Por qué los cristianos necesitan estudiar sociología

Es en las relaciones humanas y especialmente en las relaciones de grupo, donde mejor se puede conceptualizar, acceder y construir la realidad.

Algunos cristianos tienen “profundos recelos respecto de la sociología”. Se teme que los estudiantes de sociología vean que sus convicciones religiosas “son minadas, sino destruidas”.1 Sin embargo, a pesar de ese presunto temor, las universidades cristianas continúan ofreciendo clases de sociología. A la luz de esto, parece relevante formular las siguientes preguntas: ¿Por qué los profesores y estudiantes de las instituciones cristianas enseñan y estudian sociología? ¿Puede facilitar la enseñanza y el estudio sociológico una comprensión más profunda de la vida cristiana? ¿Puede servir como vehículo para desarrollar la fe?

Para comenzar, tenemos que entender en primer lugar el propósito mayor de la empresa educativa. Las instituciones educativas buscan exponer a los estudiantes a una variedad de experiencias, con el propósito último de prepararlos para la vida. El objetivo de la educación ofrecida, al menos desde el punto de vista cristiano, es equipar a los estudiantes con el conocimiento, las habilidades, las disposiciones y las perspectivas que los capaciten para vivir de manera plena y significativa en este mundo y a prepararse para el cielo. Es por ello que la selección curricular de una institución cristiana presupone un cuidadoso análisis y la comprensión de las actividades de los seres humanos y las inclinaciones necesarias para la vida.

Si bien las posturas varían respecto de las cualidades consideradas centrales para el desarrollo de una persona y de las que se consideran importantes pero no centrales,2 los educadores por lo general están de acuerdo en la naturaleza integral del ser humano. A pesar de las variadas perspectivas sobre el tema,3 se han establecido algunas necesidades básicas. Maslow4 las concibe en términos de necesidades de orden inferior y superior, identificando seis niveles, donde el más bajo es el fisiológico y el más elevado la realización personal. La clasificación de Pratt, que habla de necesidades filosóficas, sociales, estéticas y de supervivencia 5 se asemeja a la formulación de Elena White,6 quien se refiere a las facultades físicas, mentales, espirituales y sociales. Sobre la base de estas necesidades, se han identificado experiencias centrales consideradas necesarias para facilitar el desarrollo significativo y óptimo de una persona.

El objetivo de las instituciones educativas –y en particular cristianas– es brindar una educación equilibrada. Es por ello que las diversas áreas básicas del currículum (tales como las ciencias naturales, las ciencias sociales, las artes y las humanidades) se fundamentan y organizan de acuerdo con las necesidades identificadas más arriba. El objetivo es facilitar el desarrollo óptimo de cada estudiante de la manera que mejor se adapte a estas necesidades. Como ha señalado White, el proceso de educación está relacionado con el desarrollo integral de las facultades mentales, físicas, espirituales y morales; el objetivo último es que cada estudiante se asemeje a Dios.7 En este sentido, ¿cuál es la función de la sociología en este proceso?

El enfoque sociológico

La sociología se interesa en el estudio de la conducta humana. Como método de enfoque y cuerpo de conocimiento, difiere de las demás ciencias sociales porque enfatiza el carácter gregario de la conducta humana. El argumento básico es que la conducta humana depende en gran medida de las normas y valores sociales que resultan de la interacción grupal. Esta perspectiva grupal (interpersonal) difiere más bien del énfasis más individualista (intrapersonal) que algunas divisiones de las ciencias sociales asocian con la conducta humana.

Los economistas, por ejemplo, suelen señalar la naturaleza utilitaria de la conducta humana, y postulan las elecciones racionales como la base de tales conductas.8 Estos estudiosos indican que los seres humanos calculan sus elecciones y negocian sus respuestas ante las diversas demandas de su entorno en términos de costo-beneficio. En otras palabras, es sumamente probable que un determinado individuo lleve a cabo y repita un curso de acción que considere beneficioso. Por otro lado, si ese individuo no toma en cuenta que una conducta determinada es beneficiosa, no la llevará a cabo y, por lo tanto, tampoco tomará la decisión de repetirla. Sin embargo, si bien los sociólogos no reniegan del papel que juegan las elecciones racionales en las actividades humanas, no consideran que sean la fuerza motivadora primordial de esas actividades. Los sociólogos señalan que muchas conductas humanas son llevadas a cabo sin pensar en su valor intrínseco. Muchas personas, por ejemplo, siguen adhiriendo a prácticas sociales tales como el cigarrillo o los ritos de iniciación violentos que claramente no contribuyen con su bienestar. Aun así, estas personas sienten la inclinación de dar cabida a estas prácticas, en gran medida debido al peso de las expectativas sociales.

