La homosexualidad y la Biblia

La distinción sexual entre el hombre y la mujer y la comunión de la raza humana como hombre y mujer son fundamentales para lo que significa ser hechos a imagen de Dios.

En medio del vigoroso debate sobre la homosexualidad y la Biblia, para algunos podría resultar tentador preguntarse: “¿Por qué tanto alboroto? ¿No se trata acaso de discutir tan solo un par de pasajes en el críptico libro de Levítico y su aplicación actual? No parece algo importante. ¿Es quizá una cuestión de definición de la palabra matrimonio? ¿Cuál es el problema de que digamos que esas uniones son un ‘matrimonio’?” Por cierto, la pregunta exige una respuesta directa, por lo que en pocas palabras, mi respuesta es que existen cuestiones bíblicas y teológicas fundamentales en juego.

¿Qué hay en juego desde el punto de vista hermenéutico?

La autoridad de las Escrituras y el principio de sola Scriptura. La Reforma Protestante y más tarde el Movimiento Adventista fueron fundados sobre el principio básico de sola Scriptura.1 En último término, todas las cuestiones de fe y práctica tienen que ser juzgadas solamente por las Escrituras. “¡A la ley y al testimonio! Si no dicen conforme a esto, es porque no les ha amanecido” (Isaías 8:20).2 Para los cristianos que creemos en la Biblia, esta es la norma final de la verdad según la cual se evalúa toda doctrina y experiencia (2 Timoteo 3:16, 17;

Salmos 119:105; Proverbios 30:5, 6; Isaías 8:20; Juan 17:17; 2 Tesaloni-censes 3:14; Hebreos 4:12). Las Escrituras brindan el marco, la perspectiva divina y los principios esenciales de cada rama del conocimiento y la experiencia. Todo conocimiento, experiencia o revelación adicional tiene que ser edificada y permanecer fiel al fundamento autosuficiente de las Escrituras. Todas las demás autoridades tienen que subordinarse a la suprema autoridad de la Palabra de Dios.

A partir de los versículos sobre el modelo divino en el Edén y más tarde la práctica homosexual, se hace evidente que las Escrituras ofrecen una condena sistemática y clara de las prácticas homosexuales. No solo se presenta en toda la Biblia una condena de las prácticas homosexuales, sino que numerosas líneas de evidencia conectadas con la legislación levítica señalan la naturaleza universal (transcultural) y permanente (transtemporal) de las prohibiciones contra las actividades homosexuales.3 Como lo resume Richard Hayes: “El testimonio bíblico contra las prácticas homosexuales es unívoco […]. Las Escrituras no ofrecen lagunas jurídicas o cláusulas de excepción que podrían permitir la aceptación de las prácticas homosexuales en algunas circunstancias. A pesar de los esfuerzos de algunos intérpretes recientes de encontrar una explicación a las evidencias, la Biblia sigue sin dejar lugar a dudas a la hora de condenar las conductas homosexuales”.4

El testimonio de las Escrituras en relación con la homosexualidad no constituye un punto oscuro y menor dentro del corpus bíblico, que pueda ser descartado como periférico para los intereses más abarcadores de la Biblia. Forma parte más bien de los valores fundamentales de las Escrituras. Robert Gagnon señala que entre los valores centrales se encuentran valores sostenidos (1) de manera constante –al menos implícitamente; (2) de manera absoluta –sin excepciones, y (3) de manera sólida –respecto de su significación. Esto se aplica de manera especial en las instancias en las que esos valores emergieron en oposición a las tendencias culturales predominantes, y prevalecieron en la iglesia durante dos milenios. La limitación de las relaciones sexuales aceptables a una pareja sexualmente complementaria y la firme aversión por las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo es uno de esos valores.5

En el debate actual, están los que se apoyan con decisión en las evidencias de la ciencia –en particular en los hallazgos de las ciencias sociales– para sostener que muchos homosexuales nacen con esas tendencias y orientación, y que es imposible que esas personas cambien. En consecuencia, a la luz de la ciencia, la postura bíblica contra las prácticas homosexuales ya no es defendible o relevante dentro de la sociedad moderna. Como respuesta, decimos que estudios científicos, como los de Mark Yarhouse6 presentan evidencias de que a veces es posible un cambio de orientación sexual y que, aun si la atracción u orientación no cambia, un número significativo de homosexuales pasan de la práctica a una postura de castidad. Pero aun así permanece la pregunta hermenéutica de fondo: ¿Qué autoridad tiene la última palabra? ¿La ciencia o las Escrituras? Los adventistas creemos que en los últimos días no podremos confiar ni siquiera en nuestros sentidos, sino que tendremos que depender plenamente de Dios, por más que los milagros y las falsificaciones se arremolinen a nuestro alrededor. ¿Creemos realmente en la sola Scriptura, y que todas las autoridades tienen que ser probadas a la luz de las Escrituras?

En el debate actual, los que provienen de una perspectiva posmoderna citan sus experiencias personales. Describen cómo se vieron liberados del temor y la frustración, para pasar a disfrutar de la libertad que significó abrazar su orientación homosexual y adoptar un estilo de vida homosexual activo. La experiencia personal llega a ser la norma por la cual juzgamos el carácter apropiado o no del estilo de vida.

