El legado de una tarea inconclusa

Las elecciones y acciones que tomamos hoy no solo afectarán nuestro futuro, sino también la vida de los que nos seguirán.

“Doy gracias a mi Dios siempre que me acuerdo de vosotros […] estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Filipenses 1:3, 6, RV95).

Saúl era alto y de buen parecer; se destacaba en la multitud (1 Samuel 9:2). A los treinta años fue elegido rey de Israel, y Dios le ordenó salvar a su pueblo de los filisteos. En el que sería su cuadragésimo año de reinado (Hechos 13:21), el profeta Samuel le ordenó que fuera a Gilgal y aguardara allí hasta que él llegara para una ceremonia especial de adoración. Después de siete días, Samuel llegaría para ofrecer sacrificios y ofrendas (1 Samuel 10:8).

Eran momentos angustiosos. El ejército israelita y el filisteo estaban en guerra. Mientras Saúl aguardaba que llegara Samuel, su ejército disminuyó de tres mil a seiscientos hombres. Atemorizados, sus soldados se escondieron en cuevas, fosos, peñascos, rocas y cisternas; algunos hasta cruzaron el Jordán (1 Samuel 13:1, 6, 15). El ejército filisteo tenía treinta mil carros, seis mil hombres de a caballo, y soldados como la arena a la orilla del mar (1 Samuel 13:5). Finalmente, el séptimo día, ante la frustración por la tardanza de Samuel y la desesperación de estar a punto de perder todo su ejército, Saúl presentó un holocausto para buscar la ayuda divina. Pero solo los sacerdotes estaban autorizados a realizar este rito. Cuando Samuel llegó, le hizo saber a Saúl cuán necio había sido al no obedecer las instrucciones divinas. En consecuencia, el reino sería dado a alguien dispuesto a obedecer.

Saúl tuvo otra oportunidad de demostrar fe y obediencia incondicionales a la Palabra de Dios para mostrar que era digno de dirigir a Israel. Los amalecitas fueron los primeros en luchar contra Israel cuando salieron de Egipto. Con cobardía y crueldad, los atacaron por la retaguardia, matando a los débiles, los cansados, los ancianos y los rezagados (Deuteronomio 25:17-18). Amalec se había burlado del pueblo de Dios y de la liberación de Israel de Egipto. Se había jactado diciendo que si los israelitas hubieran sido sus cautivos, el Dios de Israel no habría podido librarlos y que sus sabios y magos podían realizar todos esos milagros. Los amalecitas despreciaron a Israel y habían jurado no descansar hasta que no quedara un solo israelita.

Debido a esto, Dios le dijo a Saúl que borrara completamente la memoria de ese pueblo (Éxodo 17:14; Deuteronomio 25:19). Saúl recibió la misión de exterminar a los amalecitas: los israelitas no tenían que tomar sus posesiones ni gloriarse en su éxito, sino cumplir la palabra del Señor y remover de la tierra todo vestigio de ese pueblo. La instrucción de Dios por medio de Samuel fue: “Ve, pues, hiere a Amalec, destruye todo lo que tiene y no te apiades de él; mata hombres, mujeres y niños, aun los de pecho, y vacas, ovejas, camellos y asnos” (1 Samuel 15:3).

Así fue que Saúl atacó a los amalecitas con doscientos mil soldados más otros diez mil de Judá que respondieron al llamado a la batalla. El texto dice que el pueblo fue destruido por completo, incluyendo todo lo que era inservible. Sin embargo, los mejores animales y todo lo bueno fue salvado, y el rey Agag fue llevado como trofeo de guerra.

A la mañana siguiente, Saúl erigió en Carmelo un monumento de victoria para resaltar su propio honor. Cuando Samuel lo alcanzó, Saúl lo saludó, orgulloso: “El Señor te bendiga. Ya he cumplido la orden del Señor” (1 Sam. 15:13, DHH). Samuel confrontó entonces a Saúl por su desobediencia de abalanzarse sobre el botín en lugar de destruirlo por completo. Pero Saúl insistía en que él había obedecido la palabra del Señor; la misión había sido cumplida; el pueblo había sido destruido por completo y Agag era un trofeo de guerra.