Emile Durkheim9 sostiene que las actividades humanas poseen un locus externo. Afirma que los hechos sociales10 que constituyen fenómenos producidos y sostenidos por el grupo constituyen el motivo principal de la conducta humana. Al desarrollar sus ideas sobre las fuerzas que influyen en la conducta humana, Durkheim se refiere a las teorías reinantes en la psicología y sociobiología de su época. Aunque la psicología propone que la conducta humana se debe a factores psicológicos tales como la voluntad y otras características mentales, la sociobiología indica que los principios biológicos, tales como las predisposiciones genéticas y los niveles hormonales, son la causa real de la conducta humana. En contraposición a estas dos perspectivas, Durkheim sostiene que las maneras de relacionarse con el mundo tienen raíces sociales.

Por ejemplo, Durkheim señala que las formas de cumplir sus deberes en sus empleos y en otras relaciones interpersonales han sido dadas mediante las expectativas sociales y prácticas establecidas de la sociedad donde viven. En otras palabras, las maneras en que las personas se relacionan con sus hermanos, madres o jefes están determinadas en gran medida por las normas de sus sociedades. Por ello, la clave para entender la conducta humana se halla en el estudio de los hechos sociales. De común acuerdo con la lógica de Durkheim, los sociólogos reconocen que en los hechos sociales existe una realidad objetiva y de creación social que brinda el ímpetu para el sostenimiento de la acción e interacción humanas.

No obstante, el enfoque de la conducta humana basado en el grupo parece ignorar la perspectiva bíblica de que cada ser humano es responsable por sus acciones (2 Corintios 5:10). Si bien esto es verdad hasta cierto punto, creo que la caracterización de la perspectiva sociológica como antibíblica no resiste un análisis más acabado. En efecto, el enfoque grupal de los sociólogos puede ser defendido en gran parte dentro del ámbito de la perspectiva bíblica del ser humano. Esta afirmación, analizada en este artículo, es una de las principales razones por las cuales los cristianos necesitan estudiar sociología. Pero existen al menos otras dos razones para que los cristianos entiendan la condición humana desde una perspectiva sociológica.

La razón fundamental para el estudio de la sociología

La sociología constituye una herramienta útil para los cristianos porque ofrece una descripción importante del yo y de los demás, y porque mediante ella es posible obtener la tan necesaria comprensión del mundo social. Por supuesto, no compartimos la postura que sostiene que la sociología brinda el único o al menos el mejor relato de la condición humana. Los seres humanos son demasiado complejos para que los reduzcamos a la explicación de una sola disciplina o perspectiva.

La necesidad de que los cristianos persigan una comprensión auténtica de sí mismos y de otros deriva en parte de las órdenes dadas por Dios de fructificar y multiplicarse (Génesis 1:28) y de amarse unos a otros así como se aman a sí mismos (Mateo 19:19). Estos requerimientos adquieren dimensiones aún mayores cuando son vistos a la luz de la imagen de Dios en el ser humano (Génésis 1:27). En efecto, no es posible tratar de reproducir (multiplicar) los seres creados a la imagen de Dios y amarse a uno mismo y extender ese amor a los demás sobre la base de meras conjeturas y emociones infundadas. Por el contrario, se requiere de esfuerzos acabados y sistemáticos. Asimismo, resultaría sumamente difícil que los seres humanos creados a imagen de Dios se reproduzcan y se amen a sí mismos sin una auténtica conciencia del yo y de los demás. No alcanza con una comprensión basada en el sentido común. A menudo, esto no conlleva mucho más que una captación superficial e impresionista de estos temas. Además de los escritos inspirados, tenemos que basarnos en la sabiduría humana acumulada, para lograr claridad y dirección.

Muchas personas dan por sentado estos comportamientos, y no logran ver con claridad sus conductas dentro de los múltiples estratos ocultos en las circunstancias de sus vidas. Sobre la base de un espíritu individualista, muchos parecen pensar en sus conductas como personales y, en consecuencia, son incapaces de aprehender lo general en lo particular, es decir, de verse a sí mismos dentro de las circunstancias más abarcadoras. Así muestran una notoria inocencia respecto de aspectos extrínsecos de su conducta. No obstante, esta noción es claramente bíblica a la luz de lo que expresa el salmista, que afirma que al documentar la vida de las personas Dios tomará nota de que “este nació allí” (Salmos 87:6). Este versículo parece implicar que Dios toma en cuenta donde nació una persona y considera que sus experiencias de socialización son importantes para las actividades de la vida y la formación del carácter.

