¿Es el Dios del Antiguo Testamento diferente al del Nuevo Testamento?

La Biblia ofrece un retrato de Dios unificado y coherente.

“Dios es amor”, declara el apóstol (1 Juan 4:8). Por muchos siglos los cristianos han dado gran importancia a esta breve declaración porque expresa la característica que define a Dios. Han tomado esta pequeña frase para resaltar quién es Dios y definir su cualidad más importante. Dado que la Biblia afirma que la naturaleza de Dios no cambia (Malaquías 3:6), los cristianos han declarado que el amor de Dios se encuentra expuesto a través de la Escritura, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento.

El problema

Sin embargo, no todas las personas están de acuerdo en que la Biblia entera expone un Dios amante. En su reciente libro considerado un best seller, el militante ateo Richard Dawkins no escatima palabras: “El Dios del Antiguo Testamento es, podría decirse, el carácter más desa-gradable de toda la ficción: celoso y orgulloso de serlo; un mezquino, injusto y controlador; vengativo, genocida étnico sediento de sangre, misógino, homofóbico, racista, infanticida, filicida, pestilente, megalómano, sadomasoquista, y un matón caprichoso y malévolo.”1 Solo con esto –y mucho más puede ser dicho acerca del autor y su libro– Dawkins no ve en el Antiguo Testamento una descripción de un Dios de amor.

Y no son solo los ateos quienes son desafiados por la descripción de Dios del Antiguo Testamento. Muchos lectores casuales de la Biblia, y aún un buen número de cristianos, luchan con el Dios del Antiguo Testamento. Les parece, por lo menos superficialmente, que la descripción presenta un dramático y destacado contraste con el Nuevo Testamento. Su impresión es que el Dios del Antiguo Testamento es áspero, vengativo y castigador, mientras que el del Nuevo Testamento, –como es mostrado en Cristo Jesús– se revela como amante, lleno de gracia y misericordia.

¿Cómo debería ser abordado este tema? ¿Existen repuestas que sustenten la posición cristiana ortodoxa de que la descripción bíblica de Dios es uniforme y consistente, que Dios es un Dios de amor tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento? ¿O es tan grande y profundo el abismo entre las descripciones del Antiguo y Nuevo Testamento, que no pueden ser unidas?

Analizaremos algunos puntos en forma positiva, de este desafiante tema. Sin embargo, es apropiado primeramente revisar varias soluciones que han sido sostenidas y defendidas, pero que resultan inadecuadas o erróneas desde el punto de vista de la Escritura, aun cuando hayan tenido una amplia atracción.

Soluciones inaceptables

Una solución defendida por Marcion en el siglo II d.C., es simplemente declarar que el Dios del Antiguo Testamento es diferente del Dios del Nuevo Testamento. Según Marcion, el Dios del Nuevo Testamento, el Padre celestial que envió a Jesús y acerca de quién Jesús predicaba, es bueno, misericordioso, y perdonador. En contraste, el Dios del Antiguo Testamento, el Creador del universo material, es una deidad tribal celosa, cuya ley demanda justicia, que castiga a las personas por sus pecados. A la luz de esta óptica, no resulta sorprendente que Marcion rechazó todo el Antiguo Testamento, y aceptó solo un limitado número de libros del Nuevo Testamento, que él mismo había editado favoreciendo su perspectiva.

Sin embargo, Marcion fue correctamente juzgado como hereje y separado de la iglesia primitiva, y existen razones convincentes que explican por qué su perspectiva debe ser rechazada. Primero, a través del Nuevo Testamento, se asume que el Dios que “tanto amó al mundo” (Juan 3:16), que dio a su Hijo para morir, es el mismo Dios que el del Antiguo Testamento. Sumado a esto, Jesús mismo es identificado como el Agente activo en la creación, el que trajo todas las cosas a la existencia (Juan 1:3,14), y no como una deidad malvada como sostuvo Marcion. Un punto decisivo y elocuente es que Jesús nunca se distancia del Dios del Antiguo Testamento o de las Escrituras del Antiguo Testamento. En cambio, percibió su vida en continuidad y en cumplimiento del Antiguo Testamento (Lucas 24:27, 44).