Pensemos en Eva junto al árbol; Dios había sido claro: no coman del árbol. Pero con sus insinuaciones, la serpiente hizo que Eva dudara: ¿Dijo Dios realmente que no coman del árbol? ¿No saben que en realidad no fue lo que quiso decir? Él está tratando de que se pierdan algo bueno. Piensen en mi experiencia: comí del fruto del árbol prohibido y puedo hablar. Imaginen lo que pasaría si comieran; serían como Dios. El relato bíblico dice: “Al ver la mujer que el árbol era bueno para comer, agradable a los ojos y deseable para alcanzar la sabiduría, tomó de su fruto y comió” (Génesis 3:6). Eva confió en las evidencias empíricas, la experiencia personal y el razonamiento de la serpiente, en lugar de confiar en la Palabra de Dios. Sobre el mundo se abrieron las compuertas de la tragedia.

Lo mismo sucede hoy en relación con el tema de la homosexualidad. ¿Qué es lo que está en juego? El principio de sola Scriptura.

El principio de tota Scriptura. No es suficiente afirmar la autoridad final de las Escrituras. Al igual que Martín Lutero, quien abogó por la sola Scriptura pero no aceptó las Escrituras en su totalidad, algunos han terminado con un “canon dentro del canon”. Para Lutero implicó despreciar la epístola de Santiago como si fuese una “epístola de paja” al igual que otras porciones de las Escrituras.

No obstante, el testimonio que las Escrituras dan de sí mismas es claro: “Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra” (2 Timoteo 3:16, 17). Toda la Escritura, no solo una parte, es inspirada por Dios.

Dentro del debate actual, los que afirman que una porción de las Escrituras –por ejemplo, donde dice de que en Cristo “no hay hombre ni mujer” (Gálatas 3:28)– es el pasaje clave, o que un principio como el amor es la norma general, hacen de este pasaje o principio un “canon dentro del canon” para descartar o ignorar otras evidencias pertinentes al tema. Al hacer esto, el concepto mismo de amor es sacado de su contexto bíblico, y su significado se ve distorsionado. En este debate, otros explícitamente dejan de lado ciertos datos por considerarlos irrelevantes o pasados de moda. ¿Qué está en juego aquí? El principio de sola Scriptura: la totalidad de las Escrituras.

La unidad y armonía de las Escrituras. Un tercer principio hermenéutico fundamental que está en juego es “la analogía (o armonía) de las Escrituras” (analogia Scripturae).

Como todas las Escrituras son inspiradas por el mismo Espíritu, y todas ellas son la Palabra de Dios, existe unidad y armonía entre sus diversas secciones. Los escritores del Nuevo Testamento consideran que las Escrituras del Antiguo Testamento son armoniosas y de igual autoridad divina. Apoyan este hecho al citar diversas fuentes del Antiguo Testamento; por ejemplo, en Romanos 3:10 al 18 se cita varias veces el Eclesiastés (7:20), los Salmos (14:2, 3; 5:10; 140:4; 10:7; 36:2) e Isaías (59:7, 8). Las Escrituras son consideradas como un todo inseparable y coherente y dada esta unidad subyacente, una parte interpreta a la otra y se convierte en la clave para entender pasajes relacionados. La Escritura es entonces su propia expositora (Scriptura sui ipsius interpres). O como lo expresó Martín Lutero: “Las Escrituras son su propia luz”. Jesús demostró este principio en camino a Emaús, cuando “comenzando desde Moisés y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían” (Lucas 24:27). Horas después, en el aposento alto, Jesús señaló que “‘era necesario que se cumpliera todo lo que está escrito de mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos’. Entonces les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras” (Lucas 24:44, 45).

Pablo expresó ese mismo principio en 1 Corintios 2:13 (NVI): “Esto es precisamente de lo que hablamos, no con las palabras que enseña la sabiduría humana sino con las que enseña el Espíritu, de modo que expresamos verdades espirituales en términos espirituales”(el énfasis es mío). Esto no significa encadenar una lista de pasajes probatorios sin tomar en cuenta sus contextos. Pero como las Escrituras tienen en último término un solo Autor divino, es fundamental reunir todo lo que está escrito sobre un tema en particular y analizar todos los aspectos. Parte de la analogía o armonía de las Escrituras es el principio de la coherencia. Jesús lo expresó en forma sucinta cuando dijo: “La Escritura no puede ser quebrantada” (Juan 10:35). Al tener un solo Autor divino, sus diversas partes poseen coherencia entre sí; no podemos poner a la Escritura contra la Escritura. Todas las doctrinas poseen coherencia entre sí, y las interpretaciones de pasajes individuales armonizan con la totalidad de las enseñanzas sobre un tema determinado.