Saúl estaba confundido y procuró deslindar responsabilidades acusando al pueblo. Samuel le comunicó la respuesta del Señor: “Dios no quiere sacrificios a expensas de la obediencia. La desobediencia rebelde está a la altura de la hechicería, y la justificación persistente de la desobediencia se iguala al pecado de la idolatría. La desobediencia por una causa supuestamente buena sigue siendo desobediencia. ¡El fin no justifica los medios! Hoy te has juzgado tú mismo. Dado que has rechazado a Dios al rehusarte a seguir las simples instrucciones del plan que él te dio; has mostrado ser indigno de liderar al pueblo de Dios” (1 Samuel 15:22, 23, paráfrasis).

Una amenaza continua

Como Saúl fracasó en su misión contra los amalecitas, estos continuaron siendo una amenaza para Israel. David tuvo que pelear con los amalecitas mientras huía de Saúl (1 Samuel 27:8; 30:1-19). Un amalecita afirmó haber matado a Saúl (2 Samuel 1:1, 8, 13). Amalec fue una de las naciones que David se vio obligado a someter (2 Samuel 8:11-12; 1 Crónicas 18:11), y quinientos hombres de la tribu de Simeón fueron a los montes de Seir para derrotar al resto de los amalecitas que habían escapado (1 Crónicas 4:42, 43).

Algunos descendientes amalecitas aparecen en el libro de Ester. Amán el agagueo, era descendiente del rey Agag, a quien Saúl salvó como trofeo de guerra. En ese caso, quizá Amán tenía profundos sentimientos de rencor contra los israelitas, porque vemos que solicita que Asuero les haga a los judíos lo que Dios había señalado a los israelitas que hicieran con los amalecitas. Amán le pide a Asuero que dé la orden de destruir completamente al pueblo hebreo, hasta que no quedase nadie, ni siquiera como cautivo o esclavo.

Josefo indica que cuando se les permitió defenderse, los judíos mataron a casi setenta y ocho mil amalecitas (Josefo 11:6:12). Pero los israelitas no saquearon los bienes de los que mataron (Ester 9:10, 15, 16). Después de todo, tomar el botín de sus enemigos durante la conquista de Canaán y el reinado de Saúl había sido una deso-bediencia a las instrucciones divinas y había producido un gran desastre. ¿Terminaron los israelitas del tiempo de Ester la tarea inconclusa de Saúl? De ser así, finalmente se cumplió la profecía de Balaam: “Amalec es la cabeza de las naciones, mas al fin perecerá para siempre” (Números 24:20).

Los resultados de la desobediencia

En esta historia podemos ver una vez más un ejemplo de los resultados de gran alcance que produce la deso-bediencia de una persona a Dios. ¿Dejaremos nosotros un legado de la “misión cumplida”, viviendo una vida de obediencia inquebrantable a Dios y su Palabra? ¿O al igual que Saúl, dejaremos un legado de “tareas inconclusas”, escogiendo seguir nuestro propio juicio en lugar de las órdenes explícitas de Dios?

Elena White nos brinda una perspectiva de la vida de Saúl que nos ayuda a ver cómo triunfar donde él fracasó: “Cuando fue llamado al trono, Saúl tenía una opinión muy humilde de su propia capacidad, y se dejaba instruir. Le faltaban conocimientos y experiencia, y tenía graves defectos de carácter. Pero el Señor le concedió el Espíritu Santo para guiarlo y ayudarlo, y lo colocó donde podía desarrollar las cualidades requeridas para ser soberano de Israel. Si hubiera permanecido humilde, procurando siempre ser dirigido por la sabiduría divina, habría podido desempeñar los deberes de su alto cargo con éxito y honor. Bajo la influencia de la gracia divina, toda buena cualidad habría ido ganando fuerza, mientras que las tendencias pecaminosas habrían perdido su poder. Esta es la obra que el Señor se propone hacer en beneficio de todos los que se consagran a él (Patriarcas y profetas, pp. 620, 621).

Cada día podemos decidir si cumpliremos el elevado llamado que Dios tiene para nosotros, dejando el legado de la “misión cumplida”. Las elecciones y acciones que asumamos hoy no solo afectarán nuestro futuro, sino también la vida de los que nos seguirán. El Espíritu Santo está ansioso de guiarnos, para que la buena obra que Dios ha comenzado en nosotros se haga completa.

Herb Giebel (DTM&H London School of Tropical Medicine & Hygiene) es director de Educación Médica en la División de África Centro Occidental, con sede en el Hospital Adventista de Nigeria. Dirección electrónica: giebelnet@gmail.com.