Otra sugerencia que no llega tan lejos como la herejía de Marcion, es la que sostiene que el mismo Dios está presente en el Antiguo y Nuevo Testamento, pero que tiene una personalidad dividida. Es decir, que manejó a las personas de diferente manera en los tiempos del Antiguo Testamento que en la era del Nuevo Testamento. Quienes defienden esta solución, piensan que Dios por alguna razón escogió actuar en forma áspera y punitiva con los israelitas y otras naciones, pero que con la llegada del Nuevo Testamento la bondad y dulzura de Dios pasan a primer plano.

Esta sugerencia es desarrollada de manera elaborada y se le da un barniz de sofisticación en el sistema teológico conocido como dispensacionalismo. Arraigados en los escritos del siglo XIX de John Darby y popularizados en las notas marginales de la Biblia Scofield Reference, el dispensacionalismo continúa siendo el punto de vista ampliamente sostenido por muchos cristianos. Sostiene que Dios se ha relacionado con la gente en maneras diferentes a través de una serie de diversas dispensaciones o períodos a través de la historia. Por ejemplo: el tiempo de Adán y Eva en el Edén, fue la dispensación de la inocencia; el mundo antidiluviano fue la dispensación de la conciencia; y la mayoría de la era del Antiguo Testamento fue la dispensación de la ley. También argumenta que estas diferentes dispensaciones están basadas en diferentes pactos bíblicos.

Sin embargo, tanto el dispensacionalismo como la postura de Marcion, decaen en el terreno de la continuidad obvia que se ve entre Dios y sus maneras de actuar en ambos Testamentos. De hecho, Dios declara acerca de sí mismo, “Yo, el Señor, no cambio” (Malaquías 3:6 NVI).

Soluciones útiles

¿Cuáles son algunos de los puntos a considerar que puedan ayudarnos a entender la descripción de Dios del Antiguo Testamento y crear un puente sobre el abismo que algunas veces se piensa existe entre el Dios del Antiguo Testamento y el del Nuevo Testamento, tal cual es revelado en Jesús?

En primer lugar, Jesús nunca se distanció a sí mismo del Dios del Antiguo Testamento. Nunca hizo una declaración que sugiriese que su carácter o enseñanzas fuesen diferentes o separados de la revelación de Dios del Antiguo Testamento. En muchos asuntos distinguió su punto de vista y sus enseñanzas de la comprensión judía tradicional (Mateo 5:21, 22, 28, 31, 32; 15:1-11) pero nunca se apartó de lo que el Antiguo Testamento revela acerca de Dios. Por el contrario, fue el Dios del Antiguo Testamento quien lo dio al mundo por amor (Juan 3:16); y vino como Emanuel, “Dios con nosotros” (Mateo 1:23, NVI; citando Isaías 7:14), como la encarnación viva del Dios del Antiguo Testamento. Del mismo modo en que Jesús no separó la revelación de Dios provista por su vida, del Dios del Antiguo Testamento, tampoco deben hacerlo sus seguidores.

En segundo lugar, si uno toma las Escrituras con seriedad, Dios no es una deidad unidimensional, siendo el amor su único atributo, sino que se le atribuyen muchas características. El es santo, recto, justo, fiel, celoso, misericordioso, lleno de gracia y así sucesivamente. Una importante lista de atributos bíblicos podrían ser citados, pero eliminar aspectos bíblicos de la descripción de Dios porque no encajan con nuestro concepto de un Dios de amor sería caer en un reduccionismo. Tal ejercicio nos dejaría con un cuadro disminuido de Dios, que no sería fiel a las Escrituras. Debemos permitir que la Biblia defina el carácter y los caminos de Dios en lugar de decidir cómo es Dios y luego imponer nuestra visión a las Escrituras.