La imaginación sociológica

C. Wright Mills desarrolló aún más la idea de Durkheim de los hechos sociales, y nos ha dado la descripción acaso más reveladora del enfoque en la “otredad”. Mills11 presenta la noción de la “imaginación sociológica”, que resulta esencial para entender que la conducta de los seres humanos está orientada por las exigencias normativas de la sociedad donde viven. También sostiene que quien posee imaginación sociológica puede ver la intersección de la historia y la biografía en el impacto de estas sobre la vida de las personas.

Por ello, “la imaginación sociológica capacita a su poseedor para que entienda la escena histórica general en términos de su significación para las carreras internas y externas de una diversidad de individuos” y “para aprehender la historia y la biografía y su relación entre estas dentro de la sociedad”.12 Por ello, Mills sostiene que toda investigación social propiamente hecha demostrará una aprehensión de la conducta humana como una función de la intersección de la historia (características estructurales amplias dentro de una sociedad) y la biografía (las circunstancias personales y más inmediatas de la vida de los individuos).

Son estos factores históricos y biográficos de “otredad” los que comprenden los múltiples estratos de las circunstancias de las vidas de las personas y según los cuales los sociólogos procuran entender la conducta social. Es también dentro de esta perspectiva que pueden fabricarse las fuerzas subyacentes a los diversos patrones de conducta que manifiestan los cristianos a través de las fronteras culturales. Pensemos en los hombres cristianos adventistas de los Estados Unidos y del norte de Camerún. Si bien estos dos grupos comparten la misma cosmovisión que de manera significativa los obliga mutuamente, difieren también en puntos importantes. Los hombres adventistas del norte de Camerún hablan francés, se visten con túnicas musulmanas para ir a la iglesia, y es muy probable que estén casados con una esposa escogida por sus padres. Por otra parte, los de Estados Unidos hablan inglés, usan otra ropa para ir a la iglesia, y seguramente están casados con una esposa elegida por ellos. A pesar de sus valores y creencias comunes, estos dos grupos difieren en su forma de poner en práctica sus creencias y valores, en gran medida como resultado de las sociedades a las que pertenecen.

La capacidad de ver la conducta de las personas en términos de las circunstancias de sus vidas resulta de mucha significación para la práctica cristiana. Perkins13 sostiene que el estudio sociológico lleva a una mayor claridad analítica. Según él, esta claridad, junto con la capacidad de comunicar perspectivas teóricas obtenidas del estudio sociológico, resulta invalorable para la realización y el desarrollo del potencial de las personas como seres creados a imagen de Dios. Las perspectivas y la claridad de pensamiento resultantes son de valor para la identidad y la conciencia que tiene una persona de los demás, y brindan las condiciones que facilitan el verdadero amor al yo y al prójimo.

La obra de Michael Schwalbe muestra con claridad que la perspectiva sociológica capacita a las personas para que amen significativamente a otras personas14 y sostiene que las perspectivas sociológicas invisten una “atención sociológica” que capacita a las personas para que presten atención a las dificultades y elecciones que enfrentan los demás. Schwalbe destaca que “si observamos de qué manera las circunstancias de los demás difieren de las nuestras, es mucho más probable que nos mostremos compasivos con ellos y les brindemos el respeto que se merecen, y nos mostraremos menos propensos a tratarlos injustamente”.15 En otras palabras, la atención sociológica prepara al cristiano para que desarrolle la capacidad reflexiva (véase Perkins). Un cristiano reflexivo es aquel capaz de abstraerse de su propia situación social y marco de referencia de manera de “juzgarse” a sí mismo y a los demás sobre la base de una comprensión cuidadosa y objetiva de los hechos. Esta capacidad de ser reflexivo es indispensable para que una persona pueda cumplir con la regla de oro, es decir, para que pueda tratar a otros como desea que la traten (Mateo 7:12). Es por ello que Leming, DeVries y Furnish sostienen que “el cristiano sociológicamente consciente se encuentra mejor equipado para realizar shalom, es decir, para implementar el amor y la justicia en el mundo”.16

Otra razón por la que los cristianos necesitan estudiar la sociología se encuentra en el potencial que tiene la disciplina de crear consciencia de las diversas maneras de concepción y construcción del mundo social. Esa conciencia es importante para los cristianos porque les permite participar de manera sistemática del discurso erudito del mundo social. En efecto, los cristianos no tienen que eludir las discusiones sobre el origen, la naturaleza y el cambio de patrones sociales. Somos llamados a “evaluar todo nuevo espíritu que conforme la cultura en la cual Dios pide que vivamos,”17 “de manera de demoler argumentos y toda pretensión que se aparezca contra el conocimiento de Dios, y llevar todo pensamiento cautivo para que sea obediente a Dios” (2 Corintios 10:5).