En contraste con este principio de unidad/armonía/coherencia de la Escritura, algunos partidarios del estilo de vida homosexual sostienen que ciertos pasajes de la Biblia son contradichos por principios abarcadores, y que se pueden dejar de lado esos pasajes contradictorios. Otros sostienen que diversos pasajes no son coherentes ni están en armonía entre sí y que, en consecuencia, necesitamos pasar a los principios generales de amor, tolerancia o igualdad para decidir sobre la cuestión. Pero aun los no creyentes han reconocido que en relación a la conducta homosexual, la Biblia habla con claridad para condenarla sistemáticamente.

Por ello, están en juego los princi-pios básicos de la hermenéutica evangélica protestante: sola Scriptura, tota Scriptura y la unidad y armonía de la Escritura, que permite que sea su propia expositora. Si rechazamos estos principios basados en la Biblia, quedamos a la deriva para interpretar todas las otras doctrinas que dependen de la fiel aplicación de estos principios.

Por otro lado, si aceptamos los principios de sola y tota Scriptura y la unidad de la Escritura, esta llega a ser la vía hacia la paz y el poder.

¿Qué está en juego desde el punto de vista doctrinal? Analicemos algunas de las doctrinas bíblicas que están en juego en este debate sobre la conducta homosexual.

La doctrina de la creación, en particular la doctrina de la humanidad como imago dei. En Génesis 1:26, 27 “se alcanzan tanto el punto como el objetivo culminantes hacia los cuales se dirige toda la creatividad de Dios desde el versículo 1”7 Con excelsa grandeza, se describe aquí la creación de la humanidad (hd’addm) como la imagen de Dios: “Entonces dijo Dios: ‘Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y tenga potestad sobre los peces del mar, las aves de los cielos y las bestias, sobre toda la tierra y sobre todo animal que se arrastra sobre la tierra’. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó” (Génesis 1:26, 27).

La distinción sexual entre el hombre y la mujer y la comunión de la raza humana como hombre y mujer son fundamentales para lo que significa ser hechos a imagen de Dios.8 Como lo expresa Karl Barth: “No podemos decir hombre [raza humana] sin tener que decir hombre o mujer y también hombre y mujer. El hombre [la raza humana] existe con esta diferenciación, con esta dualidad”9 El modo de la existencia humana en la imagen divina es la del hombre y la mujer juntos. En Génesis 1, “se proclama inmediatamente la heterosexualidad como el orden de la creación”.10

Por cierto, la práctica homosexual afecta las raíces mismas del orden de la creación divina para los humanos creados a su imagen. La razón de ser de las prohibiciones de Levítico 18 y 20 –incluida la conducta homosexual– descansa sobre los principios fundamentales del orden de la creación de Génesis 1:27, 28: la creación de toda la humanidad a imagen de Dios como “varón y hembra”, únicos y diferenciados del resto de la creación divina, y la orden de “fructificad y multiplicarse”, de “llenar la tierra”. “Estos principios describen el orden y la estructura de la humanidad en dos relaciones: con Dios y con la sociedad. Todas las leyes de Levítico 18 pueden ser entendidas como violaciones de esos principios”.11 Las actividades proscriptas en Levítico 18 y 20 son descritas como “abominaciones”, porque las prácticas homosexuales violan el orden divino de sexos establecido en Génesis 1:27 y 2:24.12

Esta conexión con el orden de la creación queda implícito en la repetición de la frase, en Levítico 18:22 y 20:13, “no te acostarás con varón como con mujer”.13 Esa fraseología está vinculada intertextualmente con Génesis 1:27 y 2:24. En Levítico 18:22 y 20:13, la actividad homosexual es considerada como una abominación que se rechaza principalmente porque significaba “comportarse hacia otro hombre como si fuera un mujer, haciéndolo objeto de deseo sexual masculino. Esto es abominación, una violación abominable de los límites sancionados por la divinidad, en este caso, de límites de los sexos establecidos en la creación”.14 La prohibición de las relaciones homosexuales no es una cuestión de estatus de sexo (honor masculino o jerarquía), como algunos podrían afirmar, sino que se refiere a “una distorsión del sexo mismo, según fue creado y ordenado por Dios”.15

B. Childs capta esta razón de ser bíblica y su implicación para el presente: “El intento reciente por parte de algunos teólogos de hallar una apertura bíblica para las prácticas homosexuales, se encuentra en marcada desarmonía con la comprensión que tiene el Antiguo Testamento de la relación entre el hombre y la mujer. La cuestión teológica va mucho más allá de citar textos ocasionales que condenan la práctica […]. Las perspectivas del Antiguo Testamento ven a la homosexualidad como una distorsión de la creación, que cae en las sombras que escapan a la bendición”.16

Los adventistas defendemos con toda razón la doctrina de la creación contra los ataques de los que quieren negar la creación literal en seis días según se describe en Génesis 1 y proponer alguna forma de evolución teísta para los orígenes de la tierra. Pero rechazar o socavar las distinciones básicas en el orden de la creación resulta un ataque igual o acaso aún más devastador sobre la doctrina de la creación.

