Doris A. Mendoza

Diálogo con una adventista profesora de medicina en Filipinas

Doris Mendoza nació en el seno de una familia religiosa; su padre era aglipayan (versión filipina del catolicismo) y su madre metodista. A pesar de haber sido bautizada en la iglesia católica al nacer, su vida fue grandemente influenciada por la devoción y el fervor de su madre, y ella finalmente escogió ser metodista. En sus primeros años de estudio fue muy aplicada y aprendía rápidamente, tanto en el aula como en experiencias prácticas. Su interés por varias culturas y religiones la impulsó a explorar el mundo que la rodeaba.

Antes de su graduación como médica en la Universidad de las Filipinas, realizó sus estudios de introducción a la medicina en la Universidad Estatal de Mindanao, y allí tuvo amistades musulmanas y aprendió acerca de la religión islámica.

Realizó su especialización en cardiología pediátrica obteniendo una beca para ir a la Universidad de Kyoto en Japón donde entró en contacto con el sintoísmo y el budismo. Más tarde realizó un entrenamiento en Israel, donde aprendió acerca del judaísmo.

De ahí en más trabajó por veinticinco años en la clínica pediátrica del Hospital San Pablo, un hospital católico en Iloilo City, Filipinas. En esa época tuvo oportunidad de participar en un programa de observación de transplantes cardíacos pediátricos en el Centro Médico de Loma Linda, California. Allí conoció el estilo de vida adventista y supo acerca de la observancia del sábado. Algunos años después abrazó la fe adventista.

La doctora Mendoza en este momento está ayudando a establecer la Carrera de Medicina en la Universidad Adventista de Filipinas en Silang. Mientras sirve a esa institución, continúa trabajando como profesora de medicina y consultora de pediatría y cardiología pediátrica en la Facultad de Medicina de la Universidad Visayas en Iloilo City.

¿Cómo surgió su interés por la medicina? ¿Qué fue lo que la motivó?

Ser médica fue un sueño desde la infancia. Hubo alguien que me motivó. Se llamaba Fe del Mundo, y se hizo muy conocida porque fue la primera pediatra mujer de mi país. Tuve la suerte de que ella fuese mi doctora en la niñez y juventud. Al observar cómo cuidaba a sus pacientes, sentí el deseo de emularla. Ella fue una médica brillante y una de las alumnas sobresalientes de la universidad, en una época en que los hombres dominaban el área médica. Es así que desde la escuela primaria orienté mi vida hacia la medicina, y más específicamente a la pediatría.

¿Cuáles son sus responsabilidades actuales?

Cuando concluí mis estudios en 1976 fui destinada a realizar un entrenamiento en un área rural de la provincia de Iloilo. Debía cumplir allí un servicio de seis meses, como último requisito para cerrar mi carrera mientras esperaba los resultados de mis últimos exámenes académicos. En ese momento el decano de la incipiente carrera de Medicina de la Universidad del Oeste de Visayas me invitó a formar parte del equipo docente. Acepté, aun cuando estaría muy lejos de Manila, donde estaba mi familia. Y allí permanecí desde 1977.

Me siento feliz de haber contribuido al crecimiento de esa facultad donde realicé diversas tareas. Actualmente soy la presidenta de la Comisión de Ética de la universidad a la vez que presto servicio como consultora en el área de pediatría cardíaca del Hospital Escuela. Poco después de entrar a trabajar, pedí autorización para regresar a la Universidad de Filipinas y realizar una residencia en el Centro de Pediatría, pero nunca me desconecté de mi trabajo inicial. No solamente pude ir creciendo en conocimiento, sino también obtuve becas para realizar pasantías en el extranjero. Actualmente llegué al escalafón profesor V que es el más elevado en el sistema educativo del país. Debido a que el programa de estudios está organizado sobre la base del planteamiento de problemas, termino enseñando una variedad de temas.

¿Cree Ud. que hay quienes la observan y admiran, al punto de querer emularla?

Agradezco al Señor por el privilegio que he tenido por 35 años, de influenciar positivamente a mis alumnos. En este momento recibo la visita de exalumnos y expacientes que vienen con sus hijos e incluso sus nietos. He percibido que varios de ellos decidieron estudiar medicina y hoy son mis colegas. Algunos muy destacados y llenos de compasión; esto lo pude percibir cuando mi propia vida estuvo en peligro. Como educadora, siento algo muy especial cuando me coloco en las manos de mis exalumnos sabiendo que ellos velarán por mí. Este es el mayor privilegio que puede tener un docente, y considero que son como joyas que hacen mi vida más valiosa.