Esto implica que los cristianos deberían estar preparados para entablar una ofensiva contra las ideas que se oponen a Dios. En las palabras de Heddendorf, esto indica “una comunicación entre personas que comparten sus diversas experiencias de realidad con el propósito de descubrir una verdad última”.18 El proceso de encuentro se ocupa de la tensión entre posturas opuestas, lo que da lugar a una nueva proposición: la síntesis. Los principios que orientan este proceso garantizan que las mejores perspectivas presentadas en cada una de las posturas sean retenidas e incluidas en la nueva posición adoptada, mientras que las que no pueden soportar el escrutinio de un juicio bien fundado son dejadas de lado.

En consecuencia con este espíritu, es de esperar que los cristianos evalúen con detenimiento las propuestas de sus contrapartes no cristianas a fin de retener todo lo que resulte rescatable de ellas. Esto requiere que ejerzan buen juicio y muestren una civilidad apropiada a la hora de debatir ideas seculares. Esto garantizará que los propulsores de tales ideas no lleguen a sentirse rechazados o enojados cuando sus planteamientos sean dejados de lado, sabiendo que sus obras han sido apropiadamente escudriñadas y evaluadas antes de recibir semejante tratamiento. El juego limpio hará que el investigador secular mire favorablemente al investigador cristiano.

Si los cristianos quieren participar de manera efectiva para demoler argumentos y llevar cautivas ciertas ideas –para dar gloria a Dios– en primer lugar tienen que entender las ideas y argumentos relevantes. De manera específica, tienen que entender la base de las proposiciones presentadas en los argumentos que serán dejados de lado o preservados y ser capaces de contribuir con contraposiciones o justificaciones bien fundadas que resulten en la generación o adopción de una posición nueva y más digna de defender. El objetivo de tal ejercicio no es el de generar teorías estériles que lleven a luchas sin fin, sino más bien, como lo indica el apóstol Pablo en 2 Corintios, facilitar la obediencia a Dios.

Asimismo, el desafío de Pablo a los cristianos de demoler argumentos y llevar todo pensamiento cautivo, sugiere que tienen que convertirse en líderes del pensamiento social. Esta postura armoniza con la comisión de Jesús a sus seguidores de ser la luz y la sal del mundo (Mateo 5:13, 17). Esta afirmación de Jesús puede interpretarse como relevante para todas las dimensiones de la condición humana: social, intelectual, física y espiritual. Esto implica que los seguidores de Cristo tienen que ser el medio por el cual se sazonan y preservan (el efecto de la sal) y se iluminan y explican (el efecto de la luz) esas dimensiones en sus formas operacionales. De esta manera, los cristianos pueden demostrar su fidelidad al ser la sal y la luz de la sociedad donde viven. Al ser fiel a esas funciones, llegarán a ser no solo las fuerzas de estabilización y preservación de la sociedad sino también los generadores de significado. Y como tal, estarán al frente de la creación de nuevos conocimientos que ofrecerán respuesta a muchos de los interrogantes perturbadores de la sociedad en áreas tales como salud, vida familiar y práctica religiosa.

Sin embargo, los cristianos tendrán gran oposición si procuran cumplir esas funciones sin una comprensión acabada y auténtica de las teorías y modelos conceptuales de la sociedad que los rodea. Heddendorf ha dicho que “en un momento cuando la sociedad moderna tambalea como resultado de la complejidad de la vida social, el pensamiento social cristiano sigue siendo, en su mayor parte, demasiado cándido y ajeno a la comprensión de estas complejidades”.19 Es mayormente debido a este déficit que los cristianos en gran parte han descuidado (y en algunos casos abandonado) la tarea de portar luz (es decir, de generar significados) y han contribuido por su inacción a la proliferación de ideas seculares que resultan antagónicas a la Biblia. El estudio sociológico está justificado cuando capacita a los cristianos para que adquieran una comprensión del mundo social, facilitando de esa forma la ejecución de sus funciones como líderes del pensamiento y portadores de luz.