La perspectiva de que la orientación homosexual es congénita y por lo tanto natural, se basa en una premisa de la evolución, a saber, que no hacemos más que reproducir los impulsos que tenemos naturalmente como resultado de la selección natural, el tiempo y la casualidad. Por ello, el argumento que propugna el carácter natural de la orientación homosexual en realidad apoya la doctrina de la evolución y denigra –si no rechaza implícitamente– la doctrina de la creación según se describe en Génesis 1 y 2, en la que los humanos son creados a imagen de Dios, y la heterosexualidad es el mandato divino para la humanidad. Por ello, están en juego tanto la doctrina de la creación en su totalidad como la creación de la raza humana a imagen de Dios.

La teología del matrimonio y la familia. En relación con la doctrina de la creación se encuentra la teología del matrimonio, dado que la sexualidad humana según el paradigma divino del Edén halla expresión en una forma marital heterosexual. Génesis 2:24 presenta una teología sucinta del matrimonio: “Por tanto dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán una sola carne”.17 El “por tanto” introductorio [cal-ken] indica que la relación de Adán y Eva es considerada el modelo de todas las relaciones sexuales humanas del futuro.18 La referencia a “el hombre” y “su mujer” indica una relación matrimonial heterosexual entre un hombre y una mujer como el modelo edénico para todos los tiempos. Este modelo heterosexual siguió siendo la norma en todas las Escrituras canónicas del Antiguo Testamento.

Solo dos instituciones nos han sido legadas desde el Edén: el sábado y el matrimonio. No es de sorprender que en los últimos días, estas dos instituciones divinas –dones del Creador para la humanidad– estén siendo atacadas.

Dios mismo ofició en el Edén en una solemne ceremonia de establecimiento de un pacto. Fue la primera boda. Él diseñó y definió el matrimonio; nadie tiene derecho a redefinirlo. En el debate sobre el matrimonio entre integrantes del mismo sexo, está en juego la integridad de la institución matrimonial así como Dios la diseñó.

Las doctrinas de la caída y el pecado. Los que afirman que el estilo de vida homosexual es natural e inevitable, de manera que tiene que ser aceptado y aun celebrado, no han tomado en cuenta la doctrina bíblica de la caída. En ese momento las naturalezas de Adán y Eva fueron corrompidas, se volvieron egoístas y depravadas. Desde entonces, todos tenemos naturalezas humanas con tendencias naturales hacia el pecado. Que un hombre mire con lujuria a una mujer que no es su esposa o a otro hombre, puede afirmarse, es natural. Pero que sea natural no significa que es correcto. La Biblia deja en claro que albergar pensamientos lujuriosos o transformar esas fantasías en actividades sexuales ilícitas es pecado, sean estas heterosexuales u homosexuales.19

Aquí quiero enfatizar la diferencia entre la homosexualidad como orientación (propensión, inclinación, condición, disposición) y la práctica homosexual. El Antiguo Testamento condena practicar la homosexualidad y albergar pensamientos y tentaciones homosexuales ya que como condición es claramente un trastorno sexual, una distorsión del ideal edénico, pero en la Biblia no veo que se declare culpable al que tiene una orientación homosexual de por sí, si no se la alberga y la transforma en acciones.20

Pensemos ahora en la relación sexual entre personas del mismo sexo. Lo que está en juego en este sentido puede ser juzgado según cuán seriamente sea considerado el tema a los ojos de Dios. Gagnon sostiene que, según la Palabra de Dios, “la práctica homosexual es una violación más seria de las normas sexuales de las Escrituras que inclusive el incesto, el adulterio, la poligamia y el divorcio”.21 Solo el bestialismo es presentado como una peor ofensa sexual.

Gagnon presenta en primer lugar la evidencia de que en las Escrituras hay diferentes grados de severidad en lo que respecta al pecado: “En el Antiguo Testamento se presenta una clara clasificación de pecados. En Levítico 20, donde se ordenan las ofensas sexuales de Levítico 18 según el castigo, se agrupan las ofensas más graves en primer lugar, lo que incluye las relaciones sexuales con personas del mismo sexo. Por supuesto, en todo el material legal del Antiguo Testamento se pueden hallar diversas penalidades para diferentes pecados”.22

Jesús también clasifica las ofensas, refiriéndose a “lo más importante de la Ley” (Mateo 23:23) y a diferentes grados de castigo por diversas ofensas (Lucas 12:48). La actitud de Pablo hacia el caso de incesto mencionado en 1 Corintios 5 deja en claro que diferenciaba entre diversas ofensas sexuales, y que algunas eran más serias que otras.