En tercer lugar, el Nuevo Testa-mento (al igual que el Antiguo), contiene algunos pasajes desafiantes cuando se trata de entender el carácter de Dios. En otras palabras, el Dios del Nuevo Testamento, aún como es visto en Cristo Jesús, no es siempre tierno y amante. Muchos pasajes bíblicos sirven para comprobar esto. El juicio divino que terminó con la vida de Ananías y Safira por mentir al Espíritu Santo, es ciertamente un castigo severo (Hechos 5:1-11). Algunos pueden ver esto como un vestigio del Dios severo del Antiguo Testamento, aun cuando se encuentra en el Nuevo Testamento. El último libro del Nuevo Testamento habla de un juicio de Dios que contiene ira sin diluir, un enojo divino que no está mezclado con misericordia (Apocalipsis 14:9-11). Jesús mismo expulsó a los mercaderes del templo con un látigo (Juan 2:13-17) e inicialmente rechazó el ruego de una mujer cananea para que sane a su hija, lo que algunos consideran un comentario peyorativo (Mateo 15:21-28). Todos esto no es negar que el Dios del Nuevo Testamento es infinitamente amante y lleno de gracia; es simplemente resaltar que tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento por momentos presentan desafíos cuando buscamos entender los caminos amantes de Dios.

En cuarto lugar, el concepto al cual a veces los cristianos se refieren como revelación progresiva se refiere al de-senvolvimiento gradual de la verdad, al hecho de que mientras nos movemos a través de la Escritura, Dios se revela a sí mismo y su carácter más y más claramente, hasta que alcanzamos el clímax de su autorrevelación en la persona de su hijo Jesucristo. Esto no equivale a decir que la revelación de Dios encontrada en el Antiguo Testamento es errónea. Es cierto que David, Isaías, Daniel y otros escritores recibieron revelaciones acerca de Dios y las comunicaron en las páginas de las Escrituras. Sin embargo, es una revelación incompleta.

Como la Biblia lo indica, la plena revelación de Dios se encuentra en la vida de su hijo Jesucristo. Ningún profeta del Antiguo Testamento pudo jamás decir como dijo Jesús, “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Juan 14:9 NVI). Jesús es el único de quien puede ser dicho: “Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad” (Colosenses 2:9 RV). Por eso debemos recordar que mientras estemos en esta tierra, aún con la maravillosa revelación de Dios provista por Jesús, seguimos viendo “de manera indirecta y velada, como en un espejo” (1 Corintios 13:12 NVI). Solamente en la eternidad comenzaremos a entender algunos de los desafíos a nuestra comprensión enunciados por ciertos pasajes de las Escrituras.

Un último punto a tener en cuenta, es que nuestra inquietud y dudas acerca de la descripción de Dios del Antiguo Testamento puede decirnos más acerca del mundo en el cual vivimos y acerca de nosotros, que acerca de Dios. En nuestros días se prefiere a un Dios indulgente y permisivo, en lugar de un Dios de amor santo y celoso (Éxodo 20:5; 34:14). Quizás deseamos un Señor cálido y acogedor en lugar de uno que tenga “fuego consumidor” (Hebreos 12:29 NVI).

El siguiente párrafo de C. Lewis es una certera crítica a nuestra generación: “Lo que realmente nos satisfaría, sería un Dios que dijera acerca de cualquier cosa que nos gusta hacer, ‘¿qué importancia tiene mientras estén contentos?’ Deseamos, en realidad, no tanto un Padre en los cielos sino un abuelo; un senil benevolente quien, como ellos dicen, ‘disfruta de ver a los jóvenes disfrutando’, y cuyo plan para el universo es que al final de cada día simplemente pueda decirse con seguridad, ‘todos pasaron un buen día’”.2

En lugar de limitarnos a la revelación que Dios hace de sí mismo en una sola porción de la Escritura, sigamos el ejemplo de muchos cristianos fieles, los apóstoles del Nuevo Testamento y Jesús mismo. Que al buscar sondear la profundidad y totalidad de la Biblia, podamos percibir su continuidad y comprender al que tiene la vida eterna (Juan 17:3).

Greg A. King (Ph.D., Union Theological Seminary) es decano y profesor de la Facultad de Teología de la Southern Adventist University en Collegedale, Tennessee, EE.UU. E-mail: gking@southern.edu.

REFERENCIAS

  1. Richard Dawkins, El espejismo de Dios (Boston: Houghton Mifflin, 2008), p. 13, Traducción de Regina Hernandez Weigand, p. 24.
  2. C.S. Lewis, The problem of pain (N York: Macmillan, 1962), p. 40.