Habiendo vivido rodeada de tan diversos grupos religiosos, ¿cómo es que Ud. llegó a formar parte de la Iglesia Adventista?

Mi trayectoria religiosa es larga… Siendo infante fui bautizada como católica, pero debido al fuerte compromiso de mi madre con Jesús, su solidez espiritual y su testimonio de dependencia de la Biblia, me sentí atraída hacia la Iglesia Metodista. A los doce años acepté a Jesucristo como mi Salvador y Señor y nuevamente fui bautizada. Cuando me mudé a Iloilo City descubrí a los bautistas, quienes me hicieron comprender que el bautismo por inmersión era el auténticamente bíblico. Este fue mi tercer bautismo, pero el primero bajo las aguas, en una hermosa playa. Después llegué a descubrir la presencia de los adventistas.

En la docencia encontré alumnos de variadas religiones, pero un grupo de estudiantes era especial. Cada vez que había un examen en sábado este grupo –los adventistas– se dirigía a las autoridades para solicitar excepción. Ni siquiera iban a clase en sábado. Como soy una persona de convicciones, me sentí impresionada por su firmeza en los principios religiosos. Siempre traté de defender esta actitud cuando era expuesta en reuniones de docentes, intercediendo para concederles una solución, basándome en la postura de que es bueno respetar las creencias religiosas. Esta escena se repetía reiteradamente los primeros años, hasta que los estudiantes adventistas en forma perseverante obtuvieron un cambio de orientación y la universidad decidió no tener ni clases ni exámenes en sábado.

Esta escena repetida llegó a impactarme. Me pregunté a mí misma qué sería lo que hacía que estos estudiantes fuesen tan firmes en su fe al punto de rehusar hacer un examen, colocando en riesgo su futuro. ¿Por qué estaba tan arraigada esta creencia de que el sábado era el día santo de Dios, en contraste con otros que lo consideraban un día ordinario de trabajo? Me sentía intrigada e impresionada. No contábamos con Internet, por lo que tuve que buscar una enciclopedia e investigar acerca de los adventistas del séptimo día. Aprendí una verdad bíblica básica: el séptimo día era el sábado, el día de descanso.

Entonces usted misma comenzó a guardar el sábado y se unió a la Iglesia Adventista?

No tan rápido. En 2003, tuve un accidente cerebrovascular que me confinó en la cama por semanas; mi lado izquierdo no tenía fuerza. Mientras iba recuperando mi vigor, me apareció un cáncer de mama. Después de la cirugía, de varias aplicaciones de quimioterapia durante seis meses y de un tratamiento oral por un año, me diagnosticaron cáncer de útero. Enfrenté una nueva cirugía mayor, seguida de varias semanas de tratamiento de rayos.

Durante todo ese tiempo mi fe se mantuvo firme y mi vida estaba en las manos del Gran Médico, el único que podía curarme completamente. Permanecí en cama por más de dos años; tuve tiempo para estar en comunión con Dios y hacer un estudio profundo de la Biblia. Cierto día en que estaba recorriendo los canales de televisión en busca de un buen programa, descubrí 3ABN y escuché a Doug Batchelor, Shawn Boonstra, David Asscherick y varios otros. Descubrí que esos predicadores adventistas estaban presentando la verdad, de acuerdo a la Biblia de una manera que nunca había escuchado.

Poco después, cuando ya había recuperado fuerzas y bastante inmunidad fui a un centro comercial con mi familia y mientras ellos compraban yo entré en un negocio de libros usados. Encontré uno con una hermosa tapa titulado Legacy. Al hojearlo me llamó la atención el capítulo titulado “Transplantes de corazón en recién nacidos”. Mi formación de cardióloga pediátrica revivió. Compré el libro, pero pasó un tiempo hasta que pude leerlo y descubrir que hablaba de un hospital adventista perteneciente a la Universidad de Loma Linda. Eso me cautivó.

Al terminar, envié un e-mail a todas las direcciones que encontré en el libro y pocas semanas después ya estaba planeando un viaje para observar las técnicas y tratamientos.

Obtuve permiso de ausentarme y llegué a la universidad en diciembre de 2006. El canciller de la universidad, Richard Hart, me invitó a dirigir una reflexión al comienzo de una reunión del grupo administrativo. Compartí mi historia con las autoridades y me presentaron a Richard Schaefer, el autor del libro, quien me dijo: “Ahora entiendo; usted es la razón por la cual no me jubilé antes. Algo me retenía en la silla. Yo tenía que encontrarme con la persona que llegó a Loma Linda gracias a mi libro”. La gente quedó maravillada y nos hicieron una entrevista a ambos. Volví a contar mi historia, esta vez por televisión.