Después de establecer que las Escrituras consideran que algunas ofensas son más serias que otras, Gagnon presenta tres razones principales por las cuales las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo son uno de los pecados sexuales más graves:

(1) Es la violación que más clara y radicalmente atenta contra la creación intencional de Dios de los seres humanos como “varón y hembra” (Génesis 1:27) y la definición del matrimonio como la unión entre un hombre y una mujer (Génesis 2:24) […]. Dado que Jesús dio prioridad a estos dos textos de los relatos de la creación de Génesis cuando definió la ética sexual normativa y prescriptiva para sus discípulos, tenemos que darles atención especial. Pablo tiene claramente en mente los textos de la creación cuando condena la práctica homosexual en Romanos 1:24-27 y 1 Corintios 6:9. (2) Cada texto que trata el tema de la homosexualidad lo menciona como una ofensa que Dios aborrece […]. Pero cada texto que habla de sexo, ya sea en forma de narración, ley, proverbio, poesía, exhortación moral o metáfora, presupone el prerrequisito hombre-mujer, sin ningún tipo de excepción. (3) El prerrequisito hombre-mujer es fundamental para definir la mayoría de las otras normas sexuales. Jesús mismo afirmó claramente su postura de monogamia marital e indisolubilidad del matrimonio sobre el fundamento de Génesis 1:27 y 2:24, textos que solo tienen una cosa en común: el hecho de que un vínculo sexual aceptable ante Dios conlleva como primer prerrequisito (después de la presuposición de un vínculo entre los individuos) a un hombre y una mujer (Marcos 10:6-9; Mateo 19:4-6).23

Gagnon concluye con toda razón que “las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo son una gran ofensa […] contra Dios”.24 Lo que está en juego en el debate sobre la homosexualidad es la doctrina bíblica del pecado. ¿Estamos dispuestos a tomar tan en serio la práctica homosexual como Dios lo hace?

Al mismo tiempo, aunque Dios coloca la práctica homosexual cerca del tope de los pecados sexuales respecto de su seriedad, deberíamos recordar que desde la perspectiva divina, pecados tales como la altivez de corazón (Proverbios 16:5), los “labios mentirosos” (Proverbios 12:22), la idolatría (Deuteronomio 17:3, 4) y el “peso falso” (Proverbios 11:1) son castigados por Dios con tanta severidad como las abominaciones (se usa la misma palabra hebrea to’eba), si bien no existe un mecanismo efectivo para castigar esos pecados hasta el juicio final. Todos nosotros somos pecadores y estamos necesitados de la gracia de Dios.

La doctrina de la gracia. La perspectiva bíblica de la gracia tiene que ser vista en el contexto del pecado. Según Pablo, “cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia” (Romanos 5:20). A menos que reconozcamos nuestra pecaminosidad, no estamos preparados para apreciar la gracia de Dios. Si la práctica homosexual no es considerada pecado, la gracia no es necesaria. Solo cuando la estimación que hace Dios de la práctica homosexual es tomada seriamente como un grave pecado, es posible responder apropiadamente a la gracia divina.

A lo largo de toda la Biblia queda claro que Dios mantiene la dualidad entre los sexos establecida en la creación (Génesis 1:26) y la norma heterosexual del matrimonio (Génesis 2:24). Se pronuncia un juicio divino contra los que participan de la práctica homosexual.

La gracia maravillosa de Dios se revela en su disposición a perdonar y brindar esa gracia que nos permite obedecer. En vista de la gracia de Dios extendida hacia todos los pecadores, incluidos los homosexuales, y en vista de los deseos pecaminosos que anidan en nuestro corazón, la expresión de desaprobación de las prácticas homosexuales tiene que ser hecha “en el contexto de nuestra propia naturaleza sexual caída”.25 Tenemos que reconocer que necesitamos gracia y sanidad en el ámbito de nuestra sexualidad, lo que incluye el pecado de muchos heterosexuales de odiar a los homosexuales. Aquí está en juego el reconocimiento apropiado de la gracia divina dentro del contexto de la pecaminosidad humana.

La doctrina de la iglesia. Es deber de la iglesia relacionarse con la práctica homosexual de manera responsable, en armonía con los principios de la Biblia. La declaración adventista sobre la homosexualidad expresa bien esta preocupación: “[Los adventistas] estamos comprometidos en seguir las enseñanzas y ejemplo de Cristo, que reiteró la dignidad de todos los seres humanos y extendió la mano compasivamente a las personas y familias que sufrían las consecuencias del pecado. Él llevó a cabo un ministerio lleno de bondad y de palabras de consuelo hacia los que luchaban contra el pecado, aunque diferenció su amor por los pecadores de sus claras enseñanzas sobre las prácticas pecaminosas”.26

Tenemos mucho que mejorar para brindar la atención psicológica y espiritual necesaria a los que luchan con la homosexualidad. Tenemos mucho que aprender. “No quebrará la caña cascada ni apagará el pábilo que se extingue” (Isaías 42:3). Necesitamos una iglesia que acepte y ame a los homosexuales que por la gracia de Dios han escogido seguir un estilo de vida célibe. Debemos mostrar un amor incondicional hacia los homosexuales, mientras que ayudamos a los que siguen un estilo de vida homosexual activo. En juego está nada menos que la doctrina de la iglesia y su misión.

