún, la iglesia primitiva no tenía que debatir acerca de otras particularidades de la vida cristiana. No tenían problemas acerca del sábado, del bautismo o el estado de los muertos. El Nuevo Testamento testifica de la observancia del sábado (Lucas 4:16; 23:56; Hechos 13:14; 17:1-2; 18:4), la práctica del bautismo (Mateo 3:16; Hechos 8:38, 39) y guardar el cuerpo como el templo de Dios (1 Corintios 6:19, 20). No fue sino hasta más tarde en la historia, con el ataque de la filosofía griega y la intromisión de las culturas extranjeras, que el liderazgo de la iglesia sucumbió a doctrinas extrañas, tales como la salvación por las obras, la adoración dominical, el bautismo de los infantes y la inmortalidad del alma.

El reavivamiento de estos énfasis bíblicos de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, a mediados del siglo XIX, no los hace “normas adventistas” útiles solamente para ingresar en esta iglesia, de la misma manera en que el énfasis de Lutero de la justificación por la fe, no es útil solamente para entrar a la Iglesia Luterana.

El punto a destacar en cada caso es descubrir y recuperar la verdad. Las doctrinas que pueden parecer particularmente adventistas deben ser consideradas desde el ángulo del descubrimiento y la recuperación, dado que lo que enseñamos es verdad bíblica en toda su plenitud.

Visto así, no hablaremos acerca de dos modos de verdad, uno para entrar al cuerpo de Cristo a través del bautismo y otro para crecer dentro de la Iglesia Adventista. La Iglesia Adventista del Séptimo Día es el cuerpo de Cristo. Si se aplica a sí misma la descripción de la iglesia del tiempo del fin: “los que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús” (Apocalipsis 14:12), no lo hacen para asumir un exclusivismo arrogante, sino para afirmar el compromiso total con el mensaje y la misión de Jesús, quien vino y está pronto a regresar.

Las 28 creencias fundamentales no son declaraciones variadas de doctrinas, sino expresiones de la verdad tal cual es en Jesús y por tanto él influye la vida y el estilo de vida de sus seguidores. Toda expresión doctrinal debe estar centrada en Cristo, de otra manera no tiene ni utilidad ni relevancia para el cristiano.

John M. Fowler (Ed. D., Andrews University) se acogió a la jubilación luego de 52 años de servicio a la Iglesia Adventista en diferentes funciones, siendo la última la de director asociado del Departamento de Educación de la Asociación General. Sin embargo, sigue participando activamente en el equipo editorial de esta revista. E-mail: fowlerj@gc.adventist.org.