Uno de los cordinadores de mi estadía, propuso que me bautizara allí, porque percibió que yo conocía muy bien las 28 creencias fundamentales y llevaba un estilo de vida adventista. Pero le dije que quería volver a mi congregación bautista en Filipinas, donde yo era líder y jefa de diaconisas, y compartir con ellos la nueva fe. Creía que si yo regresaba como adventista bautizada, ellos sentirían que los había traicionado. Regresé como bautista y hablé acerca del sábado y la segunda venida cada vez que pude. Dos líderes de mi iglesia aceptaron el mensaje y los tres fuimos bautizados en la Iglesia Adventista unos tres años después que regresé al país.

¿Cuál fue su primer contacto con la Iglesia Adventista en Filipinas?

Años antes, la familia de uno de los niñitos al que atendía era adventista. Cada vez que me llevaban el niño a consulta, la mamá me dejaba libros de Elena White como El camino a Cristo. Nunca procuró convertirme porque sabía que yo era líder de mi iglesia. Cuando esta señora acudió a mi casa para invitarme a un curso de cocina vegetariana, le mostré la revista de la Universidad de Loma Linda donde habían publicado un artículo sobre mi experiencia; ella quedó impactada porque había estado orando por mi conversión. Así que cuando tuve que decidir a qué congregación adventista iba a unirme, opté por la de ella. Desde ese momento me involucré mucho en todas las actividades.

¿Qué consejo quisiera dejar a los jóvenes profesionales adventistas?

Les diría: ustedes están en la iglesia verdadera; la iglesia remanente. Nunca sucumban ante la presión de sus pares u otras personas. Mantengan en alto el compromiso de fe. Dios es capaz de ayudarlos a sobrellevar las dificultades que tengan que enfrentar, incluidas las clases o exámenes en sábado o cualquier requerimiento laboral en ese día especial.

Para quienes no son adventistas, pero sí cristianos, les digo que sigan buscando la verdad y nunca dejen de estudiar la Palabra de Dios. Cuando sientan convencimiento, no esperen milagros, pero no se resistan.

Sabemos que tiene un proyecto especial de trabajo en la Universidad Adventista de Filipinas. ¿En qué consiste?

Se trata de abrir la carrera de Medicina. Es un tremendo desafío. Yo había pensado dejar la docencia en la universidad estatal y jubilarme en el 2015, y sorpresivamente recibí una invitación de la Universidad Adventista. Así que estoy en un momento de transición. Trabajo en dos universidades distintas que están ubicadas en dos islas bien distantes. Estoy plasmando la preparación de los detalles previos a la apertura de los cursos. Echaré de menos mi trabajo de 35 años en Iloilo City, pero considero que Dios me guió hasta esta misión. Él me dará sabiduría para esta nueva tarea. Yo no la busqué, pero creo que cada cosa se fue desarrollando para llegar a este momento. Tengo seguridad que la Carrera de Medicina forma parte de los planes de Dios no solo para las Filipinas, sino para formar médicos misioneros para toda esta parte del mundo.

¿Tiene algunas palabras finales?

Cuando todavía era bautista, organizaba reuniones de reavivamiento en las que teníamos vigilias de oración. Una de mis oraciones fue lo que llamo “una oración peligrosa”. Le pedí a Dios más o menos así: “Señor, si deseas quiébrame en mil pedazos y moldéame nuevamente para tener una nueva imagen, la que tú desees”.

Esta era una oración peligrosa. Pocos meses después estaba al borde de la muerte y pasé por una serie de catástrofes médicas. Pero Dios me transformó en una “médica herida”.

Mi consejo es: No te aventures a decir oraciones peligrosas, a menos que realmente estés dispuesto a todo. Orar es algo serio. Pero debes estar preparado si el Señor responde tus oraciones tal como se lo pides. Dije mi oración con todo mi corazón, mente y alma y Dios me capacitó para pasar todas las pruebas. Algún día, al final de la jornada, podré ver cara a cara a mi “médico herido”, mi amado Salvador que curó mis transgresiones y por sus heridas yo fui curada. ¡Alabado sea el Señor!

Hudson E. Kibuuka (D.Ed., University of South Africa) es director asociado del Departamento de Educación de la Asociación General de la Iglesia Adventista del Séptimo Día. E-mail: kibuukah@gc.adventist.org.

Doris A. Mendoza: docmendz@yahoo.com.