El evangelio en el marco de los mensajes angélicos. Para nosotros, que consideramos que nuestra misión es proclamar el mensaje de Apocalipsis 14, la cuestión que está en juego en la homosexualidad asume una perspectiva escatológica y apocalíptica. El primer ángel tiene “el evangelio eterno para predicarlo a los habitantes de la tierra”. Con toda razón, los adventistas hemos enfatizado la referencia al juicio investigativo: “¡Temed a Dios y dadle gloria, porque la hora de su juicio ha llegado”. En la frase siguiente, hemos visto que se cita el mandamiento del sábado: “Adorad a aquel que hizo el cielo y la tierra, el mar y las fuentes de las aguas”. Hemos reconocido la misión de la Iglesia Adventista como reparadores de la brecha (Isaías 58:12) en la Ley de Dios, en especial en lo que se refiere al sábado como día de reposo (Isaías 58:13, 14). Pero el llamado del tercer ángel a “la perseverancia de los santos, los que guardan los mandamientos de Dios” (Apocalipsis 14:12) incluye todos los mandamientos de Dios y no solo el cuarto.

Algunos han propuesto que los mensajes de los tres ángeles se relacionan tanto con el sábado como con el matrimonio:27 las referencias a la inmoralidad sexual en el mensaje del segundo ángel, las alusiones a la “imagen de la bestia” como falsificación de la imagen de Dios en Génesis 1, y la referencia al “fuego y azufre” como una alusión a la destrucción de Sodoma por sus pecados, en particular a la práctica de la “sodomía”. En la introducción a los mensajes de los tres ángeles, Apocalipsis 14:4 describe al pueblo especial de Dios como un pueblo casto. En Apocalipsis 19, hallamos referencias a “las bodas del Cordero”, para la que “su esposa se ha preparado” (Apocalipsis 19:7, 8). Aunque las metáforas del matrimonio y la inmoralidad son aplicadas en un sentido espiritual a la pureza doctrinal, la misma utilización de esa metáfora también implica la pureza sexual del pueblo de Dios. En otros textos se hace un llamado especial para que los creyentes en el tiempo del fin sean puros; se hacen numerosas referencias a la inmoralidad sexual como algo que a Dios le resulta especialmente desagradable (Apocalipsis 2:14, 20, 21; 9:21) y que aun hace que los adoradores no puedan tener acceso a la Nueva Jerusalén (véase Apocalipsis 22:15).

En el contexto escatológico de Apocalipsis, no resulta sorprendente poner énfasis en la creación, el sábado, el matrimonio y la familia, e indicar que todos ellos sufrirán numerosos ataques en los últimos días. Según el Apocalipsis, el remanente final guardará “los mandamientos de Dios” (12:17; 14:12), lo que incluye el cuarto, el séptimo y el quinto.

Por ello, lo que está en juego no es otra cosa que el llamado a ser fieles a los mandamientos de Dios, a la luz de los evangelios y los mensajes de los tres ángeles. Todos nosotros somos llamados a ser fieles a Dios, tanto en lo que respecta al día y la manera de adorar a Dios como a las estructuras fundamentales del matrimonio y la familia, según fueron dadas por Dios en la creación.

La perspectiva del gran conflicto y el carácter de Dios. Por último, el libro de Apocalipsis también nos lleva a la cuestión de la cosmovisión abarcadora de las Escrituras. El Apocalipsis reitera lo que ya estaba presente en el comienzo de la Biblia. En Génesis 3, la serpiente arroja dudas sobre el carácter de Dios, y el gran conflicto moral, que comenzó en el cielo con la rebelión de Lucifer, es llevado a la tierra. Job 1 y 2 revela que el conflicto es cósmico; que surge de la misma cuestión básica que implica decidir si confiar o no en Dios y su Palabra. En los últimos tres capítulos del Apocalipsis, vemos la conclusión del gran conflicto y el grito final triunfante del universo en momentos en que el carácter de Dios es vindicado respecto de su manera de tratar el pecado: “Sus juicios son verdaderos y justos” (Apocalipsis 19:2; compárese con el cántico de Moisés y del Cordero en 15:3: “Justos y verdaderos son tus caminos, Rey de los santos”).28

El debate sobre la homosexualidad es un síntoma del choque entre dos cosmovisiones, la bíblica y la humanista. El razonamiento de la comunidad defensora –y de muchos que no son parte de esa comunidad– utiliza (aun sin saberlo) la perspectiva de la cosmovisión humanista y evolucionista. Es muy fácil imbuirse del espíritu de la cultura sin ser conscientes y adoptar elementos de la cosmovisión secular. En juego se encuentra la cosmovisión bíblica, que en muchos sentidos se opone a la cultura moderna.

En el centro del gran conflicto está la cuestión del carácter de Dios. Nadie lo sabe mejor que los creyentes que luchan con la atracción hacia personas del mismo sexo; ellos se ven obligados a enfrentar su orientación homosexual y a menudo se enojan con Dios por permitirles tener esa orientación y por no parecer dispuesto o capaz de ayudarlos a hacer frente. Muchos de los homosexuales activos del presente fueron muy religiosos, pero se apartaron debido a lo que consideraron el carácter no fidedigno de Dios.

Por otro lado, ¿cuántos heterosexuales terminan insultando indirectamente el carácter de Dios por su fracaso a la hora de mostrar amor por los homosexuales? Distorsionan el carácter de Dios que puede verse distorsionado en uno u otro extremo: ya sea enfatizando su justicia a expensas de su misericordia al odiar y rechazar a los homosexuales, o enfatizando su gracia a expensas de su justicia, al tolerar o aun afirmar las prácticas homosexuales.