Hasta el momento, hemos presentado dos razones por las que los cristianos necesitan dar espacio a la sociología. La primera se enfoca en la relevancia de la sociología para el cristiano gracias a que facilita el conocimiento del yo y de los demás, incrementando por lo tanto la capacidad cristiana de amar y servir. La segunda sugiere que la sociología permite una comprensión auténtica y acabada del mundo social y que su estudio coloca al cristiano en una posición que lo capacita para llevar todo pensamiento cautivo para gloria de Dios. La tercera y última razón radica en un tema eminentemente bíblico: la unidad de análisis sociológica o grupo.

Un análisis bíblico de la unidad sociológica

Una de las decisiones críticas que los científicos sociales tienen que realizar en sus investigaciones se relaciona con la unidad de análisis. Este término se refiere a la fuente de la cual el investigador procura obtener los datos para su estudio. Las unidades de análisis incluyen (aunque no están limitadas) los individuos, las funciones, los tipos de personalidad, las instituciones, las regiones y los grupos. Kaplan considera que las unidades de análisis constituyen el “problema del locus” de la investigación. El autor describe a las unidades de análisis como el “tema último de la investigación”.20 Una vez que se ha elegido la unidad de análisis, se toman decisiones respecto del diseño de la investigación y el método de análisis. Aunque no se niega la validez de las demás fuentes de datos, los sociólogos han considerado durante mucho tiempo que el grupo es la unidad última de análisis, y con buenas razones.

Una vez escogidas, las unidades de análisis están sujetas a dos tipos de falacias: ecológicas e individualistas. La falacia individualista se produce cuando el investigado utiliza datos extraídos de un nivel de análisis y los extrapola a otro nivel. Por ejemplo, imaginemos que un investigador realiza un estudio para determinar la actitud de los jóvenes ante el aborto y descubre que los jóvenes de sexo masculino del sur de los Estados Unidos donde fue realizado el estudio, están más a favor de la libre elección que de la vida. Ahora bien, la unidad de análisis del estudio es el individuo adulto joven. Los hallazgos entonces pueden generalizarse a los adultos jóvenes. Sin embargo, si el investigador concluyó que la región del sur estaba más propensa a adoptar medidas a favor de la libre elección, estaría cayendo en la falacia institucional, ya que extraería conclusiones basándose en datos individuales. También es posible la versión opuesta, por la cual un investigador podría cometer la falacia ecológica de recolectar datos de los administradores de gobierno de esas regiones para entonces generalizar los resultados a los adultos jóvenes. Ambas falacias tienen que ser evitadas, ya que llevan a una distorsión de los hechos.

La unidad de análisis preferida por la sociología –el grupo– sigue siendo una base firme sobre la que existe la probabilidad aceptable de alcanzar conclusiones sobre los individuos y otros fenómenos. Este argumento se basa en la lógica de la teoría de los sistemas,21 que propone que el todo es mayor a la suma de sus partes, y que aunque las partes podrían ser comprendidas en términos del todo, el todo no puede ser comprendido por las partes. La implicación es que, aunque tiene una influencia limitada sobre el grupo, el individuo no puede escapar del impacto del grupo, en particular del grupo familiar ya que se ve influido profundamente por el trasfondo de este grupo primario.

En consecuencia, la afirmación que los grupos no tienen una existencia real aparte de los individuos que los componen, ignora un punto importante, y procura aislar la identidad del individuo por fuera del contexto grupal. Durkheim ha defendido este punto al insistir que el grupo no se encuentra limitado a los miembros que lo componen, sino que llega a ser independiente de sus miembros individuales. Es así que, en oposición a otras posturas, los grupos son reales y constituyen un aspecto fundamental.

La perspectiva bíblica del grupo

La naturaleza fundamental del grupo es un tema bíblico omnipresente. Esta idea aparece desde el mismo comienzo del relato bíblico. Cuando Dios creó al primer ser humano, lo declaró, junto con el resto de sus obras creadas, como “bueno en gran manera” (Génesis 1:31). Poco después, Dios expresó que no era bueno que el hombre estuviera solo (Génesis 2:17) y le brindó una compañera. Sin embargo, ¿qué quiso decir Dios al expresar que el hombre era bueno, pero que no era conveniente que estuviera solo? El punto de énfasis que se da aquí es que la persona humana, como producto de la creación de Dios y con su potencial de expresiones creativas, se encuentra en excelente estado. Sin embargo, los seres humanos no son objetos inanimados o criaturas sin voluntad propia; muy por el contrario, son seres que poseen la capacidad de desarrollar relaciones significativas. Es por ello que, sin la oportunidad de satisfacer la necesidad de cultivar relaciones humanas, se sentirán desesperadamente sofocados y estancados. A la luz de esta revelación, no es bueno que los seres humanos vivan aislados, sin el beneficio de interactuar con los demás.