Dios nos llama para que seamos modelos en nuestra vida individual y también en la iglesia, tanto de justicia como de misericordia. El Señor busca personas que lo representen ante el mundo de palabra y de hecho, que sean una exhibición viviente del carácter de Dios.

Conclusión

En último término, lo que está en juego es más que principios o doctrinas hermenéuticas abstractas; es la vida de personas reales. Pensemos en los que luchan con tendencias homosexuales, pero han hallado poder en la gracia de Dios para vivir por encima de esas tendencias.

En mi caso, lo que ha estado en juego es mi propio corazón. Me he dado cuenta de que mi manera de tratar a los homosexuales –a los que, cuando estaba en la escuela secundaria, catalogaba de “raros”, y que en la universidad imitábamos para burlarnos de sus amaneramientos– estaba equivocada. He tenido que confesar mi propio error al responder al llamado de tratar con respeto y amor a los homosexuales.

He tenido que revivir la dolorosa realidad de que uno de mis amigos cercanos en la universidad, con quien me solía burlar de los homosexuales, estaba luchando con sus propias tendencias a la homosexualidad. Hasta en una ocasión le envié una carta para reprenderlo por actividades que entonces interpreté que significaban dar rienda suelta a sus pasiones sexuales, pero que ahora me doy cuenta que eran intentos de proyectar una identidad heterosexual.

Hace poco, mi amigo compartió conmigo su testimonio y su perdón. Derramé lágrimas al enterarme de qué manera desesperada él había buscado ayuda cuando era adolescente, pero había sido rechazado o aun abusado por aquellos en quienes creyó que podía confiar. Pero también me regocijé cuando describió su recuperación, sanidad y bendición; me relató la manera en que Dios lo había liberado de la sexualidad falsificada del diablo y cómo el regreso al plan de Dios no le resultó fácil, pero valió la pena.

¿Qué está en juego en este debate? La vida de hombres y mujeres como mi amigo. Que Dios nos ayude a ser una comunidad de creyentes que les den la bienvenida en nuestro medio y que seamos ministros de la gracia y sanidad divinas en sus vidas, mientras permitimos que esa misma gracia sane nuestro estado de quebrantamiento e insensibilidad.

Richard Davidson (Ph.D., Universidad Andrews) es profesor de Interpretación del Antiguo Testamento y director del Departamento de Antiguo Testamento en el Seminario Teológico Adventista de la Universidad Andrews (Berrien Springs, Míchigan, Estados Unidos).

Este artículo es una versión ligeramente abreviada de un capítulo del libro Homosexuality, Marriage, and the Church, editado por Roy Gane, Nicholas Miller y H. Peter Swanson (Berrien Springs, Míchigan: Andrews University Press, 2012). Usado con autorización. El libro se encuentra disponible en amazon.com y en universitypress.andrews.edu.

REFERENCIAS

  1. Por una discusión adicional y base bíblica de este y otros principios hermenéuticos fundamentales, véase Richard Davidson, “Biblical Interpretation”, en Handbook of Seventh-day Adventist Theology, Commentary Reference Series, t. 12, ed. Raoul Dederen (Hagerstown, Maryland: Review and Herald, 2000), pp. 60-68.
  2. A menos que se indique lo contrario, todas las referencias bíblicas han sido extraídas de la Nueva Versión Reina Valera (1995).
  3. Davidson, “Homosexuality in the Old Testament”, en Homosexuality, Marriage and the Church, eds. Roy Gane, et al (Berrien Springs, Michigan: Andrews University Press, 2012).
  4. Richard Hayes, “The Biblical Witness Concerning Homosexuality”, en Staying the Course: Supporting the Church’s Position on Homosexuality, ed. Maxie Dunnam y H. Newton Malony (Nashville, Tennessee: Abingdon, 2003), pp. 73, 78. Cf. Hayes, “Awaiting the Redemption of Our Bodies: The Witness of Scripture Concerning Homosexuality”, en Homosexuality in the Church: Both Sides of the Debate, ed. Jeffrey. Siker (Louisville, Kentucky: Westminster John Knox, 1994), pp. 3-17.
  5. Robert Gagnon, “The Authority of Scripture in the ‘Homosex’ Debate”, http://robgagnon.net/homoAuthorityScripture.htm, accedido el 13/10/2009.
  6. Mark Yarhouse, “The pastoral applications of a three-tier distinction between same-sex attractions, homosexual orientation, and a gay identity”, en Homosexuality, Marriage and the Church, ed. Roy Gane, et al (Berrien Springs, Michigan: Andrews University Press, 2012).
  7. Gerhard von Rad, Genesis: A Commentary (Filadelfia: Westminster, 1961), p. 57.
  8. La discusión que hace Karl Barth de este punto se extiende a lo largo de las principales porciones de The Doctrine of Creation, t. 3 de Church Dogmatics, eds. G. Bromiley and T. Torrance; 5 tomos (Edimburgo: T & T Clark, 1958). Resumen de su argumento en Paul Jewett, Man as Male and Female: A Study of Sexual Relationships from a Theological Point of View (Grand Rapids: Eerdmans, 1975), pp. 33-48.
  9. Barth, t. 3, l. 2, p. 236.
  10. Samuel Dresner, “Homosexuality and the Order of Creation”, Judaism 40 (1991), p. 309.
  11. Donald Wold, Out of Order: Homosexuality in the Bible and the Ancient Near East (Grand Rapids: Baker, 1998), p. 130. Gagnon, The Bible and Homosexual Practice: Texts and Hermeneutics (Nashville, Tennessee: Abingdon, 2001), p. 136: “Todas las leyes de Levítico 18:6-23; 20:2-21 legislan contra formas de conducta sexual que interrumpen el orden creado puesto en funcionamiento por el Dios de Israel”.
  12. Mayor elaboración de este principio en Dresner, pp. 309-321.
  13. JPS (Jewish Publication Society), traducción del Tanaj (1985, 1999).
  14. Gagnon, pp. 135-136. Cf. David Stewart, “Ancient Sexual Laws: Text and Intertext of the Biblical Holiness Code and Hittite Laws” (disertación doctoral, University of California, Berkeley, 2000), p. 378, que en relación con todas las leyes de Levítico 18 concluye: “Todas estas posibles violaciones sexuales se remontan al comienzo, a una era cuando Dios puso en funcionamiento la recreación continua de la humanidad”.
  15. Gagnon, p. 142.
  16. B. Childs, Old Testament Theology in a Canonical Context (Philadelphia: Fortress, 1985), p. 194.
  17. Véase la discusión en Davidson, Flame of Yahweh: Sexuality in the Old Testament (Peabody, Massachusetts: Hendrickson Press, 2007), pp. 43-48.
  18. Véase Robert Lawton, “Genesis 2:24: Trite or Tragic?”, Journal of Biblica Literature 105 (1986): pp. 97-98, por evidencias de que esta no es tan solo una inserción etiológica para explicar la costumbre legal común. El versículo expresa “una descripción de la intención divina antes que de un hecho observado de manera habitual” (p. 98). Véase también Deborah Sawyer, God, Gender and the Bible (Londres: Routledge, 2002), p. 24: “La primera pareja brinda un modelo de ciudadanía normativa en la teocracia propuesta en el primer relato de la Biblia”.
  19. Job 31:1; Proverbios 6:25; Ezequiel 23:11; Mateo 5:28; Romanos 1:27; 13:13; 1 Corintios 10:6; Gálatas 5:16; 1 Tesalonicenses 4:5; 1 Pedro 1:4; 2:10; y 1 Juan 2:16-17.
  20. Como he sostenido en el ensayo que cito en nota 3: “Pero así como algunas personas dejan de fumar y nunca más sienten deseos de hacerlo, otros dejan de fumar pero tienen que batallar con ese deseo durante toda la vida. En el caso de los homosexuales, algunos experimentan un cambio milagroso de orientación, mientras que otros puede que tengan que batallar contra las tendencias homosexuales toda la vida. La culpabilidad no se encuentra en las tendencias, sino en la implementación de ellas (ya sea en la imaginación o en la práctica real de esas tendencias)”. A los heterosexuales que insisten que los homosexuales necesitan experimentar un cambio de orientación antes de que su estado sea aceptable ante Dios, les pregunto simplemente si ellos mismos pueden decir con total honestidad que ya no experimentan la tentación heterosexual. Todos somos criaturas sexuales caídas, ya sea experimentemos la tentación de la lujuria heterosexual u homosexual.
  21. Gagnon, “How Bad Is Homosexual Practice According to Scripture and Does Scripture’s Indictment Apply to Committed Homosexual Unions?” www.robgagnon.net/OnlineArticles, accedido en enero de 2007, p. 12.
  22. Ibíd., p. 13.
  23. Ibíd., p. 15.
  24. Gagnon, “How Bad Is Homosexual Practice?”
  25. Thomas Schmidt, Straight and Narrow? Compassion and Clarity in the Homosexuality Debate (Downers Grove, Illinois: InterVarsity, 1995), p. 172.
  26. “Declaración de la Iglesia Adventista sobre la homosexualidad”, votado en el Concilio Anual de la Junta Directiva de la Asociación General, el 3 de octubre de 1999, en Declaraciones, orientaciones y otros documentos (Doral, Florida: Asociación Publicadora Interamericana, 2011), p. 161.
  27. Nicholas Miller, abogado y profesor de Historia Eclesiástica en el Seminario Teológico Adventista, ha presentado ese argumento en un trabajo titulado “Why should Adventists care about protecting traditional marriage?”.
  28. Davidson, “Back to the Beginning: Genesis 1-3 and the Theological Center of Scripture”, en Christ, Salvation, and the Eschaton, ed. Daniel Heinz, Jifi Moskala y Peter van Bemmelen (Berrien Springs, Michigan: Old Testament Publications, 2009), pp. 5-29.