Muchos años atrás, el sociólogo Charles Horton Cooley captó la esencia de esta idea cuando destacó que “un individuo aislado es una abstracción desconocida para la experiencia”.22 Cooley quiso decir que un individuo desarrollado y realizado es algo inconcebible fuera del contexto del grupo. A los humanos no les va muy bien si están separados del grupo. En efecto, algunos estudios han apoyado la idea de que la realización de nuestras características humanas es difícil de alcanzar fuera del contexto del grupo.23

Un Dios en tres

La realidad del grupo no solo tiene que ser apreciada por su relevancia con el desarrollo humano sino también por su carácter apropiado para la captación de la realidad divina. A pesar de su claro énfasis monoteísta, el relato bíblico destaca la idea de Dios como grupo. Si bien se declara que Dios es uno (Deuteronomio 6:4; 1 Timoteo 2:5), también ha sido presentado como una pluralidad de seres (Mateo 28.19; Efesios 4:5). Aunque estas posturas sobre la deidad parecen incurrir en una contradicción de términos, se tornan más claras cuando se realiza un análisis más acabado de las Escrituras.

Los cónyuges se vuelven una sola carne al momento del matrimonio (Génesis 2:24; Mateo 19:5; Efesios 5:31), y Jesús oró para que sus seguidores fueran uno (Juan 17:21). Pablo (1 Corintios 12) presenta a la iglesia como una pluralidad de miembros en un cuerpo, y Mateo (cap. 25) describe a los redimidos de todas las edades como una esposa en el día de su boda. Es por ello que la noción de unicidad que emerge de la idea de grupo es claramente bíblica. Sin embargo, y según se evidencia en la experiencia de los maridos y las esposas y también en la vida de los seguidores de Cristo, esta unicidad basada en el grupo no se traduce en una fusión de seres o personalidades. Ni los maridos ni las esposas, y tampoco los cristianos individuales son moldeados en una identidad única, al punto de alcanzar la perfecta unicidad.

La noción del Dios trino (grupal) indica que los tres miembros de la Trinidad llegan a ser uno en su relación mutua sobre la base de su propósito, valores e intereses comunes. Furnish24 ha indicado que emerge una unicidad mística cuando las personas interactúan en un contexto grupal. Si esto es cierto en los seres humanos, ¿cuánto más podría resultar ilustrativo de la unicidad de la Trinidad?

El punto enfatizado por las Escrituras en la persistente imagen de la “unicidad” como función del “carácter grupal” es que la realidad se basa en último término en las relaciones; es dentro de las relaciones, y en particular dentro de la relación de grupo, que se puede conceptualizar, acceder y construir mejor. Esta perspectiva no concuerda demasiado con las culturas dominadas por la noción individualista occidental de la naturaleza humana, mejor resumida por el concepto de Locke del “individualismo ontológico”,25 por el cual se considera que el individuo es anterior al grupo, y el grupo es visto como una entidad que surgió de la reunión de individuos cuya existencia es independiente del grupo.

Aun así, el colectivo sin individualismo no representa el ideal bíblico. La cosmovisión bíblica lo deja claro. Lo que sin embargo parece imposible de obviar es que Dios, que creó al hombre a su imagen, es comunal, y los seres humanos son en esencia seres sociales, hechos para Dios y para sus prójimos.26 La incesante afirmación del sociólogo y también de las Escrituras es que el grupo es la realidad primaria. Es por lo tanto razonable concluir que, aunque más no sea por la unidad de análisis propugnada (el grupo), la sociología debería hallar cierto lugar de importancia en la investigación erudita cristiana. Pero la sociología tiene que ser estudiada a través de los ojos de la comprensión cristiana.

Lionel Matthews (Ph.D., Wayne State University) es profesor asociado de Sociología en la Universidad Andrews, Berrien Springs, Míchigan, EE. UU. Este artículo es una versión abreviada del primer capítulo de su libro Sociology: A Seventh-day Adventist Approach for Students and Teachers (Berrien Springs, Michigan: Andrews University Press, 2006). Reproducido con permiso del autor y del editor. matthews@andrews.edu.

REFERENCIAS

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